Punto de fuga Capítulo 7
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Capítulo 7

Adrián vuelve al soportal andando demasiado rápido y con la cara demasiado quieta, y las dos cosas me dicen, antes de que abra la boca, que ha encontrado algo y que ese algo lo ha asustado.

Lo intercepto en la esquina, lo meto conmigo en el hueco de un portal cerrado, la mano en su codo, el cuerpo entre él y la calle por costumbre. Huele a mi chaqueta, la que le presté, y por debajo huele a él, y las dos cosas mezcladas me desordenan un segundo que no me puedo permitir.

— ¿Qué ha pasado? Despacio.

— La casa de Uxía está vigilada. — Habla en voz baja y rápida, las palabras atropellándose, que es como habla cuando tiene miedo — .

Dos coches, dos hombres, uno con el periódico, el otro en el bar.

La puerta forzada, la casa vacía, una maceta volcada.

No está, Mauro. Se ha ido o se la han llevado, y llevo un día tarde, y...

— Respira. — Le aprieto el codo una vez — . ¿Te han visto?

— No. No creo. — Respira hondo — . Pero ha dejado algo. Uxía. En el marco de la puerta, con tiza de mariscadora. Un dibujo.

Saca la libreta, la abre, me la enseña. Lo ha copiado con lápiz, deprisa: un pájaro de pico grueso, tres rayas de agua debajo, una flecha.

Miro el garabato. Un vecino vería la pintada de un crío.

Un policía de fuera pasaría de largo. Pero yo no soy de fuera.

Yo tengo diez años de aquellas rocas metidos en el cuerpo, y el dibujo se me abre en el pecho como una puerta que llevaba clausurada desde antes de la placa.

— El cuervo — digo, y la voz me sale rara — . El cuervo y el agua.

— A furna do Corvo. — Adrián lo dice al mismo tiempo que yo, y por un instante nos quedamos mirándonos, los dos con el mismo nombre en la boca, el mismo sitio, la misma edad de golpe encima — .

Nos está diciendo dónde ir. Y me lo dice a mí, en el único idioma que no lee nadie de fuera.

Uxía sabe que soy de Arnela. Sabe que lo entenderé.

— Lo entendemos.

La corrección le sube a la cara antes que a la mía.

Lo entendemos. No lo entiendes tú solo. Porque la furna do Corvo no era de Uxía, ni de Fito.

Era nuestra. De él y mía. El sitio al que se bajaba con la marea justa, por un paso entre las peñas que solo se abría dos horas cada bajamar, la cueva grande bajo el cabo Toural donde anidaban los cormoranes y donde nos metíamos los dos cuando el pueblo se ponía imposible, cuando su abuela no lo dejaba en paz o cuando mi padre se pasaba tres días en la mar y la casa se quedaba en un silencio que no se aguantaba.

Fue nuestra. La primera cosa entera que tuvimos los dos y que no era de nadie más.

Y en cuanto pienso en ella, ya no puedo pararlo, y me viene entero, con olor y con frío: los doce años, la marea baja en las peñas de la playa de Arnela, Adrián resbalando al querer hacerse el gracioso, la ceja abierta, la sangre bajándole por la cara mezclada con agua de mar, y yo aterrado, quitándome la camiseta para taponarle la herida, sujetándole la cara con las dos manos, tan cerca que le contaba las pestañas.

Y cómo se calló, por una vez en su vida se calló, y me miró, y yo dejé de apretar la camiseta y no dejé de sujetarle la cara, y lo besé, o me besó, nunca nos pusimos de acuerdo en quién, con la sangre todavía, con la sal, con el corazón saliéndoseme por la boca.

No se lo he contado a nadie nunca. Ni a Sabino, que me lo preguntó una vez de refilón, con esa manera suya de preguntar sin preguntar, y a quien le contesté que Adrián y yo éramos amigos de rapaces y punto.

Ni a mí mismo, en voz alta, en diecisiete años.

Lo enterré con el uniforme, con la línea recta, con todo lo que un agente de costas no puede permitirse sentir por un hombre al que persigue.

Y aquí está, intacto, con olor a sal y a sangre, saltando de su cajón en el peor momento posible.

La cicatriz que le parte la ceja izquierda me la conozco de memoria porque estaba allí cuando se la hizo. Se la curé yo. Es mía tanto como suya.

Ahora mismo, en este portal de Portela, esa raya blanca está a un palmo de mi cara, y sin decidirlo levanto la mano, y estoy a un dedo de tocarla, de cerrar el círculo de veintidós años, cuando Adrián se aparta un centímetro, lo justo, y aparta la vista, y el momento se rompe, y menos mal, porque no es el momento y quizá no lo sea nunca.

— A la furna no se baja hoy — digo, y me obligo a volver a ser lo que soy, el que lee la marea, no el que la recuerda — .

Solo se entra con cierta bajamar, con el paso de las peñas descubierto, dos horas y no más.

Con esta marea está cerrada, y Uxía lo sabe tan bien como nosotros.

No se ha metido en una cueva que se llena de agua.

— Entonces qué me está diciendo.

— El corvo es el cabo. — Lo veo claro mientras lo digo, la carta de la costa entera desplegada en la cabeza — . Te dice la zona, no el agujero. Al pie del cabo Toural solo hay un sitio donde meterse: Con do Mar. Cuatro casas y un varadero. ¿No decías que Fito hablaba de una prima?

— En Con do Mar. — A Adrián se le enciende algo detrás de las ojeras — . La prima de Con do Mar. Ahí se mete Uxía cuando la cosa se pone fea.

— Ahí está. — Me asomo a la calle, un vistazo rápido por el canto del portal, y el vistazo me devuelve algo que me corta la frase por la mitad.

El coche.

En la esquina de abajo, en la bocacalle que da al soportal donde nos hospedamos, hay un todoterreno oscuro aparcado donde no debería, con el morro hacia la salida, listo para arrancar.

No es el que vi anoche en Arnela. Es otro.

Pero está aparcado con la misma intención: cerrando, no estacionando.

Y apoyado en el capó, sin prisa, hay un hombre.

Corpulento, tranquilo, con las manos en los bolsillos de una cazadora que le tira en los hombros.

Mira la calle como quien vigila un corcho en el agua, esperando que baje sin sobresaltos.

Bras Ferreiro.

Lo conozco. Coincidimos tres años en la comandancia, antes de que Sabino lo jubilara anticipadamente con una palmada en la espalda y una versión que nadie se creyó del todo.

Buen agente, decían. Demasiado tranquilo, decían otros.

Bras nunca corría, nunca gritaba, nunca tenía prisa, y esa calma suya, que en un policía es una virtud, en un cazador es lo último que ves.

Y ahí está la boya que me faltaba, la que no quería plantar.

La orden de matar a Adrián viene de arriba, sí, pero hay algo peor: el brazo que la ejecuta es de mi propia casa.

Bras fue de los nuestros. Sabino lo colocó en Bruma.

La podredumbre no es una mancha en el casco: es toda la madera.

Mi comandancia entera huele, y yo no lo olí hasta hoy porque me enseñaron a no oler, a confiar en la cadena, a no desviarme ni un grado.

La cadena. La palabra se me pudre en la boca.

Toda mi vida ha sido una cadena: mi padre eslabón, Sabino eslabón, yo eslabón, cada uno tirando del siguiente hacia el mismo norte.

Y ahora resulta que la cadena estaba amarrada a un ancla podrida, y que tirar de ella con lealtad, como me enseñaron, era hundirme más.

Bras apoyado en el capó, tranquilo, es la prueba: no hay un traidor suelto en mi casa al que cazar.

Mi casa entera es la trampa. Y yo la he defendido diecisiete años con la placa en el pecho.

— No mires — le digo a Adrián, muy bajo, pasándole el brazo por los hombros, girándolo hacia mí, tapándole la cara con la mía como haría una pareja que se dice cualquier tontería en un portal — . Ríete. De lo que sea. Ríete ahora.

Adrián se ríe. Le sale forzado, agudo, pero de lejos es una risa, y apoya la frente en mi hombro, y su aliento me calienta el cuello, y por un segundo lo único que existe es eso, el peso de su frente y su respiración asustada, y tengo que apartar la mente a la fuerza y ponerla en la calle, en Bras, en las salidas.

— ¿Qué pasa? — susurra contra mi hombro.

— Bras Ferreiro. Abajo, tapando la salida sur.

Ex del cuerpo, ahora de Bruma. Nos ha localizado la pensión, no a nosotros.

Todavía. — Calculo, rápido, la calle entera desplegada en la cabeza como una carta náutica: la bocacalle sur cerrada, el callejón norte que sube a la iglesia, el pasadizo de los soportales que da a la plaza de la romería, el gentío — .

Va a esperar a que salgamos por donde entramos.

No sabe que lo hemos visto. Esa es nuestra única ventaja y dura treinta segundos.

— ¿Y la barca?

— La barca está al sur. Con él. La barca ya no es nuestra.

— Le hablo pegado a la oreja, sin dejar de sonreír a la nada — .

Vamos a subir por el callejón de la iglesia, despacio, cogidos, dos novios que pasean.

En la plaza hay romería, hay gente, hay ruido.

Nos metemos en el gentío y desaparecemos por el otro lado.

Si echamos a correr ahora, nos cazan. Tienes que andar despacio aunque el cuerpo te pida correr. ¿Puedes?

— El cuerpo siempre me pide correr. Llevo dos semanas ignorándolo.

— Pues ignóralo un poco más.

Nos separamos del portal cogidos de la mano, y su mano está fría y me aprieta demasiado fuerte, y andamos hacia el callejón de la iglesia con esa lentitud imposible que hay que fabricar cuando cada célula del cuerpo grita que corras.

Cuento los pasos por costumbre. Diez. Veinte.

A la espalda noto a Bras sin volverme, esa densidad de un depredador quieto.

En la esquina de la iglesia hago que me río de algo, le paso el pulgar por el dorso de la mano a Adrián, un gesto de novio, y aprovecho el giro de cabeza para barrer la calle: Bras sigue en el capó, mirando el soportal sur. No nos ha visto subir. Todavía.

Entramos en la plaza y el ruido nos traga: gaitas, un puesto de pulpo humeando, críos, viejas con el pañuelo, un ganadero discutiendo un precio a gritos.

Nos metemos en el río de gente, hombro con hombro, y por un momento somos dos más, invisibles, protegidos por doscientas personas que huelen a pulpo y a vino y que no saben que caminan al lado de un muerto y de su cebo.

Cuento cabezas, cuento salidas, mantengo el ritmo lento imposible mientras cada músculo me pide reventar a correr.

Le hablo a Adrián al oído tonterías de novio, del tiempo, de la feria, y él me contesta con la voz rara, y por fuera somos dos que se quieren y por dentro somos dos que cuentan segundos.

En la esquina del puesto de pulpo, un crío subido a un banco toca una armónica desafinada, y me agarro a ese sonido idiota como a un cabo, porque mientras oiga la armónica es que no oigo pasos a la espalda.

Al otro lado de la plaza hay una calle que baja al río por detrás de la lonja.

La tomamos. Y cuando ya estamos en la penumbra de esa calle, lejos de Bras, lejos del gentío, con el corazón todavía a mil, Adrián se para de golpe, se dobla apoyando las manos en las rodillas, y suelta el aire que llevaba dos manzanas sin soltar.

— Nos ha faltado nada — dice, con una risa temblona que no es risa — . Nada.

— Lo sé. — Le pongo la mano en la espalda, entre los omóplatos, y noto cómo sube y baja con la respiración, y no la quito — . Pero hemos salido. Respira.

Levanta la cabeza y me mira desde abajo, con esas ojeras y esa ceja partida y esa boca que no se calla ni cuando debe, y por un instante no hay nueve años entre nosotros, no hay placa, no hay Sabino, no hay furna cerrada por la marea.

Solo estamos él y yo en una calle mojada, vivos por los pelos, y esa es la verdad más peligrosa de todas.

— Gracias — dice. Y lo dice en serio, sin ironía, muy bajo, y a mí eso me desarma más que si me gritara.

Miro al cielo por costumbre, hacia el norte, hacia el cabo que no se ve. Nombro el tiempo que viene, porque nombrar el tiempo es lo que hago cuando lo que siento no cabe en ninguna palabra que me atreva a decir.

— Esta noche subimos a Con do Mar — digo, con la vista clavada en la niebla que se ha tragado el cabo Toural — . Por el monte, lejos de la carretera. Y rezamos por llegar antes que Bras.