Punky: El perro que nos encontró 4
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—Muchacho... ¿Estás ahí?

Billy parpadeó y, al levantar la cabeza, la plaza del ayuntamiento volvió a rodearlo: las banderas ondeaban sobre los edificios de Riverbend, la banda municipal intentaba mantener cierta solemnidad bajo el sol de junio y el alcalde Prescott seguía hablando desde el escenario.

—Sí... Perdona.

—...por su extraordinaria labor al frente de la investigación que culminó con la detención del conocido como Domino's Killer y por su compromiso ejemplar con esta comunidad...

Billy miró la medalla que ya colgaba de su uniforme. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba Prescott hablando ni de cuántas cosas se había perdido por el camino.

—¿Seguro que estás bien? —Walter le dio un pequeño golpe en la manga y siguió la dirección de sus ojos hasta la medalla.

—Sí.

—Pues durante un segundo parecía que te ibas a caer redondo.

Una risa llegó desde el otro extremo del escenario. Billy volvió la cabeza y encontró a Amy discutiendo con un fotógrafo que intentaba moverla medio metro hacia la izquierda.

—Le estoy diciendo que desde aquí se ve mejor.

—Señora, solo necesito que...

—Pues haga la foto desde allí.

Billy sonrió. La primera vez que había visto a Amy estaba tirada en el suelo de un sótano; ahora llevaba cinco minutos discutiendo con un fotógrafo y, por la cara del hombre, estaba a punto de conseguir que fuera él quien cambiara de sitio.

—No, no, no. Spielberg jamás habría rodado ese plano así.

Billy reconoció la voz antes de localizar a Jonah entre la gente.

—Mira dónde tienes el sol, tío. Estás destrozando el encuadre.

Los dos policías que habían cometido el error de darle conversación asentían ya con esa expresión de quien buscaba una salida educada.

Jonah había ganado algunos kilos y empezaba a clarearle el pelo por las sienes, pero seguía hablando de cine exactamente igual que a los once años.

A juzgar por la cara de los dos policías que lo escuchaban, tampoco había aprendido a parar.

A pocos metros, su mujer intentaba sacar de la fuente al menor de sus tres hijos mientras los otros dos aprovechaban la distracción para meterse todavía más.

Jamal tampoco había acabado jugando en los Celtics.

Billy lo encontró al pie del escenario hablando con dos chavales del reformatorio donde entrenaba desde hacía años.

Uno de ellos le dijo algo que Billy no alcanzó a oír y acabó abrazándolo.

Jamal le revolvió el pelo antes de apartarlo de un empujón, riéndose.

No había llegado a la NBA, pero tampoco parecía echarla demasiado de menos.

Un poco más allá, Aaron hablaba con varios voluntarios del refugio animal de Riverbend. Al sorprender a Billy mirándolo, levantó una mano y Billy respondió al saludo.

El alcalde Prescott seguía hablando, aunque Billy hacía rato que había dejado de escucharlo. Entre las caras conocidas había muchas que ya no reconocía y, buscando a Dolores entre ellas, encontró primero a Hope.

Seguía teniendo las mismas pecas, aunque ahora unas cuantas arrugas le rodeaban los ojos. A su lado, Hilton llevaba un sombrero vaquero que hizo sonreír a Billy. Así que Texas había ganado al final.

Encontró a Dolores sentada en el césped mientras Claire, su hija, intentaba impedir que el perro marrón se comiera una de las cintas que decoraban la plaza. La perra tenía unas patas absurdamente grandes y demasiadas cosas que olisquear para decidirse por una sola.

—Punky, deja eso —protestó Claire, tirando suavemente de la cinta.

El perro la soltó para abalanzarse inmediatamente sobre algo mucho más interesante: una hoja. Dolores levantó la vista hacia Billy y negó con una sonrisa.

Los aplausos estallaron antes de que él pudiera hacerle ningún gesto.

Prescott había terminado por fin. La banda municipal arrancó con algo que Billy supuso que debía de ser solemne y la plaza recuperó enseguida su ruido habitual: niños bajando del escenario, familias buscándose entre las sillas y vecinos que parecían haber esperado exactamente aquel momento para ponerse a hablar.

Walter apareció a su lado mientras Billy bajaba los escalones.

—Lo has conseguido, muchacho.

Billy miró la medalla que le golpeaba suavemente el pecho al caminar.

—Supongo que sí.

—¿Supones? —Walter bajó con él el último escalón y lo miró de reojo—. Joder, Billy, cualquiera diría que acabas de suspender un examen. Lo atrapaste.

Billy miró hacia la plaza. Amy seguía rodeada de periodistas.

—Lo atrapamos —dijo—. Tú llevabas detrás de él mucho antes de que yo apareciera.

—Joder, Billy... —Walter resopló mientras sorteaban a una pareja que se acercaba a felicitarlos—. Dicho así parezco el peor policía del mundo.

—¿Cómo lo haces Walter?

—¿El qué?

—Esto. —Se tocó la medalla con dos dedos—. Que te den una de estas y no pensar en todas las personas a las que no llegaste.

Walter siguió caminando hasta que un grupo de vecinos les cerró el paso y tuvieron que apartarse hacia un lateral de la plaza.

—Pienso en las que sí —respondió mientras dejaba pasar a una pareja.

—¿Ya está?

—No. —Walter metió las manos en los bolsillos—. Pero ayuda.

Señaló con la barbilla hacia Amy.

—Mírala. Cuando la conociste, aquella chica estaba tirada en un sótano. Ahora lleva diez minutos diciéndole a un fotógrafo cómo tiene que hacer su trabajo.

Billy soltó una risa.

—Siempre fue bastante mandona.

—Y sigue aquí para serlo. —Walter buscó a Hope entre la gente—. Ella también. Tiene marido, una vida en Texas y ese espantoso sombrero que espero que no haya elegido personalmente.

Billy sonrió, pero Walter le dio un pequeño golpe con un dedo en la medalla.

—Cuando esto empiece a pesarte, acuérdate de ellas.

—Suena bastante a tópico.

—Lo es. —Walter se encogió de hombros—. Los tópicos llegan a viejos por algo.

Punky apareció corriendo entre la gente antes de que Billy pudiera responder. Pasó delante de ellos persiguiendo una paloma, tropezó con sus propias patas y estuvo a punto de darse de morros contra una farola.

—Veo que se ha adaptado bien —dijo Walter siguiendo a Punky con la mirada.

Esquivó la farola por centímetros y siguió corriendo como si nada hubiera ocurrido.

—Aunque no parece tan lista como la anterior.

—No lo es —admitió Billy entre risas—. Pero tiene otras virtudes.

—Seguro. Ya descubriréis cuáles.

Siguieron caminando unos pasos hasta que Walter bajó un poco el ritmo.

—Oye, Billy... Gracias.

Billy volvió la cabeza.

—¿Perdona?

—Has oído perfectamente.

—Sí, pero quiero disfrutarlo. —Billy se llevó una mano a la oreja—. ¿Acabas de darme las gracias? ¿Tú? ¿A mí?

—Ya me estoy arrepintiendo.

Billy rio, pero Walter le dio un pequeño golpe en el brazo antes de que pudiera seguir.

—Lo digo en serio, idiota. Aquella noche podías haber llamado a tu padre, a un vecino, a cualquier patrulla... y me llamaste a mí.

Billy jugueteó unos pasos con el borde de la medalla antes de mirarlo.

—Gracias a ti también, Walter.

—¿A mí? ¿Por qué?

—Por todo. Porque cuando tienes once años, descubres que tu madre ha desaparecido y un policía te dice que todo va a salir bien... —Billy levantó la vista hacia él—. Bueno, quieres creerle.

Walter apretó los labios y miró hacia otro lado.—No ira usted a llorar agente Morrigan—añadió Billy.

—Joder... —Walter volvió la cabeza con una mueca—. Sabes que odio que me llames así. Walter, Walt, viejo gruñón... lo que quieras. Pero agente Morrigan no. Me haces sentir veinte años más viejo.

—Sí, agente Morrigan.

Billy soltó una carcajada y Walter acabó riéndose también mientras negaba con la cabeza.

—Anda, vete con tu familia y disfruta de las vacaciones.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Pescar. —Walter se metió las manos en los bolsillos y miró hacia la plaza—. Llevo años diciéndome que voy a hacerlo y nunca encuentro el momento. Así que pienso desaparecer unas semanas, buscar un lago donde nadie me conozca y no escuchar una radio de policía en todo el día.

—Eso quiero verlo.

—Pues tendrás que darte prisa, porque cuando vuelvas tampoco me busques por la comisaría.

Billy dejó de andar.

—¿Cómo que no?

Walter continuó un par de pasos antes de volverse hacia él.

—Me jubilo.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—Walter...

—Ni se te ocurra. —Le apuntó con un dedo antes de que pudiera empezar—. Llevo media vida persiguiendo imbéciles, me han disparado, he aguantado tres alcaldes y ahora hasta tú eres policía. Creo que el universo intenta decirme algo.

—Que estás viejo.

—Exacto. Además, tengo esto. —Walter se dio un par de golpes sobre la vieja cicatriz del hombro—. Creo que me he ganado el derecho.

—Eso sí.

—Cuídate, muchacho.

Walter levantó una mano y echó a andar sin esperar respuesta. Billy lo vio abrirse paso entre los vecinos hasta que acabó perdiéndolo entre la gente, y todavía estaba mirando hacia allí cuando notó un tirón en la manga.

—Papá, ¿me dejas verla?

—¿La medalla? —preguntó Billy bajando la vista hacia Claire.

La niña asintió tan deprisa que el flequillo le cayó sobre los ojos. Billy se la quitó del cuello y se la dejó en las manos.

—Ten cuidado, ¿eh?

—¿Me la puedo quedar? —preguntó Claire mientras se la colgaba del cuello.

—Ni hablar.

—¿Hasta después de comer?

Billy la miró.

—Hasta después de comer.

—Trato hecho.

—Mamá dice que te pregunte si podemos ir a comer pizza.

Billy levantó la vista y encontró a Dolores acercándose con Punky al otro extremo de la correa.

—¿Has sido tú?

—Yo le he dicho que últimamente come demasiada pizza —respondió ella acortando la correa antes de que el perro consiguiera llevarse a la boca una servilleta del suelo—, pero hoy me ha parecido más justo que tú hicieras de malo.

—Así que era una encerrona —dijo Billy mirando a su hija.

—Un poquito —admitió Claire juntando las manos—. Porfi...

—No pongas esa cara.

Claire abrió todavía más los ojos.

—Sí. Esa cara. Sabes perfectamente cuál.

Dolores soltó una risa mientras se agachaba para quitarle a Punky algo que acababa de encontrar entre el césped.

—Vas a decirle que sí —dijo Dolores mientras le quitaba a Punky algo que había encontrado entre el césped.

—No voy a decirle que sí.

—Claro que no.

—Lola...

—¿Qué? Yo estoy callada.

Billy volvió hacia su hija.

—Está bien, bichito. Pizza.

—¡Sí! —Claire se agachó inmediatamente para abrazar a Punky por el cuello—. ¿Has oído? ¡Vamos a comer pizza!

Punky empezó a mover la cola con tanta fuerza que perdió el equilibrio y acabó sentada en el césped.

—Definitivamente es menos lista que la anterior —dijo Billy.

—¡Papá!

—He dicho menos lista, no menos guapa.

Claire pareció aceptar la precisión y siguió acariciándole las orejas.

—Mamá, ¿tú crees que le gustará la pizza?

—No lo sé, cariño —respondió Dolores echando a andar hacia el aparcamiento y mirando a Billy por encima del hombro—, pero yo no dejaría mi plato cerca.

—Ni yo —añadió Billy mientras iba tras ellas—. Tenemos antecedentes.

—¡Vamos, Punky! —gritó Claire echando a correr hacia el coche.

Se quedó un instante mirando a Billy. Después salió detrás de Claire, con sus enormes patas golpeando torpemente el asfalto.

Billy redujo el paso. Durante apenas un segundo le pareció ver otro perro corriendo junto a Punky, uno marrón y algo más grande, con una oreja doblada. Parpadeó y allí solo estaba el perro, siguiendo a Claire hacia el coche.

—¿William? ¿Vienes? —preguntó Dolores desde el coche.

Billy miró una vez más a Punky, que ya daba vueltas alrededor de Claire esperando que alguien abriera la puerta.

—Sí —respondió mientras echaba a andar hacia ellas—. Ya voy.

Rodeó el coche y se reunió con su familia.

FIN