Capítulo 12
Hablo para no hundirme. Es lo que hago siempre. Cuando me arrinconan, hablo, ordeno, monto titulares como quien apila sacos contra una crecida.
— Es de manual — le digo a Mauro, andando arriba y abajo por la casa a oscuras, tres pasos y media vuelta, tres pasos y media vuelta — .
Primero el sustantivo, "sustracción", que suena a delito sin serlo.
Luego el aviso, "podría ser peligroso", que le da a cualquiera permiso para hacerte lo que quiera.
Y en medio, un muerto que no pudiste salvar, colgado de tu nombre para que ni tu madre te defienda.
Lo he escrito. Sé cómo se hace. Y saber cómo se hace no lo hace menos.
— Adrián — dice él.
— Y lo peor no es que me busquen. Lo peor es Fito.
— Me paro. La voz se me tuerce — . Yo lo llamé.
Yo le dije que tenía la exclusiva de su vida, que juntos íbamos a hundir a esa gente, que confiara en mí.
Y confió. Y apareció flotando en la ría con los bolsillos llenos de la piedra que él mismo debió meterse, según ellos.
Y ahora encima soy yo quien lo mató. — Me río, y suena horrible — .
Fito me hizo caso. Ese fue su error. Hacerme caso.
Mauro se levanta del catre. En la penumbra es una forma grande y quieta, los hombros anchos recortados contra el gris de la ventana. No me interrumpe. Deja que me vacíe.
— Todo el que se me acerca lo paga — digo, y ya no sé si le hablo a él o me lo repito a mí — . Es lo que soy. Un imán de averías. Por eso trabajo solo, Mauro. No es soberbia. Es piedad. Es apartar a la gente de mí antes de que les caiga el rayo.
— Ven aquí — dice Mauro.
— No.
— Ven aquí.
— Que no. — Y me tiembla la barbilla, porque el "no" me sale con forma de "sí" y los dos lo oímos.
Da los pasos él. Cruza la habitación con esa manera suya de pisar, midiendo el suelo, y me coge la cara con las dos manos ásperas, las manos de cabos, y me obliga a mirarlo. Tiene los ojos gris niebla muy abiertos en la oscuridad, fijos, sin escapatoria.
— Fito no murió por hacerte caso — dice Mauro, bajo, cada palabra clavada — .
Murió porque un hombre con una placa firmó su muerte como si firmara un parte del tiempo.
Tú no lo mataste. Lo mató el que ahora te pone a ti la cara del asesino.
Y no vas a llevar ese muerto tú solo, ¿me oyes? Ese muerto lo llevamos entre los dos.
— No puedes...
— Sí puedo. — Me aprieta la cara — . Puedo cargar lo que quiera. Es lo único que sé hacer.
Y algo, dentro, se rompe. No con estruendo. Con un crujido pequeño, como cuando cede una amarra que llevaba años tensa y de pronto el barco es libre y no sabes hacia dónde te va a llevar el agua.
Lo beso yo. Le agarro del jersey con los dos puños y tiro y lo beso, y no es como el de Portela, que fue un choque, un accidente entre dos que huían.
Este lo elijo. Este lo busco. Mauro se queda un segundo quieto, sorprendido, y luego me devuelve el beso con una fuerza que me dobla hacia atrás, y me sujeta la nuca para que no me caiga, y noto su respiración entrecortada contra mi boca, la de un hombre que también lleva nueve años conteniéndose.
— Si vamos a hacer esto — dice contra mis labios, y le tiembla la voz, a él, que no le tiembla nunca — , dilo. Dilo tú.
— Lo digo — susurro — . Te quiero aquí. Ahora. Antes de que se acabe todo. — Le muerdo el labio inferior, despacio — . Y sé que mañana puede matarnos cualquiera con radio, y me da igual, y esa es la parte que me da miedo.
— Que te dé miedo — dice Mauro — . El miedo mantiene despierto. — Y me levanta.
Me levanta del suelo como si no pesara, y yo le rodeo la cintura con las piernas, y me lleva al catre de hierro sin colchón, y se ríe bajito porque el catre chirría y protesta y no está hecho para esto, y yo me río también, con la cara metida en su cuello, oliendo la sal de su piel, y es la primera vez en semanas que me río de verdad, y eso, aquí, con todo en contra, es casi obsceno de puro dulce.
Me quita el jersey por la cabeza. Yo le peleo los botones de la camisa con dedos que no obedecen, esos dedos míos que solo saben manejar una libreta y un móvil y que ahora no aciertan con nada.
Él me aparta las manos con suavidad y se desabrocha solo, y en la penumbra veo el torso ancho de remero, una cicatriz vieja bajo las costillas que no le he preguntado y no le pregunto, el vello del pecho con las mismas canas tempranas que le blanquean las sienes.
Le pongo la palma en el esternón. Le late el corazón deprisa. Como el mío.
— Estás temblando — digo.
— Tú también.
— Yo tiemblo siempre. Tú no.
— Hoy sí — dice Mauro, y me tumba.
El frío del hierro me muerde la espalda un instante y en seguida no hay frío, solo su peso encima, su boca bajando por mi cuello, por mi clavícula, por el esternón, deteniéndose donde le da la gana con una calma que contradice el temblor de sus manos.
Nunca me ha tocado nadie así. Con hambre y con cuidado a la vez, las dos cosas peleándose, con miedo de romperme y miedo de no llegar a tiempo.
Le agarro del pelo. Digo su nombre. Lo digo más de una vez, y cada vez que lo digo él aprieta un poco más la boca contra mi piel, y el nombre le suena a orden que sí piensa cumplir.
Nos desnudamos del todo entre torpezas y risas cortadas y una urgencia que crece.
La vela agoniza en el suelo y la luz nos deja a medias, medio cuerpo dorado, medio cuerpo en sombra.
Mauro se detiene un momento, sobre mí, y me mira.
Me mira de verdad, de arriba abajo, sin prisa de pronto, y me pone el pulgar en la ceja, en la cicatriz, en la raya blanca que me la parte.
— Esta — dice, muy bajo.
— Esta — digo yo.
— Te la hiciste en las rocas de la playa de Arnela. El mismo día. — Su voz es casi un susurro — . Resbalaste al bajar y te abriste la ceja y sangrabas y yo no sabía si taparte la herida o besarte, y al final hice las dos cosas.
— Te acuerdas.
— Me acuerdo de todo, Adrián. — Me pasa el pulgar por la cicatriz otra vez, despacio, como quien lee braille — . Ese es el problema. Que me he acordado de todo nueve años.
Y ahí ya no hay dique. Ahí me dejo. Me dejo tener, que es lo que no me dejo nunca.
Le abro las piernas y le digo que sí antes de que pregunte, y él busca en el bolsillo del pantalón tirado en el suelo, porque este hombre lleva encima lo necesario para sobrevivir a cualquier cosa y resulta que también para esto, y me prepara con una paciencia que me deshace, los dedos primero, la boca en mi cuello, mi nombre en su boca.
— Dime si — empieza.
— No pares — digo — . No se te ocurra parar.
Entra despacio, y duele el punto justo que tiene que doler, y luego el dolor se vuelve otra cosa, se vuelve tenerlo dentro, tenerlo entero, un hombre grande y roto y honrado moviéndose encima de mí en una casa ciega mientras fuera el mundo entero quiere matarme.
Le clavo los talones en la parte baja de la espalda.
Le pido más. Me lo da. Encuentra un ritmo hondo, lento al principio, y yo le hablo, porque hablo hasta en esto, le digo ahí, así, no pares, tu nombre, otra vez tu nombre, y él, que apenas habla, gruñe contra mi oído cosas rotas, mi nombre también, Adrián, Adrián, joder, y en algún momento pierde el control que lleva pegado a la piel como una segunda placa, el ritmo se le rompe, se vuelve urgente, ciego, y saberlo, saber que soy yo quien le quita el control a este hombre que solo sabe controlar, me lleva al borde más rápido que nada.
— Mírame — le digo — . Mauro. Mírame cuando.
Y me mira. Me sostiene la mirada mientras se me nubla la mía, mientras me deshago debajo de él con la mano en mi propia carne y la suya sobre la mía, guiándome, y digo su nombre una última vez y ya no digo nada más porque no me quedan palabras, a mí, que siempre tengo palabras, y me vacío entre los dos con una sacudida que me arranca del catre y de la casa y del país entero.
Él aguanta un empuje más, dos, la frente pegada a la mía, y se derrama dentro con un sonido bajo, hondo, un sonido que no le había oído nunca a nadie, y se queda quieto, temblando, respirándome la boca.
Nos quedamos así. Encajados. El corazón de Mauro golpeándome el pecho a través del suyo.
La vela se apaga del todo y nos deja a oscuras, y en esa oscuridad total, con su peso encima y su respiración calmándose poco a poco contra mi cuello, siento una cosa que no sentía desde que era un crío en Arnela y creía que el mundo era un sitio seguro: que estoy a salvo.
Es mentira, claro. No hay sitio menos seguro que este. Pero el cuerpo no entiende de eso. El cuerpo, por una noche, se lo cree.
— No te vayas — digo, contra su hombro, y no sé si hablo del catre o de mañana o de dentro de nueve años.
— No voy a irme — dice Mauro.
— Eso dijiste una vez.
— No — dice él, y me busca la boca en la oscuridad y me besa despacio, sin urgencia ya — . No lo dije. Esa es la diferencia. No lo dije, y me fui igual. Ahora lo digo. No voy a irme.
Nos tapamos con la manta apolillada y el frío del hierro y de octubre, apretados, mis pies helados entre sus pantorrillas, su brazo por debajo de mi cuello.
Y por primera vez en semanas duermo. Duermo de verdad, sin sobresaltos, sin la cara de Fito flotando, sin el suelo convertido en agua. Duermo como quien llega a puerto.
Me despierta la luz.
No la luz del alba, gris y lenta, la que se cuela por las rendijas de las contras.
Otra luz. Un haz duro, blanco, que barre la pared de piedra de un lado a otro, se detiene, vuelve.
Entra por la juntura de las contraventanas y dibuja una raya que cruza la habitación, sube por el catre, me toca la cara.
Me incorporo de golpe. Mauro ya está despierto. Ya está de pie, desnudo, pegado a la pared junto a la ventana, inmóvil, con esa quietud de resorte que se le pone cuando huele el peligro, mirando por la rendija hacia el mar.
— No te muevas — dice, sin volverse, la voz otra vez de agente, sin rastro de la de anoche.
— ¿Qué es.
— Un foco. — Una pausa — . Desde el agua. Una embarcación pequeña, sin luces de navegación, parada frente al cabo. Nos está peinando el faro y la casa palmo a palmo.
Se me hiela lo que anoche me había entrado en calor.
Me levanto, me pego a la pared del otro lado de la ventana, desnudo y temblando, y miro.
Y ahí está: una barca negra meciéndose en la marejada del amanecer, y encima un foco montado que barre la roca, la torre, las contraventanas, buscando, buscando.
No es una patrullera. No lleva distintivos.
Es la calma paciente de quien no tiene ninguna prisa.
Bras.
— Nos han encontrado — digo, y la voz me sale en un hilo — . Otra vez. Mauro, aquí no lo sabía nadie. Nadie. Ni Uxía sabe que estamos aquí. — Lo miro, y en su cara, a la luz sucia del amanecer, hay algo que no sé leer, una sombra que se cierra rápido — . ¿Cómo cojones nos encuentran cada vez?
Mauro no contesta. Mira el foco barrer la pared. Y por un segundo, uno solo, en vez de mirarme a mí, mira al bolsillo del pantalón tirado en el suelo, donde guarda el teléfono.
Un segundo. Después me coge de la mano y me tira al suelo, fuera del alcance del haz.
— Vístete — dice — . Rápido. Y sin hacer ruido. Nos vamos por el otro lado del cabo antes de que echen la barca a tierra.
Recojo la ropa a tientas, con el corazón en la garganta, y no me quito de encima la sensación de que acabo de dormir la mejor noche de mi vida encima de una trampa. Y de que la trampa duerme a mi lado.