Capítulo 10
Hay una cosa que sé hacer mejor que nadie, y es reconocer a un hombre al que acaban de romper por dentro, porque yo he sido ese hombre y sé qué cara se pone.
Mauro tiene esa cara.
Uxía ha guardado el disco, ha dicho que se va al catre un rato porque lleva dos días sin pegar ojo, y ha desaparecido escaleras arriba con esa dignidad seca de las mujeres de la mar.
Nos ha dejado solos en la cocina fría, con el reproductor apagado sobre la mesa y la voz de Sabino Grela todavía flotando en el aire, esa voz que ha dicho "ya sabéis lo que se hace con los listos" con el mismo tono con que se pide un café.
Mauro está sentado, muy recto, con las dos manos alrededor de una taza vacía, mirando la madera de la mesa. No se mueve. No dice nada. Y su quietud, en él, que siempre está leyendo el mundo, es lo más parecido a un grito que le he oído nunca.
Yo debería marcharme a un rincón. Debería guardar la distancia que puse anoche en el alpendre, cuando vi el nombre de ese hombre iluminarle la cara y me acordé de golpe de que Mauro tiene un cable tirado hacia el otro lado.
Esa duda sigue ahí. No se ha ido. Sigue habiendo un teléfono en su bolsillo con la línea abierta hacia el monstruo de la cinta, y una parte de mí, la lista, la que trabaja sola, me dice que me aleje de él exactamente ahora.
Pero por debajo hay otra voz. Una que sabe lo que es que la persona que te crió resulte ser un desconocido. Y esta noche gana ella.
Porque yo estuve donde está Mauro ahora.
Yo también tuve una llamada que me partió en dos, la del hospital, cuando me dijeron que mi abuela llevaba tres días muerta y enterrada y que no habían dado conmigo a tiempo.
Recuerdo la sensación exacta: el suelo firme convertido de golpe en agua.
Y recuerdo que no había nadie a mi lado, y que lo que más falta me hizo no fue un consuelo, sino un cuerpo callado que no se marchara.
No pude tenerlo entonces. Puedo darlo ahora.
Es una simetría rara, pero es la única justicia que se me ocurre esta noche.
Me siento a su lado. No enfrente, al lado, y le pongo la mano en el antebrazo, sobre la mesa, y no digo nada, porque sé, por haber estado ahí, que no hay nada que decir que no sea una tontería.
— Me ató las botas — dice Mauro al fin, sin levantar la vista, la voz rara, plana — .
Tenía yo doce años, mi padre acababa de morirse, y Sabino se agachó y me ató las botas del uniforme del funeral porque a mí me temblaban las manos.
Diecisiete años. Diecisiete años creyendo que le debía todo lo que soy.
— Lo sé.
— Y estaba en esa cinta. — Cierra los ojos — . Firmando la muerte de Fito como quien firma un parte de averías. Prometiendo apartar las patrulleras. Con mi comandancia. Con mi placa. Con el nombre de mi padre en la mesa.
— Mauro. — Le aprieto el brazo — . Mírame.
— Tarda, pero me mira, y sus ojos grises están vidriosos y perdidos, y verlo así me hace algo en el pecho que no me esperaba — .
No eres él. No eres esa cinta. Tú estás aquí, conmigo, escondido en una casa fría con dos tíos que huelen a monte, en vez de estar cobrando por mirar para otro lado. Eso también cuenta. Eso cuenta más.
— Le creí todo. — La voz se le quiebra por primera vez — . Cada palabra. "El que obedece nunca se pierde." Y resulta que obedecerlo a él era justo perderse.
No sé qué me pasa. Yo, que llevo dos semanas cargando un muerto y una vida rota sin dejar que nadie me toque, subo la mano de su antebrazo a su nuca, a ese pelo con canas tempranas en las sienes, y le acerco la frente a la mía, y nos quedamos así, frente contra frente, respirando el mismo aire helado de la cocina, y no es deseo, o no del todo, es otra cosa más honda y más peligrosa: sostener a alguien que se cae.
El protector cayéndose. Y el que va solo, sosteniéndolo. La ría del revés.
Debería asustarme más de lo que me asusta.
He construido una vida entera sobre la idea de que sostener a alguien es el primer paso para que te arranquen algo.
Y aquí estoy, con la mano en su nuca, y lo único que siento, por debajo del miedo, es una cosa tan sencilla y tan prohibida que casi no la reconozco: que quiero que esté bien.
No por la historia, no por las pruebas. Que quiero que Mauro esté bien porque sí.
Hace mucho que no quería nada porque sí.
— Vamos a acabar con esto — digo, bajo, contra su frente — . Juntos. Tú y yo. Y luego ya veremos lo nuestro, o no lo veremos, pero primero esto. ¿Vale?
Mauro asiente sin separarse. Y por un momento largo no somos un policía roto y un periodista perseguido.
Somos dos críos de Arnela a los que la gente que debía cuidarlos les falló, apoyados el uno en el otro en una cocina a oscuras, porque con niebla no se navega solo, aunque ninguno de los dos lo diga.
Le sostengo la cabeza un momento más del necesario.
Es la primera vez en años que toco a alguien sin calcular la retirada.
Da vértigo. Un vértigo parecido al de asomarse a la furna desde arriba, con la marea rompiendo abajo, sabiendo que si bajas ya no puedes desandar el camino hasta que el agua te deje salir. Bajo igual. Siempre bajé igual.
Nos separamos. Y yo, que necesito el trabajo como necesito respirar, saco la libreta, porque planear es mi manera de dejar de sentir.
— Escucha el plan — digo — . Rita, mi editora, no publica ni una coma sin material que aguante ante un juez.
Y sin peros, así habla ella. La copia que tengo yo no vale: un pantallazo lo tumba cualquier abogado en cinco minutos.
Pero el original de Uxía sí vale. El disco, el cuaderno, la cinta entera.
Eso es court-proof. Con eso, más Uxía dando la cara como testigo viva, Rita lo saca.
Lo saca en directo si hace falta, y cuando eso salga, ni Bruma ni Sabino ni Bras pueden hacer nada, porque matarnos ya no borra nada.
Rita es así. La conocí hace ocho años, recién llegado a Madrid, verde, con más rabia que oficio, y me enseñó lo único que sé que vale: que una historia sin pruebas es un rumor con pretensiones, y que un rumor no ha tumbado jamás a nadie con dinero.
No publica una coma sin material que aguante ante un juez.
Me ha tirado portadas enteras por una fuente que no daba la cara.
Y por eso, cuando Rita saca algo, no hay abogado que lo levante.
Tengo que darle algo digno de su terquedad.
— Antes de la marea viva — dice Mauro, recomponiéndose, volviendo a ser el que lee los plazos — .
Porque en la marea viva zarpa la Santa Xoana con la carga, y la prueba física desaparece por el Atlántico.
Cuatro días. Tenemos cuatro días para juntar el original, sacar a Uxía a un sitio seguro y ponerlo todo en manos de tu Rita.
— Cuatro días — repito, y escribirlo en la libreta lo hace casi real — . Se puede.
— Se puede — dice Mauro, y por primera vez desde la cinta, algo se le enciende otra vez detrás de los ojos, un rumbo — . Mañana subimos a Uxía y el original a...
No termina la frase.
Porque fuera, en la cala, un guijarro rueda bajo una bota que no debería estar ahí.
Mauro se transforma en un segundo. La pena se le borra de la cara, el cuerpo se le pone en tensión de resorte, y me tapa la boca con la mano antes de que yo respire siquiera, y con la otra apaga de un manotazo el reproductor y lo barre al bolsillo.
Se pega a la contraventana, mira por la rendija.
Yo veo cómo se le tensa la mandíbula, cómo cuenta.
— Tres — susurra, casi sin voz — . Bras y dos. Vienen por el camino y por el varadero. Nos han encontrado.
— ¿Cómo? — El pánico me sube por la garganta — . ¿Cómo, Mauro? Esto lo sabíamos cuatro personas.
— Ahora no. — Ya se está moviendo, rápido, sin ruido, subiendo las escaleras de tres en tres — . ¡Uxía! ¡Arriba, ya, por atrás!
Lo que pasa después pasa en dos minutos que duran una vida. Uxía baja con el paquete de hule apretado contra el pecho, la cara dura, sin preguntas, una mujer que ha aprendido a moverse cuando el mar la echa.
Yo, en cambio, me muevo mal, tropiezo con una silla, se me van las manos.
Mauro me agarra del cuello de la chaqueta y me endereza sin una palabra, y en ese tirón brusco hay más cuidado que en cualquier caricia, el cuidado del que ha sacado a gente de sitios peores.
Fuera, la voz de Bras ordena rodear, sin prisa, y esa falta de prisa me dice que se cree que ya nos tiene.
Es nuestra única ventaja: que nos dan por cazados.
Mauro nos lleva por la puerta de atrás, hacia las peñas, hacia una lancha pequeña que la prima tiene amarrada en el varadero de sotavento, la que no se ve desde el camino.
Detrás, en la casa, una linterna barre las contraventanas.
Una voz tranquila, sin prisa, dice: "No hay prisa.
Están dentro. Rodead". Bras. Su calma es lo que más miedo da, porque la calma de Bras significa que no cree que podamos escapar.
Nos deslizamos al agua. Mauro empuja la lancha, salta dentro, y no arranca el motor: rema, otra vez, hacia la boca de la cala, hacia la niebla, con esos hombros anchos y esa mecánica silenciosa mientras a nuestra espalda revientan la puerta de la casa vacía.
Pero Uxía no viene con nosotros. En el último segundo, en la orilla, se ha soltado.
— Yo por aquí no — dice, plantada en las peñas, el paquete contra el pecho — .
Tres en una lancha os hundís y os ven. Y esto — levanta el hule — no puede ir donde vayáis vosotros, que sois lo que buscan.
Yo conozco cuevas que no conoce ni el diablo.
Nos vemos en el sitio que sabes, rapaz — me señala con la barbilla, y sé a qué sitio se refiere, el del pájaro de tiza — , cuando baje la marea buena.
Yo llevo lo mío. Vosotros llevad vuestros pellejos.
— Uxía, no...
— Rema, guardia — le dice a Mauro, cortante, y desaparece entre las peñas con el original bajo el brazo, ágil como una nutria, tragada por la niebla y la noche antes de que yo pueda decir su nombre otra vez.
Mauro rema. La cala se disuelve detrás. Las linternas se quedan atrás, barriendo una casa donde ya no hay nadie, y la voz de Bras, tranquila, ordena algo que la niebla se traga.
Y yo me quedo mirando el sitio de las peñas donde estaba Uxía hace un segundo, con el corazón golpeándome las costillas, pensando una sola cosa, la misma que se me clavó al ver el nombre de Sabino en la pantalla de Mauro anoche.
Cuatro personas sabíamos dónde estaba esta casa. Y una de ellas lleva un teléfono con la línea abierta hacia el hombre de la cinta.