Punto de fuga Capítulo 15
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Capítulo 15

La marea me dice que ahora o hasta mañana.

Bajo el saco del ventano, en lo oscuro, hago las cuentas que no necesito hacer porque las llevo en el cuerpo desde crío.

La baja de esta noche es a las dos y pico, coeficiente todavía flojo, dos días antes de la viva.

Con esta agua la boca de mar de la furna está cerrada, tapada por el mar que la lame por fuera, imposible entrar por ahí.

Pero la canal de tierra, la grieta de la cara norte, la que descubrimos de rapaces, esa se abre con la baja.

Se abre ahora. Y se cierra en tres horas.

— Voy a bajar a la furna — digo.

Adrián se incorpora de golpe en la oscuridad de la cabana.

— Ni de coña bajas solo.

— Bajo solo porque para pasar por la grieta hay que ir ligero y saberse el paso, y el paso me lo sé yo — digo — .

Tú te quedas en el ventano de guardia. Si ves entrar cualquier barca por la boca, dos toques a mi teléfono y salgo por donde entré.

— Le pongo la mano en el hombro un segundo, y aprieto — .

No voy a hacer una tontería. Voy a mirar.

Necesito saber qué hay ahí abajo antes de que baje Uxía. Y necesito saberlo con mis ojos.

— Con niebla no se navega solo — dice él, y me lo suelta a la cara con mi propia frase, la de mi padre, y me deja sin palabras un instante — . Me lo dijiste tú anoche. ¿O solo vale para mí.

— Vale para los dos — digo — . Por eso te quedas arriba mirándome la espalda. Eso es no ir solo, Refojo. Que haya alguien que sepa dónde estoy.

Se calla. Coge la manta, se envuelve, se planta en el ventano con los ojos clavados en el mar negro. Y yo bajo.

La ladera del cabo la bajo con las manos y con la memoria.

Nueve años, y el cuerpo se acuerda de cada saliente, de cada mata de tojo a la que agarrarse, del sitio donde la roca engaña y hay que fiarse del pie de dentro.

Llego al pie del acantilado con la marea ya vaciando, la playa de cantos al descubierto, y busco la grieta.

Está donde estaba. Una raja negra en la cara norte de la peña, alta y estrecha, disimulada por un pliegue de la roca, invisible si no sabes que existe.

De críos nos metíamos por aquí a pecho descubierto, mojándonos hasta las rodillas, para salir a la caverna grande por dentro, a la sala del pájaro de tiza, y sentirnos dueños de un secreto que no tenía nadie más en el mundo.

Me meto. La grieta escupe aire frío y olor a alga podrida.

Voy de lado, la espalda contra una pared, el pecho contra la otra, con la linterna casi cerrada, dando solo un hilo de luz para no cantar desde el mar.

El ruido del agua crece a cada paso, hondo, envolvente, hasta que la grieta se abre de golpe y estoy dentro.

Y me paro.

Porque la furna do Corvo ya no es la furna do Corvo.

La sala es grande como una iglesia, con la bóveda de piedra negra chorreando y el agua metiéndose por la boca de mar del fondo, allá donde entra la luz de la noche, verde y móvil.

Nuestro sitio. Y nuestro sitio está lleno de cosas que no deberían estar en una cueva olvidada.

Contra la pared seca, apilados en un saliente de roca, hay bidones.

Los cuento. Doce, catorce, plásticos, azules, atados con eslingas.

Un motor fuera borda desmontado bajo una lona.

Garrafas de gasoil. Cabos nuevos, de nylon, brillantes, anclados a unos cáncamos que alguien ha atornillado a la roca viva.

Y en el suelo, sobre las piedras que la marea no cubre, marcas de quilla, dos, tres, de embarcaciones que entran y salen por aquí con la marea alta y aparcan en el saliente, cargan, descargan.

El punto de trasvase. Lo tengo delante. Aquí meten la carga desde tierra, en la baja, por la grieta y desde arriba; y aquí la sacan al buque, en la viva, por la boca de mar, cuando el agua sube y una lancha puede entrar y salir flotando por donde ahora yo veo verdear la noche.

Todo encaja con un asco que me sube por la garganta.

La cueva que fue lo más limpio que tuve, la que guardaba nuestro primer beso en una pared, convertida en la tráquea por la que Grupo Bruma respira su porquería.

Y mientras miro los bidones, mientras la rabia me nubla, la otra cosa vuelve a morderme. La de siempre estos días.

¿Cómo nos encuentran?

Repaso. La casa de la prima: cuatro personas.

El faro: nadie, lo elegí yo sobre la marcha.

Y aun así, Bras. Le doy vueltas ahí abajo, con el agua rugiendo, y me digo que la filtración está cerca, que tiene que estar cerca, que alguien de dentro habla.

Repaso a Uxía, imposible. A la prima, que no sabía el faro.

A Rita, que no sabe nada de esto. Y no llego.

No llego porque estoy repasando a todo el mundo menos al hombre que lleva un teléfono limpio en el pecho y que esta mañana, en una romería, echó un aparejo creyendo que pescaba él.

No me miro a mí. Ni una vez. El que obedece nunca se pierde, decía Sabino, y yo obedezco todavía la orden de no sospechar de mí mismo.

Barro la sala con el hilo de luz, buscando la pared del cuervo, no sé ni por qué, quizá para comprobar que queda algo nuestro debajo de tanta mierda.

La encuentro al fondo, a la derecha, donde la roca hace un plano liso que parece hecho para escribir.

Y ahí está. Descolorido, comido por la humedad de veinte años, pero está: el cuervo torpe que dibujó Adrián con una piedra de tiza el verano que cumplimos quince, las alas mal hechas, el pico demasiado grande, una raya debajo que quiso ser el mar.

Y al lado, más pequeñas, dos letras que hice yo cuando él no miraba, una eme y una a enredadas, y que él encontró después y no borró.

Le paso la mano por encima. La tiza se deshace un poco bajo los dedos, húmeda, y me quedo un segundo con el polvo blanco en la yema, mirando la pared, con catorce bidones de veneno a mi espalda y el mar rugiendo por la boca.

Este sitio era nuestro. Era lo único entero que tuve antes de la placa, antes de Sabino, antes de irme.

Y lo han convertido en la garganta por la que sale su porquería al Atlántico.

No sé si me da más rabia lo que le hacen a la costa o lo que le hacen a este trozo de pared con un cuervo mal dibujado.

Aparto la mano. Y la luz, al bajar, tropieza con algo en el suelo, medio metido en una poza que deja la marea.

Una cesta.

Una cesta de marisqueo, de las de aro y red, volcada, con el sacho al lado, esa herramienta corta con que las mujeres de la ría arrancan la almeja.

La conozco. La he visto colgada del brazo de Uxía Randán en la cala, hace dos noches, cuando se despidió de nosotros con el original bajo el otro brazo.

La cojo. La red está rota, desgarrada, como si alguien la hubiera pisado o arrastrado.

Y alrededor, en la arena mojada del borde de la poza, hay marcas.

No de quilla. De pies. De arrastre. Dos surcos paralelos, como de talones de alguien a quien llevan a rastras, y encima el pisoteo ancho de botas que no son de aquí, botas con tacos, botas de tierra en un sitio de agua.

Y en el borde de la roca, prendido de una arista, un jirón de tela.

Lana basta, gris, del color del mandil que llevan las mariscadoras.

Uxía ha estado aquí. Uxía ha bajado a la furna, a nuestro sitio, a la rendija del pájaro de tiza, creyendo que era refugio, y en la furna la estaban esperando.

Se me cae el alma a los pies del acantilado.

Me agacho, toco los surcos, mido con la mano la antigüedad de la marca contra la línea de la marea. Frescas. De hoy. De esta tarde, calculo, cuando el agua estaba más abajo que ahora. Justo después de que dejara de dar su señal. Justo después del mediodía.

Y en ese cálculo, por primera vez, algo dentro de mí, la parte que no obedece, empieza a mirar hacia donde no quiero. Media mañana, dijo Adrián. La última señal de Uxía fue a media mañana. Y a media mañana, en la carballeira de Beira, yo me separé un paso y eché un aparejo.

Aparto la idea. La aparto con fuerza, con toda la disciplina de diecisiete años obedeciendo.

No puede ser eso. Yo controlo el canal. Yo le di una pista falsa, el sur, Con do Mar, lejos de aquí.

No puede haber salido de mí. Lo aparto. Pero la idea, por primera vez, no se va del todo.

Se queda en el fondo, agazapada, esperando su marea.

Y entonces, por la boca de mar del fondo, llega un ruido que no es el del agua.

Un motor. Bajo, contenido, acercándose por fuera, y una voz de hombre que le dice algo a otra, tranquila, sin prisa.

Apago el hilo de luz de un manotazo y me quedo pegado a la pared del cuervo, en lo negro absoluto, con la cesta contra el pecho y el corazón golpeándome las costillas.

El haz de una linterna entra por la boca, barre la bóveda chorreante, se pasea por los bidones, comprueba las eslingas.

Vienen a ver la carga antes de la noche grande.

Aguanto la respiración. Cuento. Si entran del todo, estoy muerto, o peor, estoy vivo en sus manos.

La linterna se detiene un instante largo en el saliente, en el motor bajo la lona.

Luego el motor de fuera vuelve a ronronear y se aleja, y la voz tranquila dice algo de la marea y de mañana, y la boca de la furna se queda otra vez sola con su verde y su rugido.

No hay prisa, ha dicho la voz. La conozco. Bras.

Recojo la cesta y el jirón de lana. No dejo nada mío.

Salgo por la grieta a toda prisa, porque el agua ya está subiendo y en veinte minutos este paso se cierra y me quedo dentro con los bidones y con las botas que igual vuelven.

Subo la ladera de dos en dos, con la cesta al brazo, con el pecho ardiendo, y llego a la cabana cuando empieza a clarear el borde del cielo por levante.

Adrián está en el ventano. Se vuelve al oírme entrar, y me mira la cara, y luego mira lo que traigo en la mano, y lo entiende antes de que yo diga nada, porque este hombre lee a la gente como yo leo el mar.

— No — dice, muy bajo — . No, Mauro.

Le tiendo la cesta. La coge con las dos manos. La red rota. El sacho. El jirón de lana gris prendido en el aro.

— La han cogido en la furna — digo — . Esta tarde. Con el original encima, casi seguro. La cueva es el punto de trasvase de Bruma, y ella bajó derecha, y la estaban esperando.

Adrián se queda mirando la cesta rota en sus manos, y no habla, y su silencio, el silencio de este hombre que habla hasta durmiendo, me encoge el pecho más que cualquier grito.

Fuera, el tercer día se muere y clarea el cuarto sobre una ría de niebla.

Nos quedan dos días para la marea viva. Y acabamos de perderlo casi todo: al testigo, y puede que el original, y puede —aunque yo aún no me deje decirlo— algo mucho peor, algo que llevo yo en el bolsillo del pecho, latiendo como una brújula que apunta al norte equivocado.