Capítulo 3
Tardo cincuenta minutos en encontrarlo, y me sobran cuarenta.
Podría haberme ahorrado la vuelta por el pueblo, las preguntas sueltas en el bar de Remedios, el paseo hasta la casa cerrada de la abuela Sabela.
Podría haber ido directo al alpendre de aparejos del extremo malo del muelle, porque es donde yo me habría metido, y Adrián y yo, de rapaces, pensábamos con la misma cabeza rota.
La casa de la abuela la descarto enseguida: nadie se esconde en el sitio que más le duele.
Un animal herido no se mete en su madriguera vieja, se mete en la que tiene dos bocas.
El alpendre tiene dos bocas. Lo sé porque las abrimos nosotros, con quince años, para entrar a fumar y salir corriendo si aparecía el patrón.
Me da miedo lo fácil que es. Ese es el precio de haber querido a alguien: que no se te olvida cómo piensa.
He recorrido Arnela en cuarenta minutos y en cada esquina sabía dónde no estaría Adrián, y descartar es la mitad de encontrar.
No estaría en casa de nadie, porque a Adrián le da terror deberle un favor a alguien.
No estaría en la carretera, porque la carretera es de los que huyen hacia delante, y Adrián, cuando el mundo aprieta, huye hacia atrás, hacia el agua, hacia lo que conoce.
Arnela tiene un solo sitio así que no sea la casa de su abuela.
En el bar de Remedios he pedido un café y he preguntado por nada, y Remedios, que me conoce desde que yo llevaba pantalón corto, me ha dicho que el pueblo estaba tranquilo, que no había forasteros, y me lo ha dicho mirándome un segundo de más.
En un pueblo todos saben algo y nadie lo dice, y ese segundo de más era Remedios avisándome de que sí, de que había alguien, y de que ojalá yo no fuera a por él. He dejado el café a medias.
La niebla ha cerrado del todo. No se ve el agua, pero se oye: el mar de fondo golpea las peñas con esa cadencia lenta y honda que anuncia que el tiempo va a durar.
No abre hasta mañana. Hoy no se navega. Camino por el pantalán viejo midiendo las tablas con los pies, y noto el sitio antes de verlo, esa densidad distinta que tiene un escondite habitado, como una casa donde alguien contiene la respiración.
Me paro a tres metros de la puerta.
— Refojo.
Silencio. Solo el mar. Pero dentro del silencio hay otro silencio, uno con forma de hombre pegado a una pared.
— Sé que estás ahí. He visto la colilla que has apagado en la arena, todavía humea. Sé que hay una salida por detrás, por las peñas, y sé que con esta marea las peñas están resbaladizas y que si sales por ahí con prisa te abres la cabeza. Otra vez.
Eso último lo digo sin pensarlo, y me arrepiento en cuanto sale, porque es demasiado nuestro, demasiado de antes. Y funciona, que es lo peor.
La puerta se abre. Y ahí está.
Nueve años. Nueve años caben en una cara y no caben en ninguna parte.
Adrián está más flaco, más anguloso, con unas ojeras que le comen media cara y una barba de días que no le pega.
Pero es él. La misma boca torcida a punto de soltar algo, los mismos ojos oscuros que no paran quietos, calculando, midiendo, buscando la salida igual que la busco yo.
Y la cicatriz. La raya blanca que le parte la ceja izquierda, la que le hice yo sin querer, la que le curé con agua de mar y con mi camiseta el mismo día que aprendí a qué sabe su boca.
La tengo memorizada como una costa. Podría dibujarla con los ojos cerrados.
Aparto la vista. No es momento.
Nueve años, y sigue siendo lo primero que miraría en una habitación llena de gente.
Eso no me lo esperaba. Creía que el tiempo, la placa y la distancia habían limado todo esto hasta dejarlo en nada, y basta que abra una puerta en un alpendre podrido para que vuelva entero, con el mismo peso.
Me obligo a mirarle las manos y no la cara, porque las manos son información y la cara es una trampa.
— Vaya — dice Adrián, y la voz le sale afilada, de trinchera — . El agente Deza. En persona. Qué honor. ¿Te han dado una medalla ya o eso es al detener al segundo periodista?
— Vengo a llevarte dentro.
— Claro que sí. — Sale un paso del alpendre, las manos abiertas, teatral, y no me engaña: está temblando por debajo del teatro.
Cuando Adrián tiene miedo, habla. Y ahora mismo va a hablar mucho — .
Dentro. Qué palabra tan bonita. Dentro de dónde, Mauro.
¿De un calabozo? ¿De la ría, como Fito? Porque a Fito también lo llevaron dentro y mira qué guapo salió.
— Yo no tengo nada que ver con Fito Randán.
— No, tú nunca tienes nada que ver con nada. Es tu especialidad. — Da otro paso. La niebla se mueve entre los dos — . ¿Te acuerdas, agente? ¿Te acuerdas de lo bien que se te da no tener nada que ver? Se te daba de cine ya con veintiocho.
Ahí está. El golpe bajo el agua, el que llevaba nueve años esperando para darme. Y tiene razón, y no puedo dársela ahora, porque si le doy la razón ahora los dos nos hundimos.
— Adrián. — Uso el nombre a propósito, y veo cómo le cambia algo en la cara, un parpadeo — . Escúchame. Me han mandado a buscarte para traerte a hablar. Sin esposas, sin parte, sin ruido. Te doy mi palabra de que no te va a pasar nada. Vienes conmigo, aclaramos esto, y...
— Tu palabra. — Se ríe, y la risa no tiene nada de risa — . Tu palabra vale lo que valía la última vez que me la diste. ¿Y sabes cuánto valía? Un billete de autobús de ida.
— Yo no te di ninguna palabra aquella vez — digo, y es verdad, y es lo peor que podía decir.
— Exacto. — Adrián abre las manos, casi triunfal, casi roto — .
Ni una. Ni un "quédate", ni un "escríbeme", ni un "voy contigo".
Nada. Te quedaste en el muelle, muy recto, muy tuyo, viéndome subir, y yo esperé hasta el último escalón del autobús a que dijeras algo, lo que fuera, y no lo dijiste.
Así que no me hables de tu palabra, Deza.
Lo tuyo nunca fue dar tu palabra. Lo tuyo es callarte.
Se me seca la boca. Fuera, más allá de la niebla, la marea golpea.
Nordés flojo por debajo del sueste. Va a seguir cerrado.
Pienso en el tiempo porque pensar en el tiempo es lo que hago cuando no quiero pensar en lo que tengo delante, y lo que tengo delante es un hombre al que quise y al que dejé marchar por hacer lo correcto, y que ahora me mira como se mira a un perro que un día fue tuyo y ahora lleva el collar de otro.
— No sé qué te has creído que soy — digo, y me sale más ronco de lo que quiero.
— Sé exactamente lo que eres. Eres el que obedece.
— Lo escupe como si me conociera el alma, y me la conoce, ese es el problema — .
Siempre lo fuiste. Por eso llevas placa y por eso yo me subí a aquel autobús solo.
Tú obedeces, Mauro. Es lo único que sabes hacer bien.
Así que dime, agente Deza: ¿quién te manda hoy?
No contesto. Y mi silencio contesta por mí, y él lo lee, porque siempre supo leerme mejor que nadie.
— Ya — dice, más bajo, y en ese "ya" hay tanto cansancio que me duele físicamente — .
Grela. Te manda Grela. El bueno de Sabino, que te hizo de padre cuando el tuyo se murió.
— Se le quiebra algo en la última palabra, la recompone rápido — .
¿Y no te has preguntado por qué te manda a ti, en persona, sin papeles, a por un periodista de nada?
Sí. Me lo he preguntado toda la mañana. Y no pienso decírselo.
Y mientras callo, lo miro de verdad, con el ojo que me enseñaron a usar, el que separa a un culpable de un asustado.
A Adrián le tiemblan las manos. No como le tiemblan a quien esconde algo sucio: como le tiemblan a quien lleva días esperando que lo maten.
Lleva la ropa dos tallas grande de lo que ha adelgazado, el pulso disparado en el cuello, los ojos rojos.
He detenido a bastantes hombres para saber a qué huele el que miente y a qué huele el que tiene miedo de verdad.
Adrián huele a lo segundo. Sea lo que sea lo que se llevó de esas oficinas, no es un peligro.
Es una presa. Y me han mandado a mí a levantarla.
— Porque me conoces — sigue Adrián, respondiendo él a su propia pregunta, que es lo que hace cuando el miedo le acelera la boca — .
Porque saben que a mí, tú, solo tú, me sacas del agujero sin pelea.
Eres el cebo, Mauro. Te han puesto mi cara en el anzuelo.
— Se le rompe la voz del todo — . Y tú ni lo hueles.
Lo huelo. Llevo oliéndolo desde el aparcamiento de la comandancia.
Y oírlo dicho en voz alta, con su voz, en este muelle donde una vez fuimos otros, me hace algo por dentro que no tengo tiempo de nombrar, porque en ese momento, entre la niebla, arriba, en la carretera que baja al muelle, aparecen dos luces.
Un todoterreno. Grande, oscuro, sin distintivos.
Baja despacio, con las de posición, sin prisa ninguna, y esa falta de prisa me eriza cada pelo del cuerpo.
Un coche del cuerpo baja con el motor honesto y las luces de trabajo.
Este baja como baja un depredador que ya sabe que la presa no tiene por dónde.
Aparca cruzado, tapando la boca del muelle. La única boca de coche.
— ¿Esperabas compañía? — dice Adrián, y ya no hay teatro en la voz, solo hielo.
— No.
Y es verdad. Sabino no dijo nada de un equipo.
Sabino dijo sin ruido, sin nadie, tú solo.
Se abren tres puertas a la vez, y de la niebla salen tres siluetas, y a la primera la reconozco de refilón por el modo de moverse antes que por la cara: pesado, sin prisa, la calma de un hombre que nunca ha tenido que correr porque siempre ha llegado igual.
Bras Ferreiro. Ex agente. Uno de los que Sabino "retiró" con honores hace años y que ahora, según se murmura y nadie confirma, cobra de Bruma Seguridad.
No traen esposas. Lo veo en cómo llevan las manos, en cómo se abren en abanico para cubrir ángulos, en que ninguno grita el alto reglamentario que grita hasta el más novato. Traen las manos donde se llevan las manos cuando has venido a otra cosa.
El cuerpo se me adelanta al pensamiento.
Bajo el peso, abro las manos, cuento salidas por costumbre: el pantalán cortado por el todoterreno, el monte imposible con esta gente cubriendo los ángulos, y el agua.
Solo el agua. Siempre el agua. A mi lado, Adrián ha dejado de hablar, y ese silencio suyo, que es su alarma, me dice que él lo ha entendido antes que yo.
Y entonces entiendo, de golpe y entero, con una claridad que me abre en canal: la orden nunca fue traerlo a hablar.
La orden nunca fue detenerlo. Yo era el que encontraba.
Ellos son los que rematan. Sabino me ha usado de perro rastreador para levantar la pieza, y detrás venían los cazadores, y la pieza no soy solo Adrián.
El primer disparo revienta la niebla antes de que termine de pensarlo. La madera del alpendre escupe astillas a un palmo de la cabeza de Adrián.
No decido lo que hago después. El cuerpo decide por mí, y por primera vez en diecisiete años el cuerpo no obedece a nada que me hayan enseñado.
— ¡Al agua! — le grito a Adrián, y lo agarro del brazo, y tiro de él hacia las peñas, hacia el mar que no se ve, hacia el único sitio del mundo que sé leer mejor que ellos.