Punky: El perro que nos encontró 3
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El jardín parecía mucho más grande ahora que casi todo el mundo se había marchado. Bajo el roble quedaban unas cuantas sillas, vasos olvidados sobre las mesas y dos vecinos recogiendo las últimas bandejas mientras Riverbend recuperaba el ritmo de cualquier otra tarde de verano.

El viento movía las flores y hacía rodar de vez en cuando la vieja pelota de tenis que alguien había dejado junto al marco.

Billy pensó que Morrigan también se habría ido hasta que lo vio cruzar el jardín entre las mesas vacías, con las manos en los bolsillos y el traje bastante más arrugado que aquella mañana.

Morrigan se detuvo ante la fotografía, echó un vistazo a las flores y a la caja de pizza que Jamal había dejado abierta y sonrió.

—Hola, muchacho —dijo Morrigan mientras arrastraba una silla hasta Billy y se dejaba caer con un pequeño gruñido.

—Hola, agente Morrigan.

—Has estado bien ahí delante.

—¿Bien? Si he llorado delante de medio pueblo.

—Eso no significa que hayas estado mal.

—Claro que sí —replicó Billy mirándolo de reojo.

—Pues entonces supongo que hemos hecho el ridículo los dos.

Billy volvió la cabeza hacia él.

—¿Tú también has llorado?

—Ni una palabra. —Morrigan levantó un dedo sin mirarlo—. Jamás.

A Billy se le escapó una risa y Morrigan sonrió antes de inclinarse hacia delante, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas. Durante unos segundos se quedó mirando la fotografía de Punky.

—Era una buena chica.

—Lo era.

—Aunque probablemente también fuera el perro más problemático que he conocido —añadió Morrigan señalando la fotografía con la barbilla—.Tenía algo personal contra las ardillas.

Billy soltó una risa y bajó la vista hacia la pelota de tenis. Morrigan dejó que pasaran unos segundos antes de cambiar de tono.

—Oye... —Morrigan entrelazó las manos entre las rodillas—. Lo que nos contaste aquella noche sirvió de mucho.

—¿De qué? Sigue ahí fuera —respondió Billy sin apartar la vista de la fotografía.

—Sigue ahí fuera, sí. Pero gracias a lo que recordaste encontramos a varias de las chicas. —Morrigan miró hacia el jardín—. Sus familias llevaban años esperando una respuesta. Ahora al menos la tienen.

—Prométeme que vais a cogerlo.

—Lo cogeremos. Te doy mi palabra.

—A ella le habría gustado.

—Estoy seguro. —Morrigan contempló la fotografía unos segundos antes de abrirse la chaqueta—. Aunque hay otra cosa que quería enseñarte.

Billy lo vio sacar algo del bolsillo interior y reconoció el viejo collar en cuanto apareció sobre su mano.

—¿Dónde narices has encontrado eso?

—En la casa Hill —respondió Morrigan mientras se lo tendía—. Estaba guardado allí.

Billy recorrió con el pulgar el cuero cuarteado. Recordó las manos de su madre cerrando aquella misma hebilla, el collar abandonado después sobre la cómoda, junto a sus pendientes y un bote de crema que siempre olía a vainilla.

—No lo entiendo. ¿Qué hacía allí?

—No lo sabemos. Pero encontramos algo más. —Morrigan señaló la hebilla que Billy acariciaba con el pulgar—. Había pelos de perro enganchados ahí.

El dedo de Billy se detuvo sobre el cuero.

—¿De Punky?

—No puedo asegurártelo. Eran marrones, rizados y llevaban ahí mucho tiempo. Pero sí... creemos que podrían ser suyos.

—Entonces Punky pudo estar allí... —Billy siguió la mirada de Morrigan hasta la fotografía. —Pudo —admitió el policía—. Eso es todo lo que puedo decirte.

Billy volvió la cabeza hacia él tan deprisa que Morrigan levantó una mano.

—No estoy montando ninguna historia.

Morrigan arqueó una ceja.

—Te conozco desde los seis años muchacho.

Billy bajó otra vez la vista hacia el collar.

—Entonces dime tú qué pasó.

—Creo que tu madre fue una de sus primeras víctimas —dijo Morrigan—. Y ahora sabemos algo que entonces no sabíamos: en varios de los lugares que utilizó había perros.

Billy levantó los ojos.

—¿Por qué?

—Ruido. Los ladridos tapaban muchas cosas. Una voz, un golpe, alguien pidiendo ayuda...

—Morrigan señaló el collar con la barbilla—. Si tu madre estuvo retenida en aquella casa, es posible que hubiera un perro con ella.

Billy miró la hebilla.

—Punky.

—Eso no puedo demostrártelo.

—Pero lo crees.

Morrigan tardó un momento en contestar.

—Creo que llevo demasiados años siendo policía para confundir una posibilidad con una prueba. Y también llevo demasiados años siendo policía para que me gusten tanto las casualidades.

Billy pasó el pulgar por la hebilla antes de levantar los ojos hacia la fotografía.

—¿Y ahora qué hago con esto?

—¿Con el collar?

—Con todo.

Morrigan se quedó mirándolo un instante antes de darle una palmada en el hombro.

—Eso ya no es trabajo de policía, muchacho.

—Qué conveniente.

—Una de las ventajas de llevar placa —Morrigan le dio una palmada en el hombro al incorporarse—. Ya lo entenderás cuando lleves una.

—¿Quién ha dicho que vaya a llevarla?

Morrigan sonrió mientras echaba a andar.

—La llevarás. Lo sé —dijo Morrigan con una sonrisa mientras echaba a andar.

—Morrigan

El policía se volvió cuando ya había dado un par de pasos.

Billy levantó ligeramente el collar.

—Gracias.

—De nada, muchacho.