5
Billy todavía tenía la sensación de estar estrenando las vacaciones cuando descubrió que ya habían pasado cuatro días desde la noche del cine.
Entre medias habían vuelto un par de veces a la cascada, Jonah consiguió arrastrarlos a ver una película francesa que, según él, era una obra maestra incomprendida y que ninguno de los otros tres supo muy bien qué demonios habían visto, y Punky siguió perfeccionando el noble arte de robar comida sin mostrar el menor remordimiento.
Hasta hubo tiempo para el Festival de Cine de Riverbend, donde, contra todo pronóstico, el cortometraje de Jonah se llevó el Premio del Público.
Durante los dos días siguientes recorrió medio Riverbend con el diploma enrollado bajo el brazo y una solemnidad apenas empañada por el hecho de que el premio consistiera en una placa de madera y una fotografía para el periódico local.
—El jurado no estaba preparado para una obra adelantada a su tiempo —sentenció cuando Billy insinuó que quizá habían tenido suerte.
—O quizá no les hizo demasiada gracia que Holiday se pareciera sospechosamente a Holloway.
—¿Parecerse? Hombre, Billy... si solo compartían el noventa y nueve por ciento de la personalidad.
—Y el nombre era casi igual —añadió Dolores.
—Y el bigote —remató Jamal.
—Pequeñas licencias artísticas —zanjó Jonah, y siguió caminando con el diploma bajo el brazo.
La película acabó dando bastante más que hablar de lo que ninguno esperaba.
Algunos vecinos se acercaron a felicitarlos por la fotografía o por la interpretación de Dolores como Martha, y hasta hubo quien aseguró que el plano final merecía estar en un festival de verdad.
Holloway, después de recordarles durante casi cinco minutos que aquello no dejaba de ser un concurso escolar, terminó admitiendo que el trabajo estaba bastante bien, aunque seguía convencido de que Holiday guardaba un inquietante parecido con cierta persona que él conocía.
Jonah jamás confesó cuántas veces había votado Barbara, ni cuántas Penelope ni, mucho menos, cuántas veces había votado él mismo.
Billy sospechaba que entre los tres habían decidido echar una pequeña mano a la democracia local, porque le costaba creer que medio Riverbend hubiera descubierto de repente una pasión tan desmedida por el cine experimental de Jonah.
Durante unos días todavía se habló de la película en Antonio's, en la cafetería y en las tiendas de Oak Square. Después volvieron los Red Sox, el calor y las discusiones sobre quién preparaba la mejor barbacoa del barrio.
El martes por la tarde, Billy estaba en el jardín viendo a Punky buscar algo que había enterrado dos días antes y cuyo escondite parecía haber olvidado por completo.
Rick leía el periódico en el porche, aunque cada poco tiempo bajaba las páginas para comprobar qué nuevo desastre estaba organizando la perra.
El teléfono sonó dentro de casa. Rick entró a responder y reapareció poco después con el auricular en la mano.
—Es para ti —dijo tendiéndoselo—. Morrigan.
Billy cogió el teléfono.
—¿Morrigan?
—Hola, muchacho...
Algo en su voz hizo que Billy mirara hacia el porche.
—¿Qué ha pasado?
Morrigan tardó unos segundos en responder. Al otro lado del jardín, Punky seguía escarbando junto a la valla.
—Ha desaparecido otra chica.
Billy apretó un poco más el auricular.
—¿Quién?
—Norah Roberts. Iba a vuestro instituto, ¿verdad?
Billy tardó un momento en contestar. Recordó a Norah en la graduación y después detrás del mostrador de la librería, enseñándole novelas gráficas a un niño que apenas levantaba un metro del suelo.
—Billy... ¿sigues ahí?
—Sí. Claro. Iba con nosotros al instituto. Estaba en teatro... y tampoco apareció en la graduación. —Billy miró hacia la calle, en dirección a la librería—. ¿Estáis seguros?
—Por desgracia, sí.
—Agente... —Billy apoyó una mano en la valla—. Dígame que tienen algo.
—Lo que tengo es la esperanza de que esta vez os mantengáis al margen. Tú, Dolores, Jonah, Jamal... —Morrigan hizo una pausa—. Y ese perro también.
Billy dejó escapar el aire por la nariz.
—No pensaba hacer nada.
—Eso mismo dijiste la última vez.
—Y salió bien, ¿no?
—Estuvisteis a punto de no volver para contarlo, muchacho.
Billy miró hacia el jardín. Punky había abandonado el agujero y ahora perseguía una mariposa junto a la valla.
—Si ves algo, me llamas. Si oyes algo raro, también. Pero esta vez nada de investigar por vuestra cuenta. ¿Entendido?
Billy miró a Punky persiguiendo la mariposa junto a la valla.
—Está bien.
—Billy.
—He dicho que está bien. Os llamaré.
—Bien. Porque hay otra cosa. No me hace ninguna gracia que sigáis pasando las tardes solos por ahí y cada vez me cuesta más convencer a la madre de Dolores de que todo está bajo control.
Billy frunció el ceño.
—¿Has hablado con Penelope?
—Más veces de las que me habría gustado. Y no puedo culparla. Cuando empiezan a desaparecer chicas de la edad de tu hija, es difícil pedirle a una madre que duerma tranquila.
Morrigan guardó silencio un momento.
—Hay una cosa más, muchacho. De momento no le cuentes esto a Jonah, Dolores ni Jamal.
—¿Por qué?
—Porque conozco a tus amigos. En cuanto Jonah se entere, tendrá un mapa de Riverbend extendido sobre la cama antes de que termine el día.
A Billy se le escapó una sonrisa.
—No te falta razón.
—Cuantos menos sepáis mientras comprobamos un par de cosas, mejor. Creo que esta vez podemos estar cerca.
Billy dejó de sonreír.
—¿Cerca de encontrarlo?
—Eso espero. Buenas noches, muchacho.
—Buenas noches, agente.
Billy colgó mientras Punky, derrotada por la mariposa, regresaba trotando hacia el porche.
Un par de horas después estaba en casa de Jonah, los había citado con «carácter urgente», una expresión que, viniendo de él, podía significar prácticamente cualquier cosa: desde haber encontrado una pista sobre el Domino Killer hasta descubrir el argumento definitivo para demostrar que Batman podía derrotar a Superman.
Después de tantos años de amistad, Billy no tenía muy claro cuál de las dos posibilidades le preocupaba más.
Jamal había llegado antes que él y ocupaba una esquina del sofá mientras masticaba algo que Billy no consiguió reconocer.
—¿Y eso qué es? —preguntó señalándoselo.
Jamal examinó lo que tenía entre los dedos antes de encogerse de hombros.
—Ni idea.
—¿Y te lo estás comiendo?
—De momento sigo vivo.
Billy estaba a punto de sentarse cuando un golpe seco resonó en el piso de arriba. Después llegó otro, seguido del ruido de algo que se arrastraba por el suelo.
—¡SUBID! —gritó Jonah desde alguna parte.
Billy miró hacia el techo.
—Genial... A ver qué está tramando ahora.
—Sí, definitivamente no hay ningún motivo para preocuparse —dijo Jamal, terminándose lo que fuera aquello mientras echaba a andar hacia las escaleras.
Subieron juntos. Billy tuvo que apartar una pila de cómics con el pie nada más entrar en la habitación de Jonah.
Había libros abiertos sobre el escritorio, mapas doblados entre las películas, recortes de periódico sujetos con chinchetas y varias torres de revistas que llevaban tanto tiempo inclinadas que probablemente ya formaban parte de la estructura de la casa.
En mitad de aquel caos, Jonah rebuscaba entre libros, mapas y revistas.
—Ya era hora... —murmuró apartando un cómic con el codo.
—Vaya... sí que tienes ganas de volver a perder —dijo Billy cruzándose de brazos—. Después de lo del Monopoly pensé que no volveríamos a verte cerca de un juego de mesa.
—Esta vez será distinto. Ya veréis.
Sobre la mesa había una caja de Cluedo.
—¿Cluedo? ¿De verdad piensas ganarnos al Cluedo?
—Me encanta ese juego —dijo Jamal mientras se asomaba por encima de su hombro—. Mi abuela nos ganaba siempre. Era imposible descubrir al asesino antes que ella.
—Sabía que podía contar contigo —respondió Jonah, sacando el tablero de la caja—. Pero esta versión es mejor.
Billy acercó una silla. Esperaba que Jonah desplegara el tablero, pero este lo dejó apoyado contra la pared y ocupó su lugar con un enorme mapa de Riverbend.
Billy dejó la silla donde estaba.
—Jonah... eso no es el Cluedo.
—Claro que sí. Es la edición de Riverbend.
Sobre el mapa había círculos, flechas y anotaciones hechas con rotuladores de varios colores. Billy reconoció Oak Square, Elm Avenue, Maple Street, la carretera que llevaba hacia Hollow Creek...
—No, Jonah. El Cluedo tiene una mansión, habitaciones... gente matándose con candelabros.
—Y este tiene un asesino en serie, la carnicería de Donnelly, la librería de los Roberts... —Jonah empezó a recorrer el mapa con el dedo—. Sinceramente, me parece bastante más completo.
El dedo se detuvo sobre uno de los círculos.
—Hope Callaghan desapareció aquí. La bicicleta de la chica de Springfield apareció aquí... y Norah Roberts vive aquí.
Billy bajó la vista hacia el punto que Jonah acababa de señalar. Jamal se acercó por fin a la mesa y estudió durante unos segundos las flechas y los círculos que Jonah había repartido por todo Riverbend.
—Opino como Billy. Esto sigue sin ser el Cluedo y, si te soy sincero, da bastante mal rollo.
—Un poco sí —admitió Billy.
—Venga, hombre, seguidme el juego cinco minutos —pidió Jonah, rotulador en mano—. Luego sacamos al coronel Rubio y el candelabro si os hace felices.
Jamal miró a Billy, que se limitó a levantar las manos.
—Yo ya me he rendido.
—Vale, pero luego jugamos al de verdad.
—Trato hecho.
—Yo sigo creyendo que fue Holloway. Solo me faltan el arma y el lugar.
—¿Holloway? —Billy soltó una risa—. Jonah, llevas acusándolo desde séptimo.
—Porque me puso un parte completamente injusto.
—Le llamaste fascista delante de toda la clase.
—Je je je… no veo qué tiene que ver una cosa con la otra.
Billy tuvo que contener la risa mientras Jonah señalaba varios puntos del mapa con el rotulador.
—Escuchad. Holloway conoce a todas las familias, sabe dónde vive medio Riverbend y puede entrar y salir del instituto sin que nadie se pregunte qué hace. Si yo fuera un asesino en serie...
—Tiene sentido —dijo Billy.
—¿Veis? Empiezan a encajar las piezas.