4
Cuando regresaron del cine, la luz del porche seguía encendida.
Rick ocupaba su silla de siempre con una cerveza en la mano, contemplando la calle mientras el calor empezaba a aflojar sobre Riverbend.
A sus pies, Punky dormía profundamente. Había pasado la tarde corriendo de un lado a otro, negociando comida con desconocidos y persiguiendo todo lo que se moviera, así que parecía haber decidido que el mundo podía arreglárselas unas horas sin ella. Dolores se detuvo junto a la verja.
—Mi madre trabaja esta noche... —dijo, echando un vistazo hacia su casa—. ¿Le importa si me quedo aquí?
Rick miró a Dolores, luego a Billy y acabó señalando con la botella a Punky, que seguía roncando a sus pies como si el porche le perteneciera.
—Mientras esa no ocupe mi cama, puedes quedarte.
Punky abrió un ojo, comprobó que nadie estaba repartiendo comida y volvió a dormirse.
—Gracias, señor Kowalski.
—Rick.
Dolores sonrió.
—Gracias, Rick.
—Mucho mejor.
Más tarde, cuando apagaron la televisión, Billy salió al porche y encontró a Dolores sentada en los escalones. Se sentó a su lado sin decir nada.
Maple Street estaba casi vacía. En algún jardín seguía girando un aspersor y desde la casa de los Johnson llegaba el murmullo de una televisión. Más abajo, alguien cerró de golpe la puerta de un garaje y Punky levantó una oreja sin llegar a despertarse.
—¿Dónde crees que estaremos dentro de veinte años? —preguntó Dolores sin apartar la vista de la calle.
—Veinte años es muchísimo.
—Por eso te lo pregunto, William.
—No sé... —Billy se quedó mirando las casas de enfrente—. Jonah seguirá hablando, eso seguro. Da igual los años que pasen.
—Eso está garantizado.
—Y Jamal seguirá llegando tarde a todas partes. Tendrá treinta y tantos, tres hijos, un trabajo importantísimo... y aun así llegará el último.
—Eso también me lo creo —dijo Dolores sonriendo—. ¿Y nosotros, William?
—Pues... —Billy miró las casas de enfrente— tendremos una casa. No sé dónde. Quizá aquí, quizá en Boston. Aunque volveremos mucho a Riverbend. Lo bastante cerca para que Jonah siga apareciendo sin avisar y dando la lata.
—Vaya... qué detalle.
—Estoy intentando ser realista.
—Ya... O sea que seguiremos juntos.
Billy la miró.
—Claro.
—¿Claro?
—Sí. Me imagino contigo, Dolores. Aquí, en Boston o donde sea... pero contigo. Y tendremos niños.
—¿Niños? ¿En plural?
—No sé... los que toquen.
—Madre mía, William. Veo que lo tienes todo pensado.
—Me has preguntado ¿no?
Dolores se rio por lo bajo y volvió a mirar hacia la calle.
—También es verdad.
—Y Punky seguirá dando la lata por ahí... Robándole la cena a todo el mundo.
Dolores siguió su mirada. Punky dormía sobre las tablas del porche, con una pata estirada y las orejas desparramadas a ambos lados de la cabeza.
—William... dentro de veinte años ella ya no estará.
—¿Cómo qué no?
—Los perros no viven tanto.
Billy miró otra vez a Punky, que seguía dormida junto a la puerta con una pata estirada sobre las tablas. La perra resopló entre sueños y movió una oreja.
Billy apoyó los antebrazos sobre las rodillas. —Ya... supongo que no.
Dolores apoyó el hombro contra el suyo. Billy volvió a pensar en aquella casa, en Jonah apareciendo sin avisar, en Jamal llegando tarde y en Dolores todavía a su lado dentro de veinte años, pero esta vez, cuando intentó imaginar el porche, Punky ya no estaba junto a la puerta.
La perra volvió a removerse entre sueños y Billy alargó la mano para rascarle detrás de una oreja. Punky respondió con otro resoplido sin molestarse siquiera en abrir los ojos, y Billy sonrió mientras seguía rascándole detrás de la oreja.
Dolores seguía apoyada contra él y Rick roncaba ya dentro de casa. Billy dejó la mano sobre el lomo de Punky, notando cómo subía y bajaba con cada respiración, y ya no la apartó.