Punky: El perro que nos encontró 5 #2
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—Además sonríe demasiado —añadió Billy.

—¡Eso! —Jonah lo señaló con el rotulador—. Nadie sonríe tanto.

—Mi abuela sí —dijo Jamal.

Jonah lo miró un momento.

—Tu abuela lleva dentadura postiza.

—¿Y?

—Eso es jugar con ventaja.

Jamal todavía se estaba riendo cuando un golpe seco sonó en algún lugar de la casa. Los tres se quedaron quietos y durante unos segundos solo se oyó el ventilador que giraba junto a la ventana.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Jamal.

Jonah negó con la cabeza, todavía con el rotulador en la mano.

Billy miró hacia la puerta y estaba a punto de preguntar si habría sido algo de la cocina cuando el mismo golpe volvió a sonar, seco y perfectamente reconocible: plaff .

Esta vez nadie se rio. Jonah dejó el rotulador sobre el mapa mientras Jamal recorría la habitación con la mirada y Billy seguía pendiente del pasillo.

Unos segundos después llegó otro plaff, idéntico al anterior.

—Jonah... dime que esto forma parte del Cluedo.

—¿Estás loco? —respondió Jonah, bastante menos seguro que unos segundos antes—. Estoy igual de acojonado que vosotros.

—Pues entonces ¿de dónde demonios viene? —Jamal se inclinó hacia delante, con los antebrazos sobre las rodillas—. Porque suena como si estuviera aquí mismo.

Billy avanzó hacia la puerta, pero apenas había dado un par de pasos cuando volvió a oírlo. Plaff. Esta vez bajó la vista y encontró a Punky tumbada junto al marco, contemplándolos con absoluta tranquilidad mientras la cola golpeaba la madera.

—No puede ser... —Billy empezó a reír—. ¿Eras tú?

—¡Punky! —Jonah se llevó una mano al pecho—. ¡Casi me matas!

La perra abrió un ojo, bostezó y volvió a golpear el suelo con la cola.

—Te juro que estaba convencido de que había alguien detrás de esa puerta —dijo Jamal, dejándose caer otra vez en el sofá.

Punky, encantada con la atención, aceleró el movimiento de la cola hasta convertir los golpes en una pequeña ráfaga contra la madera. Billy todavía se estaba riendo cuando Jonah levantó una mano.

—Esperad... Callaos un segundo.

Los tres guardaron silencio. Punky continuaba moviendo la cola, pero ahora Billy también lo oyó: entre golpe y golpe llegaba un tintineo metálico, muy débil, que no procedía del suelo. Un cliiink metálico volvió a llegar desde algún lugar de la casa y Billy miró hacia el pasillo.

—Eso no ha sido Punky.

—Os dije que ver Cujo y jugar al Cluedo en la misma semana era una idea de mierda —murmuró Jonah.

—Por una vez estoy con él —admitió Jamal sin apartar la vista de la puerta.

Nadie dijo nada durante unos segundos. Punky había dejado de mover la cola y permanecía junto al marco con las orejas levantadas. Billy aguzó el oído, esperando aquel tintineo, y esta vez lo oyó algo más cerca. Cliiink.

—¡BOOO!

Jonah dio tal salto que golpeó la silla y estuvo a punto de llevarse la mesa por delante. Billy se volvió y encontró a Dolores doblada de la risa en la puerta.

—¡Dios mío! —protestó Jonah, llevándose una mano al pecho—. Un día vais a matarme de un infarto.

Billy empezó a reír.

—¿Qué haces aquí? Pensaba que tu madre no te iba a dejar salir sola.

—Ha salido a cenar con Arnold —explicó Dolores mientras dejaba la mochila junto a la pared—, así que durante un par de horas vuelvo a ser una persona libre.

—¿Y llevas mucho ahí?

—Lo suficiente.

—Eres una persona horrible.

—Gracias gracias.

Dolores se acercó a la mesa y la sonrisa se le ensanchó al descubrir el mapa cubierto de círculos, flechas y anotaciones.

—Madre mía... Al final sí que has convertido Riverbend en un Cluedo.

—Espera —dijo Billy—. ¿Tú sabías de qué iba todo esto?

—No, pero tratándose de Jonah tampoco había muchas posibilidades.

—¿Veis? —Jonah señaló a Billy con una sonrisa triunfal—. Lola me entiende.

—No te emociones. —Dolores arrastró el mapa hacia ella y empezó a estudiar las anotaciones—. Venga, ¿qué tenemos?

El tablero de Cluedo acabó olvidado en una esquina de la mesa mientras los cuatro se concentraban en el mapa.

Punky tardó bastante menos en perder el interés.

Dio un par de vueltas junto a la cama, se dejó caer sobre la alfombra y, cuando Billy volvió a mirarla, ya dormía con el hocico entre las patas.

Podía pasarse media hora persiguiendo una mariposa y, un minuto después, dormir con el hocico entre las patas como si llevara toda la tarde sin hacer nada.

Jonah seguía inclinado sobre Riverbend. Desde que habían llegado, el mapa había ganado nuevos círculos, flechas y anotaciones escritas con una lógica que, de momento, solo parecía entender él.

—¿Y esto qué es? —preguntó Dolores, siguiendo con un dedo una de las líneas.

—Conexiones.

—Pues no tienen mucha pinta de conexiones.

—Porque todavía no entiendes mi sistema.

—Espera —dijo Billy, sonriendo—. ¿Hay un sistema?

Jonah levantó la cabeza.

—Claro que hay un sistema. He apuntado los horarios de las tiendas, cuándo abren, cuándo cierran, las rutas que hace Winston cuando sale a pasear, la hora a la que la señora McCarthy saca la basura... todo.

—No sé qué decirte, tío. Cuanto más explicas tu sistema, más preocupado estoy por ti.

—Aquí vive el señor Edelman —continuó Jonah, señalando una esquina.

—El de los perros.

—Ese. Y los Turner están aquí.

—¿Los que tienen siete hijos? —preguntó Dolores.

—Siete conocidos —puntualizó Jamal—. Yo creo que cada verano aparece uno nuevo.

—Es perfectamente posible que ni ellos sepan cuántos tienen —dijo Jonah muy serio.

Cinco minutos después ya no hablaban del Domino's Killer, sino del vecino que repartía chocolatinas de tamaño normal en Halloween, del hombre que cortaba el césped todos los domingos a las siete de la mañana; y alguien acabó preguntando si el señor Kowalski seguía convencido de que los soviéticos espiaban Riverbend desde un satélite.

—Bueno, pues yo este verano me voy una semana a Florida con Mónica Summers —dijo Jamal, acomodándose en el sofá.

Jonah levantó la vista del mapa.

—¿En serio? Qué tío más raro. Yo, después de la graduación, he tomado una decisión importante.

—¿Cuál? —preguntó Dolores.

—Descansar de las mujeres una temporada.

—Eso quiero verlo —se rio Billy.

—Lo digo completamente en serio. Entre Rebecca, que es una acosadora profesional...

—Rebecca no te acosa —lo cortó Dolores.

—¿Ah, no? El martes coincidimos dos veces en el mismo pasillo.

—Porque el instituto tiene tres pasillos, Jonah.

—Detalles. Y encima Norah desapareció de la graduación sin despedirse. Demasiado drama para un solo verano.

—Ahora que lo dices... ¿sabéis algo de ella?

—Nada. —Jonah trazó otra línea con el rotulador—. Apostaría a que le dio vergüenza lo de la graduación y ha decidido esconderse unos días. Ya aparecerá cuando se le pase.

Billy bajó la vista al mapa.

—Norah...

—¡Mirad esto! —Jonah marcó un punto con el rotulador—. Os digo que todas las rutas terminan pasando por aquí.

Dolores y Jamal se acercaron para verlo. Billy permaneció donde estaba un instante. Morrigan le había pedido que no dijera nada.

—¿William? ¿Va todo bien?

—Sí, si. Estaba pensando.

—Supongo que eso explica el olor a quemado je je je.

Jamal se echó a reír y Billy le dedicó a Jonah una mirada antes de acercarse también al mapa.

Punky seguía dormida a pocos pasos, con una pata estirada sobre la alfombra.

Jonah continuó hablando de rutas y horarios, pero Billy había dejado de seguirlo.

Entre los círculos y las flechas reconoció Willow Bend Road y volvió a acordarse de la casa de los Hill, de los periódicos acumulados junto a la puerta y de las persianas bajadas.

Billy señaló Willow Bend Road.

—Jonah... ¿dijiste que los Hill estaban de vacaciones?

—Eso creo. ¿Por qué?

—Por nada. El otro día pasamos por allí y tenían un montón de periódicos en el porche.

—Pues ya está. —Jonah trazó otra línea sobre el mapa—. Vacaciones. Precisamente de eso estoy hablando.

—¿De los Hill?

—No, hombre. De las fechas. Mirad.

Jonah empezó a señalar las anotaciones que había repartido por el mapa.

—Mira: verano, Navidad, Spring Break ... —Jonah fue señalando las fechas con el rotulador—. Siempre pasa cuando Riverbend se vuelve un desastre. Gente de vacaciones, chavales sin clase, casas vacías... Nadie sabe dónde demonios está nadie.

Billy recorrió las fechas con la mirada y no encontró ninguna que contradijera a Jonah.

—Bueno, pues yo ya he tenido suficiente asesino en serie por hoy. Vamos a jugar al Monopoly.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que todavía no está preparado para la verdad —replicó Jonah, sin levantar la cabeza.

Jamal alzó una mano.

—Yo voto por el Monopoly. Ahora mismo casi prefiero enfrentarme al asesino que seguir escuchando tus teorías.

—Gracias, Jamal. Tu apoyo significa muchísimo para mí.

—Siempre intento ser sincero.

Dolores miró la caja de Cluedo abandonada en una esquina.

—Yo sigo sin creerme que nos hayas reunido para esto.

—¿Para esto? Os he reunido para resolver el caso.

Billy rebuscó entre los juegos de la estantería.

—Nos has reunido para jugar a tu Cluedo imaginario.

Jamal se rio mientras Billy conseguía sacar la caja del Monopoly de debajo de otros dos juegos.

—Si gano, me quedo con el banco —anunció Jonah mientras recogía las fichas del Cluedo.

—No vas a ganar tío.

—Sabes que tampoco puedes quedarte con el banco, ¿verdad Jonah?

—Perfectamente. Pero me gusta dejar claras las condiciones antes de empezar.

Poco después ya repartían el dinero del Monopoly mientras Jonah acusaba a los demás de hacer trampas antes incluso de que alguien hubiera tirado los dados y defendía su derecho a cobrar intereses como si aquello figurara en las reglas.

Billy lanzó los dados y movió su ficha. Jonah protestó por alguna regla que acababa de inventarse y Jamal empezó a discutir con él, pero Billy volvió a mirar el mapa abierto junto a la caja del Cluedo. Entre todas aquellas calles, círculos y flechas, sus ojos encontraron otra vez Willow Bend Road.