Punky: El perro que nos encontró 5 #4
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—Señora Whitmore... ¿me concedería esta canción?

Dolores estuvo a punto de atragantarse.

—Jonah... —Penelope miró la mano que seguía ofreciéndole y acabó sonriendo—. Eres un descarado.

—Mi madre dice que soy muy educado.

—Barbara te quiere demasiado.

—Eso también lo dice mi padre. —Jonah sonrió, pero esta vez no retiró la mano—. Antes la he oído decir que nunca tuvo un baile como este. Y, bueno... creo que todo el mundo debería tener por lo menos uno.

—Ah, ya entiendo... —Penelope arqueó una ceja—. Así que esto es por caridad.

—Qué va. Solo pensé que... si nunca tuvo un baile, todavía estamos a tiempo.

—Eres un buen chico, Jonah.

—Gracias. Intento que no se note demasiado.

—Está bien. Pero una sola canción. —Penelope soltó una risa y, por fin, aceptó su mano.

Jonah miró hacia la pista y escuchó durante un momento la que estaba sonando.

—Entonces esta no.

—¿Ahora te pones exigente?

—Señora Whitmore, es su primer baile. —Jonah señaló la pista con toda seriedad—. Vamos a hacerlo bien. Esta ya va por la mitad.

—Perdóneme usted.

—Perdonada. Esperamos a la siguiente.

Penelope soltó una risa y dejó que Jonah la guiara hacia la pista. Dolores cerró los ojos.

—No puedo creer que esto esté pasando...

Jonah se abrió paso entre las parejas con una sonrisa enorme.

—Yo tampoco.

—Mis amigas van a hablar de esto durante años. Y mi madre... —Dolores negó con resignación—. Mi madre no va a dejar pasar una oportunidad así.

—Jonah tampoco. Míralo.

El muchacho acababa de hacer una pequeña reverencia antes de ofrecerle el brazo a Penelope.

—Parece el hombre más feliz de Riverbend.

—Sí... Al menos alguien está disfrutando de la noche.

Los primeros acordes de Wonderful Tonight empezaron a sonar por los altavoces. Varias parejas regresaron a la pista y Jonah, después de asegurarse de que la canción empezaba desde el principio, apoyó una mano en la espalda de Penelope.

—¿Preparada?

—Jonah, he bailado antes.

—Pero nunca conmigo.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Jonah se echó a reír y empezaron a moverse. Penelope negó con la cabeza cuando él intentó hacerla girar demasiado pronto, pero esta vez fue ella quien terminó corrigiéndole el paso.

—Despacio, Fred Astaire.

—Estaba comprobando sus reflejos.

—Claro.

Billy sonrió al verlos. Un poco más allá, Arnold también se había fijado en ellos. Se detuvo apenas un instante antes de seguir caminando entre los alumnos, aunque la sonrisa le acompañó unos cuantos pasos.

Debajo de una de las mesas, Punky dormía ajena a todo. La enorme pajarita roja se le había torcido hacia un lado y una pata asomaba bajo el mantel.

—Mírala que shula.

Billy siguió su dedo.

—La única que sabe cómo sobrevivir a un baile del instituto.

—Ha venido, ha comido y se ha dormido.

—Una profesional.

Cerca de las once y media empezaron las primeras despedidas.

La música sonaba algo más baja y el gimnasio empezaba a llenarse de despedidas.

Algunos apuraban el último vaso de refresco; otros recogían chaquetas o ayudaban a retirar las mesas mientras los padres consultaban el reloj con esa discreción tan poco convincente de quien llevaba media hora queriendo marcharse.

Sobre las mesas quedaban cajas de pizza abiertas, vasos abandonados y servilletas arrugadas.

Billy buscó a Jonah entre la gente y lo encontró hablando con Rebecca Johnson. Movía tanto las manos mientras le contaba algo que parecía estar negociando un tratado internacional.

—No pierde el tiempo...

—Nunca lo ha hecho.

Billy todavía sonreía cuando vio a Arnold acercarse a Penelope. El profesor llevaba las manos en los bolsillos y se detuvo a su lado para decirle algo que ninguno de los dos alcanzó a oír. Penelope respondió con una sonrisa.

Arnold dijo algo más, vaciló un momento y terminó sacando una mano del bolsillo para tendérsela. Dolores dejó de mirar a Jonah.

—Anda...

Penelope aceptó y los dos caminaron hacia la pista justo cuando empezaba otra canción lenta. Arnold dijo algo nada más colocar una mano en su cintura y ella soltó una carcajada.

—Seguro que le está avisando de que no sabe bailar —dijo Dolores.

—Seguro.

Al principio se movieron con cierta torpeza. Arnold miraba demasiado sus propios pies y Penelope tuvo que corregirlo una vez tirando suavemente de su mano. Después volvieron a reírse y continuaron bailando entre las pocas parejas que quedaban.

—Oye... —Billy señaló discretamente hacia la pista—. Pues no hacen mala pareja.

Dolores tardó unos segundos en responder. Su madre acababa de reírse por algo que Arnold le había dicho y, mientras seguían balanceándose torpemente en mitad de la pista, una sonrisa fue apareciendo en el rostro de Dolores.

—Sí... Yo también lo creo.

Arnold volvió a decirle algo al oído. Penelope soltó otra carcajada y le dio un pequeño golpe en el hombro.

Desde la cabina, el señor Kaplan discutía con el entrenador Harris sobre la necesidad de poner «una última canción».

—Has dicho lo mismo con las cuatro anteriores —le recordó Harris.

—Porque ninguna era la adecuada para terminar.

—Kaplan, son casi las doce.

—El arte no entiende de horarios.

Billy sonrió y echó un vistazo al gimnasio.

Jamal seguía con Mónica cerca de la salida; Jonah hablaba ahora con Rebecca y gesticulaba tanto que ella ya se estaba riendo antes de que terminara lo que fuera que estaba contando.

Debajo de una mesa, Punky dormía con la pajarita torcida y el hocico entre las patas, después de haber comido suficiente pizza a escondidas como para no volver a necesitar alimento hasta septiembre.

—Ha sido una buena noche —murmuró Dolores, apoyando los codos en la mesa.

Billy miró otra vez a Arnold y Penelope, a Jonah haciendo el idiota con Rebecca, a Jamal junto a Mónica y, finalmente, a Punky.

—Sí. —Billy sonrió al mirarla—. Ha estado bien.

Dolores asintió y durante un rato se quedaron viendo cómo el gimnasio empezaba a vaciarse.

Afuera ya era noche cerrada. De vez en cuando unos faros recorrían Elm Avenue y desaparecían entre los árboles, mientras las ventanas del gimnasio devolvían el reflejo de las últimas luces que seguían girando sobre la pista.

—¿Sabes? —dijo Dolores—. Creo que vais a encontrarlo.

—¿Al Domino Killer?

—Sí. Morrigan está cada vez más cerca y tú... bueno, tú eres incapaz de dejar algo en paz cuando se te mete en la cabeza. —Lo miró de reojo—. Holloway puede decir misa. Vas a seguir investigando.

—¿Tan fácil soy de leer?

—William, muchísimo.

—Vale, vale... —admitió él—. Seguiré buscando.

—Ya lo sabía.

Billy negó con una sonrisa y volvió la vista hacia la pista. Un foco azul pasó sobre ellos, cruzó la mesa y durante un instante iluminó el rostro de Dolores. Billy se quedó mirándola un poco más de la cuenta.

—¿Qué?

—Nada.

—William...

Billy sonrió.

—Que estás muy guapa.

—Eso ya me lo has dicho.

—Ya.

Cerca de la puerta, un profesor apagó una de las guirnaldas y el señor Kaplan protestó desde la cabina.

—¡Eh! Todavía queda una.

—Llevas diciendo eso media hora, Kaplan.

—Porque todavía no habéis entendido el concepto de última canción.

Alguien se rio cerca de la salida. Varias sillas empezaron a arrastrarse sobre el suelo y, detrás de los ventanales, Elm Avenue estaba casi vacía.

Billy apenas prestó atención. Seguía mirando a Dolores.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada.

—Otra vez nada.

—Es que no estaba diciendo nada.

—Ya. Estabas mirando.

Dolores bajó los ojos, todavía sonriendo, y cuando volvió a levantarlos estaba un poco más cerca. Billy no habría sabido decir cuál de los dos había dado el paso. Ella miró un instante hacia su boca y él la besó antes de que pudiera pensárselo demasiado.

Sus narices chocaron un poco.

Billy estuvo a punto de apartarse, pero Dolores no lo hizo, y aquello bastó para que aguantara un segundo más. Cuando se separaron apenas unos centímetros, Dolores seguía con los ojos cerrados. Billy parpadeó un par de veces hasta que ella los abrió.

—Bueno... —murmuró.

—Sí.

—Hablas muchísimo, William.

—Estoy haciendo lo que puedo.

Ninguno de los dos dio un paso atrás. Dolores seguía muy cerca, sonriendo mientras bajaba un instante la mirada.

—Creo... —se humedeció los labios y volvió a mirarlo— que eso ha sido un beso.

—Sí... —Billy sonrió—. Creo que tenemos pruebas suficientes.

—¿Ves, William? —Dolores le dio un golpecito en el brazo—. Al final sí que vas a ser un buen inspector Kowalski.

Debajo de una de las mesas, Punky abrió un ojo y dio un único golpe con la cola contra el suelo antes de volver a acomodar el hocico entre las patas.