Punto de fuga Capítulo 9
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Capítulo 9

Bajamos del monte a Con do Mar ya entrada la noche, y en las tres horas de marcha Adrián no me ha dirigido la palabra ni una vez.

Va tres pasos por detrás, con la mandíbula apretada y los ojos en el suelo, y ese silencio suyo me pesa más que el cansancio. Lo prefería insultándome. A Adrián callado no sé leerlo, y no saber leerlo es exactamente lo que me da miedo desde hace nueve años.

Rompo yo, al final, porque el silencio es cosa mía y hoy no lo aguanto.

— No te escribí anoche — digo, sin volverme — . Fue él. Me escribió preguntando por ti. No contesté.

— Pero vas a contestar.

— Voy a contestar lo que nos convenga. Cuando nos convenga.

— Aparto una rama, la sujeto para que pase — .

Piénsalo fríamente, Adrián. Ahora mismo Sabino cree que sigo de su lado, que te tengo casi cazado, que te voy a entregar.

Mientras crea eso, no manda a Bras a ciegas: espera.

Me da tiempo. Me da información. Es la única ventaja que tenemos, y la tenemos porque yo estoy dentro.

— Te oyes, ¿verdad? — Se para. Me giro. Tiene la cara gris de frío y de rabia — .

"Estoy dentro." Mauro, no se puede estar dentro y fuera.

No se puede servir a la vez a los dos lados.

El que juega a eso acaba jugando para el más fuerte sin darse cuenta, y el más fuerte aquí no somos nosotros.

Tú crees que manejas el hilo. El hilo te maneja a ti.

— Sé lo que hago.

— Eso es exactamente lo que dice todo el que no lo sabe.

No le contesto, porque no tengo con qué, y eso me escuece más que si tuviera razón a medias. Seguimos andando. Pero algo se ha quedado colgando entre los dos, una grieta fina, de esas que en un casco no ves hasta que embarcas agua.

Y aun así no puedo soltar el hilo. Esa es la parte que Adrián no ve, o que ve demasiado bien.

Si corto con Sabino ahora, a ciegas, pierdo lo único que me dice por dónde respira el enemigo.

Me digo que es cálculo. Me lo digo con la misma voz con que me he dicho toda la vida que obedecer era elegir.

La diferencia entre las dos cosas es tan fina que llevo treinta y siete años sin verla, y esta noche, con el cuello del chaquetón subido contra la humedad, sigo sin verla.

Con do Mar son cuatro casas, un varadero y un secadero de redes, encajado en una cala al pie del cabo Toural, que se adivina en la oscuridad como una mole más negra que la noche, por encima de la niebla, el lomo de un animal dormido.

La casa de la prima de Uxía es la última, la que da a las peñas, con un emparrado seco y una lancha volcada en el patio.

Ninguna luz. Buena señal: quien se esconde no enciende ni una vela.

Nos acercamos por detrás, por el secadero, y antes de que yo llame, una voz de mujer sale de la penumbra del alpendre contiguo, seca, sin miedo.

— Un paso más y te abro la cabeza con la fisga, quienquiera que seas.

Uxía Randán está en el vano, con una fisga de marisquear en la mano y los pies bien plantados.

Cuarenta y pocos, baja, ancha, con las manos rajadas del agua fría y una cara que mide a la gente igual que se mide una captura antes de decidir si vale la pena.

Me mira a mí primero, y en sus ojos veo lo que ve: la placa que no llevo puesta pero que se me nota, y el desprecio que le tiene.

Luego mira a Adrián, y algo se le afloja un milímetro.

— Tú eres el de Fito — dice — . El periodista. El que lo metió en esto.

— Sí. — La voz de Adrián se raja — . Lo siento, Uxía. Lo siento en el alma.

— Sentirlo no lo saca del agua. — Baja la fisga, no del todo — . ¿Y este? — Me señala con la barbilla — . Este huele a comandancia a diez metros. ¿Te has traído a un guardia, rapaz? ¿Estás loco?

— No es lo que parece — dice Adrián, y me sorprende, porque después de la noche que hemos tenido no esperaba que me defendiera — . O sí lo parece, pero está del otro lado. Lo mandaron a por mí y no me entregó. Le están disparando igual que a mí.

Uxía me estudia un rato largo, en silencio, y yo aguanto la mirada porque huir de ella sería peor. De fiar, poucos, dice la gente de la ría de Uxía Randán, y tiene razón la gente. Al final escupe a un lado, se hace a un lado, y con eso nos deja entrar. No es confianza. Es una tregua.

Dentro huele a leña apagada y a marisco.

Uxía se mueve por la casa de la prima como por la suya, sabe dónde está cada cosa a oscuras, y esa soltura me dice que no es la primera vez que se esconde aquí, que tiene un mapa de refugios igual que yo tengo un mapa de calas.

La gente de la ría aprende pronto dónde meterse cuando sube la mala mar.

Solo que la mala mar de Uxía lleva nombre de empresa y ruedas de todoterreno.

Dentro, la casa está fría y a oscuras, con las contras echadas. Uxía nos da pan y un poco de queso, y mientras comemos suelta lo que sabe, a golpes, sin adornos, la voz áspera de quien no llora en público.

— A Fito lo mataron. — Lo dice sin más — .

Bebía, sí, pero no se ahogaba solo en una ría que conocía desde crío.

Dejó las cosas ordenadas, como si supiera.

— Se le tensa la boca — . Me dio un sobre.

Dijo: guárdalo, y si me pasa algo, se lo das a mi hermana pequeña, que era yo, y a nadie más hasta que venga alguien de fiar.

Dentro había un disco. Y un cuaderno con números, coordenadas, fechas. La última fecha es la marea viva.

— La Santa Xoana — dice Adrián.

— La Santa Xoana. — Uxía asiente — . El pesquero viejo que reflotó Bruma.

En la marea viva entra en la furna con el agua alta, cargan lo que traen de fuera, y sale limpio, con papeles de pesca.

Fito lo apuntó todo. Y grabó una conversación.

— Me mira a mí al decirlo — . De esa conversación es de lo que tenía miedo.

Se me seca la boca. Fuera, el cabo Toural respira niebla.

Uxía saca de detrás de una viga un paquete envuelto en hule, lo desenvuelve, y dentro hay un disco duro pequeño y un reproductor viejo, de esos de bolsillo.

Adrián se inclina hacia delante entero, el periodista despertándose por encima del hombre asustado.

Yo no me inclino. Yo me quedo muy quieto, porque el instinto viejo, el que lee el tiempo, ya sabe lo que viene y quiere retrasarlo un segundo más.

Es raro tener miedo de una grabación. He tenido enfrente a hombres armados sin que me temblara el pulso, y aquí estoy, en una cocina fría, con el estómago cerrado ante un aparato del tamaño de una cajetilla.

Porque las balas solo te matan a ti. Esto, sea lo que sea, va a matar otra cosa, algo que llevo diecisiete años dando por firme como el granito, y casi preferiría las balas.

— Fito solo me puso un trozo — dice Uxía — . Dijo que no hacía falta más para saber quién manda. — Aprieta el botón.

Ruido de fondo primero. Viento, agua, el crujido de un pantalán. Voces lejanas. Y luego una voz cerca, tranquila, sin prisa, una voz que reconocería en el fondo de cualquier ruido del mundo porque llevo diecisiete años obedeciéndola.

— ...lo del chico Randán ya está. Accidente.

Bebía, todo el pueblo lo sabe, nadie va a rascar.

— Una pausa. El roce de un paño sobre un cristal, un sonido pequeño que a mí me pone la piel de gallina, porque conozco ese sonido, lo he visto mil veces — .

Lo que me preocupa es la marea. En la viva pasa la carga y punto, como siempre.

Vosotros cargáis, yo miro para el otro lado, y la comandancia no ve nada raro en la ría esa noche.

Es lo que cobro. Ni una patrullera fuera, os lo garantizo.

Ahora, si aparece otro listo haciendo preguntas...

— Otra pausa. La voz baja medio tono, y ese medio tono me hiela — .

Ya sabéis lo que se hace con los listos.

Sin ruido. El que obedece nunca se pierde, y aquí obedecéis todos, empezando por vosotros.

Clic. Uxía para la grabación.

Silencio en la casa. Un silencio total, de fondo de mar, de furna cerrada.

No es un desconocido. No es un nombre en un sumario.

Es Sabino. Es la voz que me sirvió un caldo ayer por la mañana.

Es la mano que me apretó el hombro en el mismo sitio donde apretó el de mi padre en la foto del ochenta y nueve.

Es el hombre que ocupó el hueco cuando mi padre se ahogó tosiendo en su cama, el que me enseñó a atarme las botas del uniforme, el que me dijo que el que obedece nunca se pierde.

Y ahí está, en una cinta que grabó un muerto, ordenando que a ese muerto lo maten y prometiendo que él, personalmente, con su placa, con la mía, va a mirar para otro lado mientras la ría se pudre.

El roce del paño en el cristal. Sus gafas. Estaba limpiándose las gafas mientras lo decía. Estaba decidiendo, o mintiendo, o las dos cosas, que en él son la misma.

He visto esa escena en mi cabeza mil veces sin saber lo que veía.

El paño, las gafas, la calma. Se la vi hacer el día que me entregó la placa, cuando me dijo que mi padre estaría orgulloso.

Se la vi hacer ayer por la mañana, con el caldo delante.

Y ahora entiendo que cada vez que ese hombre limpiaba las gafas despacio estaba decidiendo a quién vender y cómo dormir después.

Yo tomé el gesto por sabiduría. Era un hombre puliendo su propia coartada hasta dejarla sin una mota.

No me caigo. No hago ningún ruido. Aprendí a no hacer ruido en sitios peores que este.

Pero por dentro se hunde algo tan grande que noto físicamente cómo el suelo de toda mi vida cede, viga a viga, y no queda nada firme donde poner el pie.

Mi padre. Sabino. La línea recta. La brújula pesándome en el pecho, marcando un norte que ese hombre corrompió con sus propias manos mientras me enseñaba a seguirlo.

Toda mi casa es veneno. Y yo he vivido dentro diecisiete años bebiendo el caldo.

Pienso en mi padre, y por primera vez su recuerdo no me sostiene: me acusa.

Sabino ha usado su nombre todos estos años como quien usa un ancla robada.

Tu padre obedecía, tu padre no se desviaba.

Y yo obedecí, y no me desvié, y mira dónde me ha dejado la línea recta: en una cocina prestada, oyendo a mi comandante firmar la muerte de un hombre del pueblo con la misma calma con que pediría un albariño.

Si esto es a donde llega la línea recta, la línea recta miente.

Y la brújula que llevo en el pecho ha estado marcando, todo este tiempo, el norte de otro.

Levanto la cabeza. Adrián me está mirando.

No con "te lo dije". No con rabia. Me mira con algo peor, con una especie de pena antigua, la del que ya pasó por ahí, la del que ya supo un día que la persona que te crió te vendió.

Y en esa mirada, por primera vez en toda esta huida, no hay nueve años entre nosotros.

Solo hay dos hombres a los que traicionó quien no debía.

— Ahora lo sabes — dice Adrián, muy bajo.

— Ahora lo sé — digo yo.

Y mi voz, que no ha temblado ni cuando me disparaban, tiembla.