Punky: El perro que nos encontró 9
94%

9

—¡No!

Alguien gritó. Billy nunca llegó a saber quién. Punky seguía aferrada al brazo del hombre mientras él intentaba quitársela de encima y la pistola iba de un lado a otro entre los dos. Oyó un gruñido, una maldición y enseguida otro disparo.

La bala se incrustó en la pared, a pocos centímetros de Norah. Ella gritó y se cubrió la cabeza mientras el hombre trastabillaba contra el marco de la puerta. Consiguió soltarse de Punky con un tirón y salió hacia el pasillo todavía con la pistola en la mano.

—¡Eh!

Punky ya iba detrás de él, y Billy apenas alcanzó a oír sus uñas resbalando sobre la madera, un golpe contra la pared, algo que cayó escaleras abajo y un último ladrido antes de que la casa quedara en silencio.

—¿Norah? —Se arrodilló junto a ella y le buscó la mirada—. ¿Te ha dado?

Norah negó con la cabeza. Tenía los labios temblando y respiraba tan deprisa que apenas consiguió responder.

—No...

Billy le recorrió la ropa con la mirada antes de comprobar que no había sangre. Al levantar la cabeza vio unas manchas oscuras sobre las tablas del pasillo que continuaban hacia las escaleras. Miró hacia allí, pero Norah se movió a su lado y la cadena volvió a tintinear contra la tubería.

Billy agarró el bate y descargó un golpe contra el candado. Norah dio un respingo.

—¡Billy!

—Aparta la pierna —Esperó a que lo hiciera y volvió a golpear.

El cierre se deformó, pero aguantó. Al tercero saltó y la cadena cayó sobre el suelo con un estrépito metálico.

Norah rompió a llorar.

—Eh, tranquila. Ya está. —Billy dejó caer el bate y la sujetó cuando intentó incorporarse—. Tenemos que salir de aquí.

Las piernas de Norah cedieron en cuanto intentó levantarse y Billy la sostuvo por la cintura.

—Despacio... Apóyate en mí.

Con el brazo de ella alrededor de los hombros, Billy consiguió ponerla en pie y buscó el walkie en el bolsillo de la sudadera.

—Tenemos que salir de aquí. —Pulsó el botón con el pulgar—. ¿Jonah?... ¿Me oyes?

Solo obtuvo un chisporroteo de estática.

—Vamos, Jonah...

Ayudó a Norah a dar un paso hacia la puerta y volvió a intentarlo.

—¿Jonah?

— ¿Bi... lly?

Billy se detuvo.

—Sí. Soy yo. —Apretó un poco más a Norah contra su costado cuando las piernas volvieron a flaquearle—. He encontrado a Norah.

Al otro lado hubo un silencio.

— ¿A Norah? ¿Qué quieres decir?

—Está conmigo.

—¿Norah Roberts? —La voz de Jonah llegó entre una ráfaga de estática—. No entiendo... ¿qué haces con…

—Jonah, escúchame. —Billy consiguió llevar a Norah hasta el pasillo y la apoyó contra la pared—.Llama a Morrigan y dile que estamos en casa de los Hill.

— ¿En casa de los Hill? ¿Qué coño haces...?

—¡Solo llámalo!

— Vale, vale. —La voz de Jonah se alejó un instante y regresó enseguida entre las interferencias—. ¿Estáis bien?

Billy abrió la boca para responder mientras volvía a rodear a Norah por la cintura.

—Sí, pero... —Billy dejó la frase a medias y volvió la cabeza hacia las escaleras.

— ¿Billy?

Miró hacia las escaleras.

— ¿Billy? ¿Me oyes…?

Norah se aferró a su sudadera cuando Billy dejó de avanzar. Entre una interferencia y la siguiente buscó un ladrido, el arañazo de unas uñas sobre la madera, cualquier ruido procedente de abajo, pero no oyó nada.

— Billy, contéstame.

—Punky... —murmuró mientras apartaba el walkie de la boca.

Norah levantó la cara hacia él, pero Billy ya la estaba dejando apoyada contra la pared.

—Quédate aquí.

— ¿Billy?

Él echó a correr hacia las escaleras.

—¡PUNKY!

Billy bajó las escaleras de dos en dos y atravesó la cocina tan deprisa que golpeó una silla con la cadera y la mandó contra la mesa. Al llegar al pasillo se detuvo en seco.

Punky estaba tumbada de lado junto a la pared, tan quieta que Billy apenas reparó al principio en la sangre. Ella siempre encontraba algo que olisquear, una rama que arrastrar o algún rincón donde meter el hocico. Ahora estaba completamente quieta.

—No... —Cayó de rodillas a su lado—. No, Punky...

La perra levantó un poco la cabeza al oírlo. Lo miró y la cola golpeó una sola vez contra el suelo. Billy le pasó una mano por el costado y la retiró cubierta de sangre.

—No, no, no...

Volvió a apoyarla sobre el costado mientras apartaba con los dedos el pelaje empapado. Bajo la palma notaba la respiración rápida y entrecortada de Punky.

—Tranquila... —Punky trató de incorporarse y Billy le sujetó la cabeza antes de que pudiera hacerlo—. No, bonita. Tú quieta. No te muevas.

Norah llegó hasta la cocina apoyándose en la pared y se quedó paralizada al verla.

—Oh, Dios mío...

—Tenemos que sacarla de aquí. —Billy deslizó un brazo bajo el pecho de Punky y miró a Norah antes de levantarla—. ¿Puedes andar?

—Creo que sí.

—Pues no te separes de mí.

Metió el otro brazo bajo las patas traseras y levantó a Punky con todo el cuidado que pudo. La perra dejó escapar un gemido y Billy la apretó contra su pecho.

—Ya está... Perdona. —Le acomodó la cabeza bajo la barbilla mientras echaba a andar—. Lo siento, bonita.

Punky se dejó caer contra él y la cola volvió a moverse apenas unos centímetros. Billy consiguió sujetarla contra el pecho con un brazo y acercó de nuevo el walkie a la boca con la mano ensangrentada.

—Jonah, ¿sigues ahí?

Tras un par de segundos de estática llegó su voz.

— Si si Billy… ¿Qué pasa?

Billy siguió avanzando hacia la salida con Punky contra el pecho mientras Norah caminaba detrás de él apoyándose en los muebles.

—¿Has llamado a Morrigan?

—Sí. Mi madre está hablando con él. ¿Estáis bien?

Billy miró por encima del hombro. Norah seguía detrás de él, agarrándose a los muebles.

—Norah sí. —Bajó la vista hacia Punky—. Ella no.

—¿Qué le ha pasado?

—Le han disparado —Billy siguió hacia la salida mientras acomodaba un poco mejor a la perra entre sus brazos—. Dile a Morrigan que necesitamos una ambulancia. Rápido.

— Billy...

—Jonah, por favor.

—Vale. Se lo digo ahora mismo.

Del walkie llegó un golpe y después los pasos apresurados de Jonah.

—Date prisa.

Guardó el walkie sin esperar respuesta y cruzó la puerta trasera. Norah salió detrás de él agarrándose al marco y avanzó pegada a la pared hasta alcanzar el jardín. Billy redujo el paso para no dejarla atrás.

—¿Puedes seguir?

—Sí.

—No te quedes atrás.

Punky respiraba deprisa contra su pecho. Billy le acarició el cuello con el pulgar mientras avanzaban por el jardín. La sangre ya le había empapado las mangas.

—Aguanta un poquito más, bonita. Ya vamos.

Ella abrió los ojos al oírlo, levantó apenas la cabeza y volvió a apoyarla bajo su barbilla.

—Eso es, bonita... Aguanta.

Norah avanzaba unos pasos detrás, apoyándose primero en la fachada y después en la verja cuando las piernas le fallaban, y Billy reducía el paso cada vez que la veía quedarse atrás.

No hablaron. Entre los grillos y sus pisadas sobre la hierba solo se oía la respiración de Punky contra su pecho, cada vez más corta.

Habían dejado atrás la casa cuando una sirena sonó a lo lejos y Billy levantó la cabeza hacia la carretera.

—Vamos... Ya vienen —murmuró sin dejar de caminar.

La sirena desapareció unos segundos entre los árboles y volvió a escucharse acompañada por otra. Billy estrechó un poco más a Punky contra el pecho.

—Un poquito más, bonita.

Siguió hacia la carretera con Norah a pocos pasos y las sirenas cada vez más cerca.