Capítulo 18
Espero en la sombra de la obra parada con la espalda pegada a un pilar de hormigón y el pulso batiéndome en el cuello.
La niebla lo tapa todo menos el ruido: el chapaleo de la dársena debajo del muelle, un cabo que golpea un palo en algún sitio, y, al otro lado de la nave, la voz de Mauro diciendo algo que no oigo, tranquila, de policía.
Cuarenta minutos, me ha dicho. Si no salgo, te vas.
Le dije que no. Y era verdad.
Llevo doce minutos contados cuando la voz tranquila de Mauro se corta de golpe. Un silencio. Luego un golpe seco, sordo, de cuerpo contra suelo, y otro, y una voz que no es la de Mauro grita algo, y suena un forcejeo, chapa que retumba, una carrera.
No pienso. Cruzo el espigón agachado, entre la niebla, y me meto por la puerta lateral que Mauro ha dejado entornada.
Dentro huele a gasoil y a hormigón húmedo.
La nave es una sola nave larga, con una lámpara de trabajo colgada de una viga que da una luz amarilla y sucia.
Y en el suelo de cemento hay un hombre tumbado, uno de los de la furgoneta, que se sujeta la cabeza y jura, y encima de él, sujetándole el brazo doblado a la espalda con una rodilla en los riñones, está Mauro, con el labio partido y la placa todavía en la otra mano, y a tres metros, atada a una silla de plástico con brida en las muñecas, con un ojo hinchado y la barbilla alta, está Uxía Randán.
— Te dije que no entraras — dice Mauro, sin mirarme, forcejeando con el tipo.
— Y yo te dije que no — digo, y voy derecho a Uxía y le peleo la brida de las muñecas con los dedos, esos dedos míos que no sirven para nada y que hoy tienen que servir.
— Rapaz — me dice Uxía, ronca, con esa voz de mujer que ha tragado agua fría toda la vida — , en la bota. El tío este lleva una navaja en la bota.
Mauro se la saca al hombre de la bota y corta la brida de un tajo. Uxía se levanta de la silla frotándose las muñecas, tambaleándose, y lo primero que hace, antes que quejarse, antes que llorar, es mirarnos a los dos y decir:
— No está aquí.
— ¿El qué — digo, aunque lo sé.
— El original. El disco, el cuaderno. Me lo quitaron en la furna, en cuanto me echaron el guante.
Se lo llevó él en persona. — Escupe al suelo, roja de rabia — .
El comandante. Vino a la furna con sus gafitas y su pañuelo de limpiarlas, cogió el paquete de mis manos como quien coge una lubina en la lonja, y me dijo, tranquilo: gracias, señora Randán, esto ya viaja.
Va en el barco. En la marea sale al mar con todo lo demás.
Se me cae el estómago. Teníamos al testigo pero no la prueba. La mitad del plan, arrancada.
— Luego — dice Mauro, cortante, poniéndose en pie, arrastrando al tipo del suelo hasta un pilar y atándolo con su propia brida — . Todo eso luego. Ahora salimos. Este tenía compañía y la compañía va a volver. — Le tiende a Uxía su brazo — . ¿Puede andar.
— Llevo cuarenta años andando por piedras que te matan — dice Uxía — . Puedo andar.
Salimos los tres a la niebla, por el espigón, agachados, y bajamos a la dársena vieja donde hemos escondido la lancha bajo el muelle.
La niebla es tan espesa que no me veo los pies, y por una vez la bendigo.
Detrás, en la nave, oigo voces, la furgoneta arrancando, focos que barren la obra sin encontrarnos.
Mauro rema. Uxía va en la proa, encogida, tiritando.
Yo achico agua y miro hacia atrás, hacia las luces que se disuelven, con el corazón todavía a mil.
No nos siguen. La niebla nos traga a los tres.
Remamos casi una hora, ría arriba, pegados a la costa.
Los brazos me arden. Mauro marca el ritmo y yo lo sigo mal, media palada por detrás, y ninguno de los tres dice nada, porque hablar es gastar aire y el aire hace falta para el remo.
Varamos en una playa escondida bajo un pinar.
Subimos a un hórreo de una aldea muerta, un cajón de piedra sobre pilares, la puerta reventada, seco, alto, con una sola tronera por la que vigilar el camino.
Uxía se derrumba en un rincón, sobre unos sacos, y en dos minutos duerme el sueño de plomo del que lleva días sin cerrar los ojos de verdad.
Le echo mi chaqueta por encima. Mauro monta guardia en la tronera hasta que se convence de que nadie nos ha seguido.
Después se afloja. Se sienta contra la pared. Se toca el labio partido.
— Estás sangrando — digo, bajito, para no despertar a Uxía.
— No es nada.
— Ven aquí.
Me arrodillo delante de él y le limpio el labio con el borde de la camiseta mojada en el agua de la cantimplora, y él me deja hacer, quieto, mirándome, y de pronto la mano me tiembla, y no es por el frío.
Es por lo que acaba de pasar. Es porque hace una hora oí golpes dentro de esa nave y por un segundo pensé que lo habían matado, que había cruzado media ría persiguiendo la única cosa buena que me ha pasado en años solo para llegar tarde, otra vez, como con la abuela, como con Fito.
Y no llegué tarde. Está aquí. Respira. Sangra un poco por un labio y respira.
— Seguimos vivos — digo, y me sale roto.
— Seguimos vivos — dice Mauro.
Y lo beso. Con el trapo mojado todavía en la mano, con Uxía dormida en el rincón, con el miedo aún corriéndome por dentro.
Lo beso porque es la única manera que tengo de comprobar que es verdad, que sigue caliente, que no es un cadáver que me he inventado en la niebla.
Mauro me devuelve el beso despacio primero y luego no despacio, me agarra de la cintura y me sienta a horcajadas sobre él, contra la pared del hórreo, y nos besamos como se bebe agua después de mucha sed, sin cuidado, con urgencia, con los dientes.
Lo de esta noche no es lo del faro. Lo del faro fue rendirse.
Esto es agarrarse. Esto es dos hombres que han estado a un dedo de perderse comprobándose el cuerpo entero para creerse que aún lo tienen.
Le abro la chaqueta, le busco la piel por debajo de la ropa, y está caliente, gracias a dios está caliente, y le clavo la boca en el cuello para oírle el pulso, y él me sube las manos ásperas por debajo del jersey y me las clava en la espalda y me pega a él con una fuerza que casi hace daño y que necesito que haga daño.
Lo hacemos así, callados por Uxía, mordiéndonos las palabras, en la penumbra del hórreo, apretados, torpes, urgentes, sin desnudarnos del todo porque hace frío y porque no hay tiempo ni para eso, solo lo justo, solo la piel que hace falta.
Le busco con la mano y él me busca a mí, las dos manos entre los dos cuerpos, las frentes pegadas, la respiración entrecortada y ahogada para no hacer ruido, y es rápido y es feo y es lo más tierno que he sentido nunca, porque cada movimiento dice lo que no nos decimos: no te mueras, no te vayas, sigue aquí, sigue caliente, sigo aquí, sigo caliente.
Digo su nombre contra su boca para que me lo tape con un beso.
Él dice el mío en un gruñido bajo que le sale del pecho.
Y acabamos casi a la vez, agarrados, temblando, con la cara escondida cada uno en el cuello del otro, ahogando el final para no despertar a la mujer que hemos sacado del infierno.
Nos quedamos quietos después, encajados, recuperando el aire. Le noto el corazón bajar poco a poco. Le beso la sien, las canas, el labio partido con cuidado.
— Cuando esto acabe — empiezo a decir, y me paro, porque no sé cómo se termina esa frase sin que dé miedo.
— Cuando esto acabe — dice Mauro, y tampoco la termina.
Y nos quedamos con la frase a medias entre los dos, que es la manera que tenemos los dos de prometer algo sin atrevernos a nombrarlo.
Es entonces cuando Uxía habla, desde su rincón, y me doy cuenta de que lleva un rato despierta y ha tenido la decencia de fingir que no.
— Sois de la aldea, vosotros dos — dice, sin abrir apenas los ojos, con la voz pastosa del que sale del sueño — . Se os nota. Sois de cuando la gente se quería despacio. — Un silencio. Luego, más despierta, más dura — : Oye, rapaz. Una cosa que llevo pensando desde la cala y que no me quito.
— Dime.
— Esa gente. — Se incorpora sobre los sacos — .
Los que me cogieron. Sabían. ¿Entiendes lo que te digo?
No es que buscaran. Es que sabían. Llegaron a la furna antes que yo casi, como si les hubieran dado la hora y el sitio.
Y en la nave, esperando, los oí hablar. Uno le dijo al otro que no había prisa, que el amigo del comandante los tenía al día, que siempre que se movía el guardia ellos se movían detrás.
— Me clava los ojos, y luego los pasa a Mauro, despacio, midiéndolo como mide una captura antes de fiarse — .
El amigo del comandante. El guardia. ¿Vosotros sabéis quién es el guardia.
El hórreo se queda muy callado. Solo el mar, lejos, y un pino crujiendo.
Y yo, que estoy todavía encima de Mauro, con la mano en su pecho, noto en la palma cómo se le para el corazón medio latido.
Un solo latido. Y luego cómo se le pone el cuerpo rígido debajo de mí, esa tensión callada que le nace cuando algo lo golpea por dentro.
No dice nada. No mira a Uxía. Mira al frente, a la tronera, a la niebla, y sube la vista, y por lo bajo, casi sin voz, nombra el viento.
— Rola al norte — dice — . Mañana abre.
Y yo me quedo mirándole la cara en la penumbra, esa cara que he aprendido a leer en cuatro días como no he aprendido a leer la de nadie en años, y veo pasar por ella algo que no había visto nunca.
No es miedo. Es peor. Es un hombre entendiendo una cosa horrible sobre sí mismo.
Y aparto la mano de su pecho, despacio, sin saber todavía por qué, y el frío de la noche se me mete de golpe donde hace un segundo había calor.