Punky: El perro que nos encontró 7
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Cuando Billy regresó, la casa estaba casi a oscuras, salvo por una luz encendida en el piso de arriba.

A aquellas horas Rick solía estar dormido en el sofá con la televisión encendida o fingiendo que seguía despierto delante de alguno de aquellos documentales de pesca que parecían durar más que un invierno en Massachusetts.

Billy dejó las llaves en el recibidor y levantó la vista hacia la escalera.

Punky ya iba por la mitad de las escaleras y subía con aquel trote satisfecho que siempre tenía al final de un buen día.

Billy fue detrás de ella hasta el dormitorio.

Rick estaba sentado en el borde de la cama.

Tenía la televisión apagada y la lámpara de la mesilla encendida; entre las manos sostenía una fotografía que Billy reconoció desde la puerta.

Punky cruzó la habitación sin pensárselo, apoyó el hocico sobre su rodilla y Rick empezó a rascarle detrás de una oreja mientras seguía mirando la foto.

—Hoy hace cinco años —dijo Rick cuando Billy se acercó a la cama.

Billy se sentó a su lado.

—Lo siento.

Su padre asintió apenas. Su madre se reía en la fotografía. No miraba a la cámara, sino a alguien que debía de estar fuera del encuadre. Billy todavía recordaba aquella sonrisa. Se quedó mirándola.

—Háblame de ella.

Rick levantó la vista.

—¿De tu madre?

—Sí. —Billy apoyó los antebrazos sobre las piernas—. Recuerdo su voz, su sonrisa... pero hay cosas que ya no sé si las recuerdo de verdad o porque me las habéis contado tantas veces.

Rick bajó otra vez los ojos hacia Claire y pasó el pulgar por uno de los bordes gastados de la fotografía.

—Olía a vainilla.

Billy sonrió.

—Vaya, eso es increíblemente específico.

—Supongo. Aunque algunos días olía a café. Y en verano, a protector solar. —Rick seguía mirando la fotografía mientras hablaba—. Dependía del día.

—¿Qué más?

—Tenía una manía terrible con mover cosas. Muebles, cuadros, cortinas... daba igual. Si pasaban dos semanas sin cambiar algo de sitio, empezaba a ponerse nerviosa.

Billy rio por lo bajo.

—Ahora entiendo algunas discusiones.

—Yo tardé años en entenderlas. Había días en que volvía del trabajo y tenía que comprobar el número de la puerta para asegurarme de que seguía viviendo allí.

—¿Y no te volvía loco?

—A veces. —Rick sonrió—. Otras era divertido. Abrías la puerta y estrenabas casa.

Billy volvió a mirar la fotografía.

—Sí... eso suena mucho a mamá.

—¿Sabes qué recuerdo mucho de ella?

—¿Qué?

—Las alergias.

Billy soltó una carcajada.

—¿Las alergias?

—Sí. Tu madre podía con todo menos con las plantas.

—Rick dejó la fotografía sobre las piernas—.

Una vez nos fuimos un fin de semana a Connecticut.

Tú tendrías cuatro o cinco años. Había ambrosía por todas partes y, al principio, todo fue perfecto: comimos, dimos un paseo y tú te pasaste media tarde persiguiendo mariposas.

—Eso suena peligroso.

—Lo era, pero no por ti.

Billy volvió la cabeza hacia él.

—¿Qué pasó?

—Tu madre empezó a estornudar.

—¿Mucho?

—Billy... —Rick se echó a reír—. Una familia entera creyó que se estaba muriendo. Una señora vino corriendo a preguntarme si necesitábamos una ambulancia.

—No fastidies.

—Te lo juro.

—¿Y mamá?

—Cabreada.

—¿Porque no podía respirar?

—Porque no podía dejar de estornudar.

Billy soltó una carcajada y Rick volvió a contagiarse. Casi podía ver a Claire con los ojos llorosos, empeñada en convencer a todo el mundo entre estornudo y estornudo de que estaban exagerando.

—Acabamos en urgencias —continuó Rick cuando consiguió dejar de reírse—. Apenas podía respirar, le lloraban los ojos y todavía seguía diciéndome que aquello no era para tanto. Era imposible discutir con esa mujer.

Billy bajó otra vez la vista hacia la fotografía. Algunas cosas las recordaba; otras solo sabía que habían ocurrido porque su padre se las había contado.

—La echo de menos.

—Yo también.

Billy permaneció a su lado mientras Punky dormía junto a la cama. Al cabo de un momento, Rick dejó de acariciar el borde de la fotografía.

—¿Sabes qué es lo peor? Que todavía pienso que debería haber hecho algo distinto.

Billy apoyó una mano en el hombro de su padre.

—Mamá te quería.

—Lo sé. —Rick miró la fotografía y sonrió apenas—. Eso nunca lo he dudado.

—Y tampoco te habría culpado.

—No. Seguramente me habría mandado a la mierda por seguir dándole vueltas diez años después.

Billy sonrió.

—Eso también suena a mamá.

Rick dejó la fotografía sobre la mesilla.

— Cuando me contaste lo de Hope Callaghan no pude dejar de pensar en todo esto.

La sonrisa desapareció de la cara de Billy.

—Con ella fue diferente.

—No tanto. —Rick se volvió hacia él—. Cuando las cosas se ponen feas, siempre encuentras una buena razón para quedarte quieto. Tú podrías haber encontrado diez aquella noche y no lo hiciste. Hope sigue viva por eso.

Rick todavía dijo algo más sobre Claire, pero a mitad de una frase cerró los ojos y se quedó dormido. Billy esperó por si despertaba, pero su padre solo murmuró algo ininteligible y acomodó la cabeza contra el cabecero. Cogió la manta del respaldo de la silla y se la extendió sobre las piernas.

—Buenas noches, papá —murmuró antes de apagar la lámpara.

Bajó procurando no hacer ruido. La casa estaba ya completamente a oscuras y Billy cruzaba el recibidor camino de su habitación cuando volvió a acordarse de los periódicos de los Hill. Aquella mañana seguían amontonados junto a la puerta; por la noche habían desaparecido.

Intentó buscarle una explicación mientras subía las escaleras.

Los Hill podían haber vuelto durante unas horas, o quizá algún vecino hubiera recogido los periódicos al verlos acumulándose.

Cualquiera de las dos posibilidades resultaba bastante más razonable que las teorías que Jonah llevaba días dibujando sobre un mapa.

Mientras subía las escaleras recordó también lo que le había prometido a Morrigan: si veía algo extraño, lo llamaría; nada de volver a jugar a los detectives.

El problema era qué podía contarle: una casa cerrada, unos periódicos que alguien había recogido y Punky mirando una fachada durante demasiado tiempo.

Nada que Morrigan no pudiera despachar en medio minuto.

Entró en su habitación todavía dándole vueltas. Punky ocupaba casi toda la cama, boca arriba y atravesada sobre las sábanas, con las patas abiertas en una postura que parecía desafiar cualquier idea razonable de comodidad. Al oírlo entrar movió una oreja, pero ni siquiera abrió los ojos.

Billy dejó escapar el aire y se sentó un momento en el borde de la cama.

Podía acostarse. De hecho, eso era exactamente lo que había prometido hacer: dejar que Morrigan se ocupara de todo y olvidarse de los Hill hasta la mañana siguiente.

Miró el reloj de la mesilla y después a Punky, que dormía a menos de medio metro con el hocico hundido en la almohada.

Miró el reloj de la mesilla, después a Punky, y terminó levantándose para abrir el armario.

—Solo voy a mirar un poco—murmuró mientras abría el armario.

Apartó un par de cajas hasta encontrar el viejo bate de béisbol y, al abrir el cajón del escritorio en busca de una linterna, vio el walkie-talkie que Jonah le había obligado a quedarse semanas atrás.

Dudó al encontrar el walkie-talkie en el cajón.

Llamar a Jonah significaba tenerlo allí en diez minutos, seguramente con una mochila llena de provisiones y tres teorías nuevas sobre el asesino, pero dejarlo tampoco le pareció buena idea.

Se lo guardó apagado en el bolsillo de la sudadera.

Cuando volvió junto a la cama con el bate y la linterna, Punky seguía con el hocico hundido en la almohada.

—Vuelvo enseguida —murmuró, inclinándose para rascarle detrás de una oreja—. Tú te quedas aquí.

La perra resopló contra la almohada y Billy sonrió antes de salir de la habitación.

Salió de la habitación cuidando de que el bate no golpeara la pared y, al pasar frente al dormitorio de Rick, asomó la cabeza por la puerta entreabierta.

Rick seguía dormido bajo la manta, con la fotografía de Claire sobre la mesilla.

Billy continuó hasta el recibidor y abrió la puerta principal con cuidado. Antes de salir se quedó un momento escuchando por si había despertado a Rick, pero desde arriba no llegó ningún ruido.

Cerró despacio a su espalda y salió a Maple Street. Todavía quedaba algo del calor del día y el aire olía a césped recién regado; detrás de las casas seguían girando los aspersores y los grillos llenaban los jardines.

No había llegado a la esquina cuando algo húmedo le rozó los dedos y, al volverse, encontró a Punky caminando pegada a su pierna, tan contenta de haberlo alcanzado que tuvo que contener una sonrisa.

—Eh, no. Tú no vienes —dijo señalando hacia casa.

Punky se sentó delante de él y empezó a mover la cola.

—Ni lo intentes. Venga, a casa.

Billy suspiró y terminó agachándose frente a ella.

—Escúchame. Voy a tardar diez minutos y necesito que te quedes con papá, ¿vale?

Punky respondió acercando el hocico hasta plantarle un lametón en la nariz.

—Eso no significa que sí —protestó Billy entre risas mientras le rascaba detrás de las orejas—. Eres imposible. Venga, a casa.

Billy se incorporó y volvió a señalar hacia casa. Punky alternó la mirada entre él y el porche durante unos segundos antes de soltar un resoplido y emprender el camino de vuelta con bastante menos entusiasmo del que había mostrado al seguirlo.

Billy se quedó donde estaba mientras Punky cruzaba Maple Street, subía los escalones del porche y terminaba tumbándose junto a la puerta, aunque antes de hacerlo volvió la cabeza para comprobar que él seguía allí.

—Muy bien —murmuró Billy—. Quédate con el abuelo.

Punky apoyó el hocico entre las patas sin dejar de mirarlo. Billy esperó unos segundos más y, al ver que no se levantaba, ajustó el bate bajo el brazo y emprendió el camino hacia el norte de Riverbend.