10
Billy siguió caminando con Punky apretada contra el pecho. La sangre ya le había empapado las mangas de la sudadera y Billy bajaba la vista una y otra vez, esperando el pequeño movimiento de su costado.
Norah avanzaba a su lado, arrastrando los pies y agarrándose de vez en cuando a su brazo para no caer.
—Aguanta... Ya casi estamos, bonita. —Billy inclinó la cabeza y le rozó una oreja con la mejilla.
Punky entreabrió un ojo al oírlo. —Eso es... —Billy le acarició la cabeza sin dejar de caminar.
La perra movió un poco la cabeza y buscó una postura más cómoda contra su brazo antes de volver a cerrar los ojos. Billy siguió andando.
Las sirenas sonaban ya mucho más cerca y, entre los árboles, empezaban a verse destellos azules y rojos que aparecían y desaparecían con cada curva de la carretera.
—No te atrevas... —Billy le acarició despacio la cabeza—. ¿Me oyes? Ni se te ocurra.
Punky movió apenas la oreja bajo sus dedos.
Norah caminó unos metros en silencio, secándose la cara con la manga.
—Billy... lo siento.
—No es culpa tuya.
—Si yo no hubiera estado allí...
—No digas eso. —Billy la sujetó por el brazo cuando tropezó y esperó a que recuperara el equilibrio—. Ni se te ocurra pensar que esto es culpa tuya.
Siguieron caminando en silencio. Billy solo bajaba la vista de vez en cuando para comprobar que Punky seguía respirando contra su pecho.
Los destellos de las patrullas empezaban a verse ya entre los árboles cuando, por encima de las sirenas, Billy oyó el timbre de una bicicleta y el traqueteo de una cadena acercándose a toda velocidad. Levantó la cabeza.
—¡Billy!
Dos bicicletas aparecieron entre los pinos. Jonah frenó tan bruscamente que la rueda trasera derrapó sobre el asfalto y Dolores estuvo a punto de llevárselo por delante. Las dejaron caer en mitad de la carretera y corrieron hacia ellos.
—¡Dios mío! —Dolores echó a correr hacia Billy, pero al ver a Punky frenó en seco y se llevó una mano a la boca—. No...
Jonah llegó hasta ellos y se quedó mirando la sangre que empapaba la sudadera de Billy.
—¿Está...?
—Sigue viva.
Punky entreabrió un ojo al oír aquellas voces. Miró primero a Jonah y después a Dolores antes de golpear una vez con la cola el brazo de Billy.
Dolores se echó a llorar.
—Eh, chica... —Se acercó y le acarició con cuidado la cabeza—. Estamos aquí.
Jonah se quedó a su lado sin saber muy bien dónde poner las manos.
—Va a ponerse bien.
Billy lo miró y Jonah tragó saliva.
—Tiene que ponerse bien.
Las sirenas ahogaron cualquier respuesta. Una patrulla apareció por la curva y frenó a pocos metros de ellos, seguida inmediatamente por otra. La primera patrulla apenas se había detenido cuando Morrigan abrió la puerta y saltó fuera.
—¡Norah!
Pasó junto a Billy y llegó hasta ella en unos pasos. Norah apenas tuvo tiempo de mirarlo antes de que él la sujetara por los brazos.
—Mírame. ¿Estás herida?
—No... creo que no.
—¿Él sigue dentro?.
—Ha escapado.
—¿Armado?
—Sí. Tiene una pistola. Punky lo mordió y creo que está herido.
Morrigan se volvió hacia los agentes que acababan de bajar de la segunda patrulla.
—¡Está armado! ¡Ha salido de la casa y puede estar herido!
Un agente se llevó a Norah hacia las patrullas mientras otros corrían hacia la casa. Las radios crepitaban, alguien pedía una ambulancia y Morrigan hablaba a pocos pasos de él, pero Billy seguía mirando a Punky.
—Aguanta, bonita...
Morrigan dejó a Norah con uno de los agentes y regresó hacia Billy.
—¿Llegaste a verle la cara?
—No. Estaba oscuro. —Billy acomodó a Punky entre sus brazos procurando no moverle el costado.
—¿Qué recuerdas? Altura, ropa, voz... lo que sea.
Billy cerró los ojos un instante y volvió a ver al hombre recortado en la puerta, con la pistola apuntándole.
—Era alto. La pistola la llevaba en la izquierda.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Qué más?
Billy recordó la manga subiéndosele casi hasta el codo mientras forcejeaba con Punky.
—Tenía una cicatriz en la muñeca. Aquí. —Se señaló la suya.
—¿Cómo era?
—Grande. No sé... como una quemadura.
—Alto, zurdo y con una cicatriz o quemadura en la muñeca. Pásalo por radio. —Morrigan esperó a que el agente empezara a transmitir la descripción antes de volver hacia Billy—. ¿Algo más?
Billy iba a negar cuando Morrigan reparó por fin en sus mangas. La sangre había empapado buena parte de la sudadera y seguía acumulándose bajo el cuerpo de Punky.
—Billy... ¿Esa sangre es tuya?
—No.
Morrigan miró a Punky.
—Déjame verla.
—No. —Billy estrechó a Punky contra el pecho.
Dos sanitarios llegaron corriendo desde la ambulancia y uno de ellos se agachó delante de Billy al ver la sangre.
—Déjame echarle un vistazo.
—No.
—Billy... —Morrigan se acercó y se agachó a su lado—. Solo quiere ver dónde le han dado.
—No quiero soltarla.
—No tienes que hacerlo.
El sanitario esperó, sin intentar tocar a Punky.
—Puedo mirarla ahí mismo.
—Billy.
Dolores se arrodilló a su lado y le puso una mano en el brazo.
—Déjale.
Billy miró a Punky. Seguía respirando deprisa contra su pecho. Le acarició una vez el cuello con el pulgar y terminó asintiendo.
—Pero no la muevo.
—No hace falta.
El sanitario se inclinó hacia la herida sin obligar a Billy a soltarla y apartó apenas el pelo empapado para localizar de dónde venía la sangre. Tardó unos segundos en levantar la vista hacia su compañero.
—Necesita un veterinario. Ya.
—¿Va a ponerse bien? —Billy siguió acariciándole el cuello con el pulgar.
—No puedo saberlo. —El hombre volvió a mirar la herida—. Pero cuanto antes lleguéis, mejor.
Morrigan ya estaba sacando las llaves.
—Vamos.
—La llevo yo. —Billy miró a Morrigan sin aflojar los brazos alrededor de Punky.
—Atrás conmigo. Muévela lo menos posible
Billy pasó una mano bajo el cuello de Punky y otra bajo su cuerpo antes de incorporarse. Ella dejó escapar un gemido.
—Ya está, bonita... —La acomodó contra el pecho—. Ya está.
—¿Puedo ir? —Dolores se levantó con él sin apartar la mano del lomo de Punky.
Morrigan miró un instante hacia Norah, donde otros sanitarios acababan de cubrirla con una manta, y después hacia los agentes que se dirigían a la casa.
—Sube.
—Yo también voy. —Jonah dio un paso hacia el coche.
—Tú te quedas aquí con tu madre.
—Pero...
—Jonah.
El chico miró a Billy y acabó retrocediendo. Morrigan abrió la puerta trasera y Billy entró con Punky entre los brazos. Dolores subió por el otro lado y se pegó a la puerta para dejarles espacio.
—Miller nos está esperando —dijo Morrigan mientras arrancaba—. Agárrala bien.
Billy acomodó la cabeza de Punky sobre sus piernas. Antes de que el coche empezara a moverse alcanzó a ver a Norah envuelta en una manta, hablando con una agente mientras uno de los sanitarios se arrodillaba delante de ella.
Después Morrigan pisó el acelerador y la casa de los Hill desapareció entre los árboles.
Riverbend desfiló al otro lado de la ventanilla entre farolas y comercios cerrados mientras Morrigan hablaba por la radio y cruzaba el pueblo mucho más deprisa de lo que Billy le había visto conducir nunca. Dolores permanecía a su lado, pegada a la puerta, con una mano sobre el lomo de Punky.
Billy apenas levantaba la vista. Le acariciaba despacio el cuello, esperando cada vez que su pecho se hundía hasta sentirlo subir de nuevo bajo la palma. A veces tardaba demasiado.
—Vamos, chica... —murmuró, inclinándose hasta apoyar la frente contra la suya y buscar con los dedos aquella oreja doblada—. Quédate conmigo. Solo un poquito más.