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Billy llevaba más de tres horas al volante cuando la autopista empezó a descender hacia Riverbend.
A aquella hora apenas circulaban coches y sobre Massachusetts empezaba a clarear.
El café llevaba tantos kilómetros en el portavasos que ya debía de estar helado, pero Billy todavía se lo llevaba de vez en cuando a los labios por pura costumbre.
Hacía una semana que había firmado el último informe del caso. Después llegaron las declaraciones, las reuniones, las llamadas pendientes y todas esas cosas que nunca aparecen en los periódicos. Billy llevaba tantos años haciéndolo que ya conocía el procedimiento de memoria.
Las primeras luces del día empezaban a encender Riverbend.
Algunas farolas seguían encendidas y Miller él le rascó detrás de una oreja y volvió a coger el volante.
Maple Street empezaba a despertar. Había periódicos sobre los porches, luces encendiéndose detrás de las ventanas y, frente a la antigua casa de la señora Parker, las flores seguían ocupando casi todo el jardín. Billy redujo un poco la velocidad al pasar por delante y dobló la última esquina.