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Aaron asintió y retiró la mano. No intentó abrazarlo ni añadir nada más. Habría resultado extraño después de tantos años. Se limitó a caminar hacia las mesas y, cuando pasó junto a Jamal, este se apartó lo justo para dejarle sitio.
—Que conste que a mí todavía me cae como el culo.
—Ya me había dado cuenta —respondió Billy, viendo cómo Aaron se detenía junto a la mesa de las bebidas.
—Bien. —Jonah volvió a cruzarse de brazos—. Solo quería asegurarme.
—Qué generoso eres —dijo Dolores, dándole un pequeño golpe en el brazo.
—Cada uno procesa el duelo a su manera, Lola.
En aquel momento volvió a abrirse la verja.
El señor Weller entró acompañado de Winston, su viejo perro salchicha, que avanzaba a su lado con la misma parsimonia con la que llevaba años inspeccionando cada jardín de Maple Street.
Punky había pasado buena parte de su vida intentando jugar con él sin conseguir averiguar si Winston la ignoraba o sencillamente tardaba demasiado en reaccionar.
—¿Sabéis una cosa? —Jonah siguió al anciano con la mirada mientras cruzaba el jardín—. Durante un tiempo pensé que ese hombre era el Domino Killer.
—¿El señor Weller? —Billy se volvió hacia Jonah, incrédulo.
—Sí.
Jamal observó al anciano, que acababa de agacharse junto a Winston.
—¿Estás seguro de que no es él, tío?
—Bastante. El tipo que vi aquella noche no era tan mayor.
—Bueno... lleva, ¿qué?, cuatro años sin secuestrar a nadie —calculó Jonah, frotándose la barbilla—. Tú y Punky debisteis de acojonarlo de verdad.
Billy se echó a reír, pero un golpe procedente del interior de la casa hizo que volviera la cabeza. Algo había caído al suelo y, después de unos segundos, llegó el tintineo de una botella rodando por el pasillo.
—Mi padre...
—Morrigan está con él —le recordó Dolores, cogiéndolo del brazo cuando hizo ademán de marcharse.
—Voy a ver cómo está —dijo al fin, soltándose con suavidad.
Entró por el porche y encontró una botella de cerveza tumbada en el pasillo. Todavía se movía cuando se agachó a recogerla y, desde la cocina, oyó la voz cansada de su padre.
—Tú... Sabía que acabarías apareciendo.
Billy redujo el paso y se quedó junto a la puerta con la botella en la mano. Desde allí veía a Rick sentado a la mesa, haciendo girar otra cerveza entre los dedos, mientras Morrigan abría la nevera y sacaba una botella de agua.
—Y yo sabía que te encontraría aquí —respondió Morrigan mientras ocupaba la silla de enfrente.
—¿Ya ha empezado la fiesta? —preguntó Rick por encima de la botella antes de dar otro trago.
—No es una fiesta, Rick, y lo sabes.
—Ya me entiendes.
Morrigan desenroscó el tapón del agua sin discutir. Durante unos segundos se quedaron escuchando las voces que entraban por la ventana abierta hasta que una carcajada de Jonah destacó por encima de todas las demás.
—¿Los oyes? —Rick señaló vagamente hacia el jardín con la botella—. Llevan toda la mañana riéndose.
—Es lo que hacía Punky cuando estaba viva. Hacerlos reír.
—Y robarles la comida —añadió Rick con una media sonrisa.
—Sobre todo eso.
—Jamal habrá traído pizza.
—He visto una caja ahí fuera.
—Pues que vigile dónde la deja —dijo Rick, y por un momento pareció a punto de reírse—. Esa perra era capaz de oler una pizza desde Boston.
Morrigan sonrió, pero Rick ya había bajado otra vez la mirada hacia la cerveza. Despegó una esquina de la etiqueta con la uña y permaneció un rato entretenido con ella mientras las voces seguían llegando desde el jardín.
—Luego se irán todos a casa, ¿sabes? —dijo al fin—. Recogeremos las sillas, tiraremos los vasos, alguien se llevará toda esa comida que sobra y mañana este jardín estará exactamente igual que siempre.
—No exactamente.
—No, claro que no. —Se pasó una mano por la cara y miró hacia la ventana—. Porque ella no va a estar.
Billy apretó un poco más los dedos alrededor de la botella que había recogido del suelo.
—No sé cómo salir ahí fuera—continuó Rick después de un momento—. Los oigo hablar de ella, contar historias, reírse... y sé que debería estar con ellos. Es mi hijo el que está ahí fuera, joder. Pero cada vez que intento levantarme...
Se interrumpió y dio otro trago.
—¿Qué pasa?
—Que no puedo.
—Sí puedes.
—Ah, bueno. Problema resuelto.
—No he dicho que sea fácil —respondió Morrigan, acercándole la botella de agua con dos dedos—. He dicho que puedes.
—No empieces —dijo Rick al ver la botella de agua sobre la mesa.
—No he empezado nada.
—Has venido hasta aquí, te has sentado enfrente de mí y llevas cinco minutos mirando esa botella como si fuera a sacar una pistola.
—La conozco desde hace años y nunca me ha caído bien —dijo Morrigan, recostándose en la silla.
—Eres un gilipollas, ¿lo sabias?
—También me conoces desde hace años.
Esta vez Rick sí sonrió, aunque apenas le duró mientras volvía a oír las voces del jardín.
—Tu hijo está ahí fuera, Rick.
—Lo sé.
—Entonces no me necesitas aquí dentro diciéndote que salgas. —señaló con la barbilla hacia la ventana—. Lo necesitas a él ahí fuera viendo que lo haces.
—No puedo salir ahí fuera fingiendo que estoy bien.
—¿Quién te ha pedido que finjas? Ninguna de las personas que han venido hasta aquí han venido a verte sonreír.
Rick se quedó mirando la cerveza y pasó el pulgar por el cristal húmedo.
—Cuando murió Claire pensé que ya estaba —dijo al cabo de un momento—. Que no podía dolerme nada más de aquella manera.
—¿Y ahora duele verdad?
Se llevó la cerveza a los labios, aunque esta vez no llegó a beber. Permaneció unos segundos con ella en la mano antes de dejarla otra vez sobre la mesa.
—Es ridículo.
—¿El qué?
—Esto. —Rick señaló alrededor con una mano—. Mírame, joder. Era un perro. Pero la quería.
Desde fuera llegó otra carcajada. Rick volvió la cabeza hacia la ventana y Morrigan hizo lo mismo. Durante unos segundos ninguno habló.
—¿Sabes cuánta gente hay ahí fuera? —preguntó Morrigan— Feldman ha traído comida para alimentar a medio Massachusetts. Kevin lleva puesto el uniforme en su día libre y Jamal ha dejado una pizza al lado de las flores.
Una pequeña sonrisa le tiró de una comisura.
—Todos tienen una historia con ella —dijo finalmente—. Tú también.
Rick volvió a mirar la cerveza.
—Tengo demasiadas.
—Entonces sal ahí fuera y cuenta una.
Rick negó con la cabeza.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Joder...
—Rick, mírame.
Lo hizo.
—Hace años, cuando murió Claire, también dijiste que no podías. Te encerraste en esta misma casa —continuó—. Dejaste de trabajar, dejaste de ver a tus amigos y durante un tiempo casi dejaste de hablar con tu hijo.
—Estaba destrozado.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes.
—Claro que lo sé. Yo también quería a Claire.
Rick levantó los ojos. Morrigan sostuvo su mirada, aunque esta vez tardó un poco más en continuar.
—Pero Billy tenía seis años.
—No hace falta que me recuerdes cuántos años tenía mi hijo.
—Pues parece que sí. —Morrigan se inclinó un poco sobre la mesa—. Tú perdiste a tu mujer. Él perdió a su madre. Y mientras tú estabas aquí dentro intentando sobrevivir a lo tuyo, ese crío se levantaba algunas noches para comprobar que todavía respirabas.
Rick dejó de tocar la botella.
—Nunca quise que hiciera eso.
—Ya lo sé.
—Nunca quise hacerle daño.
—También lo sé. —Morrigan señaló con la barbilla hacia la ventana cuando una carcajada de Jonah llegó desde el jardín—. Pero lo hiciste. Y eso ya no puedes cambiarlo. Lo que puedes decidir es si vas a volver a hacerlo.
Rick miró hacia fuera. Billy estaba junto a la mesa con Dolores mientras la señora Feldman colocaba otra bandeja y Kevin terminaba de arreglar las flores alrededor de la fotografía.
—Por lo menos él parece llevarlo mejor que yo.
—Rick, es un chaval enterrando a su perro —dijo Morrigan, siguiendo su mirada—. No debería tener que llevarlo mejor que tú.
—¿Y qué coño quieres que le diga? —Rick arrancó otro pedazo de la etiqueta con la uña—. Porque yo no tengo ni idea.
—Nada.
Rick lo miró.
—¿Nada?
—Nada. —Morrigan se levantó y recogió su botella de agua—. Sal ahí fuera, siéntate a su lado y quédate con él. Ya habrá tiempo para hablar.
—¿Y así de fácil?
—No he dicho que sea fácil.
Morrigan llegó hasta la puerta y puso una mano en el pomo.
—Morrigan...
Se volvió.
—¿Y si no puedo?
—Pues sal de todas formas.
Abrió la puerta y las voces del jardín entraron con más fuerza en la cocina. Antes de salir, señaló hacia ellas con la botella de agua.
—Tu hijo está ahí fuera, Rick. Ve con él.
Morrigan cerró la puerta tras de sí. Rick se quedó sentado mientras las conversaciones y las risas seguían entrando por la ventana abierta. Al cabo de un rato cogió la cerveza por el cuello, la sostuvo frente a él unos segundos y la dejó junto a las otras dos.
Después salió al jardín.
Poco antes de que empezara la ceremonia, el señor Harper apareció por el sendero cargando una bandeja enorme cubierta con un paño de cuadros. La llevaba con las dos manos y con tanta solemnidad que Jonah dejó de hablar para verlo acercarse.
—¿Qué demonios lleva ahí? —preguntó, inclinándose hacia Jamal sin apartar los ojos de la bandeja.
Jamal la siguió con la mirada hasta que el señor Harper empezó a cruzar la verja.
—No lo sé, pero por cómo la lleva espero que no esté vivo.
Harper llegó hasta la mesa cargando la bandeja con las dos manos y la dejó junto a las flores con tanto cuidado que Jonah se inclinó un poco para intentar ver qué escondía debajo del paño.
—No toques.
—Ni siquiera he hecho nada.
—Te conozco.
Harper retiró el paño.
Debajo había una montaña de churros.
—Señor Harper... —Billy negó entre risas mientras Dolores soltaba una carcajada a su lado.
—Se los debía. —El anciano acomodó la bandeja un poco mejor y miró la fotografía de Punky—. Esa bandida me robó más churros de los que estoy dispuesto a reconocer delante de tanta gente.
—Más de una bolsa.
Harper se volvió hacia Billy y levantó un dedo.
—Más de una docena, jovencito. Y siempre hacía lo mismo: esperaba a que me diera la vuelta.
—Eso demuestra planificación —dijo Jonah.
—Premeditación —añadió Jamal.