Capítulo 8
Subimos al monte cuando cae la tarde, por una corredoira embarrada que huele a eucalipto y a tierra mojada, y yo llevo media hora sin hablar, lo cual, tratándose de mí, es una emergencia médica.
Mauro va delante, abriendo camino, apartando las zarzas con el antebrazo para que no me azoten la cara, y no dice nada tampoco, pero lo suyo es normal, lo suyo es la fábrica.
Mauro nació callado. Yo nací contando cosas, y cuando me callo es porque tengo tanto dentro que si abro la boca se me sale todo de golpe, y no me puedo permitir que se me salga todo delante de este hombre en una ladera de Galicia con Bras Ferreiro peinando la comarca por debajo.
Cuento eucaliptos. Cuento pasos. Cuento las veces que Mauro se gira para comprobar que sigo detrás, que son muchas, más de las necesarias, y cada una me hace algo que no quiero que me haga.
Y me acuerdo, aunque no quiera, de que siempre fue así.
De crío, Mauro caminaba delante por las peñas y se giraba cada pocos metros, sin decir nada, solo para comprobar que no me había caído, que seguía ahí, que el mar no me había cambiado por otro.
A los quince me parecía un pesado. A los treinta y cuatro, subiendo un monte huyendo de sicarios, me parece la cosa más peligrosa que me puede hacer un hombre: mirar atrás para asegurarse de que sigo.
Nadie ha mirado atrás por mí en nueve años.
Yo me he encargado de que nadie tuviera motivos para hacerlo.
El cielo se apaga rápido en octubre. Para cuando llevamos una hora de monte, ya es noche cerrada, sin luna bajo la niebla, y Mauro decide que paramos.
— Ahí — dice, señalando un bulto oscuro entre los árboles.
Es un alpendre de monte, una construcción de piedra a medio caer que antes guardaría aperos o ganado, con medio tejado y un olor a boñiga vieja y a helecho seco.
Nos metemos dentro. Mauro barre el sitio con una linterna diminuta que tapa casi entera con la mano, comprueba las esquinas, la salida de atrás, todo lo suyo, y por fin se sienta contra la pared de piedra y apaga la luz, y la oscuridad nos cae encima como una manta.
El frío es de los que se meten por las costuras.
Fuera gotea el tejado roto, un ritmo lento, y dentro se oye su respiración y la mía, desacompasadas al principio y luego, sin que ninguno lo busque, igualadas, que es lo que pasa con dos personas calladas mucho rato en el mismo sitio.
Cierro los ojos. No para dormir. Para no verlo, aunque en esta oscuridad no se ve nada, para no verlo con la memoria, que es peor, porque la memoria no respeta la niebla.
— Descansamos una hora — dice su voz en lo negro — . Luego seguimos. A Con do Mar llegamos esta noche, con la marea baja.
— Vale.
Me siento a su lado porque no hay otro sitio seco, porque hace frío, porque los cuerpos buscan el calor de otros cuerpos por pura biología y no por lo que yo me temo.
Nuestros hombros se tocan. A través de dos chaquetas noto el calor del suyo, sólido, y me quedo muy quieto, mirando la nada, escuchando el goteo del tejado roto y su respiración lenta al lado.
— Casi nos pillan — digo, porque el silencio con Mauro siempre me pudo — . Antes. En la plaza. Nos ha faltado nada.
— Nos ha faltado lo justo. Que es lo único que hace falta.
— Muy zen, agente Deza.
— No es zen. Es que si te paras a pensar en lo cerca que ha estado, la próxima vez estás muerto antes de moverte. — Una pausa en la oscuridad — . El miedo se guarda para después. Cuando hay un después.
— ¿Y cuándo es el después?
— No lo sé. — Y en el "no lo sé" hay algo tan raso, tan sin coraza, que me giro hacia él aunque no lo vea.
Ese es el problema de Mauro. Que cuando por fin dice algo, dice la verdad entera, sin colchón, y te deja sin un sitio donde apoyarte para seguir enfadado.
Yo puedo con el policía. Puedo con el que obedece, con el que me llama Refojo, con el que me da órdenes en una barca.
Con ese sé pelear. Con el que dice "no lo sé" en la oscuridad, con la voz pelada, no sé pelear.
A ese lo besé una vez con la ceja abierta y no he vuelto a ser el mismo.
Estamos demasiado cerca. Lo noto en el calor, en el olor a sal y a sudor y a algo suyo que llevo nueve años sin oler y que mi cuerpo reconoce antes que mi cabeza, como quien reconoce el olor de su casa a oscuras.
Noto su cara vuelta hacia la mía. No lo veo.
No hace falta verlo. Los dos estamos respirando distinto, más corto, y el aire entre nuestras bocas se ha vuelto denso, y llevamos así, en realidad, desde el soportal, desde la risa fingida con su frente contra mi hombro, desde hace nueve años, desde siempre.
— Adrián. — Solo el nombre. Bajo. Ronco.
Y no sé quién se mueve primero. Nunca lo supimos.
La primera vez fue igual, en la furna, con la ceja abierta y la sangre, ninguno de los dos supo nunca quién besó a quién, y ahora, veintidós años después, en un alpendre de monte que huele a boñiga, volvemos a no saberlo, porque de pronto su boca está en la mía y la mía en la suya y da igual el orden.
No es un beso tierno. No es un beso de reencuentro de película.
Es un beso con nueve años de rabia dentro, con la adrenalina de los disparos todavía en la sangre, con hambre atrasada.
Le agarro de la chaqueta con las dos manos y tiro, y él me sujeta la nuca con esa mano áspera de cabos, y nos besamos como quien discute, como quien se reprocha algo, mordiendo más que besando, y sabe a sal y a peligro y a todo lo que no nos dijimos en el muelle el día del autobús.
Nueve años se derriten en la boca de otro más rápido de lo que uno cree.
Se me olvidan los sicarios, la copia parcial, el reloj de la marea, Fito en el fondo de la ría.
Se me olvida el nombre que tengo que limpiar.
Por un momento no soy un periodista huido: soy un chaval de Arnela al que besan por primera vez otra vez, y el cuerpo, ese traidor, me responde con la misma urgencia de entonces, sin haber aprendido nada, sin recordar cómo acaban siempre estas cosas.
Se me escapa un sonido contra su boca que preferiría no haber hecho.
Mauro contesta con otro, más grave, y me pasa el brazo por la espalda y me acerca, y de repente estoy medio encima de él, con las rodillas a los lados de sus muslos, sintiendo todo su cuerpo tenso y caliente debajo del mío, y sus manos suben por mi espalda por dentro de la chaqueta, ásperas, seguras, reconociendo un terreno que fue suyo, y yo dejo caer la frente en su frente un segundo para respirar, solo para respirar, y él aprovecha para besarme la mandíbula, el cuello, la cicatriz de la ceja, despacio, esa cicatriz que se sabe de memoria, y ahí, justo ahí, con sus labios en la marca que me hizo él, algo se me rompe por dentro.
Porque esto no es solo deseo. Y eso es exactamente el problema.
Me aparto. De golpe, torpe, casi me caigo hacia atrás en la oscuridad, y me quedo a un metro de él, jadeando, con el corazón desbocado y la boca ardiendo, abrazándome las rodillas como un crío.
— No — digo, y me sale más para mí que para él — . No podemos. No puedo.
Mauro no dice nada. Oigo su respiración descontrolada en lo negro, tan agitada como la mía, y eso, saber que a él también le tiembla, es lo peor de todo, porque lo fácil sería que a él le diera igual.
— Adrián...
— Escúchame. — Hablo rápido, atropellado, porque si paro me deshago — .
Yo trabajo solo. Siempre he trabajado solo.
Y tiene un motivo, Mauro. No es una pose.
Todo el que se me acerca lo paga. Mis padres se largaron, mi abuela se murió sola esperándome, Fito está en el fondo de la ría por hacerme caso, y tú...
— Se me quiebra — . Tú te subiste a una placa y me dejaste ir.
Así que no. No voy a volver a ponerme donde alguien pueda dejarme. No otra vez. No contigo.
Silencio. Largo. El goteo del tejado. Y luego, en la oscuridad, un resplandor.
La pantalla de su teléfono se enciende sola, boca arriba, en el suelo entre los dos, con un aviso, y por un segundo la luz azul le ilumina la cara a Mauro desde abajo, y le ilumina también, antes de que la tape con la mano, la primera línea del mensaje.
Un nombre. Un nombre que conozco de esta misma noche, de hace nada, de una llamada en una conservera.
Sabino.
Mauro cubre la pantalla con la palma, rápido, demasiado rápido, y en ese "demasiado rápido" se me cae el mundo a los pies otra vez.
— ¿Qué es eso? — pregunto, y la voz me sale fina, blanca — . ¿Sigues hablando con él? ¿Ahora? ¿Mientras me besas?
— Es control. — Su voz, en la oscuridad, es firme, y esa firmeza me da más miedo que un titubeo — . Le hago creer que sigo dentro. Es lo que nos mantiene un paso por delante. Adrián, te lo dije, es la única forma de...
— No me lo dijiste. — El frío me sube por la espalda — . Me dijiste que lo entendías. No me dijiste que le seguías escribiendo mientras yo dormía.
— No es lo que...
— Da igual lo que sea. — Me abrazo más fuerte las rodillas.
Me río, y la risa me sale rota, y hasta a mí me da pena — .
Es perfecto, ¿sabes? Es hasta gracioso. Por un segundo.
Por un segundo he pensado que a lo mejor.
Pero es que siempre pasa lo mismo. Me acerco a alguien y ese alguien tiene un cable tirado hacia el otro lado.
Tú tienes un cable tirado hacia el hombre que quiere matarme.
Mauro no lo niega. No puede negarlo. Y su silencio, en la oscuridad, es la confirmación más pesada que he oído nunca.
Me quedo mirando el sitio donde estaba su cara antes de que se apagara la pantalla.
Hace un minuto lo tenía encima, tenía su boca en mi cicatriz, tenía por primera vez en años la sensación absurda de que a lo mejor no estaba solo.
Y ahora estoy más solo que cuando entré en este alpendre, más solo que en el alpendre de Arnela, más solo que en Madrid.
Es un talento que tengo, este. Convertir un beso en una pérdida antes de que se enfríe.
Otro se quedaría con lo bueno, con el calor, con la prueba de que no está tan solo como cree.
Yo me quedo con la factura. Calculo lo que va a doler cuando esto se acabe, y esto se va a acabar, porque todo se me acaba, con una puntualidad de horario de tren.
Porque antes de besarlo no tenía nada que perder. Y ahora sí.