Capítulo 6
El segundo día amanece sin amanecer del todo. La niebla se levanta un palmo del agua y se queda ahí, colgada, y el sol es una moneda pálida que no llega a calentar nada. Mejor. La niebla es lo único que hoy está de nuestra parte.
Salimos de os Farallóns antes de que aclare, en la dorna, pegados a la costa, y Mauro sube por la orilla norte de la ría leyendo el agua como quien lee un periódico: dónde rompe, dónde no, dónde la corriente empuja y dónde chupa.
Yo voy a proa, calado otra vez, con la copia parcial pegada al pecho dentro de una bolsa de plástico, y me dedico a odiarlo un poco para no dedicarme a otra cosa.
Es más seguro odiarlo. Lo tengo practicado.
Dejamos la barca escondida bajo un pantalán en ruinas a las afueras de Portela, una villa marinera un poco más arriba, de esas con las casas apiladas contra la ladera y la iglesia mirando al mar.
Portela tiene lo que necesitamos: gente, movimiento, una feria de ganado y una romería que llenan las calles de forasteros.
Entre mucha gente, dos hombres son nadie.
Es la primera cosa útil que aprendes cuando te esconden: la multitud tapa mejor que el desierto.
Lo aprendí hace años, en un reportaje sobre gente que desaparece a propósito, entrevistando a un hombre que llevaba una década sin existir para el Estado.
Me dijo una cosa que se me quedó dentro: el que huye a un descampado es un punto en un mapa; el que huye a un mercado es una cara entre mil.
Nunca pensé que fuera a usarlo conmigo. Nunca pensé muchas cosas.
Por ejemplo, que iba a entrar en un pueblo colgado del brazo de Mauro Deza fingiendo que somos algo que fuimos de verdad, y que fingir iba a ser la parte difícil.
— Necesitamos secarnos y un sitio donde no nos vean cuatro horas — dice Mauro, mirando la calle desde el soportal donde nos hemos parado — . Una pensión. De las de antes. Las que no piden el carnet si pagas por adelantado y en efectivo.
— ¿Y cómo entramos dos tíos calados en una pensión de pueblo sin que la dueña llame a alguien?
Mauro me mira. Un segundo de más, otra vez. Y por su cara sé lo que va a decir antes de que lo diga, y por su cara sé que le cuesta decirlo tanto como a mí oírlo.
— Entramos como lo que la gente ya piensa que somos — dice — . Una pareja de la ciudad, de fin de semana, buscando pueblo con encanto. Nadie mira dos veces a una pareja aburrida.
Una pareja. La palabra se queda flotando en el soportal como el vaho de nuestra respiración.
— Qué método más avanzado, agente Deza — digo, porque cuando el terreno se pone así de blando yo saco la ironía, es mi arnés — . ¿Eso te lo enseñaron en la academia o improvisas?
— Improviso. — Y echa a andar hacia la pensión, y yo lo sigo, y algo viejo se me despierta en el pecho y va detrás de él calle arriba pensando cosas que un hombre de treinta y cuatro años perseguido por sicarios no debería estar pensando.
La pensión se llama Casa Elisa y la lleva una mujer de setenta años con un delantal de flores y una desconfianza de siglos que se le deshace en cuanto Mauro le suelta cuatro frases con ese acento de aquí que yo perdí en Madrid y él conservó entero.
Le habla del tiempo, de la romería, de que veníamos a pasar el día y nos ha pillado la niebla en la carretera.
Paga por adelantado. La mujer nos da una llave con un llavero de concha y nos mira subir con una sonrisa de abuela que lo aprueba todo, y yo me siento como un impostor de la peor clase, porque no estoy fingiendo tanto como debería.
El cuarto es pequeño. Papel pintado de rayas descoloridas, un armario que huele a naftalina, una ventana que da a un patio de tendales, y una cama. Una. De matrimonio, con una colcha de ganchillo que hizo alguien con mucho tiempo y mucha paciencia.
Ninguno de los dos dice nada de la cama. Ese es el acuerdo tácito: si no la nombramos, no existe.
Y aun así la cama es lo único que veo. Es absurdo.
Me persiguen para matarme, llevo la vida entera en una bolsa de plástico, y mi cabeza, ese órgano traidor, se dedica a calcular la geometría de un colchón de matrimonio en una pensión de Portela.
Me odio un poco. Odio a mi cabeza. Odio que baste meter a Mauro en un cuarto pequeño para que yo vuelva a tener diecinueve años y el cuerpo hecho una pregunta.
— Sécate — dice Mauro, y me lanza una toalla fina del armario — . Voy a mirar la calle un rato.
Se pone junto a la ventana, medio oculto por el visillo, quieto, vigilando el patio y la esquina con esa paciencia mineral que tiene, y yo me quito la camisa empapada de espaldas a él porque de frente no puedo.
El cuarto está helado. Me froto los brazos con la toalla y siento su mirada sin verla, una presión en la nuca, y cuando me giro Mauro ha vuelto la cara a la ventana medio segundo demasiado rápido.
— No hay nadie — dice, a la calle, no a mí.
— Ya.
— Deberías descansar. No has dormido.
— Tú tampoco.
— Yo aguanto.
— Ya lo sé que aguantas. — Se me escapa con más filo del que quiero — . Aguantar es lo tuyo. Aguantaste nueve años sin coger un teléfono, no te va a matar una noche en vela.
Silencio. Lo he dicho y ya no puedo recogerlo. Mauro sigue mirando la calle, muy quieto, y cuando habla lo hace bajo, sin volverse.
— ¿Vamos a hacer esto?
— ¿El qué?
— Esto. — Un gesto mínimo entre los dos, que abarca el cuarto, la cama, los nueve años, todo — . Porque si lo vamos a hacer, hazlo ahora y de una vez, y si no, déjalo, porque necesito la cabeza en la calle, no en el noventa y tres.
Ninguno de los dos dice el noventa y tres. Ninguno de los dos dice el muelle, ni el autobús, ni la ceja, ni la única cosa que hay que decir. Nos quedamos en la orilla del tema como dos críos en la orilla del agua fría, sabiendo que hay que meterse y sin meterse.
— Fue por Sabino — digo, de pronto, sin haberlo decidido — . ¿Verdad? Lo de hace nueve años. Te dijo que no tiraras la carrera por mí, y le hiciste caso.
Mauro se queda muy quieto contra el visillo. No lo niega. No dice nada, que en él es lo mismo que un sí gritado.
— Ya. — Aparto la vista — . Vale. Hablemos de Uxía, que es más fácil.
— Hablemos de Uxía — digo, porque es más fácil hablar de una desaparecida que de nosotros — .
Su casa está aquí, en Portela, en la parte alta.
O estaba. Fito me dijo que cuando se ponía fea la cosa se iba a Con do Mar, a casa de una prima.
Necesito verla, o dejarle recado. Ella tiene el original.
Sin ese disco y ese cuaderno, Rita no publica ni la esquela, y sin publicar, esto no vale nada: es solo dos tíos muertos en una cuneta que nadie va a investigar.
— ¿Cómo contactas con ella sin quemarla?
— Con cuidado. — Guardo la copia otra vez en su bolsa — .
Uxía y yo tenemos gente en común. Y tenemos...
— Me callo. Iba a decir que tenemos Arnela, que tenemos un idioma de pueblo que no habla nadie de fuera, pero no lo digo, porque decirlo me lleva a la furna, y la furna me lleva a él, y no vamos a ir ahí ahora — .
Tenemos maneras. Déjame a mí lo de Uxía. Es lo mío. Yo trabajo solo.
— Ya no.
Lo dice sin dramatismo, mirando la calle, como quien constata la marea. Ya no trabajas solo. Y lo peor es que tiene razón, y lo segundo peor es que una parte minúscula de mí, una que creía muerta y enterrada en Madrid, se afloja al oírlo.
Salgo yo solo, al final, con la gorra calada y la chaqueta de Mauro que me queda grande y huele a él, a sal y a algo suyo que no tiene nombre, mientras Mauro cubre desde el soportal de la esquina, treinta metros por detrás, invisible.
Subo a la parte alta de Portela por callejones de piedra, entre hórreos y gatos, hasta la casa de Uxía.
Voy contando salidas, como me ha enseñado sin querer el propio Mauro hace media hora, y me cabrea descubrir que se me pega su manera de mirar el mundo, esa de medir cada calle por dónde se escapa de ella.
Antes yo miraba las calles por lo que contaban.
Ahora las miro por dónde huir. En eso me han convertido dos semanas: en un animal que entra en los sitios calculando la salida. Y en cuanto la veo, me paro en seco.
La casa está vigilada.
No hace falta ser policía para verlo, y yo llevo diez años entrenando el ojo.
Un coche mal aparcado en la esquina de arriba, con un hombre dentro que lleva demasiado rato leyendo el mismo periódico.
Otro en el bar de enfrente, junto al ventanal, con la taza vacía y la mirada llena.
La puerta de Uxía tiene el buzón reventado y las cortinas echadas a mediodía.
No hay humo en la chimenea. En la ventana de la cocina, una maceta de geranios volcada, la tierra derramada sobre el alféizar, como de un manotazo, o de una prisa.
Me quedo en la esquina, fingiendo mirar el móvil, con el pulso golpeándome en las sienes.
Diez años de oficio me han enseñado a leer una escena, y esta se lee sola: aquí ha habido gente que no venía de visita.
La puerta forzada con cuidado, sin astillar, trabajo de profesional.
El buzón reventado para ver si había correo, pistas, algo.
Y ni un vecino asomado, que en un pueblo es la peor señal de todas: cuando nadie mira es porque a todos les han aconsejado no mirar.
Uxía no está. Uxía se ha ido, o se la han llevado, y llevo un día de retraso.
Se me hiela la sangre otra vez, ese frío que ya empiezo a conocer, y estoy a punto de dar media vuelta cuando lo veo.
En el marco de piedra de la puerta, a la altura de la rodilla, medio tapado por el geranio caído, hay una marca.
Un trazo de tiza azul, de esa que usan las mariscadoras para señalar las cestas.
Un dibujo tosco, rápido, hecho por una mano que no quería que lo entendiera cualquiera.
Un pájaro. Un pájaro negro, de pico grande. Y debajo, tres rayas onduladas: agua. Y una flecha.
Cualquiera vería un garabato. Un vecino, un policía de fuera, un hombre de Bruma leyendo el periódico verían la pintada de un crío.
Pero yo no soy cualquiera. Yo soy de Arnela, y sé lo que llamábamos así los críos de Arnela, el sitio al que solo se iba con la marea justa, la cueva bajo el cabo donde anidaban los cuervos marinos y donde nos escondíamos cuando el mundo se ponía imposible.
O corvo. El agua. La furna.
Uxía me está diciendo dónde. Y me lo está diciendo a mí, solo a mí, en el único idioma que no puede leer nadie que no haya sido crío en aquellas rocas.
El único que puede leerlo conmigo, el único que sabe entrar en ese sitio, está esperándome en un soportal treinta metros más abajo, con la chaqueta que me falta y una brújula en el pecho.
Me quedo mirando el pájaro de tiza azul, con el corazón golpeando fuerte, y sé dos cosas a la vez. Que sé adónde ir. Y que no puedo ir solo.