Capítulo 16
No he dormido. He pasado la noche con la espalda contra la pared fría de la cabana y los ojos abiertos en la oscuridad, contando, que es lo que mejor se me da.
La abuela Sabela, uno. Fito, dos. Uxía, tres.
Tres personas que se acercaron a mí y a las que se llevó la marea, cada una a su modo, y las tres con mi firma debajo.
Uno es azar. Dos, casualidad. Con tres ya es un patrón, y yo escribo sobre patrones para ganarme la vida.
Amanece el cuarto día con la niebla pegada al ventano y a Mauro dormido por fin, medio sentado contra la pared, con el arma en el regazo y la cabeza caída sobre el hombro.
Lo miro dormir. Le miro las canas de las sienes, la mandíbula sin afeitar, esas manos grandes flojas encima del metal.
Y siento dos cosas a la vez que no deberían caber en el mismo pecho: que quiero pasarme la vida entera mirándolo dormir, y que tengo que apartarme de él antes de que sea el cuatro de la lista.
La cesta de Uxía está en el suelo, entre los dos. La red rota. El sacho. El jirón de lana gris. No la puedo mirar y no puedo dejar de mirarla.
Uxía me midió con esos ojos suyos de pesar la captura antes de fiarse, y decidió fiarse, y me dijo de fiar poucos con esa boca dura, y me señaló el sitio del pájaro de tiza con la barbilla.
Y yo la mandé derecha a él. Otra vez. Como a Fito.
Le dije confía en mí y ella bajó a la furna con el original bajo el brazo creyendo que iba a un refugio, y en el refugio la esperaban con botas de tierra.
Todo el que se me acerca cae. No es autocompasión. Son datos.
Me levanto sin hacer ruido, cojo el móvil y salgo al raso, a la parte de atrás de la cabana, donde la maleza tapa y no se ve luz desde el mar. Necesito respirar sin la cara de Mauro delante, porque su cara me convence de cosas y ahora mismo no me puedo permitir que me convenzan.
Y el teléfono, en mi mano, vibra.
Doy un salto. Nadie tiene este número. Nadie salvo Rita, y Rita solo escribe en clave.
Miro la pantalla y no es Rita. Es un número que sí conozco, que me sé de memoria, porque lo apunté yo mismo hace tres noches en la piel de una libreta y se lo di a Uxía en la cala, con un aparato barato, para una cosa y una sola: para que nos avisara de que estaba viva.
Es el teléfono de Uxía.
Lo cojo con el corazón en la boca.
— ¿Uxía.
Silencio. Un silencio con respiración dentro. Y luego una voz de hombre, tranquila, sin ninguna prisa, una voz que no he oído nunca y que reconozco igual porque he oído a docenas iguales, la voz del que sostiene todas las cartas y sabe que las sostiene.
— La señora Randán está bien — dice la voz — . De momento. Come, duerme, no le falta de nada. Depende de usted que siga así.
— ¿Quién eres.
— Alguien a quien le han pedido que le traslade una oferta, señor Refojo. Nada más. No hay prisa. Escuche y luego decide.
Bras. Tiene que ser Bras. El de la calma. El de no hay prisa. Me apoyo en la pared de piedra porque las piernas me tiemblan, y hago lo único que sé hacer con las manos temblando: pulso a grabar, con el pulgar, sin mirar, un gesto que tengo más practicado que respirar.
— Habla — digo.
— El comandante es un hombre razonable — dice la voz — .
No quiere más desgracias en la ría. Ya ha habido demasiadas.
Lo que quiere es que todo esto vuelva a su cauce, tranquilo, sin más agua revuelta.
Y para eso solo hace falta una cosa: que usted se presente.
Usted, con el material que sustrajo. Todo.
La copia, lo que grabó su amigo Fito, lo que sea que lleve encima.
Se presenta usted en un sitio que le diremos, entrega lo suyo, y la señora Randán vuelve a su casa esa misma noche a cenar caldo. Nadie más sale malparado.
— Ya — digo, y me sale la voz rara — . Y yo, ¿qué. Yo qué ceno.
— Usted es periodista — dice la voz, y hay casi una sonrisa dentro — . Usted sabe cómo se cuentan estas cosas. Un fugitivo peligroso que se entrega. Una detención sin incidentes. Nadie quiere incidentes, señor Refojo. Los incidentes salen en las noticias.
— Demuéstrame que está viva — digo — . O no hay nada que hablar.
Un silencio. Un roce de tela, el aparato que cambia de mano. Y luego la voz de Uxía, ronca, más cansada que la última vez pero entera, tan entera que me sube el llanto a la garganta.
— Rapaz. — Una pausa, una respiración — .
No se te ocurra venir. ¿Me oyes? Yo ya soy vieja para estas cosas y me da igual lo que me pase.
Tú tienes un trabajo que acabar por mi hermano.
Por Fito. No vengas a cambiarte por mí, que entonces habremos perdido los dos y no habrá servido de nada.
De fiar, poucos, rapaz. No te fíes de estos. No ven...
La cortan. Vuelve la voz tranquila, como quien retira un plato.
— Una mujer valiente — dice — . Sería una pena desperdiciarla por una cabezonería suya.
— Es una trampa — digo, y me tiembla todo — . Me entrego y aparezco yo también flotando en la ría con los bolsillos llenos de piedras. Como Fito.
— Puede pensar eso — dice la voz, sin alterarse, con esa paciencia que da más miedo que un grito — .
O puede pensar en la señora Randán, que tiene cuarenta y un años y una madre vieja en Arnela, y que está donde está por culpa de usted, no mía.
Yo solo llevo el recado. Tiene hasta mañana al mediodía. Piense despacio. No hay prisa.
Y cuelga.
Me quedo con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono vacío, con la niebla mojándome la cara y la voz de ese hombre metida hasta el fondo, no por lo que ha dicho, sino por lo que sabe: que tiene razón.
Uxía está donde está por mí. Y hay una manera de sacarla.
Solo cuesta una cosa, y esa cosa soy yo.
Paro la grabación. La guardo. Y me quedo mirando la pantalla, y por primera vez en dos semanas la mentira que llevo dentro, esa que Mauro me desmontó anoche con las manos en mi cara, se levanta otra vez del suelo, se sacude el polvo, y me habla con mi propia voz.
Todo el que se te acerca cae, me dice. Fito. La abuela. Uxía. Y Mauro, que ha quemado su vida entera por ti y aún no lo sabe del todo. ¿Y si la manera de dejar de ser radiactivo fuera dejar de estar cerca de la gente? ¿Y si por una vez pudieras hacer el bien yéndote, y no quedándote?
Entrego yo el material señuelo, me dice la voz de dentro.
Una copia trucada, suficiente para que se confíen y suelten a Uxía, y mientras ellos me tienen a mí distraídos, Mauro saca el original y lo emite con Rita y todo cae igual.
Yo pago la cuenta. Ellos ganan la guerra.
Uxía cena caldo. Mauro sigue vivo. Y yo, por una vez en mi puta vida, sirvo para salvar a alguien en lugar de para enterrarlo.
Y ya empiezo a montarlo en la cabeza, porque montar planes es lo único que me calma.
Tengo la copia parcial en una tarjeta, la que saqué de Madrid, la que no aguanta ante un juez.
Puedo hacer una segunda, cargarla de material de relleno, documentos a medias, audios cortados, algo que parezca el tesoro entero y que a ellos les lleve horas comprobar que no lo es.
Me presento con eso. Se lo doy. Sueltan a Uxía.
Y para cuando se den cuenta de que les he dado humo, Mauro ya ha entrado en la furna con el original de verdad y Rita ya lo está emitiendo, y da igual lo que me hagan a mí, porque la historia ya está fuera y matarme no la borra.
Encaja. Encaja demasiado bien. Los planes que encajan demasiado bien son los que hago cuando en el fondo lo que quiero es una excusa.
Suena a heroísmo. Sé perfectamente que no lo es.
Sé que es la vieja mentira con traje nuevo, que es apartarme antes de que me aparten, morirme antes de que me dejen, irme yo primero para no tener que aguantar que se vayan ellos.
Lo sé. Lo he diagnosticado en mí mismo mil veces.
Y saberlo, otra vez, no lo hace menos fuerte.
— ¿Con quién hablabas.
Me vuelvo. Mauro está en el hueco de la puerta de la cabana, despierto, con esa quietud suya, mirándome con los ojos grises entornados. No sé cuánto lleva ahí. No sé qué ha oído.
— Con nadie — digo, y me guardo el teléfono en el bolsillo con la naturalidad de quien lleva quince años mintiendo para vivir — . Miraba si había cobertura. No hay.
Mauro me mira un segundo de más. Él, que lee el mar, me está leyendo a mí, y por un instante creo que va a saberlo, que va a cruzar la maleza y a cogerme la cara y a sacarme la verdad como me la sacó anoche.
Y una parte de mí, la que anoche durmió a salvo por primera vez en semanas, lo desea con todas sus fuerzas: que lo sepa, que me lo impida, que no me deje hacer la tontería que ya estoy empezando a decidir.
Pero no cruza la maleza. Mira el cielo, en cambio. Nombra el viento.
— Ha rolado del todo al sur — dice — . Hoy cierra fuerte. Bien para escondernos, mal para movernos. — Se frota la cara — . Entra. Hay que pensar cómo sacamos a Uxía de donde la tengan. Viva. A nadie más se deja atrás, Adrián. A nadie.
A nadie se deja atrás. Lo dice él, el que se fue, el que me dejó a mí atrás una vez, y lo dice como un juramento, y me duele en un sitio que no sabía que tenía.
— A nadie — repito.
Y entro detrás de él en la cabana, con la grabación quemándome el bolsillo y la voz tranquila de Bras metida en el oído y una decisión a medio tomar pesándome más que el mar entero, y me digo que tengo hasta mañana al mediodía para no hacer la mayor tontería de mi vida.
Me conozco. Sé que la voy a hacer.