8
La casa de los Hill nunca le había dado miedo.
Había pasado por delante cientos de veces camino del instituto, repartiendo periódicos o recorriendo Riverbend en bicicleta durante aquellas interminables tardes de verano, y a plena luz del día no era más que una casa vieja, algo descuidada, con un jardín que llevaba años perdiendo la batalla contra las malas hierbas.
Billy se detuvo junto a la verja con el bate entre las manos.
Las ventanas estaban a oscuras y las ramas se movían sobre la fachada con la brisa
Jonah habría disfrutado como un niño. Llevaba años inventándose historias sobre casas encantadas, asesinos escondidos en sótanos y familias enteras que regresaban por las noches para reclamar lo que era suyo, y Billy siempre acababa poniendo los ojos en blanco cuando empezaba con alguna de ellas.
Ahora habría dado cualquier cosa por tenerlo allí diciendo alguna estupidez.
—Esto es una estupidez... —murmuró, soltando el aire.
Oír su propia voz en mitad de aquel silencio no ayudó. A lo lejos seguían cantando los grillos y llegaba el murmullo de algún televisor desde las últimas casas de Riverbend, pero frente a aquella verja todo sonaba extrañamente lejano.
Todavía estaba a tiempo de volver a casa.
Billy apoyó una mano en la verja y terminó empujándola.
El hierro cedió y echó a andar por el sendero, con la hierba rozándole las piernas allí donde las malas hierbas casi habían terminado de tragarse las losas de piedra.
A un lado, bajo la rama de un roble, el viejo columpio se balanceaba ligeramente.
Creeeak.
Levantó la vista y esperó mientras el columpio perdía impulso hasta quedar casi inmóvil. Sería el viento, se dijo, pero enseguida volvió a oscilar.
Creeeak.
—Muy gracioso... —murmuró.
Apartó la vista y continuó hacia el porche. Subió procurando no cargar demasiado el peso sobre las tablas, aunque una de ellas crujió bajo sus zapatillas y Billy se quedó escuchando antes de continuar hasta la ventana.
Apenas consiguió distinguir algunos muebles cubiertos con sábanas y el reflejo de la luna sobre el suelo.
Probó suerte en la siguiente y encontró más de lo mismo.
Todo lo que alcanzaba a ver encajaba con una casa que llevaba semanas cerrada, salvo por un detalle: los periódicos que aquella misma mañana seguían amontonados junto a la puerta habían desaparecido.
Billy bajó del porche y rodeó la casa por un sendero de tierra casi devorado por las malas hierbas.
El jardín trasero estaba aún más descuidado; entre los arbustos asomaban herramientas oxidadas, varias macetas volcadas y unos tablones deformados por la humedad.
Al llegar a la parte de atrás redujo el paso.
La puerta estaba entreabierta.
Billy se quedó mirando la estrecha franja de oscuridad entre la madera y el marco y ajustó las manos alrededor del bate.
Podía volver por donde había venido y llamar a Morrigan, pero se dijo que solo necesitaba comprobar si había alguien dentro.
Años atrás, cuando debía de tener cinco o seis, se había quedado delante de la puerta del sótano de casa agarrado con fuerza a la mano de su madre.
—No quiero bajar.
—¿Por qué?
—Porque está oscuro.
—Ah... —Le apartó el pelo de la frente y miró hacia la puerta del sótano—. ¿Y sabes para qué sirve tener miedo?
Billy negó con la cabeza.
—Para avisarte de que tengas cuidado. No para decidir lo que haces.
Con aquellas palabras en la cabeza, Billy empujó la puerta de los Hill.
La madera cedió con un largo crujido y enseguida le llegó el olor a humedad y polvo viejo.
Al dar el primer paso hacia el interior percibió algo más y volvió a inspirar para asegurarse.
Era apenas un rastro, pero no había duda: café.
Las casas abandonadas no olían a café.
Esperó junto a la puerta a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.
La luz de la luna que entraba por las ventanas apenas le permitía distinguir los muebles cubiertos con sábanas, el comienzo del pasillo y una escalera al fondo.
Estaba intentando decidir por dónde empezar cuando algo sonó a su espalda.
Click.
Billy se volvió de golpe, levantando el bate.
—Genial...
No vio nada. Se quedó escuchando y, desde el piso de arriba, llegó el crujido de una tabla. Billy alzó la vista hacia el techo. Una puerta se movió en algún lugar del pasillo y volvió a quedar quieta, pero no oyó pasos ni ninguna otra cosa que pudiera identificar.
La cocina apareció a su izquierda y Billy estuvo a punto de pasar de largo, pero el desorden de la encimera lo hizo detenerse.
Había cajas de pizza abiertas, latas vacías, botellas de agua y varios envoltorios arrugados, demasiado recientes para una casa que desde fuera parecía llevar semanas cerrada.
Entró y recorrió el desorden con la mirada hasta reparar en una taza junto al fregadero.
Todavía quedaba un poco de café en el fondo.
Se acercó y apoyó los dedos sobre la cerámica. Estaba caliente.
Billy retiró la mano. Los periódicos podía haberlos recogido un vecino y la puerta trasera podía habérsela dejado abierta cualquiera; aquella taza significaba que alguien había estado allí hacía muy poco.
Estaba mirando hacia el pasillo cuando oyó un golpe tan leve que al principio no supo si había sido real.
Se quedó escuchando hasta que el sonido se repitió unos segundos después, un clink metálico que parecía llegar del piso de arriba.
Durante unos segundos pensó en salir de allí y buscar un teléfono. Le había prometido a Morrigan que, si veía algo extraño, llamaría y dejaría que la policía hiciera su trabajo.
Miró hacia la escalera y se acordó de Hope. Aquella noche tampoco habían esperado a que llegara nadie.
Empezó a subir. La madera crujía bajo sus zapatillas y, al alcanzar el rellano, encontró un pasillo estrecho con varias puertas cerradas y una habitación abierta al fondo. La luz de la luna entraba por una ventana lateral y apenas alcanzaba a iluminar parte del suelo.
El clink volvió a sonar, mucho más cerca, mientras Billy avanzaba hacia la habitación abierta al fondo del pasillo.
Se detuvo junto al marco y tardó un momento en distinguir algo más que muebles y sombras, hasta que reparó en alguien sentado en el suelo junto a la pared, con las rodillas recogidas contra el pecho.
Entró un poco más y la chica levantó la cabeza. Tenía el pelo pegado a la cara y necesitó parpadear varias veces antes de mirarlo directamente. Abrió la boca, pero no consiguió decir nada hasta el segundo intento.
—¿Billy...?
Billy reconoció entonces a Norah y se acercó hacia ella.
Ella se llevó una mano a la boca y durante un instante se quedó mirándolo, hasta que se le quebró la expresión y rompió a llorar. Billy cruzó la habitación y, al arrodillarse junto a ella, vio la cadena que le rodeaba el tobillo y terminaba asegurada a una vieja tubería.
—Dios mío...
Se arrodilló frente a ella. De cerca pudo verle las ojeras, el pelo enredado y las manchas que cubrían la ropa. Norah intentó secarse las lágrimas con el dorso de la mano, pero apenas consiguió pronunciar su nombre.
—Billy...
—Eh, tranquila. —Le cogió una mano entre las suyas—. Voy a sacarte de aquí.
Norah negó con la cabeza mientras seguía llorando.
—Pensé que iba a morir.
Billy tiró de la cadena y el metal chocó contra la tubería con el mismo clink que había escuchado desde abajo. El candado era demasiado grueso para romperlo con el batey tampoco encontró nada que pudiera utilizar para abrirlo. Tendría que buscar un teléfono, llamar a Morrigan y regresar con ayuda.
—¿Y qué haces tú aquí?
Billy reconoció la voz a su espalda, pero fue la reacción de Norah lo que le impidió volverse.
La chica dejó de llorar y se pegó a la pared, con los ojos clavados en algún punto detrás de él.
A su espalda sonó el mismo click que había escuchado al entrar en la casa.
Billy se incorporó y, al volverse, encontró a un hombre ocupando el marco de la puerta con una pistola apuntándole desde la oscuridad.
—Se acabó, chaval.
Billy se quedó aferrado al bate mientras el hombre avanzaba hacia ellos sin dejar de apuntarle.
Billy no apartó la vista de la pistola. El dedo del hombre empezaba a cerrarse sobre el gatillo y estaba demasiado lejos para alcanzarlo cuando, a su espalda, oyó el repiqueteo apresurado de unas uñas sobre la madera.
Apenas tuvo tiempo de reconocerlo antes de que Punky apareciera lanzada por el pasillo y saltara contra el brazo del hombre con una fuerza que Billy jamás le había visto. El hombre trastabilló hacia un lado y la pistola se desvió justo cuando el disparo retumbó por toda la casa.