Punto de fuga Capítulo 2
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Capítulo 2

Llevo cuatro noches durmiendo con los zapatos puestos, y eso es algo que debería preocuparme más de lo que me preocupa.

El alpendre huele a brea vieja, a red podrida, a esa humedad que se te mete en los huesos y se queda a vivir.

Es un almacén de aparejos abandonado en el extremo malo del muelle de Arnela, el que da a las peñas, el que nadie usa desde que cerró la lonja pequeña.

Tiene un ventanuco sin cristal por el que entra la niebla en volutas, como si el mar respirase dentro, y desde ese ventanuco se ve el muelle entero, los pantalanes, las barcas fondeadas, la carretera que baja del pueblo.

Lo elegí por eso. Por las salidas. Un buen periodista y un animal acorralado piensan igual: primero, por dónde escapo.

Me llamo Adrián Refojo y hace dos semanas tenía una vida.

Tenía un piso en Madrid con muy pocos muebles y muchas cajas sin abrir, tenía una firma en La Corriente que asustaba a gente con corbata, tenía una fuente valiente llamada Fito Randán que me llamaba de madrugada muerto de miedo y muerto de ganas de contarlo todo.

Ahora Fito está en el fondo de esta ría con una etiqueta de accidente colgada del dedo gordo del pie, yo estoy en un cobertizo comiendo galletas rancias, y la vida, esa cosa que tenía, se ha quedado en Madrid como un abrigo que te dejas en un bar.

No sé muy bien cómo se llega hasta aquí.

Sí lo sé: paso a paso, con una llamada de madrugada.

Fito me localizó a mí, no yo a él. Vio mi firma en un reportaje viejo sobre puertos y descargas fantasma, me escribió un correo de tres líneas desde una cuenta recién hecha, y a la semana hablábamos por una aplicación cifrada mientras él fumaba en la ventana del muelle y me contaba, con la voz temblona, lo que veía cada noche: barcos que entraban con un peso en los papeles y salían con otro, cajas que no constaban, un libro de cargas de verdad y otro para enseñar.

Yo hice lo que hago siempre. Le dije que lo sacara todo, que yo lo protegía, que juntos íbamos a hundirlos.

Prometí protección. Yo, que no sé protegerme ni de una gotera.

Ahora Fito está en el fondo de la ría y yo estoy vivo, y esa aritmética me la repito cada noche y nunca me sale a favor.

Saco la libreta. Es un tic, lo sé. Cuando el mundo se me viene encima, escribo.

Ordeno el caos en titulares y en preguntas, porque un titular tiene bordes y el pánico no.

Anoto la hora. Anoto el coeficiente de la marea, que me sé de memoria porque me lo grabó Fito a fuego: coeficiente noventa y pico, la marea viva del equinoccio, dentro de cinco días.

Ese es el reloj. Ese fue lo último útil que me dijo Fito antes de aparecer flotando.

— En la viva mueven la mercancía — me dijo, por teléfono, con la voz raspada — .

Suben el coeficiente, sube el agua, entra el barco donde no entra con marea muerta.

La Santa Xoana. Si no lo pillas esa noche, no lo pillas nunca, porque hasta la primavera no vuelve a haber agua así.

Y para primavera yo ya no sé si voy a estar.

No estaba. Lo enterraron el jueves. Fui al entierro escondido detrás de un hórreo, con una gorra ridícula, mirando cómo su hermana Uxía sostenía a la madre sin llorar, porque las mujeres de la mar aquí no lloran en público, lloran de espaldas al agua para que nadie las vea.

Uxía. Ahí está mi único cabo suelto y mi única esperanza.

Fito no era tonto: no me dio lo bueno. A mí me pasó una copia, un pantallazo de dos manifiestos falseados, un fragmento de audio cortado.

Suficiente para saber, insuficiente para probar.

El original completo, el disco entero y un cuaderno con las coordenadas de los trasvases, se lo dejó a Uxía.

"De ella me fío. De ella y de poca gente más", me dijo.

No me incluyó a mí en la lista de la poca gente. No se lo reprocho.

Porque tiene una lógica que aprendí muy pronto y muy mal.

Todo el que se me acerca lo paga. Mis padres se fueron cuando yo era un crío, no a un sitio, a ninguno, se fueron como se va la marea, sin avisar y para siempre.

Mi abuela me crió y se murió sola en un hospital de A Coruña mientras yo perseguía en Madrid una exclusiva que hoy ni recuerdo.

Y el primer chico al que quise cogió una placa y me miró subir a un autobús sin mover un músculo.

La conclusión es sencilla, casi elegante: no dependas de nadie.

No dejes que carguen con tu peso, porque el peso los hunde.

Trabaja solo, vive solo, y si algún día apareces flotando, que no arrastres a nadie contigo.

Y aquí es donde la cosa se pone graciosa, si a uno le gusta el humor negro, y a mí, últimamente, me encanta. Llamé a Rita hace tres días desde una cabina que parecía de un museo, y mi editora, que fuma más que arde una conservera y no le tiembla la voz ni cuando debería, me dijo lo de siempre.

— Con lo que tienes no publico ni el horóscopo, Refojo.

Eso no aguanta ante un juez ni cinco minutos.

Un pantallazo lo hace cualquiera con dos dedos de frente y mala idea.

Tráeme el original o tráeme un testigo vivo que ponga la cara.

Lo demás es que te maten y encima quedar de sensacionalista. Y sin peros.

Sin peros. Rita cierra todas las frases con eso, como si echara el cerrojo.

Tiene razón, además, que es lo que más rabia da.

Necesito a Uxía. Necesito que Uxía me dé el disco y el cuaderno, y necesito sacarlo todo antes de la marea viva, y lo tengo que hacer yo, solo, porque cada vez que meto a alguien en esto, ese alguien acaba boca abajo en el agua.

Yo trabajo solo. Es mi norma. La aprendí de crío y me ha ido bien.

Me asomo al ventanuco. La niebla ha cerrado del todo y el muelle es una acuarela desleída: bultos grises, la silueta de una grúa, el fantasma de un pesquero.

Arnela. Volver aquí ha sido como meter el dedo en una muela que creías empastada.

Cada piedra tiene una fecha. Aquella cornisa es donde me abrí la ceja con doce años.

Aquel muelle es donde besé por primera vez a alguien que no debía.

Aquella casa, la última de la fila, con las contras cerradas y la parra seca colgando del alero, es la casa de mi abuela Sabela, que me crió cuando mis padres decidieron que criar era demasiado, y que se murió sin que yo viniera a tiempo, porque yo estaba en Madrid persiguiendo una historia que ya ni recuerdo.

No he ido a la casa. Podría dormir en una cama de verdad, bajo un techo que fue mío, pero no he ido.

Hay sitios a los que uno no vuelve para esconderse, porque esconderse ahí sería como pedirle a la abuela que te tape, y la abuela ya no puede taparte, y esa es exactamente la clase de pensamiento que hay que no tener a las cuatro de la mañana en un cobertizo.

Fito me habló una vez de esta casa, la de mi abuela, sin saber que era la mía.

Me dijo que en el pueblo la llamaban la casa de la parra, que llevaba años cerrada, que daba pena.

No le dije nada. Hay heridas que no se comparten ni con una fuente valiente a la que van a matar.

La parra la plantó mi abuela el año que nací; me lo contó mil veces, que la planta y el niño crecieron a la vez, que los dos daban mucho trabajo y poca sombra.

Ahora la parra cuelga seca del alero y el niño está en un alpendre con los zapatos puestos.

La simetría es tan cruel que hasta a mí, que vivo de encontrarle la vuelta a las cosas, se me atraganta.

Escribo en la libreta: "Opción A: contactar Uxía.

Cómo. Sin móvil rastreado, sin verla en su casa (vigilada), sin que me vean a mí".

Escribo: "Opción B". Y me quedo mirando la palabra Opción B durante un rato largo, porque no hay opción B.

Nunca hay opción B cuando trabajas solo.

Esa es la letra pequeña que no te cuentan.

Repaso lo que tengo, que es poco y frágil.

Un teléfono de prepago con media batería.

La copia parcial, inútil ante un juez y suficiente para que me maten.

Doscientos euros en billetes pequeños. Una libreta.

Y el nombre de una mujer, Uxía Randán, que no me debe nada y que tiene motivos de sobra para cerrarme la puerta en las narices, porque el último periodista que confió en su hermano lo mandó al fondo del mar.

Con eso tengo que llegar a la marea viva.

Con eso y con el frío, que a estas alturas ya es un compañero de viaje más.

Grabo también. Es otro tic. Saco el teléfono, el de tarjeta prepago que compré en un bazar de Sesín, y dicto en voz baja lo que veo, por ver si narrar el desastre lo pone a raya.

"Martes. Niebla cerrada sobre Arnela. Sin novedad en el muelle.

La mercancía sale en la viva, cinco días.

Uxía sigue sin dar señal." Mi voz suena rara en la grabación, más joven, más asustada.

En cuanto tengo miedo hablo más. Siempre ha sido así.

Fito me tomaba el pelo con eso: decía que el día que me callara habría que preocuparse.

Bueno, Fito. Ahora el que se ha callado eres tú.

La galleta sabe a cartón. Me la como igual.

Un cuerpo asustado se olvida de comer, y un periodista sin batería toma malas decisiones.

Mastico cartón. Hago cálculos. Si salgo esta noche, con la marea muerta, puedo bajar por las peñas hasta la cala y bordear hacia la casa de la prima de Uxía en Con do Mar, donde Fito me dijo una vez que Uxía se refugiaba cuando había temporal en su matrimonio. Es un tiro largo. Es todo lo que tengo.

Y entonces, en el muelle, entre la niebla, se mueve algo que no es niebla.

Un hombre.

Me quedo muy quieto, la galleta a medio camino, la respiración recogida.

La forma avanza despacio por el pantalán, y hay algo en cómo se mueve que me eriza la nuca antes de que mi cabeza entienda por qué.

No camina como un pescador, que arrastra los pies cargando peso.

No camina como un guardia, que marca el paso.

Camina midiendo el suelo. Los pies un poco abiertos, el peso repartido, la cadera suelta.

Un hombre que ha vivido sobre una cubierta y pisa la tierra firme sin fiarse, esperando a cada paso que el suelo se le mueva debajo.

Conozco ese modo de andar. Lo conozco mejor que mi propia letra.

Me lo sé de haberlo mirado durante dos veranos enteros desde una barca, desde una peña, desde una cama estrecha en un cuarto que olía a sal y a sábana barata.

Me lo sé de haberlo seguido con los ojos por medio muelle fingiendo que leía.

Ese andar entró en mi cuerpo antes que ningún beso y no se fue nunca, ni con nueve años de silencio, ni con seiscientos kilómetros, ni con todas las ganas que le eché a olvidarlo.

Mauro.

Mauro Deza está en el muelle de Arnela, saliendo de la niebla, y viene hacia el lado malo, hacia las peñas, hacia el único sitio del pueblo donde no hay nada salvo un alpendre podrido y un hombre escondido dentro con los zapatos puestos.

El corazón me da un golpe seco, uno solo, como cuando el mar te levanta la barca y te la vuelve a dejar.

La cabeza se me pone en marcha a mil, buscando explicaciones que no me sirvan de consuelo y encontrando solo la que me sirve de aviso.

Mauro es policía. Fue lo último que supe de él, hace años, de refilón, por una tía mía cotilla: que Mauro Deza había entrado en el cuerpo, en la comandancia de costas, que llevaba placa, que había vuelto destinado a su propia ría. El niño de la mar hecho autoridad.

Y aquí está. En el único pueblo donde estoy escondido. Andando derecho hacia mi único agujero. En el mismo día en que soy el hombre más buscado de la comarca por gente que enterró a mi fuente y le puso una etiqueta de accidente.

No creo en las casualidades. Es lo primero que se aprende en este oficio. Si un policía aparece en tu escondite el día justo, no ha aparecido: lo han mandado.

La persona a la que menos quería volver a ver en el mundo acaba de encontrarme. Y lo peor, lo que me hiela de verdad la sangre mientras me pego a la pared de tablas y busco a tientas la otra salida, no es que me haya encontrado.

Es que una parte idiota de mí, la que tiene doce años y una ceja recién rota, se alegra.