Capítulo 14
La cabana de pastor huele a helecho seco y a boñiga vieja, y es lo más parecido a un hogar que he tenido en dos semanas.
Está en la ladera, por encima del cabo Toural, medio comida por los tojos, con el tejado de lastras hundido en una esquina y un ventano orientado al mar.
Si me asomo, veo el faro apagado allá abajo y, más abajo aún, la lengua de espuma blanca donde el acantilado se traga a sí mismo.
Ahí está la furna. No la veo. La oigo. Desde aquí arriba, en el silencio que va cayendo con la tarde, sube su respiración honda, la del mar entrando y saliendo de la piedra con un ruido de garganta.
Volvimos de Beira al oscurecer, remando pegados a la costa, y subimos a pie hasta aquí porque Mauro dice que este es el punto: desde esta ladera se domina la boca de la furna, y a la furna es adonde Uxía dijo que iría con el original cuando bajara la marea buena.
Aquí esperamos. Es el sitio del pájaro de tiza.
El que dibujamos él y yo con quince años en la pared de dentro de la cueva, un cuervo torpe, porque a la furna la llaman do Corvo y nos pareció que había que firmarla.
Mauro está en el ventano, de guardia, leyendo la noche. Yo estoy en el suelo, contra la pared de piedra, con la libreta cerrada sobre las rodillas y la manta por los hombros, y por primera vez en mucho tiempo no tengo nada que apuntar y nada que planear, y eso, para mí, es una forma de desnudez.
— Cuéntame lo de Fito — dice Mauro sin volverse.
— Ya lo sabes.
— Sé el titular. No sé lo de dentro.
Y aquí está la cosa. Que se lo quiero contar. Que llevo dos semanas cargándolo solo, como cargo todo, y por primera vez hay alguien en la habitación al que no me da vértigo dárselo.
— Fito era de Arnela, como nosotros — digo — .
Un año menor. De crío se pegaba a nosotros en el muelle y le mandábamos a la porra.
Y hace un mes me escribió. Después de años sin hablar.
Me escribió porque yo firmaba en La Corriente y él tenía miedo y no sabía a quién acudir.
Trabajaba de administrativo en el muelle de Grupo Bruma, llevando papeles, y había visto que los papeles no cuadraban.
Que salía más carga de la que entraba, y que entraba carga que no salía en ningún manifiesto.
Y una noche copió el libro de cargas real.
Y grabó a Sabino aceptando el sobre. — Aprieto la libreta — .
Me lo trajo todo a Madrid en la mano, temblando, y me dijo: Adrián, tú sabrás qué hacer con esto, yo solo quiero que pare.
Mauro no dice nada. Deja que siga.
— Y yo hice lo que hago siempre — digo, y la voz se me pone fea — .
Le dije que era la historia de mi vida. Le dije que confiara en mí, que yo lo protegía, que lo sacábamos juntos.
Le dije que no se lo contara a nadie, que trabajara solo conmigo, que yo trabajo solo y que así estaría más seguro.
Y volvió a Sesín a por el original completo, el que había dejado a buen recaudo, porque la copia que me dio a mí era parcial y yo, listo de mí, le exigí el original entero para que aguantara ante un juez.
Lo mandé yo a por él. — Cojo aire — . Dos días después apareció en la ría.
Ahogado. Con los bolsillos llenos de piedras.
Accidente, dijeron. Se lo llevó la resaca haciendo algo que no debía en el muelle de noche. Accidente.
— No fue accidente.
— Ya sé que no fue accidente — digo, y me arde la garganta — .
Lo mataron porque yo lo mandé a por el original.
Lo mataron por hacerme caso. Igual que la abuela se murió sola porque yo estaba en Madrid persiguiendo una historia y no cogí el teléfono tres días.
Igual que mis padres... — Me paro. No hace falta — .
¿Ves el patrón, Mauro? El que se me acerca, cae.
Fito. La abuela. Y tú, que anoche te acostaste conmigo encima de una diana.
Por eso trabajo solo. No porque sea fuerte. Porque soy radiactivo.
Mauro se aparta del ventano. Cruza la cabana y se agacha delante de mí, de cuclillas, para quedar a mi altura, y me coge la barbilla con esa mano áspera y me la levanta hasta que no me queda más remedio que mirarlo.
Sus ojos grises, incluso en esta penumbra, tienen el color exacto del agua de la ría en octubre.
— A tu abuela la mató el tiempo, Adrián — dice, muy despacio — .
A tus padres, su propia cobardía, que se fueron ellos, no los echaste tú.
Y a Fito lo mató Sabino Grela. Tú no eres radiactivo.
Eres un hombre que se acerca a cosas peligrosas porque alguien tiene que acercarse, y luego cargas con los muertos de otros para no tener que sentir que a ti también te dejaron.
— Me aprieta la barbilla — . Yo lo sé porque hago lo mismo al revés.
Tú cargas culpas que no son tuyas. Yo obedezco órdenes que no debería. Los dos nos escondemos de lo mismo.
— ¿De qué — digo, y me sale en un hilo.
— De que nos quieran — dice Mauro — . Porque si te quieren, te pueden dejar. Y ya nos dejaron una vez.
No sé qué contestar a eso. No hay titular para eso. Hago lo único que se me ocurre: le agarro de la muñeca, la que me sostiene la cara, y no la suelto. Y nos quedamos así un rato largo, él de cuclillas, yo contra la piedra, unidos por una muñeca, mientras abajo la furna respira.
Después, porque los dos necesitamos volver al terreno firme, sacamos el plan y lo desmenuzamos a la luz de la linterna tapada con un trapo.
— La marea viva es en tres días — dice Mauro, y lo dice mirando al techo, calculando lunas — .
La madrugada del equinoccio. En esa marea, la Santa Xoana zarpa con el cargamento, y en el instante en que ese barco cruce la bocana, la prueba física se pierde en el Atlántico y ya no hay caso. Ese es el reloj. Tres días.
— Y para entonces necesitamos tres cosas juntas — digo, y las cuento con los dedos, porque contar me calma — .
Una: el original de Uxía, el disco y el cuaderno, el material que aguanta ante un juez.
La copia mía no vale, ya te lo dije, la tumba cualquier abogado.
Dos: a Uxía en persona, viva, dando la cara como testigo.
Y tres: a Rita lista para emitir en el momento exacto.
— Cierro el puño — . Si Rita saca el original en directo justo cuando la Santa Xoana esté cargando, la caza se da la vuelta en un segundo.
Dejo de ser el prófugo. Sabino pasa a ser el comandante corrupto que sale en la pantalla firmando muertes.
Y matarnos ya no borra nada, porque ya está fuera.
— Todo tiene que pasar a la vez — dice Mauro.
— A la vez. Es la única manera.
Se queda callado. Mira hacia el ventano, hacia el ruido de la furna que sube en la oscuridad, y le veo la cara cambiar, ponérsele esa quietud que le viene cuando encaja una pieza que no le gusta.
— La carga — dice, despacio, más para sí que para mí — .
Grupo Bruma mueve el cargamento por mar, escondido en la carga legal.
Pero un buque grande no puede acercarse a según qué sitios, y menos con la marea justa.
Necesitan un punto de trasvase. Una boca a la que llegar en lancha con la marea buena, meter la carga, y sacarla al buque en aguas hondas.
— Mauro.
— Una boca que solo conozca gente de aquí — sigue él, y se levanta despacio, y se acerca al ventano, y mira hacia abajo, hacia la lengua de espuma blanca, hacia el ruido — .
Una boca a la que se entra solo con cierta marea.
Que se sabe de memoria quien se crió aquí.
Que se sabe, por ejemplo, un ex agente de estas costas que ahora cobra de Bruma.
Se me cierra el estómago.
— No — digo.
— La furna — dice Mauro, y la palabra cae en la cabana como una piedra en un pozo — . El trasvase se hace en la furna do Corvo. En nuestra furna. La cueva del pájaro de tiza es el punto por donde sacan la mierda al mar.
Nos quedamos los dos mirando el ventano negro. Abajo, el sitio donde nos escondíamos de críos, donde nos dimos el primer beso, donde firmamos la pared con un cuervo torpe, es ahora la boca por la que respira todo lo que queremos hundir. Y Uxía va camino de ahí. Con el original. Con la marea buena.
— Hay que avisarla — digo, incorporándome de golpe — . Uxía va derecha a la boca del lobo y no lo sabe. Cree que es solo nuestro escondite. Hay que decirle que no baje a la furna, que la furna es de ellos ahora.
Saco el móvil. Es un teléfono limpio, sin agenda, con un solo número apuntado en la piel de la memoria: el de un aparato que le di a Uxía en la cala, para una cosa y una sola, para que nos mandara una señal cuando estuviera de camino y a salvo. Marco. Suena. Suena. Suena y no lo coge.
— No responde — digo.
— Prueba otra vez.
Pruebo. Nada. La llamada se pierde en el tono largo, hueco, ese tono que de pronto suena a mar vacío.
— Teníamos un aviso — digo, y me oigo la voz subir, acelerarse, esa cascada que me sale con el miedo — .
Un toque, dos timbres y colgar, cada seis horas, para decir sigo viva, sigo de camino.
El último fue esta mañana. A media mañana.
— Miro a Mauro — . Desde entonces, nada.
Llevamos toda la tarde sin señal de Uxía. Desde el mediodía.
Mauro no dice nada. Pero algo le cruza la cara, rápido, una sombra que se cierra en seguida, y por un instante me acuerdo de esta mañana en la romería, cuando se separó un paso a comprar el vino y volvió con una cara rara y me dijo todo bien con los ojos de quien no dice todo bien.
— A media mañana — repite él, muy bajo, y aparta la vista, y mira otra vez hacia el mar, y nombra el viento, cosa que hace cuando algo le muerde por dentro — . Ha rolado al sur. Mañana cierra.
— Mauro. ¿Desde el mediodía por qué.
— No lo sé — dice.
Y por primera vez desde el faro, no le creo del todo. Aparto ese pensamiento, lo entierro, porque este hombre me ha sostenido toda la noche y me ha bajado un acantilado a oscuras y no me puedo permitir dudar de la única mano firme que me queda. Lo entierro.
Pero abajo la furna sigue respirando en la oscuridad, hondo, paciente, tragando y escupiendo, y Uxía lleva media jornada sin dar señal, desde justo la hora en que Mauro se apartó un paso en la romería, y algo en el fondo de mi estómago, el instinto viejo de periodista que huele lo que aún no puede probar, se ha despertado y ya no se va a volver a dormir.