Punky: El perro que nos encontró 1
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La mañana había amanecido luminosa y Billy llevaba casi veinte minutos peleándose con una corbata.

Billy deshizo el nudo por cuarta vez. El uniforme de gala estaba impecable, la placa brillaba sobre el pecho y hasta se había acordado de limpiar los zapatos.

Al mirarse otra vez en el espejo encontró algo de Rick en su cara.

La corbata, en cambio, seguía pareciendo obra de un criminal.

Desde la ventana abierta llegaban voces, portazos y el rumor constante del tráfico.

Riverbend llevaba despierto desde primera hora.

Habían colgado banderas en Oak Square, varias pancartas rodeaban el ayuntamiento y las furgonetas de televisión ocupaban buena parte del aparcamiento.

Según el alcalde, la entrega de la medalla iba a ser «una mañana histórica para la comunidad».

—Maldita corbata...

—A este paso vas a llegar tarde a tu propia ceremonia.

Billy vio a Dolores reflejada en el espejo, apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—Todavía me queda margen.

—Claro que sí. Media ciudad lleva una hora ahí abajo, pero tú tienes margen. —Se acercó por detrás, le apartó las manos de la corbata y deshizo el nudo de un tirón—. Anda, déjame.

—Sé hacerlo.

—Claro —dijo Dolores mientras deshacía el nudo y empezaba de nuevo—. Los últimos veinte minutos han debido de ser un calentamiento.

Billy sonrió y levantó la barbilla para dejarla trabajar.

—Además, hoy se supone que eres el héroe —dijo Dolores mientras pasaba la corbata por debajo del cuello.

—Pues han elegido mal el día.

Dolores levantó los ojos hacia el espejo.

—William...

—¿Qué?

—Nada. —Le cerró el último botón, empujó el nudo hacia arriba y le dio un pequeño tirón—. Ya está. Ahora por lo menos pareces un policía.

—Me estás estrangulando —protestó Billy, metiendo dos dedos entre la camisa y el cuello.

—Qué exagerado. —Dolores aflojó apenas el nudo y volvió a alisárselo—. ¿Mejor?

—Un poco.

Ella terminó de colocarle el cuello de la camisa, pero Billy ya no sonreía. Seguía mirándose en el espejo.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—William.

—Quince años, Lola. —Billy pasó el pulgar por el borde de la placa sin levantar la mirada.

—¿Otra vez con eso?

—Tardé quince años en encontrarlo.

—Como si hubieran sido veinte. —Le quitó una pelusa de la solapa—. Lo encontraste.

—Sí, pero es demasiado tiempo.

—¿Demasiado para quién?

Billy tardó en responder. En la plaza, un coche hizo sonar el claxon y alguien gritó algo que no alcanzaron a entender.

—Para las que no llegaron hasta aquí.

—Norah llegó. Amy también.

—No todas tuvieron esa suerte.

—Ya lo sé. —Dolores se apoyó contra la cómoda—. Pero durante doce años ese hombre no volvió a tocar a ninguna chica.

—Eso no les devuelve lo que les quitó.

—No. —Dolores lo observó un momento—. Pero tampoco puedes pasarte la vida contando solo las que no pudiste salvar.

—¿Y qué se supone que tengo que contar?

—Pues que un crío de once años estuvo a punto de pillarlo y lo tuvo doce años escondido y acojonado. —Dolores señaló la placa con la barbilla—. Y que al final volviste y terminaste el trabajo.

Billy soltó una risa y negó con la cabeza.

—Tienes una forma bastante peculiar de contarlo.

—Supongo que por eso no me han invitado a dar el discurso.

Billy apoyó una mano en la cómoda y reparó en la fotografía junto al espejo.

—Aunque en la ceremonia tampoco van a contar que tuviste ayuda —añadió Dolores.

Billy cogió el marco. Jonah había hecho aquella foto un verano, justo después de bañar a Punky. Los cuatro aparecían empapados porque la perra había esperado hasta el último segundo para sacudirse encima de ellos. En medio estaba ella, cubierta de barro, con la lengua fuera y la oreja doblada.

—Mucha ayuda.

—Sí. —Dolores se acercó por detrás y miró la fotografía por encima de su hombro—. Ella hizo la parte difícil.

—Como siempre.

—La echas de menos, ¿verdad? —Dolores apoyó la barbilla en su hombro.

—Todos los días.

Las campanas de la iglesia empezaron a sonar en la plaza. Dolores se acercó un poco más y apoyó la barbilla en su hombro.

—Yo también.

—A veces todavía espero verla aparecer corriendo por el jardín —dijo Billy, dejando el marco sobre la cómoda.

—Yo espero abrir la nevera y encontrarla con medio pollo en la boca.

Billy soltó una risa.

—Eso ocurrió una vez.

—Que tú vieras.

—Lola...

—William, viví con esa perra quince años. Sé de lo que hablo.

Billy volvió a mirar la fotografía. Punky estaba empapada y cubierta de barro entre los cuatro, con la lengua fuera y aquella oreja doblada que ni siquiera el agua había conseguido poner en su sitio.

—¿Te acuerdas de la pizza de Jamal?

—¿Cómo voy a olvidarlo? Pensé que iba a denunciarla.

—Estuvo enfadado toda la semana.

—Porque se comió cuatro trozos.

Billy la miró.

—Cinco.

—¿Cinco?

—El último se lo llevó debajo de la mesa.

Dolores se tapó la boca, riéndose.

—Eso no me lo contaste.

—Jamal me hizo jurar que no volveríamos a hablar del asunto.

—Han pasado quince años —dijo Dolores, dándole un pequeño golpe con el hombro—. Ese delito tiene que haber prescrito ya.

Dolores volvió a mirar la fotografía y le dio un pequeño golpe con el hombro.

—Era una buena perra —dijo Billy.

Dolores le dio un pequeño golpe con el hombro.

—La mejor.

Billy dejó el marco sobre la cómoda justo cuando llamaron a la puerta.

—¿Papá?

Billy levantó la cabeza.

—¿Ya podemos irnos? —La voz volvió a sonar al otro lado—. ¡Vas a llegar tarde a tu propia ceremonia y luego soy yo la que llega tarde al colegio!

Dolores miró a Billy con una ceja levantada.

—No sé de quién habrá aprendido eso.

—De su madre, claramente.

—¡Os estoy oyendo!

—¡Ya vamos, bichito! —respondió Billy entre risas.

—¡Pues Punky lleva diez minutos esperando para hacer pis!

Un arañazo impaciente sonó al otro lado de la puerta.

—Pues parece que sí que es una emergencia. —Dolores le dejó un beso en la mejilla y tiró de su mano hacia la puerta—. Vamos.

Billy miró la fotografía una última vez y apagó la luz.

—¡Papá!

—¡Ya voy, ya voy!

Su hija los esperaba junto a las escaleras. A sus pies, una perra marrón estaba sentada frente a la puerta con la correa entre los dientes.

—¿Ves? —dijo la niña—. Te lo estaba diciendo.

El se agachó y Punky dejó la correa a sus pies.

—Buenos días, chica.

La perra lo miró, después miró la puerta y soltó un pequeño gemido.

—Sí, sí. Ya he entendido la indirecta.