Punto de fuga Capítulo 17
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Capítulo 17

A una persona la escondes donde tú puedas mirarla. Es lo primero que aprendí de Sabino, aunque él lo decía de las pruebas, no de la gente. No la alejes. Aléjala y pierdes el control; tenla a mano, a la vista, en tu terreno, y decides tú cuándo respira.

Sabino no ha mandado a Uxía lejos. La tiene cerca, en Sesín, en un sitio suyo sin serlo del todo, sin papeles, con gente de fiar delante de la puerta. Y en Sesín solo hay un sitio así.

— La nave vieja del muelle de Grupo Bruma — digo, dibujando en el suelo de la cabana con un palo quemado, sobre la tierra, un plano que llevo en la cabeza desde hace dos años de patrullar este puerto — .

La de la punta del espigón, la que da a la obra de Marina Bruma.

Está fuera del recinto vigilado del puerto deportivo, tiene su propio pantalán, y desde que empezaron las obras no entra ni sale nada por allí que no sea de Bruma.

Nadie mira. Nadie pregunta. Si yo tuviera que guardar a alguien sin que constara en ningún sitio, sería ahí.

Adrián está en cuclillas a mi lado, mirando el plano de tierra, y asiente despacio, y no me pregunta cómo lo sé, y me mira con una cara que no le había visto, entre la esperanza y otra cosa que no acabo de leer, una sombra que le cruza y se va.

— Puede que no esté ahí — dice él — . Puede que la tengan en otro sitio.

— Está ahí — digo — . Lo sé como sé que hoy cierra la niebla al sur. Llevo dos años leyendo esta gente. — Marco con el palo el pantalán, la puerta lateral, la garita — . Lo que no sé es cuánta gente le han puesto delante.

— ¿Y cómo lo averiguas.

Ahí está la cosa que llevo media hora dándole vueltas y que no me gusta.

— Con esto — digo, y saco la placa del bolsillo interior, la funda de cuero gastado con el metal dentro, y la pongo sobre el plano de tierra, entre los dos — .

Todavía vale. Sabino me mandó a por ti sin informe, por fuera, así que en los papeles yo no soy un prófugo.

Soy un agente de la Comandancia de Costas en activo.

Puedo plantarme en la garita de esa nave, enseñar esto, decir que vengo a una inspección rutinaria de la obra por un aviso de vertidos, y el que esté de guardia me va a abrir, porque no va a atreverse a decirle que no a una placa.

Entro. Miro. Confirmo dónde la tienen y cuántos son. Y salgo.

Adrián coge la placa. La sopesa en la mano, el cuero, el metal. Me mira.

— Y en el momento en que enseñes eso — dice, despacio — , Sabino sabe que sigues vivo, que sigues cerca y que ya no le obedeces. Le estás diciendo a la cara que te has pasado.

— Sí.

— Ahora mismo cree que a lo mejor sigues siendo su rapaz — dice Adrián — . Que a lo mejor lo llevas tú a él, como me contaste. En cuanto uses la placa contra su nave, se acabó la duda. Vas a quemar la única careta que te queda.

— Sí — digo otra vez — . Y por eso solo puedo hacerlo una vez, y tiene que valer.

— Recojo la placa de su mano, y la miro, el metal que fue de mi padre antes de ser mío, el que Sabino me colgó del pecho el día que juré — .

Llevo diecisiete años pensando que esto era lo que soy.

Voy a gastarlo en sacar a una mariscadora de una nave.

Me parece el mejor uso que le he dado nunca.

Mi padre llevó esta misma placa toda su vida y murió con ella al lado, en su cama, con el mar ya metido en el pecho.

Sabino me la puso encima diciendo que yo la honraría igual, que sería el hijo de Xoán Deza, que no me desviaría.

Y durante diecisiete años creí que honrarla era obedecer.

Ahora la miro y pienso que quizá mi padre, si supiera para qué la voy a usar esta noche, contra su propia comandancia, para robarle a Sabino una mujer que él encerró, me diría que por fin la estoy usando bien.

O quizá no. Ya no lo sé. Es lo peor de esto: que le he rezado tanto tiempo a un padre que a lo mejor me habría entendido, y a un mentor que desde luego no.

— Tu padre estaría orgulloso — dice Adrián, que me lee la cara como yo leo el agua.

— Mi padre está muerto — digo — . Y llevo demasiados años dejando que un vivo hable en su nombre.

Adrián no dice nada durante un rato. Luego alarga la mano y me la pone en la nuca, igual que hizo en la cocina de la prima, y me acerca la frente a la suya, y nos quedamos así, respirando el mismo aire frío de la cabana, y por un momento no hay plan ni placa ni nave, solo esto.

— No lo hagas por mí — dice, contra mi frente — . Ni por Uxía. Hazlo porque quieres. Porque si lo haces por deber, sigues obedeciendo, solo que a otro dios. Y yo no quiero que me salves obedeciendo. Quiero que me salves porque te da la gana.

— Me da la gana — digo.

Y no sé cuándo se convirtió en verdad, pero lo es.

Me da la gana. Por primera vez en mi vida hago un plan que no me ha mandado nadie, que no viene en ningún protocolo, que mi padre desaprobaría y Sabino mandaría abortar, y lo hago porque quiero, porque hay una mujer encerrada por mi culpa —por mi culpa, aunque todavía no me deje decir toda la frase— y porque el hombre que tengo pegado a la frente me importa más que la línea recta y que el nombre de nadie.

— Escúchame — digo, y le cojo la cara con las dos manos, y le hablo despacio, para que se le grabe — .

A nadie más se deja atrás. ¿Me oyes? Ni a Uxía.

Ni a ti. Yo me fui una vez. Me fui obedeciendo, y me arrepentí nueve años.

No me voy a ir otra. Pase lo que pase ahí dentro, pase lo que pase estos dos días, yo no dejo a nadie atrás nunca más.

Es lo único que te puedo prometer que voy a cumplir seguro.

Adrián me mira con los ojos húmedos, y abre la boca, y por un segundo tengo la sensación de que va a decirme algo importante, algo que le pesa, y me preparo para oírlo.

Pero lo que dice es:

— Vale.

Solo eso. Vale. Y baja la vista, y algo se le cierra por dentro, una puerta, y yo lo achaco al miedo del plan, al peso de Uxía, a todo lo que llevamos encima.

No lo achaco a lo que debería. Sigo sin leerle esa sombra.

Estoy tan ocupado prometiendo que no dejo a nadie atrás que no veo que el que se está preparando para irse es él.

Cerramos el plan a la luz gris de la tarde que cae.

Bajamos a Sesín al anochecer, por tierra, campo a través, evitando la carretera.

Yo entro solo en la nave con la placa; Adrián se queda fuera, en la sombra de la obra parada de Marina Bruma, con el móvil, de ojos, para avisarme si llega alguien.

Confirmo dónde tienen a Uxía y cuántos son.

Salgo. Y con lo que sepa, montamos la manera de sacarla mañana, antes del mediodía, antes de que se cumpla el plazo que Bras le ha dado a Adrián y que yo todavía no sé que existe.

Bajamos en la oscuridad. La niebla se ha cerrado al sur, espesa, y nos tapa hasta a nosotros mismos.

Sesín aparece abajo como un puñado de luces mojadas.

El puerto. Las grúas paradas de la obra.

Y al final del espigón, la nave, larga y baja, con una sola bombilla amarilla encendida sobre una puerta lateral y una furgoneta aparcada delante que no es de trabajo.

Conozco cada palmo de esto. Llevo dos años bajando a este puerto cada mañana, saludando a los de la lonja, tomando el café de las siete en el bar del muelle, aparcando la patrullera en ese pantalán.

Desde aquí arriba se ve el edificio de la Comandancia de Costas, cuadrado, con dos ventanas encendidas a estas horas, y en una de esas ventanas está el despacho de Sabino, con la foto de su promoción en la mesa, la foto donde sale mi padre a su lado, jóvenes los dos, con el uniforme recién estrenado.

Mi casa. Durante dos años esto fue lo más parecido a llegar a puerto que tuve: volver destinado a mi propia costa, patrullar el agua donde aprendí a remar, ser el hijo de Xoán Deza en el sitio donde su nombre todavía pesaba.

Y esta noche bajo a mi propio puerto como un ladrón, pegado a la sombra de las grúas, a robarle una presa al hombre que me colgó la placa.

La costa entera se ha vuelto del revés. La comandancia de la ventana encendida ya no me cubre la espalda: me la busca.

Y me duele de una manera vieja, la de quien descubre que la casa donde se crió estaba podrida por dentro mientras él dormía tranquilo en ella.

— Ese es tu cuartel — dice Adrián bajo, siguiéndome la mirada hacia las ventanas encendidas.

— Era — digo.

Me abro la chaqueta para tener la placa a mano. Le pongo a Adrián la mano en el hombro un segundo, en la oscuridad.

— Cuarenta minutos — digo — . Si en cuarenta minutos no he salido, no entras a por mí. Te vas. Subes a la lancha, subes a Uxía si puedes, y llegas a tu Rita como sea. La historia por encima de mí. ¿Entendido.

— No — dice Adrián.

— Adrián.

— He dicho que no. — Y me mira con una cosa nueva en los ojos, dura, y por un momento me parece que me está prometiendo lo mismo que yo le he prometido a él, a nadie se deja atrás, y me caliento el pecho pensando eso, y me equivoco, porque lo que me está diciendo es otra cosa que no sabré hasta mañana.

Le aprieto el hombro. Bajo el último tramo hasta el espigón, pegado a la sombra de las grúas, con la niebla tragándome, con la placa de mi padre calentándome el pecho por última vez.

Llego a la bombilla amarilla. Respiro. Saco la placa.

Y llamo a la puerta de la nave.