Capítulo 4
Lo primero que aprendes cuando te disparan es que tu cuerpo es un cobarde con muy buenos reflejos.
Yo no decido correr. Mis piernas ya corren cuando mi cabeza todavía está procesando que ese ruido seco, ese chasquido que ha reventado la tabla a un palmo de mi oreja, es un disparo de verdad y no un portazo.
La mano de Mauro me atenaza el brazo, me arranca de la puerta del alpendre, y de golpe estoy bajando por las peñas mojadas hacia un mar que no veo, guiado por un hombre en el que no confío, huyendo de tres hombres que quieren matarme.
Titular: periodista sin fuente y sin fe se lanza al Atlántico de la mano de su ex.
Las peñas están imposibles. La marea ha dejado el granito cubierto de esa baba verde y negra que resbala con solo mirarla, y yo piso mal, y me voy, y la ceja de hace veintidós años me avisa de lo que viene, pero Mauro tira de mí hacia arriba antes de que caiga, sin mirarme, sin una palabra, la mandíbula apretada, leyendo las rocas como si tuvieran un texto escrito para él solo.
— Por aquí no — gruñe — . Baja donde piso yo. Exacto donde piso yo.
Y lo hago. Odio hacerlo y lo hago, porque el mar es suyo y yo lo sé, lo supe siempre, ese fue medio problema.
El otro medio problema fui yo. Yo, que nunca supe estarme quieto, que necesitaba demostrar que no dependía del hijo de Xoán Deza para nada, que me largué a probarle al mundo, y sobre todo a mí mismo, que sabía nadar solo.
Y aquí estoy, veintidós años después, poniendo el pie exactamente donde lo pone él, porque lo contrario es abrirme la cabeza contra el granito.
Hay ironías que solo se disfrutan si sobrevives a ellas.
Arriba, entre la niebla, se oyen pasos sobre la gravilla.
Sin prisa. Eso es lo que más miedo da, que no corren.
Una voz grave, tranquila, casi aburrida, dice algo que no entiendo del todo, y otra contesta, y el sonido de una culata cargando otra vez rebota en la piedra.
Mauro me empuja hacia abajo, hacia una hendidura entre dos peñas donde la niebla es más espesa, y allí, meciéndose amarrada a una anilla oxidada, hay una barca.
Una dorna vieja, de las de toda la vida, con un fueraborda pequeño y las cuadernas repintadas mil veces.
— ¿De quién es? — susurro, idiota de mí, como si importara.
— De nadie que la vaya a echar de menos esta noche. Sube. A proa. Y agáchate.
Subo. La madera se hunde bajo mi peso, fría, húmeda, viva.
Mauro suelta el cabo de un tirón, empuja la barca contra la peña con la bota, salta dentro con una soltura que a mí me da rabia y me da otra cosa que no pienso mirar ahora, y no arranca el motor.
No arranca el motor. Me giro para gritarle que arranque de una vez, que nos van a ver, y me encuentro su cara a un palmo, muy seria, un dedo sobre los labios.
— Con motor nos oyen — dice bajísimo — . Y con esta niebla, oír es ver. Vamos a remo hasta pasar la punta. Calla.
Coge los remos. Y rema. Y yo, que llevo cuatro noches sin dormir y dos semanas cargando un muerto a la espalda, me quedo mirando cómo Mauro Deza rema hacia dentro de una niebla sólida, sin ver nada, con la seguridad de quien tiene la ría entera dibujada por dentro del cráneo.
Los remos entran en el agua sin salpicar, sin ruido, salen limpios, vuelven a entrar.
Los hombros se le mueven bajo el chaquetón con esa mecánica lenta y ancha que le vi mil veces desde la orilla cuando teníamos veinte años y yo fingía que leía.
Hay algo obsceno en confiarle la vida a alguien en quien no confías.
Voy agachado a proa, con el granito helado de la borda clavándoseme en las costillas, mirando cómo la costa desaparece detrás y cómo delante no aparece nada, solo pared blanca, y tengo que elegir entre dos terrores: el de los hombres que quedan atrás con las armas y el del hombre que tengo delante con los remos.
Elijo el de delante, que al menos rema hacia otro lado.
Es la primera decisión en dos semanas que no es del todo mía, y me revuelve el estómago casi tanto como la marejada.
No digo nada durante un rato largo. El miedo, por una vez, me cierra la boca. Detrás, la costa se disuelve. La voz de los hombres se apaga, tragada por la bruma. Solo queda el mar de fondo, el chapoteo de los remos y la respiración de Mauro, controlada, contada, como todo en él.
— Sabías que estaban ahí — digo, cuando ya no aguanto el silencio, porque el silencio con él siempre fue peor que cualquier cosa — . El coche. Los tres. Lo tenías todo montado. Me sacas al agua para entregarme más limpio, sin testigos.
Mauro no contesta enseguida. Rema tres paladas. Cuatro.
— Si te quisiera entregar — dice al fin, sin mirarme, la vista clavada en un punto de la niebla que solo él ve — , estarías entregado. Te tenía a tres metros y desarmado. No habría hecho falta el agua.
Es lógica de policía y me fastidia que sea buena.
— Entonces qué. Te has arrepentido a mitad. Un ataque de conciencia justo cuando empezaban los tiros.
— No sabía lo del coche. — Y esta vez sí levanta los ojos, y son de ese gris raro, gris de agua de ría en octubre, y en ellos hay algo que no le había visto nunca, ni de crío: desconcierto.
Mauro Deza, el que siempre sabe dónde está el norte, mirando alrededor como quien ha perdido la brújula — .
Nadie me dijo que hubiera un equipo. Me mandaron solo.
A buscarte y traerte. Palabra por palabra.
— Y te lo creíste.
— Me lo creí. — Lo dice sin defenderse, y por eso le creo, y odio creerle — . Diecisiete años creyéndomelo todo. Uno no desaprende en una mañana.
Pasamos la punta. Lo noto en cómo cambia el mar: la marejada de fuera empuja distinto, más redonda, y la barca cabecea.
Mauro corrige con un remo sin pensarlo, lee la ola, la deja pasar por debajo.
Ahora sí arranca el fueraborda, un ronroneo bajo que la niebla amortigua, y ponemos rumbo a un sitio que él conoce y yo no.
— ¿Adónde vamos? — pregunto.
— Lejos de ahí.
— Eso no es un sitio. Necesito un sitio. Tengo que llegar a Con do Mar, a...
— No vamos a Con do Mar. — Corta seco — . Si sé yo que ahí tienes a alguien, lo saben ellos. Vamos a subir por la orilla norte, pegados a la costa, hasta os Farallóns. Ahí no entra ni Dios con esta mar.
— No. — Me incorporo, y la barca se queja, y Mauro me clava una mirada de vuelve-a-tu-sitio que ignoro — .
Yo tengo una historia que sacar y un reloj corriendo.
No pienso esconderme en unas peñas a esperar a que se me pase el susto.
Tengo que llegar a la persona que tiene lo que necesito antes de la marea viva, y eso es dentro de...
— Cinco días. Ya. Lo sé. — Me interrumpe, y la palabra "cinco días" en su boca me sienta como un puñetazo, porque significa que sabe más de lo que dice — . ¿Y cómo piensas llegar a nadie, tú solo, con media comarca cobrando por tu cabeza y sin saber leer una marea? ¿Nadando?
— Como he llegado hasta aquí. Solo.
— Ya veo lo bien que te ha ido solo.
— No sabes nada de cómo me ha ido. — Me tiembla la voz, de frío o de rabia, ya no lo distingo — . Llevo nueve años yéndome bien solo. Casa, trabajo, firma. Nadie a quien echar de menos a las tres de la mañana. Eso es irme bien.
— Eso es no tener nada que perder. — Mauro no sube la voz, no deja de remar — . No es lo mismo.
Eso me calla. Porque tiene razón, el muy cabrón, otra vez.
He llegado hasta aquí solo y hasta aquí es un alpendre podrido, un muerto y tres tíos disparándome.
Discutimos de rutas, de Con do Mar y de os Farallóns, de norte y de sur, y los dos sabemos que no estamos discutiendo de rutas.
Estamos discutiendo de nueve años. Cada mapa que menciona es un año que no me fue a buscar.
Cada objeción que le pongo es un autobús que cogí solo.
Es más fácil pelearse por una cala que preguntarle por qué se quedó en el muelle con las manos en los bolsillos viéndome marchar. Así que peleamos por la cala.
— Está bien — cedo, porque no tengo barca ni sé remar en niebla y porque el frío empieza a metérseme en los huesos — .
Os Farallóns. Una noche. Y mañana me buscas la forma de llegar a Con do Mar, porque tú te conoces esto y yo te voy a usar exactamente igual que tu comandante te usa a ti.
Con la diferencia de que yo te lo digo a la cara.
Espero que salte. No salta. Aprieta la mandíbula, mira al frente, y algo en su perfil, en la línea dura del mentón, se me clava en un recuerdo que llevo años intentando desalojar sin conseguirlo.
Y entonces me mira. Un segundo de más. Los ojos se le van, sin querer, sin permiso, a mi ceja izquierda, a la cicatriz, y se quedan ahí una fracción de segundo antes de volver al mar. No dice nada. No hace falta. Ese medio segundo dice más que nueve años.
Aparto la cara. Me pongo a ordenar lo que sé, que es lo que hago para no sentir lo que no debo.
Mauro no sabía lo del coche. Lo mandaron solo.
Le dijeron palabra por palabra que solo tenía que buscarme y traerme.
Y en cuanto me encontró, aparecieron tres hombres con las manos donde se llevan las manos para matar, y uno de ellos, ahora que lo pienso, ahora que lo recompongo, se movía como se mueve un policía. Como uno de los suyos.
Se me hiela algo por dentro que no es el frío del mar.
Lo recompongo como recompongo una historia cuando me falta la mitad de las fuentes: por los huecos.
Mauro llega solo, sin refuerzos, sin coche patrulla, sin chaleco.
Le disparan a él tanto como a mí. No se cubre a sí mismo: se cubre conmigo.
Un hombre que ha vendido a otro no salta con él a un mar helado; lo entrega y se va a su casa a cenar.
Todo encaja en una sola dirección, y es la que menos me conviene, porque significa que no puedo odiarlo tan cómodo como necesito odiarlo.
Levanto la cabeza. Mauro rema contra la marejada con esa cara de póker que le hace la comandancia, esa cara de hombre que cree que sigue teniendo un sitio en el mundo, una placa, un comandante que le hizo de padre, una vía recta que llega a puerto.
No sabe. De verdad que no sabe. Lo veo con una claridad que me duele.
— Mauro. — Uso el nombre. Como él usó el mío antes, para que me escuche de verdad.
Deja de remar — . Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez.
Esos hombres no venían a por mí solo. Venían a por un cabo suelto.
— Trago el nudo que se me hace, lo digo — .
Tú les serviste para encontrarme. Y en cuanto me encontraste, dejaste de servirles para nada.
Un cebo que ha visto al cazador ya no es cebo. Es testigo.
La niebla nos envuelve, blanca, ciega, total. El motor ronronea. Mauro me mira, y por primera vez desde que salió del alpendre veo cómo empieza a entender, cómo se le mueve algo detrás de esos ojos de agua fría.
— Acabas de quemar tu vida por mí — digo, muy bajo — . Y ni lo sabes.