Punto de fuga Capítulo 5
17%

Capítulo 5

La conservera lleva veinte años muerta y todavía huele a lo que fue.

Varamos la dorna en la cala pequeña que se abre al pie de os Farallóns, entre dos lenguas de roca que rompen la mar de fondo antes de que llegue a la arena.

Conozco este sitio. Todo el mundo de la ría lo conoce y nadie viene: una fábrica de salazón cerrada desde que yo era crío, con las ventanas reventadas, el tejado a medio caer y las letras del rótulo caídas en la maleza, de modo que en la fachada solo se lee, torcido, un nombre que ya no significa nada.

Dentro, las viejas cubas de cemento siguen ahí, negras, y el suelo está cubierto de escamas de pintura y de cagadas de gaviota, y el aire sabe a sal vieja y a óxido.

He dormido en sitios peores. Lejos de casa, en el servicio, dormí en agujeros que harían de esta conservera un hotel.

Pero en aquellos agujeros no había un Adrián Refojo tiritando en un rincón y mirándome como se mira a un guardia.

Eso lo cambia todo. Vigilar una posición es fácil.

Vigilar a un hombre que respira, y que encima te odia, deja de ser un oficio.

Enciendo una cerilla y busco un rincón resguardado, uno con pared a la espalda y línea de vista a las dos entradas.

La costumbre. Adrián me sigue arrastrando los pies, calado hasta los huesos, temblando de un frío que ya no disimula, y se deja caer contra la pared, y por primera vez desde el alpendre se queda callado.

Ese silencio suyo me pone más nervioso que su cháchara.

Aprendí hace mucho que Adrián callado es Adrián al límite.

— No podemos hacer fuego — digo — . La luz se ve a millas con esta niebla. Pero tengo esto.

Saco de la bolsa impermeable de la dorna una manta térmica y un termo que llevo siempre, deformación del oficio.

Le tiendo la manta. La coge sin darme las gracias, se envuelve, y en la penumbra sus ojos brillan, vigilándome, midiéndome, calculando cuánto puede fiarse.

La respuesta que leo en su cara es: nada.

No puede fiarse nada. Y tiene su lógica.

Me siento enfrente, con la espalda en la cuba fría, y saco la brújula.

No sé por qué. La saco cuando necesito pensar, la sopeso en la palma, el latón gastado por las manos de mi padre y por las mías, las iniciales X.

D. rascadas en el borde. La aguja tiembla un momento y se para.

Norte. Siempre el norte. Es lo único que no miente, decía él.

Esta noche la miro y, por primera vez, no me dice nada.

Marca un norte que ya no sé para qué me sirve.

— ¿Qué es eso? — pregunta Adrián desde su rincón.

— Nada. De mi padre.

— La brújula. — Una pausa — . Me acuerdo. La llevabas siempre. — Y luego, más bajo, casi para sí — : Cómo no ibas a llevarla.

No contesto. Guardo la brújula. Y me pongo a hacer lo que sé hacer cuando el suelo se mueve: ordenar los hechos, uno a uno, como boyas en un canal.

Hecho: un todoterreno sin distintivos, bajando sin prisa, aparcado para cerrar la única salida.

Los coches del cuerpo no se aparcan así, ni bajan así, ni se callan el alto reglamentario.

Hecho: tres hombres abriéndose en abanico con las manos donde no se llevan las manos para detener.

Hecho: uno de esos hombres se movía como Bras Ferreiro, y Bras Ferreiro fue de los nuestros hasta que Sabino lo retiró con una jubilación anticipada que nadie entendió, y ahora, según lo que se murmura en el muelle y nadie firma, cobra de Bruma Seguridad.

Hecho: mi comandante me mandó solo, sin informe, con prisa de marea, a buscar a un hombre que sé encontrar. Y detrás de mí venían los que rematan.

Cada boya que planto ilumina la siguiente, y la siguiente dibuja un canal que no quiero navegar, uno que lleva derecho a un sitio donde está mi comandante, el hombre que me hizo de padre cuando el mío se ahogó en su propia cama, tosiendo el mar que se le había metido en el pecho a fuerza de años.

Sabino, que me enseñó a atarme las botas del uniforme.

Sabino, que me dijo que el que obedece nunca se pierde.

Podría estar equivocado. Me lo repito, porque necesito estarlo.

A lo mejor Bras no era Bras entre la niebla.

A lo mejor el todoterreno era de una empresa de seguridad que Bruma contrató por su cuenta, sin que Sabino supiera nada.

A lo mejor. La cabeza me ofrece salidas, una tras otra, como un abogado que defiende a un culpable al que quiere de verdad, y yo las voy tumbando una a una, porque las boyas no mienten y el canal va a un solo sitio.

Uno puede negarse a navegar un canal aunque lo vea señalizado.

Eso también lo aprendí. Lo aprendí de mi padre, que se murió antes que desviarse un grado.

— Cuéntamelo — digo, y me sale más ronco de lo que quiero — . Todo. Desde el principio. Qué has metido las narices, qué encontraste, por qué está muerto Fito Randán.

Adrián me estudia un rato largo desde la manta. Sopesa. Es lo que hace, sopesar, igual que yo leo el tiempo, y al final habla, porque necesita hablar, porque contarlo es su manera de sujetarse.

— Grupo Bruma — dice — . El consorcio ese que ha llenado la ría de vallas de puerto deportivo y de promesas de empleo.

Marina Bruma, la marina de lujo. Logística, inmobiliaria, todo muy limpio por fuera.

Por dentro mueven algo por la ría que no aparece en ningún manifiesto.

Carga que entra escondida entre la carga legal, se trasvasa de noche a otro barco, y sale blanqueada en forma de facturas de una marina que factura diez veces lo que debería.

Fito llevaba los libros del muelle. El de verdad y el falso. Y un día no aguantó más y me llamó.

— ¿Y qué te dio?

— A mí, migajas. — La voz se le agría — .

Una copia parcial. Un par de manifiestos falseados, un trozo de audio.

Lo justo para saberlo, no para probarlo.

Lo bueno, el original entero, el disco con todo y un cuaderno con las coordenadas de dónde y cuándo trasvasan, se lo dejó a su hermana.

A Uxía. Porque de mí, listo él, no se fiaba del todo.

— Aparta la vista — . Hizo bien. A todo el que se me acerca le pasa algo.

— ¿El audio qué es?

— No lo he escuchado entero. Está en el original.

Fito me dijo que en la cinta buena se oía a alguien de arriba, alguien con placa, aceptando el pago y dando la orden de mirar para otro lado.

— Levanta los ojos, y me sostiene la mirada, y hay algo casi de piedad en ella, lo cual es peor que el desprecio — .

No me dijo el nombre. Me dijo que cuando lo oyera, iba a entender por qué tenía tanto miedo.

Se me cierra la garganta. Fuera, el mar de fondo golpea os Farallóns con esa insistencia lenta y grande, y yo pienso en la tabla de mareas clavada en la pared de Sabino, el círculo rojo, cinco casillas más allá.

La marea viva. En la marea viva mueven la mercancía, ha dicho Adrián.

En la marea viva zarpa la Santa Xoana. En la marea viva se esfuma la prueba.

Y Sabino tenía ese día marcado en rojo en su despacho, y me dijo "tráemelo antes de la marea viva", y yo lo tomé por preocupación de padre.

No era preocupación. Era un plazo.

— ¿Por qué la marea? — pregunto, más para mí que para él — . ¿Por qué esa noche y no otra?

— Porque en la viva el agua sube tanto que el barco grande entra donde no entra el resto del año — dice Adrián — . Y baja tanto que descubre pasos que solo se ven dos veces al año. Fito decía que Bruma no mueve la carga cuando quiere, sino cuando puede. Y solo puede en la viva.

Asiento. Es la clase de detalle que solo sabe quien conoce el mar, y me revuelve que el plan de esa gente respire al ritmo de la misma marea que me enseñó a leer mi padre. Han cogido lo más limpio que tengo, el mar, y lo han vuelto un reloj para el crimen.

Podría levantarme ahora. Podría llamar a la comandancia, pedir refuerzos, denunciarlo por los cauces, hacer lo que me enseñaron: la vía recta, el parte, la firma, la cadena de mando.

La línea recta siempre llega a puerto. Y en cuanto pienso "la cadena de mando", la boya siguiente se me enciende sola y me deja helado: la cadena de mando empieza en Sabino.

La vía recta pasa por su mesa. Denunciar por el conducto es meter la denuncia en el bolsillo del hombre que firmó la muerte de Fito como accidente.

No hay conducto. Por primera vez en diecisiete años, no hay conducto que no pase por él.

— Te voy a mantener vivo — digo, despacio, midiendo cada palabra, porque necesito oírmela decir de un modo que pueda soportar — . No porque te crea. Porque necesito entender qué está pasando en mi casa. Eres lo único que tengo para entenderlo. Así que hasta que lo entienda, no te entrego a nadie.

Adrián suelta una risa seca desde la manta.

— Qué romántico. Me mantienes vivo para tu investigación.

— Te mantengo vivo. El motivo es asunto mío.

Y mientras lo digo ya estoy haciendo lo que siempre hago: buscándole un canal recto a lo torcido, una manera de no romper del todo.

Porque tengo una idea, y la idea me parece lista, y me parece la manera de proteger a Adrián sin quemarlo todo.

Si mantengo el contacto con Sabino, si le hago creer que sigo dentro, que sigo siendo su rapaz, que aún no he entendido nada, puedo darle información falsa.

Puedo saber por dónde vienen antes de que vengan.

Puedo negociar, llegado el caso, la seguridad de Adrián a cambio de mi silencio.

Puedo servir a los dos lados el tiempo justo para sacarlo de esta.

Me lo cuento así de bien. Me lo cuento como control, no como obediencia. No veo, esta noche, que control y obediencia son la misma soga con dos nombres. Lo veré tarde, y le costará caro a otro.

Me lo vendo bien porque llevo toda la vida comprándome la misma mercancía: que hay una forma recta de hacer lo torcido, que si mantengo la mano firme en el timón no importa hacia dónde sople.

Mi padre habría escupido al oírme. Mi padre no negociaba con el viento: lo leía y le obedecía a él, no a ningún comandante.

Pero mi padre está muerto, y Sabino está vivo y al teléfono, y yo elijo, esta noche, la voz que todavía suena.

El teléfono me vibra en el bolsillo del pecho, junto a la brújula.

Lo saco. En la pantalla, un nombre: SABINO GRELA. Adrián se incorpora en la manta, todo el cuerpo en tensión, y me mira, y niega despacio con la cabeza, sin una palabra, suplicándome sin suplicar que no conteste.

Descuelgo.

— Comandante.

— Rapaz. — La voz tranquila de siempre, el mar de aceite — . Me llegan cosas raras. Que ha habido ruido en el muelle de Arnela. ¿Estás bien? ¿Lo tienes?

Miro a Adrián a los ojos mientras contesto. Y por primera vez en mi vida, le miento a mi comandante con la voz firme y limpia que él mismo me enseñó a poner en los informes.

— Lo tengo casi. Se me ha escurrido en la niebla, pero sé por dónde va. Dame hasta mañana. — Una pausa. La justa — . Yo solo, comandante. Como dijo. Sin ruido.

— Ese es mi rapaz. — Un silencio al otro lado, cálido, envenenado — . El que obedece nunca se pierde, Mauro. Tráemelo.

Cuelga.

Me quedo con el teléfono caliente en la mano y el norte de la brújula pesándome en el pecho, y sé, con la parte de mí que sabe leer el tiempo, que acabo de armar algo que no voy a poder desactivar.

Adrián me mira desde la manta, en la oscuridad, y no dice "te lo dije", que sería lo suyo. Solo dice, muy bajo:

— No puedes servir a los dos, Mauro. Nadie puede.

Fuera, la niebla no abre. Y yo, que sé leer todos los tiempos del mundo, no sé leer el mío.