2
El último examen del curso terminó como solían terminar esas cosas: con media clase convencida de haber suspendido y la otra media asegurando que había sido facilísimo.
Billy dejó el lápiz sobre la mesa, repasó las preguntas una última vez y miró el reloj.
Todavía faltaban tres minutos. Al otro lado del aula, Jonah llevaba un buen rato balanceando la pierna bajo la mesa, empeñado en provocar un terremoto local.
Arnold fingía no verlo. A esas alturas, probablemente estaba tan deseando oír el timbre como ellos.
Cuando por fin sonó, nadie se movió. Fue apenas un segundo, el tiempo justo para comprobar que aquello iba en serio.
Las sillas empezaron a chirriar contra el suelo, las mochilas reaparecieron de debajo de las mesas y Arnold tuvo que hacerse a un lado mientras una treintena de adolescentes se precipitaba hacia la puerta.
—¡Eh! ¡Los exámenes encima de la mesa! —alcanzó a gritar—. ¡Y caminando por los pasillos!
Nadie hizo demasiado caso a la segunda parte.
Billy salió junto a Dolores y se encontró el instituto convertido en un caos.
Las taquillas se cerraban de golpe, alguien gritaba planes para el sábado desde la otra punta del pasillo y un chico pasó corriendo con una carpeta levantada sobre la cabeza, celebrando quién sabía qué.
Cerca de las escaleras, una profesora intentaba confiscar una bolsa de globos de agua a dos alumnos que ya tenían varios escondidos debajo de las camisetas.
Más adelante, alguien desafinaba a pleno pulmón el estribillo de Butterfly y había conseguido que media docena se sumara al coro.
Jonah apareció entre la gente antes de que alcanzaran las escaleras.
—¿Qué tal os ha ido? Porque yo creo que he aprobado.
—Enhorabuena —dijo Dolores.
—No, no lo entendéis —insistió Jonah, caminando unos pasos de espaldas para poder mirarlos—. Creo que he aprobado matemáticas. Ma-te-má-ti-cas. Después de años de hostilidades, creo que por fin hemos firmado una tregua.
—¿Y de dónde sale tanta seguridad? —Billy se apartó para dejar pasar a dos chicos que corrían hacia la salida—. Jonah, no te he visto estudiar en todo el año.
—Porque soy así de listo.
—Jonah... no habrás copiado, ¿no?
—Shhh. ¿Estás loca? —Jonah miró alrededor y se acercó un poco más a ellos—. Arnold todavía puede suspenderme por motivos personales.
—Sea que sí.
—Me ofende muchísimo que pienses eso de mí, Lola. —Jonah se llevó una mano al pecho mientras esquivaba una mochila abandonada en mitad del pasillo—. Reconozco que lo valoré, pero al final opté por la recompensa del esfuerzo.
—Mirad, ahí llega mi pupilo —dijo Jonah, dándole una palmada en el hombro a Jamal cuando se reunió con ellos.
—Joder... —Jamal soltó el aire mientras echaban a andar hacia la salida—. Yo no sé cómo me ha salido. No las tengo todas conmigo.
—Oeer Jamal, ¿cómo que no lo sabes? Hemos estado estudiando durante semanas. Te expliqué las ecuaciones, Dolores te dejó los esquemas...
—Y te lo agradezco —dijo Jamal mirando a Dolores—. Ya te contaré, pero me he puesto muy nervioso.
—Oeeer, vas a aprobar. —Jonah le pasó un brazo por los hombros mientras seguían hacia la salida—. Los Patriots van a ganar otra vez, los Red Sox van a llevarse las Series Mundiales y nosotros vamos a pasar de curso. Estadísticamente, alguna de las tres tiene que ocurrir.
—Tío, no vuelvas a hablarme de estadísticas hasta septiembre.
—Je je je es supervivencia emocional —replicó Jonah, apretándolo contra él mientras cruzaban las puertas del instituto—. No pienso repetir curso contigo.
Los cuatro se echaron a reír y siguieron hacia la salida entre portazos de taquillas, despedidas a gritos y algún profesor intentando imponer un orden que ya nadie tenía intención de respetar.
Billy empujó la puerta principal y una bocanada de aire cálido les cayó encima.
En el aparcamiento ya volaban los primeros globos de agua y dos chicos cruzaron corriendo delante de ellos, perseguidos por una profesora que había renunciado a alcanzarlos antes incluso de bajar las escaleras.
El cielo estaba completamente despejado y, después de toda la mañana encerrado entre pupitres, Billy agradeció el sol en la cara.
Punky los esperaba junto a la verja. Estaba sentada, pero la cola barría el suelo a tal velocidad que levantaba polvo junto a la verja. En cuanto vio a Billy se levantó de un salto y corrió hacia él.
—¡Eh! —Billy apenas tuvo tiempo de prepararse antes de que Punky se le echara encima y lo hiciera retroceder un paso—. ¡Que solo han sido cuatro horas!
—Creo que te ha echado de menos —dijo Jamal.
—Eso parece.
—Tío, para un perro cuatro horas son como cuatro años.
Dolores miró a Jamal mientras Billy intentaba apartarse el hocico de Punky de la cara.
—Después de lo del examen, yo no volvería a mencionar tus cálculos en público.
—Muy graciosa.
Billy consiguió por fin agacharse y Punky se apretó contra sus piernas mientras él le rascaba detrás de las orejas.
—Bueno, ¿qué te parece si celebramos que por fin es verano?
Punky levantó las orejas y Dolores se echó a reír.
—Creo que acaba de votar que sí.
—La cuestión es dónde... —Jamal se quedó callado un momento y negó para sí—. Vale. Olvidadlo. Tengo el cerebro completamente frito.
Billy señaló con la cabeza hacia la línea de árboles al otro lado de la carretera.
—Vamos.
—¡Preparaos! ¡Esta vez no me ganáis! —gritó Jonah, levantando los brazos mientras echaba a andar hacia las bicicletas.
Poco después ya pedaleaban por las calles de Riverbend.
El último día de clase había sacado a medio pueblo de casa.
En Maple Street, varios niños se perseguían con pistolas de agua entre los jardines; frente a la casa de la señora Parker, las flores seguían desbordando la valla igual que todos los veranos y al pasar por Chestnut Avenue les llegó el olor de las primeras parrillas encendidas.
Billy iba delante. Punky corría a su lado... o, al menos, eso intentaba. Tan pronto se adelantaba varios metros como desaparecía detrás de ellos y volvía a aparecer zigzagueando entre las bicicletas.
—¡Punky! ¡Deja de adelantarme! —le gritó Billy entre risas.
La perra volvió la cabeza, movió la cola y siguió exactamente igual.
—Te está ignorando —dijo Dolores mientras pedaleaba a su altura.
—Lo sé. Y encima está disfrutándolo.
—Eh... —Jamal llevaba un rato mirando a Punky—. Ya no cojea.
Billy volvió a fijarse en Punky. Corría unos metros por delante, se metía en la hierba y regresaba al asfalto con las cuatro patas trabajando igual.
—Fantástico. Ahora ya corre más que yo oficialmente.
Billy sonrió y apretó un poco más los pedales.
Llegaron al sendero pocos minutos después.
Dejaron las bicicletas apoyadas contra los árboles y Punky se adelantó mientras ellos seguían a pie.
El rumor del agua empezó a oírse mucho antes de que vieran la cascada.
Punky se adelantó por el sendero y, unos minutos después, los árboles se abrieron delante de ellos.
El lugar había cambiado desde las últimas semanas. Ya no quedaba nieve entre las rocas y los árboles cerraban buena parte del cielo con hojas nuevas. Punky bajó corriendo hacia la orilla, olisqueó una piedra y metió las patas delanteras en el agua.
—Nunca me cansaré de este sitio —dijo Dolores, deteniéndose junto a Billy.
Billy contempló un momento la cascada.
—Yo tampoco.
—Pues yo sí —protestó Jonah, dejándose caer sobre una roca—. Treinta segundos y ya estoy agotado. La próxima vez que proponga una carrera, tenéis mi autorización para impedirlo por la fuerza.
—Tío, te estabas quejando antes de empezar.
—Porque soy una persona previsora.
Billy iba a responder cuando vio a Punky inmóvil junto a la orilla, con las orejas levantadas y la vista fija en el agua.
—Miradla... —dijo, porque conocía demasiado bien aquella postura—. Lo va a hacer.
Dolores se volvió justo a tiempo. Punky avanzó hasta la orilla, probó el agua con una pata y saltó.
—¡Punky!
El chapuzón levantó agua hasta las rocas. Punky desapareció por completo y volvió a emerger un instante después, nadando en círculos mientras intentaba atrapar una hoja que flotaba cerca de ella.
—No puedo creer que le guste tanto el agua —dijo Dolores.
—¿Te acuerdas de la primera vez? —Billy siguió a Punky con la mirada mientras se alejaba un poco más de la orilla—. Casi me da un infarto.
—Y la segunda —añadió Jonah.
—Y la tercera. —Jamal se echó a reír—. Supongo que eso pasa cuando eres padre. Da igual cuántas veces ocurra, siempre te preocupas.
—¿Has oído eso, William? —Dolores miró a Billy de reojo—. Ya eres padre.
Billy soltó una risa, pero Punky no le dio tiempo a contestar. Acababa de trepar a una roca y se sacudió allí mismo con todo el entusiasmo del mundo, empapándolos a los cuatro.
—¡Eh! ¡Mi camiseta! —Jonah se apartó cuando ya no servía de nada.
Punky respondió con un ladrido y volvió a lanzarse al agua.
—Creo que le da igual tu camiseta —dijo Jamal entre risas.
—Pues era una buena camiseta.
—Era blanca.
—Precisamente.
Billy negó divertido mientras Punky salía otra vez del agua y echaba a correr por la orilla.
Durante un rato no hicieron mucho más. Jonah intentó vengarse salpicándola desde una roca, Dolores acabó quitándose las zapatillas para meter los pies en el agua y Jamal encontró un palo que Punky decidió que debía pertenecerle para siempre.
—Decidme que queda pizza —dijo Jonah al cabo de un rato.
Billy sacó las cajas que habían comprado de camino y las dejó sobre una roca plana. Dejó las cajas sobre una roca plana y Jonah se sentó delante de ellas.
—Perfecto. Mesa con vistas.
Media hora después seguían junto al agua, con las bicicletas entre los árboles, las mochilas abiertas y apenas unas cuantas porciones de pizza dentro de las cajas. Punky llevaba varios minutos vigilándolas.
—Ni se te ocurra —le advirtió Billy con un dedo.
La perra ladeó la cabeza.
—No pierdas el tiempo —dijo Dolores—. Es imposible razonar con ella.
—No pasa nada. Le doy un poco de la mía.
—Billy... yo ya le he dado un trozo.
—Yo también —admitió Jonah, levantando la mano con la porción todavía entre los dedos.
—Y yo —añadió Jamal—. Hace un rato.
—¿Los tres le habéis dado pizza? —preguntó Billy, mirándolos uno por uno.
Los tres lo miraron.
—Estupendo. Al final va a comer mejor que nosotros.
Punky aprovechó que Billy seguía mirando a los demás para acercar el hocico a una de las cajas, pescar una rodaja de pepperoni y salir corriendo.
—¡Eh! ¡Ladrona! —Jonah hizo ademán de levantarse, pero la perra ya había desaparecido entre los arbustos.
Asomó la cabeza unos segundos después, todavía masticando.
—Ni siquiera intenta disimular —dijo Dolores entre risas.
—¿Para qué? —Billy cogió otra porción—. Sabe que no vamos a hacerle nada.
Punky regresó trotando con las patas llenas de barro y volvió a sentarse junto a las cajas.
—¿Sabéis una cosa? —dijo Jonah, doblando la porción por la mitad —Creo que vamos a tener un verano increíble.
—Pero si acaba de empezar —dijo Jamal.
—Precisamente. Tengo margen de sobra para exagerar.
Jonah se incorporó un poco y señaló primero a Jamal con la punta de la pizza.
—Está decidido. Yo estudiaré cine en Hollywood, Jamal jugará en la NBA, Dolores acabará dirigiendo algo importante... —La punta de la pizza terminó señalando a Billy—. Y tú, Kowalski, serás inspector. Probablemente uno insoportable, pero muy bueno.
—Con aprobar el instituto me conformo —dijo Billy, doblando otro trozo de pizza.
Los cuatro se echaron a reír.
Jonah siguió hablando de Hollywood durante un rato, hasta que Jamal le recordó que primero tendría que terminar el instituto.
Después discutieron sobre qué película verían el sábado y quién había ganado la carrera hasta la cascada.
La conversación terminó apagándose cuando ya solo quedaban los bordes de la pizza.
Punky entraba y salía del agua, perseguía una rama hasta que aparecía una hoja más interesante y regresaba a la orilla para sacudirse antes de volver a empezar.
Dolores llevaba un rato arrancando pedacitos de corteza de una rama cuando preguntó:
—¿Creéis que sigue viva?
Jonah dejó la pizza sobre la caja.
—No lo sé.
—Ya lleva demasiado tiempo desaparecida... —murmuró Jamal, mirando hacia el agua.
Billy permaneció un momento con los brazos apoyados sobre las rodillas.
—Hay una cosa que no encaja —dijo Billy al fin—. Nunca encuentran los cuerpos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Jonah.
Billy cogió una piedra y la lanzó al agua.
—Que desaparecen y ya está. Ninguna aparece después. Ni viva ni muerta.
—¿Y Morrigan qué piensa? —preguntó Dolores, dejando de arrancar pedacitos de corteza.
—Que también es raro.
Punky salió del agua unos metros más allá y empezó a olisquear entre las piedras.
—¿Y por qué creéis que lo hace? —preguntó Dolores.
—Porque puede —respondió Jonah, encogiéndose de hombros.
—Eso no explica nada, tío —dijo Jamal.
—Ya lo sé. —Jonah miró a Billy—. A ver, inspector... ¿cuál es tu teoría?
—No sé... —Billy arrancó un pedazo de corteza de la rama junto a su zapatilla—. Creo que le gusta mandar.
—¿Mandar? —preguntó Dolores.
—Sí. Elegir a quién se lleva, cuándo... Todos buscándolas y él sabiendo dónde están. —Billy deshizo la corteza entre los dedos—. No sé. Supongo que eso le hace sentirse importante.
—Joder, tío... —Jamal lo miró—. ¿Y tú desde cuándo piensas esas cosas?
—No son mías. Lo leí en un artículo de Ellis después de lo de Hope —Billy lanzó la corteza al agua—. Decía que para algunos tipos matar no es suficiente. Necesitan sentir que mandan ellos.
Punky había encontrado una rama casi tan grande como ella y tiraba de un extremo con las patas clavadas en el barro.
—Bueno... Morrigan lo encontrará —dijo Billy, viendo a Punky pelearse con la rama.
Dolores siguió su mirada.
—Sí. Y tú vas a seguir metiendo las narices hasta que lo haga.
Punky levantó la cabeza con la rama atravesada en la boca y soltó un ladrido.
—¿Veis? —dijo Jonah—. Hasta ella está de acuerdo.
Jamal se echó a reír y Dolores le lanzó a Punky un trocito de corteza que la perra salió corriendo a buscar, olvidándose inmediatamente de la rama. Billy volvió a coger una porción de pizza.
El agua seguía cayendo, Punky volvía a chapotear junto a la orilla y Jonah ya estaba discutiendo con Jamal sobre quién había ganado realmente la carrera hasta allí.
Por un rato, volvieron a tener dieciséis años.