Punto de fuga Capítulo 11
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Capítulo 11

El faro de Toural lleva doce años apagado y sigue siendo el sitio más seguro de toda la ría, porque la seguridad, al final, es una sola cosa: que nadie espere encontrarte ahí.

Remo las últimas brazadas con la primera luz sucia colándose por la bruma.

He remado toda la noche desde la cala, con Adrián achicando agua a mi espalda y la costa disolviéndose detrás, y ahora el cabo se levanta encima de nosotros, negro contra el gris.

La casa del farero, cuadrada y ciega, con las contraventanas comidas de salitre y la linterna muerta arriba, un ojo que ya no mira a nadie.

Debajo, el mar respira contra la roca con ese fuelle largo del mar de fondo.

Leo el agua sin pensarlo, como se lee la cara de quien quieres: marea a media bajante, el viento rolado al nordés flojo, la bruma aguantando hasta media mañana.

Bien. La bruma es de los pocos aliados que me quedan.

Tres días. Tres días hasta la marea viva.

Meto la lancha en el resguardo de una lengua de piedra, la amarro corto, la cubro con la lona vieja del pañol.

Adrián sube por el sendero delante de mí, agotado, tropezando con las matas de tojo, y yo subo detrás midiendo el suelo con los pies como si aún estuviera en cubierta, porque en tierra el suelo siempre me parece que se mueve y solo se me quita en un barco.

Nueve años sin pisar este cabo. Las piedras siguen donde las dejé.

Forzar la puerta me lleva medio minuto. Dentro huele a humedad, a moho, a nidos viejos.

Una mesa coja, dos catres de hierro sin colchón, una cocina de hierro fundido y, en un vasar, un transistor cubierto de polvo que alguien dejó ahí como quien deja un santo.

La chimenea tira mal y no puedo encenderla: el humo se vería desde media ría.

— Colchón no hay — digo — . Pero hay paredes y un tejado. Y desde esta ventana veo entrar cualquier barca por la boca antes de que ellos me vean a mí.

Adrián se deja caer en uno de los catres.

Le castañetean los dientes. Lleva la ropa mojada hasta la cintura de empujar la lancha, los labios morados, y esa cicatriz que le parte la ceja izquierda se le marca más cuando aprieta la mandíbula de frío.

Me sé esa cicatriz de memoria. Me la sé desde el día que se la hizo.

— Estás helado — digo.

— Estoy vivo — dice él — . Es un buen día.

Encuentro una manta apolillada y unas velas de sebo que el farero guardaba para cuando fallaba la corriente.

Le echo la manta por encima a Adrián. Él me mira hacer, con esos ojos oscuros de dormir poco, y no dice nada, y en Adrián, que habla siempre, que ordena el miedo en preguntas, el silencio es la alarma.

Pasamos el día metidos en la casa ciega.

Él duerme a ratos, se despierta de golpe, escribe cosas en la libreta con la letra torcida del que no ve lo que apunta.

Yo hago guardia junto a la ventana, cuento las pocas barcas que cruzan la boca, tiendo la ropa mojada en el respaldo de una silla, leo el cielo cada media hora por si cambia.

La luz mengua pronto en octubre. Cuando cae la tarde y la casa se llena de sombras, enciendo una vela detrás de la mesa, donde su claridad no llega a los cristales, y me siento en el otro catre, de cara a la ventana. Siempre de cara a la ventana.

— Suéltalo — digo — . Lo que llevas dándole vueltas desde la cala. Suéltalo o no vas a dormir.

Adrián tarda. Se envuelve más en la manta.

— Cuatro personas sabíamos dónde estaba la casa de la prima de Uxía — dice al fin, muy bajo — . Uxía, la prima, tú y yo. Y a las cuatro horas estaba Bras en el varadero. — Levanta la vista — . Tú tienes un teléfono con la línea abierta a ese hombre. Lo vi en Portela. Y no me has dicho por qué.

Ahí está. La astilla que lleva clavada.

Podría contarle lo que me digo yo cada noche.

Que mantengo el canal con Sabino porque un canal abierto es información.

Que mientras él me crea su rapaz obediente puedo darle datos falsos, mandarlo a peinar calas donde no estamos, ganar horas.

Que lo controlo yo. Que un buen agente no quema una fuente aunque esa fuente sea el hombre que le ató las botas en el funeral de su padre.

Me lo digo tan bien que casi me lo creo.

— Le doy pistas falsas — digo, y la frase me sale demasiado lisa, demasiado ensayada — . Cree que sigo de su lado. Mientras lo crea, lo llevo yo a él y no él a mí. Es la única baza que tengo dentro. Renunciar a ella es quedarme ciego.

— O es una vía por la que entra el agua — dice Adrián.

No le contesto. Miro la ventana. El nordés flojo, la bruma que aguanta. Nombrar el tiempo es lo que hago cuando no quiero mirar de frente una cosa, y lo sé, y lo hago igual.

— No te fías de mí — digo.

— Me fío de ti para que me saques vivo de una cala — dice él, y hay algo casi tierno en cómo lo dice, y algo roto — . De eso me fío a ciegas. De lo otro... — Se calla — . Hace nueve años también me fiaba de ti. Y una mañana ya no estabas.

Y ahí está la otra astilla. La vieja. La que lleva clavada desde mucho antes que la del teléfono.

Podría dejarlo pasar. Es lo que llevo haciendo nueve años: no mirar, apuntar la vista al horizonte y nombrar el viento.

Pero estamos en una casa ciega encima de un cabo apagado, con tres días por delante y un hombre que nos quiere muertos peinando la costa, y de pronto callar me parece el único lujo que ya no puedo permitirme.

— Te lo voy a contar — digo — . Por qué me fui. Lo que pasó de verdad.

Adrián se incorpora despacio. No dice nada. Por una vez, no dice nada.

— Cuando te ibas a Madrid, yo llevaba tres meses en la comandancia — empiezo, y la voz me sale rasposa, sin uso — .

Verde. Con la placa recién dada y el apellido de mi padre encima como una losa, porque aquí todos habían servido con Xoán Deza y yo tenía que ser digno de él o no ser nadie.

Y estaba Sabino. Me llamó a su despacho la semana antes de que cogieras el tren.

Me sirvió un café. Y me habló de mi padre.

Me dijo que Xoán nunca dejó que nada lo desviara del rumbo.

Que un buen agente no tira una carrera por un capricho de juventud.

Que un chaval que se va a Madrid es agua que se escurre entre los dedos, y que el que corre detrás del agua se ahoga.

Me dijo: el que obedece nunca se pierde, rapaz.

— Y le obedeciste — dice Adrián. No hay rabia en su voz. Es peor. Hay entendimiento.

— Le obedecí. — Me miro las manos, ásperas de cabos, las manos de mi padre — .

No fui a la estación. Me quedé fregando el suelo del cuartel para no verte coger el tren.

Y me dije que era lealtad. Que era ser digno.

Que querer a alguien te hacía fallar en el trabajo, y que yo no iba a fallar.

Y así, obedeciendo, me convencí de que el que se quedaba quieto era el fuerte.

— Nueve años — dice él, muy bajo.

— Nueve años creyendo que te dejé marchar por ser fuerte — digo — . Y era al revés. Te dejé marchar por hacer lo que me mandaban. Eso no es fuerza. Es no tener rumbo propio.

Adrián se levanta del catre. Cruza los tres pasos que nos separan con la manta echada sobre los hombros como una capa vieja. Se para muy cerca. Le veo la cicatriz de la ceja a la luz de la vela, y las ojeras, y la boca apretada.

— ¿Sabes lo que me dije en ese tren? — dice Adrián, la voz rota — .

Que si de verdad me hubieras querido, habrías venido.

Y como no viniste, decidí que no me había querido nadie nunca.

Ni mis padres, ni la abuela, que se murió sin que yo llegara.

Ni tú. Y que mejor así. Mejor solo. Nueve años construyendo esa casa, Mauro. Ladrillo a ladrillo.

— Perdona — digo. Es una palabra pequeña para lo que quiero decir y es la única que tengo.

— No quiero que me pidas perdón — dice él — . Quiero saber si esta vez, cuando la cosa apriete, vas a volver a hacer lo que te manden. Porque si vas a obedecerlo a él, dímelo ahora y me marcho solo. Así solo me matan a mí.

No le contesto con palabras. Saco la brújula del bolsillo del pecho.

La de latón de mi padre, con las iniciales X.D.

grabadas y el rumbo marcado, la aguja que siempre encuentra el norte.

La he llevado encima cada día de estos diecisiete años como quien lleva una fe.

La pongo en la palma abierta, entre los dos, y la aguja tiembla y se asienta y apunta al norte, terca, fiel, ciega.

— Esto es lo que me enseñaron — digo — . Que hay un norte y que uno no se desvía de él pase lo que pase. Que eso es ser de fiar. — Cierro la mano sobre el latón frío — . Estoy empezando a pensar que me enseñaron mal.

Adrián mira la brújula, y me mira a mí, y por un segundo el aire entre nosotros es otro, más denso, cargado de esos nueve años y de todo lo que no cabe en ellos. Su mano sube hacia la mía. No llega a tocarla.

Entonces el transistor del vasar cruje.

Lo dejé encendido en volumen bajo por vieja costumbre de agente, sintonizado en la emisora de la comarca, ese hilo de voz que da la lonja, el tiempo y las esquelas. Los dos giramos la cabeza a la vez. La voz del locutor sale rota, con estática, y trae mi apellido antes que ningún otro.

"... la Comandancia de Costas de Sesín ha emitido esta tarde una orden de busca contra Adrián Refojo Ces, de treinta y cuatro años, natural de Arnela.

Las autoridades lo consideran fugitivo y piden a la población que no se le acerque.

Se le relaciona con la sustracción de material sensible y con la muerte, hace dos semanas, del vecino Fito Randán, cuyo fallecimiento, según fuentes de la comandancia, podría no haber sido accidental.

Se advierte de que podría ir armado y ser peligroso, y se ruega... "

Cruzo la casa y apago el transistor de un manotazo. El silencio que queda es peor que la voz.

Adrián se ha quedado de piedra en mitad de la habitación, la manta caída de un hombro, la cara blanca a la luz de la vela. La boca abierta un dedo. No dice nada. Y su silencio, otra vez, es lo que me avisa de que esto le ha dado donde más duele.

— Fito — dice al fin, en un susurro — . Me han colgado a Fito.

Yo lo metí en esto, yo no pude sacarlo, y ahora dicen al aire que lo maté yo.

— Se ríe, un sonido feo, sin risa dentro — .

Es perfecto. Es de manual. El que destapa se convierte en el criminal.

Lo he escrito yo veinte veces. Nunca pensé que lo escribirían sobre mí.

— Escucha — digo.

— No — dice él, y la voz se le sube, rápida, esa cascada que le sale cuando el miedo lo desborda — .

Escúchame tú a mí. Ahora no me busca la comandancia.

Me busca cualquiera con una radio. El paisano de Con do Mar, el de la gasolinera, el que salga a marisquear mañana.

Todos. Soy un prófugo peligroso, Mauro. Le han puesto cara al miedo de toda la comarca, y la cara es la mía.

Me acerco. Le pongo las dos manos en los hombros, firme, como se sujeta a quien se está yendo al agua.

— Refojo — digo, y uso el apellido para que se pare, porque él sabe que cuando lo digo así no es distancia, es ancla — . Mírame. Están asustados. Sabino ha movido esto porque tiene miedo de lo que llevamos, no porque nos tenga. El que enseña la peor carta pronto es el que va perdiendo.

Adrián levanta la vista. Los ojos húmedos y furiosos a la vez.

— Todo el que se me acerca lo paga — dice, muy bajo — . Fito lo pagó. Uxía anda sola por ahí por mi culpa. Y ahora tú. — Se le quiebra la voz — . Tú ya lo has pagado y ni lo sabes.

— Deja que yo decida qué pago y qué no — digo.

Fuera, la bruma sigue cerrada sobre el cabo, tapándonos, guardándonos una noche más.

Pero por primera vez desde que remamos hasta aquí, la niebla ya no me parece solo un aliado.

Ahí fuera, en esa oscuridad, hay ahora mil ojos buscando la cara del hombre que sostengo por los hombros.

Y a este hombre, contra todo lo que me enseñaron, contra el norte de la brújula y contra la voz de Sabino en mi cabeza, no lo voy a soltar.

Aunque todavía no sepa que soy yo quien está dejando la puerta abierta.