5 #2
—Normal —dijo antes de beber otro trago—. Aquí nadie le entrega exámenes.
Billy soltó una risa.
—Tiene sentido.
Arnold intercambió un par de bromas con los chicos y siguió recorriendo la pista, empeñado en la imposible tarea de vigilar a doscientos adolescentes él solo.
—Bueno... —murmuró Jonah haciendo girar el vaso entre las manos—. Es oficial.
—¿Qué?
—Norah Roberts me ha dado plantón. Empiezo a pensar que debería haber preparado un plan B.
—Habría sido una buena idea.
—Ya... El problema es que nunca he destacado por tomar buenas decisiones.
Billy iba a contestar cuando se abrió la puerta del gimnasio. Levantó la vista y Jonah siguió hablando, aunque ya no escuchó una palabra.
Dolores acababa de entrar con su madre.
Penelope avanzaba entre la gente saludando a varios padres, como de costumbre, mientras Dolores se detenía a saludar a unos compañeros. En un momento se apartó un mechón de pelo detrás de la oreja, un gesto que Billy le había visto hacer cientos de veces.
Solo que aquella noche llevaba un vestido azul oscuro. Era sencillo, sin demasiados adornos. Billy se quedó mirándola mientras las luces de la pista le cruzaban el pelo cada pocos segundos, hasta que Jonah resopló a su lado.
—Oh, no...
Billy volvió la cabeza. Jonah había seguido su mirada y ahora lo observaba con una sonrisa de esas que nunca traían nada bueno.
—Ya estás poniendo esa cara de Ross cuando ve a Rachel.
—¿Ross? ¿Rachel? Jonah, no sé de qué hablas.
— Friends .
—¿La película?
—La serie, Billy... la serie. —Jonah cerró los ojos y dejó caer la cabeza—. De verdad, tío. Hay cosas que escapan a mis competencias.
Antes de que pudiera seguir lamentándose, Dolores los descubrió al otro lado del gimnasio y levantó una mano para saludarlos. Jonah respondió al saludo y se alisó la camisa con exagerada dignidad.
—Bueno... Ha llegado mi momento de desaparecer.
—Jonah...
—Tranquilo. Si te pones nervioso, imagina que ella es Martha y que hay una cámara grabándolo todo.
—No sé si eso ayuda demasiado.
—A mí me ayuda —dijo Jonah mientras se alejaba—. Os dejo terminar la escena, protagonistas.
Jonah se alejó saludando por el camino a dos chicos de último curso con tanto entusiasmo que Billy dudaba que conociera a ninguno.
—¿Y a Jonah qué le pasa? —preguntó Dolores al llegar junto a él.
—Ya sabes cómo es Jonah...
—Sí —dijo ella sonriendo—. Supongo que sí.
Se quedaron mirándose un instante.
—Hola —dijo Dolores.
—Ho... hola.
—¿Estás bien?
Billy soltó una risa y se pasó la mano por la nuca.
—Sí. Es que... —volvió a mirarla y terminó rindiéndose—. Estás muy guapa.
Dolores bajó la vista y sonrió antes de volver a mirarlo.
—Gracias. Tú tampoco estás mal... —Sus ojos bajaron hasta la corbata—. Aunque eso te hace parecer un poco mayor.
—Mi padre dice que parezco un contable —dijo Billy tocándose el nudo.
—Pues tu padre se equivoca.
—Se lo diré cuando vuelva.
—Yo, en cambio, he intentado parecerme a Rita Hayworth —dijo Dolores alisándose el vestido. Dio una vuelta sobre sí misma y abrió los brazos—. ¿Qué tal?
Billy tardó un par de segundos en contestar. Intentó pensar en Rita Hayworth, pero no hubo manera. Seguía viendo a Dolores, solo que aquella noche le estaba costando bastante más de lo normal dejar de mirarla.
—Pues...
—¿Pues...?
Billy soltó una risa.
—No creo que lo hayas conseguido.
—¿Cómo que no?
—Quiero decir... —Billy se rascó la nuca, buscando una salida— que te pareces a Dolores.
—¿Y eso es bueno?
—Mucho mejor que parecerte a Rita Hayworth.
—Ha costado, William... pero al final has conseguido salir de esa.
—Uf... ha estado cerca. —Billy se llevó una mano al pecho.
Los dos se echaron a reír mientras el gimnasio seguía llenándose a su alrededor. Algunos alumnos buscaban a sus amigos entre la gente y otros empezaban a aventurarse en la pista, aprovechando las canciones rápidas para no tener que decidir todavía con quién bailar las lentas.
Dolores acababa de devolver el saludo a una compañera cuando vio acercarse a su madre.
—Hola, chicos —dijo Penelope al llegar hasta ellos. Miró a Billy de arriba abajo y sonrió—. Pero bueno, Billy... Estás muy guapo.
Billy dio las gracias con una sonrisa.
—Siempre supe que mi hija tenía buen gusto.
—Mamá... —Dolores cerró los ojos.
—¿Qué? Solo estoy diciendo la verdad. —Penelope los miró a los dos y asintió, satisfecha—. Además, hacéis muy buena pareja.
—Mamá.
—Vale, vale, ya me callo —dijo levantando las manos—. Será mejor que os deje solos. Y vosotros... bueno, ya sabéis. Portaos bien.
Esperó apenas un segundo antes de darse media vuelta.
—Dios mío, qué vergüenza... —murmuró Dolores.
—¡Dolores Whitmore! —Penelope se volvió en el acto y se llevó una mano al pecho.
—Mamá, me estás avergonzando delante de Billy.
Billy bajó la vista para esconder la risa.
—Está bien, está bien... Perdóname, hija.
Penelope iba a marcharse, pero algo la hizo detenerse. Miró hacia la pista, donde varias parejas empezaban a bailar bajo las luces de colores.
—Es solo que yo nunca tuve un baile así.
Dolores dejó de sonreír.
—Mamá...
—Tu padre siempre estaba trabajando. Ya sabes cómo era. —Penelope se encogió de hombros y volvió a mirar la pista—. Supongo que me hacía ilusión ver uno de cerca.
—Lo sé, mamá. —Dolores se acercó y le apretó la mano.
—No pasa nada. —Miró a Dolores, después a Billy, y empezó a alejarse—. Ahora os toca disfrutar a vosotros.
—Tu madre parece un poco... nostálgica. —Billy la siguió con la mirada hasta que se detuvo junto a un grupo de profesores.
—Creo que lleva demasiado tiempo sola —dijo Dolores, todavía mirándola—. Echo de menos a mi padre, pero... no sé. Me gustaría que conociera a alguien.
—No creo que tuviera demasiado problema en encontrar a alguien.
Dolores volvió la cabeza y entrecerró los ojos.
—Billy...
—No, no. No iba por ahí —se defendió Billy, levantando las manos.
—Ya lo sé, bobo.
Billy todavía estaba sonriendo cuando alguien los saludó desde el otro lado del gimnasio. Era Jamal, acompañado de Mónica Summers, la chica del equipo de atletismo. Venían riéndose de algo y apenas tuvieron tiempo de devolverles el saludo antes de que los dos desaparecieran entre la gente.
Jonah apareció justo detrás y se quedó mirando por donde se habían ido.
—No puede ser...
—¿Qué pasa ahora?
—Que hasta Jamal tiene pareja. —Jonah señaló hacia el lugar por donde acababan de desaparecer y negó despacio con la cabeza—. De verdad, no entiendo absolutamente nada.
—A lo mejor es porque es simpático —dijo Dolores.
—Y juega bien al baloncesto —añadió Billy.
—Y escucha cuando habla la gente.
Jonah pasó la mirada de uno a otro.
—¿Habéis terminado?
—Mmm no sé. Todavía nos queda un poco.
—Genial... —Jonah dio un trago al refresco—. Esto me pasa por apostarlo todo a Norah. De verdad, tío, no aprendo.
Iba a seguir lamentándose cuando la música se cortó de golpe y la voz del señor Kaplan retumbó por los altavoces.
—¡Muy bien, Riverbend!
—Ya está... es mi fin.
Billy miró hacia la cabina. Kaplan se había colocado los auriculares sobre una sola oreja y tenía una mano levantada, disfrutando bastante más de aquello de lo que cualquier padre debería disfrutar en el baile de su hijo.
—Ha llegado el momento de demostraros por qué me prohibieron volver a pinchar en tres bodas distintas entre 1987 y 1992.
Las primeras risas se extendieron por la pista.
—Papá... —murmuró Jonah, hundiéndose un poco más junto a la mesa de los refrescos.
—Y, ya que tengo vuestra atención, quiero recordaros que mi hijo Jonah Kaplan sigue soltero.
Las carcajadas estallaron por todo el gimnasio.
—No puedo creer que haya dicho eso.
—¡Es un chico estupendo! —continuó Kaplan por los altavoces—. Responsable, inteligente y, lo más importante, todavía disponible.
Billy tuvo que volverse para que Jonah no lo viera reír.
—Renuncio oficialmente a la herencia.
La música arrancó de nuevo con una vieja canción de los sesenta que pareció entusiasmar bastante más a los padres que a los alumnos. Aun así, varias parejas aprovecharon para salir a la pista.
—No sabía que a tu padre le gustara esta música —dijo Billy.
—Espera a que llegue a la música disco.
—Os estoy oyendo —llegó la voz de Kaplan desde la cabina.
Billy soltó una carcajada.
Arnold Bishop pasó junto a ellos poco después, todavía con las manos en los bolsillos y deteniéndose de vez en cuando para saludar a algún alumno o recordar con una mirada que aquello seguía siendo el gimnasio de Riverbend High.
—¿Qué tal la noche, chicos?
—Muy bien, señor Bishop. ¿Y la suya? —preguntó Dolores.
—Me ofrecí para echar una mano porque no tenía ningún plan y, mira... —sonrió al ver bailar a un grupo de alumnos—. Al final me lo estoy pasando bastante bien.
—¿Su baile de graduación también fue así? —preguntó Dolores.
—Qué va... —Arnold soltó una pequeña risa—. En Michigan éramos poco más de veinte alumnos. No había DJ, ni luces de colores, ni un gimnasio como este. Pero me lo pasé muy bien.
Se quedó mirando la pista mientras varias parejas intentaban seguir el ritmo con más entusiasmo que talento.
—Mi mujer decía que yo era incapaz de bailar. Y tenía razón —añadió con una sonrisa—. Aun así, nunca dejó de sacarme.
—Entonces no debía de hacerlo tan mal.
—Oh, sí. Era terrible. —Arnold se rio por lo bajo y volvió a mirar hacia la pista—. Lo curioso es que ya ni siquiera recuerdo qué canciones sonaron aquella noche. Tampoco qué traje llevaba ni la mitad de la gente que estaba allí.
Guardó silencio un momento.
—Pero recuerdo bailar con ella.
Billy vio cómo la sonrisa permanecía todavía unos segundos en su rostro. Arnold se metió las manos en los bolsillos y los miró a los dos.
—Así que hacedme un favor y dejad de preocuparos por hacerlo bien. Vais a pisaros, haréis el ridículo y mañana seguramente Jonah os lo recordará.
Dolores miró a Billy.
—Eso se nos da bastante bien.
—Entonces ya tenéis medio trabajo hecho —respondió con una sonrisa. Les dio una palmada al pasar—. Disfrutad, chicos.