Punto de fuga Capítulo 1
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Punto de fuga

Punto de fuga

Por Ivan Tejada

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Capítulo 1

La bruma va a cerrar antes de mediodía. Lo leo en el agua de la ría, quieta como plomo derretido, en ese silencio de aceite que toma la boca de Corveira cuando el sueste afloja y deja el sitio a la niebla. Mi padre lo llamaba tiempo de traición. Mar liso por fuera y, por dentro, ni la proa se ve.

Llevo desde antes del amanecer despierto.

No por trabajo. Por costumbre de un cuerpo que se crió a bordo y que a las seis de la mañana, gane lo que gane, cree que hay que largar amarras.

Estaba haciéndome el café cuando sonó el teléfono, y en el nombre de la pantalla ya supe que el día se me torcía, porque Sabino Grela no llama a las siete y diez de un martes para dar los buenos días.

— Sube, rapaz. Hay caldo.

Y colgó. Cuando el comandante ofrece caldo no es para calentarte. Es para sentarte.

Aparco frente a la Comandancia de Costas de Sesín y me quedo un segundo con la mano en el contacto.

El faro de Toural, allá al norte, ya no está: la bruma se lo ha comido primero, como hace siempre, empezando por lo más alto.

Abajo, en el muelle, dos marineros faenan una red bajo las farolas todavía encendidas.

Al fondo, tapando media dársena, la valla del proyecto Marina Bruma, con su render enorme de yates y palmeras que aquí no crecen.

Puerto deportivo de lujo. Dinero de fuera.

Todo el mundo en Sesín tiene una opinión sobre eso y todo el mundo se la calla.

Subo las escaleras de piedra gastada por cien años de botas y de sal.

El edificio huele a lo de siempre: café recalentado, gasoil de las patrulleras, humedad que no se va ni en agosto.

La puerta del despacho está abierta. Dentro, la estufa encendida aunque no hace tanto frío, y Sabino de espaldas, sirviendo de un termo en dos tazas.

— Siéntate.

Me siento. Sobre la mesa, entre carpetas y una regla de cálculo que no usa nadie desde antes de que yo naciera, está la foto de siempre.

La conozco de memoria. La promoción del ochenta y nueve, en el muelle viejo, catorce hombres con el uniforme de entonces.

En la segunda fila, tercero por la izquierda, mi padre.

Xoán Deza, la mandíbula que heredé, las manos que heredé, mirando a la cámara como quien mira el tiempo que viene.

Sabino, más joven, más flaco, le pasa un brazo por los hombros.

— Tu padre hacía el mejor caldo de la costa — dice Sabino, y me pone la taza delante — . El secreto era el grelo tardío. Lo demás es agua.

— No sabía que cocinara.

— Cocinaba para cuatro y comía para uno. Como todos los de la mar.

Bebo. Está bueno, y eso es lo que no me gusta.

En la pared, detrás de él, cuelga la tabla de mareas del mes, clavada con chinchetas, los coeficientes escritos a mano en tinta azul.

Hay un círculo rojo alrededor de un día.

Cinco casillas más allá del de hoy. La marea viva del equinoccio: el agua más viva del otoño, la que sube más alto y baja más lejos, la que descubre piedras que solo se ven dos veces al año.

No sé todavía por qué la tiene marcada. Lo sabré, y para entonces será tarde.

Llevo dos años de vuelta en esta costa. Pedí el traslado cuando enterré a mi madre, para cerrar la casa de Arnela y no llegar a cerrarla nunca, para volver a un sitio donde el mar suena igual que cuando yo era el hijo de Xoán Deza y no el agente Deza.

Sabino movió los papeles en una tarde. Me dio el destino que no quería nadie, la ría, mi ría, con una palmada en la espalda y una frase: aquí te necesito, rapaz, esta costa necesita a uno de los suyos.

Se lo agradecí como se le agradece a un padre.

Cada mañana de estos dos años he aparcado frente a este edificio con la sensación de estar devolviendo algo.

Hoy, por primera vez, el edificio me huele distinto.

La estufa sigue con su tictac. Abajo, en la dársena, un patrón arranca un motor, y el ruido sube amortiguado por la bruma, y por un momento los dos nos quedamos escuchándolo, dos hombres de mar que reconocen el arranque de un diésel viejo igual que otros reconocen una voz.

Es una cala de silencio en mitad de la conversación.

La aprovecho para mirarlo bien, para mirar de verdad al hombre que me ató las botas el día del funeral de mi padre, y no encuentro nada raro en su cara.

Que no encuentre nada empieza a ser, justamente, lo raro.

Sabino se sienta al otro lado. Saca el paño del bolsillo, se quita las gafas y empieza a limpiarlas, despacio, mirando el cristal a contraluz.

Ese gesto. Lo hace cuando va a decidir algo, o cuando va a mentir, y llevo diecisiete años sin saber distinguir una cosa de la otra, porque me enseñó a distinguir él.

— ¿Cómo está la casa de Arnela? — dice.

— Cerrada. Como la dejé.

— Deberías abrirla. Un hombre necesita un puerto. — Se pone las gafas. Me mira por encima de ellas — . Te he llamado porque hay un asunto que no puede ir por el conducto. Y porque eres el único de la casa que puede hacerlo bien.

Fuera, una gaviota chilla y se calla de golpe. La estufa tictaquea.

— Un periodista — sigue — . De un medio de esos digitales, La Corriente.

Ha estado husmeando en Grupo Bruma. En los manifiestos del puerto, en el libro de cargas, en cosas que no entiende.

Se llevó material sensible de las oficinas del muelle.

Copias, documentos internos. Y desde hace unos días anda escondido. Aquí, en la ría. Ha vuelto a casa.

— ¿Ha vuelto?

— Es de aquí. De Arnela, como tú. — Una pausa medida al milímetro — . Adrián Refojo.

El nombre entra como agua fría por una junta que creías estanca.

No muevo la cara. Aprendí a no mover la cara en sitios peores que este.

Pero por dentro se abre algo que llevaba nueve años cerrado con clavos, y de golpe tengo veintiocho años otra vez y estoy en el muelle de Arnela viendo un autobús subir la cuesta hacia la carretera de A Coruña.

Sin correr detrás. Con las manos en los bolsillos.

Obedeciendo el mejor consejo que me dieron nunca y el peor.

Nueve años. Se dice rápido. Nueve años desde que Adrián subió a aquel autobús con una bolsa al hombro y una beca para estudiar lejos, y yo me quedé en el muelle sin mover un pie.

No tires tu carrera por un rapaz, me había dicho Sabino la noche antes, con este mismo tono de padre paciente.

Un hombre elige un rumbo y lo mantiene; lo demás es marear la aguja.

Y yo mantuve el rumbo, y el rumbo era quedarme quieto, y quedarme quieto fue lo más parecido a hundir una barca con las manos que he hecho en la vida.

De Adrián no volví a saber más que de refilón, por una tía cotilla: que le iba bien en Madrid, que firmaba cosas que incomodaban a gente con corbata, que era bueno.

Nunca busqué más. Buscar más habría sido desviarme.

— Lo conoces — dice Sabino. No es una pregunta.

— De rapaces. Hace mucho.

— Por eso. — Junta las manos sobre la mesa, los dedos entrelazados como quien cierra una compuerta — . Sabes cómo piensa. Sabes dónde se escondería un crío de Arnela que vuelve asustado a su tierra. Los demás tardarían semanas rastreando pensiones y cámaras. Tú tardas una tarde.

— ¿Y qué hago cuando lo encuentre?

— Traerlo. En silencio. — Coge su taza. No bebe — .

Sin informe, Mauro. Sin parte, sin registro, sin dar cuenta a nadie.

Lo traes, hablamos con él, se aclara el malentendido y cada uno a su casa.

Este chico se ha metido en algo que le viene grande, y si esto sale por los cauces oficiales se lo comen vivo. Le hacemos un favor.

Sin informe. Dos palabras que no caben en ninguna de las cosas rectas que este hombre me enseñó.

En diecisiete años no le he oído pedirme una sola vez que haga nada sin dejar rastro.

La línea recta siempre llega a puerto, me decía.

Y la línea recta se escribe, se firma, se archiva. Lo torcido es lo que se hace sin papel.

— ¿Material sensible de qué tipo? — pregunto.

— Nada que te incumba. — Lo dice suave, con una sonrisa pequeña, la de padre paciente — . Confía en la cadena, rapaz. Cada uno ve el trozo de mar que le toca. Tú ve a por él.

— ¿Y si no quiere venir?

— Querrá. — Vuelve a sacar el paño. Otra vez las gafas — . Le dices que Mauro Deza le da su palabra de que no le va a pasar nada. A ti te creerá.

Ahí está la palanca. La mete tan limpia que casi no la notas entrar. Mi palabra. La palabra de un Deza vale en esta ría desde antes de que hubiera comandancia, y él lo sabe, y la usa como se usa un cabo: para amarrar. No para sujetar. Para arrastrar.

Hay algo más que no me está diciendo. No sé qué es, pero lo huelo igual que huelo la bruma antes de verla. Miro por la ventana. El agua sigue lisa. Va a cerrar. Va a cerrar del todo antes de mediodía, y cuando la bruma cierra sobre Corveira no se navega: se espera, o se encalla.

— Hace un par de semanas apareció un ahogado en la ría — digo, con cuidado, tanteando el fondo con la sonda — . Fito Randán. Del muelle de Bruma. Accidente, pusieron.

Los ojos de Sabino no se mueven ni un milímetro, y eso ya me dice más que cualquier respuesta.

— Una desgracia. Bebía. — Aparta la mirada hacia la tabla de mareas, hacia el círculo rojo, y la trae de vuelta despacio — . ¿Qué tiene que ver?

— Nada. Era de Arnela también. Me acordé.

— Te acuerdas de mucha gente hoy. — La sonrisa otra vez, y esta vez llega tarde a los ojos — . La memoria es buena para un policía, rapaz. Mientras no le nuble el juicio. Un hombre que empieza a mirar atrás deja de mirar la carta y se va a las piedras.

De Fito Randán sé lo justo, que es lo que sabe todo el mundo y una cosa más.

Que llevaba las cuentas del muelle de Bruma.

Que hace dos semanas lo sacaron del agua a la altura de os Farallóns, sin marcas, y que el atestado lo cerró la comandancia en un día, cosa que entonces me pareció rápida y ahora me parece imposible.

Que en su entierro había más coches de fuera que primos.

Lo guardé como se guarda lo que no encaja pero no te toca: en un cajón de la cabeza que uno no vuelve a abrir.

Sabino me está pidiendo, sin decirlo con esas palabras, que no lo abra.

Me termino el caldo, porque no terminármelo sería una respuesta, y todavía no quiero dar ninguna.

Dejo la taza. Me levanto. Sabino se levanta conmigo, rodea la mesa y me pone la mano en el hombro, en el mismo sitio exacto donde se la puso a mi padre en la foto del ochenta y nueve.

La mano pesa lo justo para que la notes y no lo bastante para que puedas quejarte.

— Tu padre nunca se desvió — dice, bajo, casi con ternura — . Ni un grado. Por eso llegó a viejo en un oficio que mata jóvenes. El que obedece nunca se pierde. Acuérdate de eso hoy, cuando lo tengas delante y te mire con esa cara que tú te sabes.

— Me acuerdo, comandante.

— Sé que sí. — Me aprieta el hombro una vez y suelta — . Tráemelo antes de la marea viva. Antes de cinco días. Después ya no podré ayudarlo. Ni a él ni a ti.

Bajo las escaleras con el sabor del grelo tardío en la boca y la brújula pesándome en el bolsillo del pecho, donde la llevo siempre.

La de latón. La de mi padre. Con las iniciales rascadas en el borde, X.

D., y el rumbo grabado que él mismo trazó una noche que no llegamos a puerto y que llegamos igual.

La aguja marca el norte pase lo que pase.

Es lo único del mundo que no miente, me dijo, y lo creí, y lo sigo creyendo, y por eso la llevo pegada al esternón como quien lleva un santo.

En el aparcamiento, el aire ya sabe a niebla. La bruma baja por la ladera del cabo y se derrama sobre los tejados de Sesín como leche volcada. Enciendo el coche. No arranco.

Repaso la conversación entera, palabra por palabra, como me enseñaron a repasar una patrulla cuando algo no cuadra y no sabes qué. Un periodista escondido. De Arnela. Sé cómo piensa. Los demás tardarían semanas, tú una tarde. Sin informe. Que le dé mi palabra. Antes de cinco días.

Y de pronto lo veo entero, como cuando se abre un claro en la bruma y aparece la costa donde jurarías que solo había agua abierta.

No me han llamado para que lo detenga.

Detener a un hombre es fácil. Cualquiera de los treinta agentes de esta comandancia sabe detener a un hombre asustado que se esconde en un pueblo de doscientas almas.

Para eso no hace falta el único de la casa que conoce cada furna, cada cala, cada agujero donde se metería un crío de Arnela con miedo.

Para eso no hace falta que el detenido se fíe de la voz que lo llama y salga andando por su propio pie.

No me quieren porque sepa buscar. Me quieren porque sé encontrar, y porque, cuando yo lo encuentre, Adrián Refojo va a salir de su agujero él solo, confiado, sonriendo con esa boca que suelta lo que no debe, porque se lo pido yo.

Soy el cebo. Soy el anzuelo con mi propia cara.

Y hay una pregunta detrás de esa, una que no quiero mirar de frente todavía: si de verdad es solo hablar y aclarar un malentendido, ¿por qué sin informe? ¿Por qué la prisa de la marea? ¿Por qué a nadie le importa un ahogado que bebía?

La brújula me pesa contra el pecho, marcando un norte que, por primera vez en nueve años, no sé si quiero seguir. Miro hacia el norte de verdad, hacia el cabo tragado por la niebla, hacia Arnela, hacia el sitio donde un autobús se llevó una vez lo único que no supe retener.

Sé exactamente dónde buscar. Ese es el problema.

Arranco.