Punky: El perro que nos encontró 2
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Los coches ocupaban los dos lados de Maple Street y algunos habían terminado aparcando casi en la esquina de Chestnut. Cada pocos minutos se abría la verja y aparecía alguien con flores, una bandeja entre las manos o una fuente cubierta con papel de aluminio.

La señora Feldman llevaba toda la mañana entrando y saliendo de la cocina con café; los Doherty habían mandado dos bandejas de bollos desde la panadería y Antonio se había presentado con tanta pizza que Rick tendría comida para una semana.

Con todas las ventanas abiertas para combatir el calor, el olor a canela y queso recalentado llegaba hasta el jardín.

Punky había sobrevivido al disparo. Le quedó una ligera cojera en una de las patas traseras, pero aquello nunca pareció preocuparle demasiado.

Después vinieron otros veranos, más pizzas robadas, algún que otro Kaplanmania y unos cuantos años haciendo exactamente lo que le daba la gana, hasta tres días atrás.

En mitad del jardín habían improvisado una especie de altar para ella.

Había una fotografía ampliada de Punky junto a la cascada, empapada, cubierta de barro y con la lengua fuera; alrededor se acumulaban flores, juguetes mordisqueados, uno de sus collares viejos y una pelota de tenis que Billy llevaba años dando por perdida.

Y una caja de pizza abierta con dos porciones dentro.

—¿Quién ha puesto la pizza?

—Yo. —Jamal levantó la mano desde el otro lado del jardín mientras terminaba de colocar unas servilletas sobre la mesa—. ¿Algún problema?

—Dentro de diez minutos no se la va a poder comer nadie.

—Ese es el homenaje, tío. La primera pizza de Riverbend capaz de pasar más de cinco minutos delante de ella.

A Billy se le escapó una risa. Un poco más allá, Jonah discutía con Kevin, que había llegado directamente desde la perrera con un pequeño ramo de flores blancas bajo el brazo. Billy tardó unos segundos en darse cuenta de qué llevaba puesto su amigo.

—Dios mío, Jonah... ¿qué coño es eso?

Jonah bajó la vista hacia su camiseta negra. En el centro aparecía el cuerpo de E.T., aunque alguien había sustituido su cabeza por la de Punky con un resultado que Billy no habría sabido describir sin faltar al respeto a ninguno de los dos.

—Oeeer, Billy... Un poco de respeto. —Estiró la camiseta para que pudiera apreciarla mejor—. La hicimos para un Kaplanmania, ¿recuerdas? Y antes de que digas nada, siempre he sostenido que Punky era nuestro E.T.

—¿Qué? Nunca has sostenido eso.

—No delante de ti.

—Bueno... mejor dúo que cuando la disfrazaste de tiburón y tú ibas de socorrista.

—¿Qué? Ni hablar. Aquello fue espectacular.

—Muy shulo, Jonah, pero el mejor disfraz fue cuando fuimos de Leia y Ewok —dijo Dolores, apareciendo a su lado con un vaso de limonada y pellizcando la camiseta a la altura del E.T.-Punky.

Jonah se llevó una mano al pecho.

—¿Tú también, Lola?

—Lo siento.

—Vale, aquello fue diferente. —Jonah se alisó la camiseta con toda la dignidad que pudo reunir—. De Ewok estaba adorable.

—Tío, creo que es la primera vez que vengo a un funeral y alguien aparece vestido así. —Jamal negó con la cabeza mientras contemplaba la camiseta.

—¿Y tú? —Jonah señaló su camisa negra—. Me sorprende que no hayas venido con una camiseta de Larry Bird.

—Eso pertenece al pasado, tío. —Jamal se alisó la camisa con fingida dignidad—. Mi madre dice que, desde que tengo la beca deportiva, debo empezar a vestir como una persona seria.

—Pues pareces Will Smith en Men in Black .

—Gracias, Billy. Sabía que podía contar contigo.

—La verdad es que no lo decía como un cumplido.

—Me da igual. Me lo quedo. —Jamal rio con los demás, pero al mirar hacia una de las ventanas de la casa se le borró poco a poco la sonrisa—. Oye, William... ¿y tu padre?

—Dentro.

—¿Y cómo lo lleva?

—Como puede. —Billy se quedó mirando la ventana unos segundos más—. Estos días han sido... jodidos.

Jonah dejó de tirar de la camiseta para enseñarles el dibujo. Dolores, a su lado, le pasó una mano por el brazo.

—Normal —murmuró Jamal.

Un coche se detuvo junto a la acera y Billy reconoció a Morrigan antes incluso de que cerrara la puerta. Llevaba el mismo traje oscuro de siempre, algo arrugado por el calor, y saludó con un gesto a un par de vecinos mientras cruzaba el jardín.

—Mira quién viene —dijo Jonah.

Morrigan los vio, levantó una mano a modo de saludo y siguió directamente hacia el porche.

—Morrigan —lo llamó Billy—. Mi padre está...

—Lo sé, muchacho. —El policía apoyó una mano en su hombro al pasar junto a él—. Déjamelo a mí.

Billy siguió a Morrigan con la mirada hasta que desapareció dentro de la casa.

—¿Qué va a hacer?

—Hablar con Rick. —Dolores enlazó su brazo con el de Billy mientras ambos miraban la puerta cerrada.

—Espero que pueda convencerlo.

—Es Morrigan. —Ella le apretó suavemente el brazo—. Dale cinco minutos.

La señora Feldman apareció en el porche preguntando quién demonios había escondido el azúcar y dos niños cruzaron el jardín detrás de una pelota. Billy todavía miraba hacia la casa cuando las conversaciones empezaron a apagarse.

Aaron Mercer acababa de entrar por la verja. Venía solo, con las manos en los bolsillos y la cabeza algo gacha. Jonah lo vio antes de que hubiera dado tres pasos.

—¿Se puede saber qué haces tú aquí?

—Jonah... —Billy alcanzó a tocarle el brazo, pero su amigo se apartó.

—No, Billy —dijo Jonah, señalando a Aaron con la barbilla—. En serio. ¿Qué coño hace este gilipollas aquí? Pensé que cuando dejó el instituto no tendría que volver a verle la cara.

Varias conversaciones se apagaron alrededor. Aaron miró un instante hacia la gente que había empezado a volverse hacia ellos, pero no retrocedió.

—Será mejor que te vayas, Aaron —dijo Jamal, colocándose junto a Jonah.

—Después de todo lo que hiciste no tienes ningún derecho a venir aquí y...

—Déjadlo.

—¿Que lo deje? —Jonah señaló a Aaron—. Este tío te hizo la vida imposible durante años. A ti, a nosotros... Hasta se metió con Punky.

Jamal le puso una mano en el pecho cuando Jonah amagó con acercarse.

—Ya está.

—No, no está...

—Sí. —Billy miró a Jamal—. Suéltalo.

Jamal retiró la mano y Jonah se volvió hacia Billy.

—¿Sabes una cosa? —dijo Billy, mirando a Aaron—. Nunca entendí por qué hacías todas aquellas cosas.

—Yo tampoco.

—No te creo.

—Supongo que me lo merezco.

Jonah resopló a su lado, pero esta vez se quedó callado.

—Lo que sí sé —continuó Billy— es que Punky habría tardado unos treinta segundos en perdonarte si hubieras aparecido con comida.

—Veinte —corrigió Jamal.

Billy volvió a mirar la fotografía.

—Probablemente. Nunca se le dio bien guardar rencor. Supongo que puedo intentar aprender algo de ella.

—Gracias.

Billy volvió hacia Aaron.

—No he dicho que vayamos a ser amigos.

—Ya, ya. Lo sé. —Aaron levantó las manos enseguida—. Solo quería venir y decirte que lo siento. Por todo. Esta vez de verdad.

Aaron recorrió el jardín con la mirada: vecinos, antiguos compañeros, niños correteando entre las mesas y algunas caras que Billy ni siquiera sabía que hubieran conocido a Punky.

—Joder... La quería mucha gente.

—Muchísima —dijo Billy.

—Jamal tenía razón —dijo Aaron al cabo de un momento.

—Voy a necesitar que seas más específico. —Jamal se señaló a sí mismo—. He tenido razón muchas veces.

—Tampoco exageres —dijo Jonah.

—Sobre mí. —Aaron sacó las manos de los bolsillos, aunque no pareció saber qué hacer con ellas—.

Cuando llegué a la universidad me di cuenta de que no tenía ni idea de cómo hacer amigos.

En el instituto siempre había gente alrededor porque tenía dinero, porque jugaba al fútbol o porque...

bueno, porque era un gilipollas y preferían tenerme de su lado.

—Eso último suena bastante acertado —dijo Jonah, cruzándose de brazos.

Aaron volvió a mirar a Billy.

—Supongo que tardé bastante en entender que tener gente alrededor y tener amigos no es lo mismo. También quería pedirte perdón por aquellos años —continuó Aaron, levantando finalmente los ojos hacia Billy—. Sé que llego un poco tarde.

—¿Un poco? —murmuró Jonah.

—Jonah, está bien.

—Déjalo. Tiene razón. —Aaron soltó una risa breve y se pasó una mano por la nuca—. Mira, sé que es tarde, pero si hay algo que pueda hacer... cualquier cosa. Dímelo, ¿vale?

Billy miró la fotografía de Punky.

—Puedes hacer una cosa.

—¿Qué?

—Haz que todo ese dinero de tu padre sirva para algo. Construye un refugio para perros. Aquí, en Riverbend.

Jonah descruzó los brazos por primera vez desde que Aaron había aparecido.

—Eso costaría una pasta.

—Gracias, Kaplan —respondió Aaron sin mirarlo—. Por un momento pensé que iba a salir gratis.

—Ahí está el Aaron de siempre —dijo Jamal con una risa—. Ya empezaba a preocuparme.

—Estoy intentando mejorar. —Aaron se volvió hacia él—. Tampoco pidáis milagros.

A Jonah se le escapó media sonrisa y enseguida volvió a cruzarse de brazos.

—Podríais ponerle su nombre —dijo Dolores, señalando con la barbilla la fotografía de Punky.

Aaron siguió el gesto.

—¿Refugio Punky?

—Bueno... —Jonah se rascó la barbilla—. El departamento de marketing tendrá trabajo.

—Cállate, Jonah —dijeron Billy y Dolores al mismo tiempo.

Aaron sonrió y durante unos segundos se quedó contemplando todo lo que habían dejado alrededor de la fotografía: las flores, los juguetes, el collar viejo, aquella pelota que Billy llevaba años buscando y, por supuesto, la caja de pizza de Jamal.

—Joder... —Se frotó la barbilla antes de mirar otra vez a Billy—. Hasta muerta sigue consiguiendo que hagamos cosas.

—Se le daba bastante bien.

—Sí, por lo que veo... —Aaron respiró hondo y asintió—. Está bien. Lo haré.

—¿De verdad?

—Sí. —Aaron le tendió la mano—. Pero el nombre lo pongo yo.

Billy miró aquella mano. Durante buena parte de su infancia había imaginado unas cuantas cosas que hacer con ella y ninguna incluía estrechársela. Terminó aceptándola.

—Trato hecho.

Aaron apretó su mano y estaba a punto de soltarla cuando volvió a mirarlo.

—Billy... Lo siento. De verdad.

—Ya lo sé.