Capítulo 13
El foco no puede con la marea. Es lo primero que pienso al verlo subir por el pie del cabo, y es lo que nos salva.
La barca de Bras está parada frente a la boca de la furna, meciéndose, y no puede acercarse más porque el mar de fondo revienta contra la roca y el que meta ahí la proa se abre el casco.
Lo sé yo porque me crie leyendo esta agua.
Lo sabe él también, que fue agente de estas costas antes de venderse.
Por eso no entra por el mar. Va a echar a alguien a tierra por el sendero del norte y a peinar la casa desde arriba.
Nos quedan minutos.
— Por aquí no — le digo a Adrián, que ya está vestido, pálido, con la libreta metida en la cinturilla y el móvil en el puño — . El sendero del norte lo van a cubrir. Bajamos por la canal del sur, la que da a la playa de cantos. Con la marea así, la barca no puede seguirnos por ese lado.
— La canal del sur es un despeñadero.
— Es un despeñadero que me conozco a oscuras — digo — . Detrás de mí. Pisa donde yo pise. Y no mires abajo.
Salimos por el hueco de las contras traseras cuando el foco barre hacia el otro lado.
El amanecer del tercer día llega sucio y sin sol, con la bruma deshilachándose, y esa claridad pobre es lo único que nos deja bajar sin partirnos la crisma.
Bajo primero, buscando los apoyos con la memoria más que con los ojos, y le voy diciendo a Adrián dónde poner el pie, aquí, ahora la mano en esa grieta, salta corto.
Él baja detrás, torpe, resoplando, insultándome por lo bajo cada dos metros, y esos insultos me tranquilizan más que un silencio, porque Adrián callado es Adrián roto y Adrián puteándome es Adrián entero.
A mitad de la canal, Adrián pisa un canto suelto y se le va el pie.
Resbala medio metro, con un ruido de piedras que en el silencio del amanecer suena como un disparo, y yo me giro y le agarro del antebrazo antes de que el resbalón se vuelva caída, y lo sostengo un instante colgando sobre el vacío gris, con el mar rompiendo cuarenta metros más abajo.
Le miro a los ojos. No dice nada. Por una vez no dice nada.
Lo subo de un tirón, lo pego a la roca, dejo que respire.
— Ya está — digo — . Te tengo. No mires abajo. Mírame la nuca y baja.
Arriba, en el cabo, una linterna barre las contraventanas de la casa que acabamos de dejar. Llegan tarde. La roca vacía. Seguimos bajando.
Llegamos a la playa de cantos con la primera luz.
Recuperamos la lancha por la orilla, arrastrándola entre los dos por el pedregal para que no la vean botarse, y remo pegado a la costa, aprovechando la sombra del acantilado, hasta que el cabo Toural y su faro muerto se quedan atrás, tragados por la bruma que se cierra otra vez a nuestra espalda como una puerta.
Nadie nos sigue. Por ahora.
Y aquí viene lo que me come por dentro y no digo: no entiendo cómo nos encuentran.
Le doy vueltas mientras remo, con el ritmo largo que me deja pensar.
La casa de la prima de Uxía la sabían cuatro.
El faro no lo sabía nadie. Ni Uxía. Elegí yo el faro, sobre la marcha, sin decírselo a nadie.
Y aun así, a las pocas horas, ahí estaba la barca de Bras con el foco montado, peinando la roca exacta donde dormíamos.
No cuadra. Repaso a la gente. Repaso las horas.
Repaso los sitios. No cuadra por ningún lado, y cuando una cosa no cuadra por ningún lado es que estoy mirando donde no debo.
Lo que no repaso es mi propio bolsillo. Ni una vez.
— A lo mejor tienen un dron — dice Adrián desde la proa, adivinándome el gesto — . Térmica. Dos cuerpos calientes en una casa vacía en un cabo abandonado cantan mucho.
— Puede — digo, y me agarro a esa explicación como quien se agarra a un cabo, porque es cómoda, porque no señala hacia dentro — . Puede que sea eso.
No es eso. Pero eso es lo que me digo, y lo bien que me lo digo debería darme miedo.
Remamos hasta una cala de servicio de Beira, un pueblo un poco más arriba de la ría, y ahí escondemos la lancha entre las de los mariscadores, boca abajo, una más entre veinte.
Beira huele hoy a pólvora de bomba de palenque y a pulpo cocido y a gente.
Mucha gente. Es día de romería, la de la patrona, y el pueblo entero está en la calle con el traje de los domingos, y hay carballeira con mesas de tablón, y una charanga afinando, y críos corriendo entre las piernas de los mayores.
— Joder — dice Adrián, agachado a mi lado detrás de un cobertizo, mirando el gentío — . Toda la comarca con la radio puesta esta mañana. Y nosotros vamos a meternos ahí en medio.
— Por eso vamos a meternos ahí en medio — digo — .
Un prófugo se esconde en el monte, solo, muerto de miedo.
No se pasea del brazo por una romería. Nadie que te busque va a mirar dos veces a una pareja que ha venido a la fiesta.
La multitud es el mejor punto ciego que hay. Solo tenemos que ser dos más.
— Del brazo — repite él.
— Del brazo — digo — . Y bajas la cabeza cuando pases cerca de alguien, y hablas conmigo de tonterías, y te ríes si hace falta. ¿Puedes reírte?
— Se me da de miedo fingir que soy feliz — dice Adrián, y hay tanta verdad amarga debajo del chiste que casi me paro.
Salimos al río de gente cogidos del brazo.
Lleva razón en una cosa: se le da bien. Se pega a mí, apoya la mejilla un segundo en mi hombro, me señala un puesto de rosquillas y comenta algo con una sonrisa que engaña a cualquiera menos a mí, porque yo le veo el pulso latiéndole en el cuello.
Cruzamos la plaza así, dos que han venido a la fiesta, y funciona.
La gente nos mira sin vernos. Una vieja nos ofrece un trozo de bica.
Un hombre con la cara ya colorada de vino nos da los buenos días. Somos invisibles de puro visibles.
Hasta que dejamos de serlo.
Es junto al tenderete de la rifa. Un corro de cuatro o cinco hombres alrededor de una radio de pilas puesta encima de una caja de cervezas, la misma emisora de la comarca, y el locutor repite el bando entre parte y parte de fiesta, la voz saliendo entre el ruido de la charanga: fugitivo, treinta y cuatro años, natural de Arnela, podría ir armado.
Uno de los del corro, un tipo grande con gorra de patrón, levanta la vista de la radio y barre la plaza despacio, con los ojos entornados, como el que sale a mirar el cielo antes de largar amarras.
Y sus ojos pasan por encima de nosotros. Y vuelven.
Noto a Adrián ponerse rígido bajo mi brazo. Se le corta la sonrisa fingida. Empieza a girar la cara hacia mí, que es el peor movimiento posible, el de quien tiene algo que esconder.
— No — le digo bajo, contra el pelo, sujetándole el brazo para que no se vuelva — .
Mírame a mí. Ríete de lo que te digo. — Y le suelto la primera tontería que me sale, algo de una vaca y un cura que contaba mi padre, una bobada sin gracia, y Adrián se ríe, se ríe de verdad porque le sale el nervio en forma de risa, echa la cabeza atrás y se ríe como un crío, y le brilla la cicatriz de la ceja al sol pobre, y en esa risa deja de ser el prófugo de la radio y pasa a ser un hombre feliz en una fiesta.
El tipo de la gorra nos mira un segundo más.
Un novio riéndose con su pareja. Aparta la vista, se agacha otra vez sobre la radio.
Tira de la manta con los otros sobre la caza de esta mañana, que si lo cogen, que si menudo elemento, que si dónde se habrá metido, y ninguno de ellos sabe que lo tienen a tres pasos, riéndose de una vaca y un cura.
Los llevo lejos de allí sin prisa, sin girar la cabeza, comprando de camino un cucurucho de rosquillas para tener las manos ocupadas y la cara de quien no huye de nada.
— Casi — me dice Adrián al oído, todavía con la risa temblándole en la voz — . Ese me ha reconocido.
— Ese ha visto a dos que se quieren — digo — . La gente ve lo que espera ver. Y nadie espera que un asesino peligroso venga a una romería a comer rosquillas.
Y yo, que debería estar entero en el perímetro, contando salidas, midiendo distancias, tengo la cabeza en el brazo de Adrián enganchado al mío y en lo de anoche y en cómo dijo mi nombre en la oscuridad.
La intimidad me ha ablandado. Lo noto y no consigo apretarme del todo.
Anoche bajé una guardia que llevaba nueve años sin bajar, y hoy tengo el filo mellado, y en mi oficio el filo mellado es lo que te mata.
Es entonces, cruzando la carballeira, cuando decido hacerlo.
Me digo que es por seguridad. Me lo digo con las palabras exactas de un buen agente.
Sabino cree que sigo siendo suyo. Si desaparezco del todo, si me voy a negro, sabrá que me he pasado.
Cambiará el tablero entero y ya no podré anticiparlo.
Pero si le mando una señal, si le doy una miga, lo mantengo mirando donde yo quiero.
Una pista falsa. Lo mando a peinar el sur mientras nosotros subimos al norte, hacia el punto donde Adrián puede hacer llegar el material a su editora. Le compro horas. Con una sola señal.
Lo controlo yo. Eso me digo. Lo controlo yo.
Me separo un paso, con la excusa de comprar dos vasos de vino en un tablón para no cantar.
Saco el teléfono con el cuerpo vuelto hacia la charanga, protegiéndolo con el hombro.
Es un teléfono limpio, sin nombres, sin agenda, solo un número aprendido de memoria y una manera de hablar en clave que Sabino y yo usamos desde hace años para las cosas que no van a informe.
Escribo poco. Escribo como quien no dice nada: que el pescado del sur está saliendo bueno estos días, que a lo mejor bajo a Con do Mar a echar el aparejo.
Con do Mar está al sur. Nosotros vamos al norte.
Es una pista falsa. Es un señuelo. Es de manual.
Me tiembla el pulgar sobre el botón de enviar.
Un segundo. En ese segundo, algo dentro de mí, la parte que no obedece, la que anoche perdió el control encima de un catre de hierro, me dice que no lo haga, que no hay señales controladas con un hombre así, que toda puerta que dejas abierta la usa el que viene a matarte, no tú.
La voz de Sabino, dentro, pesa más. El que obedece nunca se pierde. Un buen agente no quema una fuente. Yo controlo el canal, no al revés.
Envío.
Guardo el teléfono. Vuelvo con los dos vasos de vino, y le tiendo uno a Adrián, y él lo coge y me sonríe esa sonrisa fingida que engaña a todos, y brinda bajito conmigo, y me dice al oído, para que parezca un arrumaco:
— ¿Todo bien.
— Todo bien — digo, y le sostengo la mirada, y le miento con la misma cara con la que le he dicho la verdad toda la noche, y ni yo mismo noto la diferencia, que es lo más grave de todo.
Bebemos el vino en la carballeira, entre la gente, con la charanga arrancando una muñeira y la pólvora reventando arriba en el cielo gris.
Adrián me tiene la mano cogida por debajo de la mesa de tablón, y me la aprieta cada vez que estalla un cohete, y por un rato, un rato tonto y robado, casi somos lo que fingimos ser: dos hombres de una aldea de la ría que han venido a la fiesta de la patrona y se quieren.
Ya está hecho. La señal ha salido. El aparejo está echado.
Solo que el que va a picar no es Sabino.