Punky: El perro que nos encontró 6
91%

6

Jamal fue el primero en marcharse. Había prometido estar en Ash Street antes de las diez y, según Jonah, si llegaba un minuto tarde su madre acabaría movilizando a la Guardia Nacional.

—Nos vemos mañana.

Se impulsó sobre los pedales y desapareció calle abajo mientras Jonah le gritaba que al día siguiente pensaba demostrarle una teoría completamente irrefutable. No llegó a explicar cuál. La señora Kaplan lo llamó desde dentro de la casa y Jonah fingió no oírla hasta que llegó el segundo aviso.

—¡Ya voy!

Tampoco fue esta vez. Hubo que esperar a una tercera llamada para que levantara las manos con resignación.

—¡Que ya voy, mamá!

—Te lo ha dicho tres veces —señaló Dolores.

—Dos. La primera era claramente informativa.

Desapareció escaleras arriba todavía refunfuñando y Billy, Dolores y Punky echaron a andar por Birch Lane.

La perra iba unos metros por delante, inspeccionando cada arbusto, cada farola y cada bicicleta apoyada contra una valla antes de decidir si merecía la pena seguir adelante.

Billy y Dolores la seguían sin prisa. El calor del día empezaba a retirarse y una brisa agradable corría entre los jardines; por una ventana abierta escapaba el sonido de una televisión, frente a una de las casas de Birch Lane alguien recogía la mesa con la radio encendida y, desde Ash Street, todavía llegaba el rebote desordenado de un balón contra el asfalto.

Por las noches Riverbend siempre le parecía más pequeño. De día, Birchwood, Oak Square y Magnolia Park parecían lugares distintos; después de cenar, con los porches encendidos y las copas de los árboles cerrándose sobre las aceras, todo el pueblo parecía caber en unas pocas manzanas.

Dolores llevaba un rato caminando con las manos metidas en los bolsillos traseros del pantalón y la vista puesta en Punky. Un par de veces Billy creyó que iba a decir algo, hasta que finalmente la oyó preguntar:

—¿Crees que la encontrarán?

—¿A la chica de Essex?

—¿A quién si no?

Punky se había detenido junto a una papelera y revolvía las hojas secas.

—Sí... seguro que sí —respondió Billy.

—No me digas que sí solo porque crees que es lo que necesito oír, William. No me mientas.

Punky sacó una ramita de entre las hojas, la olisqueó y la dejó caer.

—No lo sé —admitió Billy—. Salvo a Hope, no han encontrado a ninguna.

Dolores asintió y siguieron calle abajo. De las ventanas abiertas llegaban conversaciones a medias, el tintinear de unos platos y las risas de alguien frente al televisor.

—Estoy asustada —dijo ella al cabo de un rato—. Tengo miedo de que siga pasando. De que desaparezca otra chica... alguien más joven.

—Yo también.

—Puede ser cualquiera de nosotros, William.

Billy la miró. Unos metros más adelante se encendió la luz del piso superior de una casa; sobre el césped, alguien había dejado tirada una bicicleta.

—Piénsalo —continuó Dolores—. La próxima puede ser aquí. No en Boston ni en Springfield. Aquí, en Riverbend.

No contestó. Unos meses atrás solo eran fotografías en el periódico, chicas de Boston o Springfield cuyos nombres olvidaba al pasar la página. Ahora una de ellas era Norah Roberts.

Punky regresó trotando desde la acera de enfrente y se metió entre los dos. Dolores le rascó la cabeza mientras Billy le pasaba una mano por el lomo.

—¿Y si Jonah tiene razón?

—¿Con qué? —Billy volvió la cabeza hacia ella.

—¿Y si no las mata? Si las secuestra y les hace... —Se quedó mirando al frente—. Dios.

—No pienses en eso.

—Lo intento. —Dolores hundió un poco más las manos en los bolsillos—. Pero ahora dime cómo me lo saco de la cabeza.

Billy bajó la vista. Punky había encontrado una botella de plástico junto a un seto y la llevaba orgullosa entre los dientes.

Billy estuvo a punto de contarle lo de Morrigan, decirle que Norah había desaparecido de verdad y que la policía ya la estaba buscando, pero Dolores acababa de admitir que tenía miedo y no vio qué podía ganar asustándola todavía más.

Morrigan se estaba ocupando de aquello. Por el momento tendría que bastar.

—La encontrarán —dijo.

Dolores lo miró durante unos segundos.

Al otro lado de la calle, una mujer recogía los platos de la mesa junto a una ventana abierta. Un aspersor barría el césped de un jardín y, dos casas más allá, un hombre salió al porche, llamó a su perro y volvió a entrar.

Billy observó al hombre desaparecer dentro de casa y pensó que el tipo que buscaban podía hacer exactamente aquello: cenar, ver un partido de los Red Sox y saludar a sus vecinos por la mañana.

Dolores terminó asintiendo.

—Ojalá.

Unas manzanas después doblaron hacia Magnolia Drive.

La luz del porche del número 17 seguía encendida y, detrás de una de las ventanas, Penelope cruzó la cocina con un plato entre las manos.

Punky decidió que el paseo terminaba allí.

Se dejó caer sobre la hierba con un resoplido, estiró las patas delanteras y cerró los ojos.

—Vaga.

La cola golpeó una vez el césped.

—Ni caso —dijo Dolores—. Está agotada.

—Lleva media hora oliendo papeleras.

—Precisamente. Una noche durísima.

Billy volvió a mirar a Punky.

—Pues mañana repetimos.

—Menos mal.

Punky respondió con un bostezo enorme y Dolores se rio. Ella se quedó frente a él, balanceándose sobre los talones. Billy metió las manos en los bolsillos.

—Bueno...

—Bueno... —repitió Dolores.

Dolores terminó acercándose y lo besó. Billy le pasó los brazos por la cintura y la atrajo un poco hacia él. Cuando Dolores se apartó, seguía muy cerca de él.

—Buenas noches, William.

—Buenas noches.

Dolores dio un par de pasos hacia el jardín, pero Punky seguía tumbada sobre el césped.

—¿Y tú qué? ¿No piensas despedirte de mí? —Dolores se agachó para rascarle detrás de las orejas y Punky respondió plantándole un lametón en la barbilla—. ¡Vale, vale! Buenas noches a ti también.

Cruzó el jardín y subió los escalones del porche. Antes de entrar se volvió para despedirse con la mano y Billy esperó hasta verla desaparecer tras la puerta.

—Vamos, vaga.

Punky levantó una oreja, pero no se movió.

Billy silbó. Esta vez la perra se incorporó con un resoplido, se estiró largamente y fue a reunirse con él.

Dejaron atrás Magnolia Drive mientras Riverbend empezaba a apagarse. Las calles estaban casi vacías, la luz azulada de los televisores escapaba por algunas ventanas y una puerta de garaje descendió con estrépito unas casas más allá.

A media manzana de casa, Billy volvió a acordarse de los periódicos. Intentó quitarse la idea de la cabeza, pero al llegar a la siguiente esquina terminó girando hacia la zona norte del pueblo.

—Solo quiero comprobar una cosa —le dijo a Punky.

La perra levantó las orejas y cambió de dirección con él.

En lugar de seguir hacia Maple Heights, Billy tomó la calle que salía hacia Elm Avenue y continuó en dirección a Hollow Creek. El paseo terminó siendo bastante más largo de lo que se había prometido, pero cuando quiso reconsiderarlo ya divisaba el comienzo de Willow Bend Road entre los árboles.

Billy tomó el camino hacia Hollow Creek y dejó atrás las últimas calles iluminadas cerca de la gasolinera Hargrove. Cuando llegó a Willow Bend Road llevaba bastante más de «unos minutos» andando.

El número 13 de Willow Bend Road permanecía a oscuras bajo los árboles, con el jardín demasiado crecido y las persianas bajadas.

Billy redujo el paso al acercarse a la verja porque el porche estaba limpio.

Aquella mañana los periódicos seguían amontonados junto a la puerta; ahora no quedaba ninguno.

—Vale... eso sí que es raro —murmuró Billy, apoyando una mano sobre la verja.

Iba a marcharse cuando reparó en Punky, que seguía a su lado con las orejas erguidas y la vista fija en la casa. No olisqueaba la hierba ni prestaba atención a los arbustos cercanos; tenía la vista clavada en la casa.

—¿Qué pasa? —preguntó Billy, agachándose un poco hacia ella.

Punky ni siquiera volvió la cabeza. Billy miró hacia la casa. Las ventanas continuaban a oscuras y la vivienda más cercana quedaba bastante más abajo, al otro lado de la carretera.

—Vamos.

Dio un paso atrás, pero Punky permaneció donde estaba.

—Punky —repitió.

Esta vez la perra apartó la vista de la casa y fue tras él.

Billy retomó el camino. No iba a saltar una verja para curiosear una propiedad privada en mitad de la noche; eso se lo dejaba a Jonah, que probablemente ya estaría pegando la nariz a una ventana convencido de que acababa de resolver el caso.

La imagen le hizo sonreír. Punky no tardó en adelantarlo y volvió a zigzaguear de un lado a otro de la acera.

Al llegar a la esquina, Billy miró una última vez hacia los Hill. La casa seguía a oscuras bajo los árboles, con las persianas bajadas y el porche vacío. Billy dejó atrás Willow Bend Road y emprendió el largo camino de vuelta hacia Maple Heights.