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Aquella noche el cine de verano volvió a instalarse junto al viejo campo de béisbol, como todos los años.
Antes incluso de que anocheciera, las familias empezaron a ocupar el césped con mantas, sillas plegables y neveras portátiles.
Antes incluso de que anocheciera, las familias empezaron a ocupar el césped con mantas, sillas plegables y neveras portátiles, mientras los niños corrían de un lado a otro convencidos de que aquello era un parque y no un cine.
Todavía quedaba una franja naranja sobre el horizonte.
El aire olía a hierba caliente, repelente para mosquitos y comida compartida.
Billy llevaba tantos veranos asociando aquella mezcla con las vacaciones que habría resultado extraño empezar una sin ella.
Desde cualquier rincón llegaban conversaciones, risas, el chasquido de las latas al abrirse y algún padre gritando el nombre de un hijo que, por supuesto, no tenía la menor intención de responder.
Billy siempre había preferido aquello a una sala de verdad.
Los cines normales no tenían grillos alrededor de la pantalla, luciérnagas sobre las mantas ni vecinos saludándose entre las filas como si llevaran meses sin verse.
Y, desde luego, tampoco tenían perros empeñados en colarse en todas las cenas.
Punky llevaba cinco minutos allí y ya rondaba las mantas vecinas en busca de algo que comer.
—¿Qué ponen hoy? —preguntó Jamal, dejando la mochila sobre la manta.
Jonah alzó la vista hacia la enorme pantalla blanca junto al campo de béisbol.
—Una de Stephen King.
—¿Da miedo?
—Depende... ¿Cuánto quieres a los perros?
Billy buscó a Punky y la encontró unos metros más allá, negociando con una señora de unos sesenta años que sostenía una salchicha. A juzgar por la cola de la perra, las conversaciones avanzaban bastante bien.
—No creo que le afecte demasiado.
—¿Dónde está Jonah? —preguntó la señora Kaplan al aparecer con una bolsa de palomitas tan grande que apenas se le veía la cara.
—Aquí, mamá.
—Perfecto. Toma.
Jonah tuvo que recibirla con las dos manos.
—Mamá... con esto podríamos alimentar un país pequeño.
—Ella cuenta como mínimo por dos —dijo la señora Kaplan, mirando a Punky, que había abandonado las negociaciones y acababa de sentarse frente a ellos con la expresión más inocente del mundo.
Nadie discutió semejante evidencia.
Acabaron instalándose sobre una manta enorme cerca de la pantalla. Billy, Dolores, Jonah, Jamal... y Punky, que ocupaba aproximadamente el espacio de tres personas y parecía convencida de que aquella manta llevaba toda la semana reservada a su nombre.
Mientras la gente terminaba de acomodarse, Jonah reconoció a Kevin un par de filas más atrás. Llevaba una camiseta de Metallica demasiado grande para él, la gorra hacia atrás y un vaso enorme de refresco entre las zapatillas.
—¡Eh, Kevin! ¿Has leído ya el libro?
Kevin levantó una mano a modo de saludo.
—Qué va, tío... todavía voy por el segundo capítulo.
—¿Y vienes a ver la película? —preguntó Jonah, escandalizado—. Kevin, hay un orden para estas cosas.
—Pues haberme avisado antes.
—Pensaba que era de sentido común.
Poco después empezaron a apagarse las luces del campo y las conversaciones fueron bajando con ellas hasta quedar reducidas a un murmullo entre los grillos. La enorme pantalla blanca se iluminó y, cuando apareció el título CUJO, Dolores miró a Punky.
La perra seguía bastante más pendiente de cualquier salchicha desatendida que pudiera aparecer por los alrededores.
—Esto no va a gustarle.
—¿A quién? —preguntó Billy, siguiendo su mirada.
Dolores señaló a Punky con la barbilla.
—A ella.
Billy volvió a mirar a la perra. Costaba imaginar que alguien capaz de sacarle una salchicha a una desconocida pudiera ofenderse por una película.
—No creo que...
No llegó a terminar. En cuanto apareció Cujo, Punky levantó las orejas y soltó un ladrido que hizo girarse a medio campo. Después ladró otra vez y siguió haciéndolo con creciente indignación, convencida de que alguien tenía que hacer algo con aquel perro.
Las primeras carcajadas estallaron alrededor de la manta.
—¡Eso es, Punky! —gritó Jonah, apuntando a la pantalla con una palomita—. ¡Avísales antes de que sea demasiado tarde!
—¡Que no entren ahí! —añadió Jamal entre risas—. ¡Se ve a kilómetros que ese perro tiene muy mala leche!
Las risas empezaron a extenderse por las mantas cercanas. Más de uno se volvió para descubrir qué ocurría y terminó riéndose también al encontrar a Punky ladrándole a la pantalla.
Billy intentó comprar su silencio con una palomita. Punky se la tragó y volvió a mirar la pantalla.
—Toma otra.
—No me parece un reparto especialmente justo —protestó Jonah.
—Con ella no se puede negociar —dijo Billy, entregándole una tercera antes de acercarle el cubo a Dolores.
Ella cogió un puñado y volvió a acomodarse sobre la manta.
A medida que avanzaba la película fueron apagándose también las conversaciones.
Al cabo de un rato solo se oían las voces de la pantalla, los grillos y, de vez en cuando, algún perro ladrando entre las calles de Riverbend.
Punky terminó tumbándose entre ellos. Billy dejó una mano sobre su lomo y la perra permaneció con la cabeza levantada, pendiente de la pantalla.
Cuando Cujo apareció de pronto detrás de la ventanilla del coche, Dolores dio un respingo y se agarró al brazo de Billy.
—Joder... —murmuró, y tardó todavía un segundo en darse cuenta de que seguía sujetándolo. Al levantar la vista hacia él aflojó los dedos, mientras Billy disimulaba la sonrisa volviendo a mirar la película.
A su alrededor, algunos niños se habían quedado dormidos sobre las mantas y un padre cruzaba el campo con su hija en brazos, procurando no despertarla. Las luciérnagas aparecían y desaparecían sobre la hierba mientras la luz de la pantalla iluminaba por momentos las caras de los vecinos.
Billy hundió un poco los dedos en el pelo de Punky y se acomodó sobre la manta. Todavía quedaba mucha película y, por suerte, nadie parecía tener prisa por marcharse.
Las primeras semanas de vacaciones pasaron tan deprisa que Billy empezó a desconfiar seriamente del calendario.
Un día estaban en la cascada; al siguiente podían perder cuarenta minutos discutiendo en el videoclub para terminar alquilando la película que Jonah había propuesto nada más entrar.
Entre medias hubo bicicletas, pizzas compartidas, partidos improvisados y tardes enteras en las que salían de casa sin saber muy bien dónde acabarían.
Cuando Billy se daba cuenta, ya era viernes otra vez.
Aquella tarde regresó después de pasar varias horas con Dolores y encontró a su padre sentado en la mecedora del porche con una cerveza en la mano.
A sus pies, Punky dormía estirada sobre las tablas, con el hocico apoyado entre las patas.
En algún jardín de Maple Street giraba un aspersor y, dos casas más allá, alguien peleaba con una cortadora de césped que arrancaba durante tres segundos antes de volver a morir.
—¿Qué? —preguntó Rick sin mirarlo cuando Billy se apoyó en la verja.
—Nada... Estaba pensando que hace un año jurabas que no te gustaban los perros.
—Y siguen sin gustarme —respondió Rick después de beber un trago.
Punky abrió un ojo. Billy la miró a ella, después a su padre y acabó sonriendo.
—Claro.
—Esta es diferente. Y deja de mirarme así.
Billy abrió por fin la verja, todavía sonriendo.
—Yo no he dicho nada.
—No te ha hecho falta.
Punky bostezó, levantó el hocico y terminó apoyándolo sobre la rodilla de Rick. Él siguió mirando la calle mientras le rascaba distraídamente detrás de una oreja.
Billy soltó una risa.
—Claro...
Entró a dejar la mochila, se cambió de camiseta y apenas diez minutos después volvió a salir. Había quedado con Dolores para dar una vuelta por el pueblo. Rick seguía en el porche, aunque la cerveza había desaparecido y ahora tenía la correa de Punky en la mano.
—¿Te la llevas? —preguntó Billy, arqueando una ceja.
—Alguien tendrá que sacarla, ¿no? —respondió Rick mientras se incorporaba.
—Perdona... Creía que ese era mi trabajo. No deja de ser mi hija.
—Ja. Ja. Muy gracioso.
Punky alternó la mirada entre los dos antes de acercarse a Rick y sentarse junto a su pierna.
—Chaval, no hay nada mejor que un abuelo.
Punky empezó a mover la cola.
—Encima me da la razón.
Dolores apareció por la acera justo cuando Rick abría la verja. Se apartó para dejarles pasar y siguió a Punky con la mirada.
—Vaya... Parece que ya ha elegido.
—No le des ánimos.
Dolores se echó a reír.
Echaron a andar detrás de ellos por Maple Street.
Rick llevaba la correa floja y Punky caminaba pegada a su pierna, deteniéndose de vez en cuando a olisquear un jardín o el tronco de algún árbol.
Al llegar frente a la casa de los Johnson, Rick tuvo que tirar suavemente de ella para evitar que se metiera detrás de la valla.
—Vamos, cotilla.
Punky obedeció y siguió caminando.
—¿Te molesta? —preguntó Dolores mientras los veía alejarse.
—Hombre... un poco. Al final resulta que prefiere irse con él.
—Anda ya. Si estás encantado de verlos así —dijo ella, dándole un pequeño empujón con el hombro.
Billy no respondió. Rick se había detenido unos metros más adelante para deshacer un nudo de la correa y Punky esperaba sentada a su lado, moviendo despacio la cola.
—Sí... supongo que sí.
Alcanzaron Main Street cuando algunos comercios empezaban a echar el cierre.
En Doherty’s recogían las mesas de la acera y, al otro lado de la calle, el letrero del cine acababa de encenderse.
El calor seguía pegado al asfalto y por las ventanas abiertas de las casas llegaban una televisión demasiado alta, platos chocando en alguna cocina y el siseo regular de un aspersor.
La mano de Dolores rozó un par de veces la de Billy hasta que él terminó entrelazando los dedos con los suyos. Ella lo miró de reojo y siguió caminando con una pequeña sonrisa.
—¡Eh, chicos!
Billy cerró los ojos al reconocer la voz antes incluso de oír el traqueteo de la bicicleta acercándose por detrás.
—Ya está...