Punky: El perro que nos encontró 5
81%

5

—No pienso ponerme eso.

Rick levantó la vista desde la puerta y contempló a Billy frente al espejo con esa resignación tranquila que reservaba para las averías de la casa, los formularios de Hacienda y las derrotas de los Red Sox.

La luz de finales de junio entraba por la ventana abierta y dejaba una franja dorada sobre la alfombra. Encima de la cama, la camisa que Billy había descartado unos minutos antes seguía hecha un ovillo junto a unos calcetines y un cinturón.

—Es una corbata, Billy. No una condena judicial.

Billy tiró del nudo con dos dedos.

—Parece una cuerda.

—Ese es, más o menos, el concepto.

Volvió a mirarse en el espejo. La camisa blanca no estaba mal y los pantalones pasaban la prueba.

Hasta los zapatos resultaban aceptables, teniendo en cuenta que normalmente solo salían del armario para funerales o reuniones familiares especialmente incómodas.

El problema era aquella maldita corbata azul, diseñada sin duda por alguien que guardaba algún rencor personal contra el cuello humano.

—Me está estrangulando.

—Llevas cuarenta segundos con ella puesta y ya vas camino del patíbulo —dijo Rick acercándose para apartarle las manos del nudo.

—Cuarenta segundos de sufrimiento.

—Anda, deja que vea eso.

Billy levantó la barbilla de mala gana y su padre deshizo el desastre que había montado, pasó la tela entre los dedos y empezó de nuevo.

—Quédate quieto.

—Ya lo estoy.

—No, estás haciendo eso que haces cuando estás nervioso —replicó Rick sin levantar la vista de la corbata.

—No estoy nervioso.

—Claro. Por eso llevas cinco minutos delante del espejo.

—Dos.

—Cinco.

Billy abrió la boca para protestar, pero se lo pensó mejor. Con su padre, discutir sobre cifras no servía de mucho.

Antes era su madre quien se ocupaba de esas cosas: un botón mal abrochado, un mechón imposible de domar, la fotografía antes de salir de casa. Billy apenas les había prestado atención entonces. Ahora las echaba de menos.

Su padre dio un último tirón al nudo, alisó la corbata con la palma y retrocedió para contemplar el resultado.

—Ya está.

—Sigo pareciendo un contable —dijo Billy, torciendo el gesto frente al espejo.

—Perfecto. Los contables inspiran confianza.

Lo dijo con tanta seriedad que Billy estuvo a punto de creérselo. Miró hacia la cama. Punky seguía dormida, con la pata todavía vendada y el hocico entre las patas delanteras, ajena a la corbata y a cualquier problema que no pudiera resolverse con comida o una siesta.

—¿Seguro que vais a estar bien?

—Claro —dijo Rick acercándose a rascarle el lomo—. Ella y yo tenemos planes. Hoy echan la nueva de James Bond y...

Miró a Punky.

—Bueno, eso si consigue aguantar despierta más de diez minutos.

Como si hubiera oído la acusación, Punky abrió un ojo, contempló a Rick durante un par de segundos y volvió a cerrarlo con un resoplido.

—¿Lo ves? —Rick siguió acariciándola—. Está entusiasmada.

—Puedo volver antes si hace falta...

—Ni se te ocurra. Esta noche es tuya, Billy. Mañana ya me contarás qué tal ha ido.

Billy asintió. Rick se metió las manos en los bolsillos y miró un momento por la ventana abierta. En el jardín, las hojas del viejo arce apenas se movían con la brisa de junio.

—Bueno... Dolores irá, ¿no?

—Sí.

—Ajá.

—¿Qué?

—Nada.

—Papá...

—He dicho que nada. —Rick llegó hasta la puerta, pero antes de salir asomó otra vez la cabeza—. Aunque te digo una cosa: como vuelvas a arreglarte el pelo, voy a empezar a pensar que esa chica te gusta bastante.

Billy soltó una risa.

—Solo me lo he arreglado dos veces.

—Curioso... —Rick se apoyó en el marco con una media sonrisa—. No has dicho que no.

Billy resopló, agarró la almohada de la cama y se la lanzó. Rick se agachó a tiempo y la almohada pasó por encima de su hombro antes de acabar sobre el montón de ropa del suelo.

El trayecto hasta el instituto no duraba más de diez minutos. Aquella tarde tardaron algo más.

El sol empezaba a esconderse detrás de los árboles y la luz dorada de finales de junio caía sobre los porches, las fachadas y los jardines.

Los aspersores giraban sobre el césped y de alguna ventana abierta llegaba olor a hamburguesas sobre la parrilla.

Al pasar frente a la panadería Doherty, Billy vio al señor Doherty recogiendo el pequeño cartel de la acera mientras, en la radio, un locutor discutía si aquella vez los Red Sox tenían equipo para llegar lejos en octubre.

Rick aflojó la marcha para dejar pasar a un grupo de chavales en bicicleta. En la acera de enfrente, el Beagle de McManaman estaba empeñado en olisquear el mismo árbol de todos los días, y por la ventanilla abierta entró una bocanada de aire cálido con olor a gasolina y hierba recién cortada.

Donnelly levantó una mano desde la puerta de su negocio al ver pasar el coche y Rick respondió con dos dedos desde el volante.

En el siguiente semáforo coincidieron con otros coches que también iban hacia el baile.

De uno salía Blink-182 con el volumen suficiente para hacer vibrar los cristales; en otro, un chico no dejaba de tocarse el nudo de la corbata mientras la chica que iba a su lado se alisaba el vestido.

Billy los vio alejarse cuando el semáforo cambió a verde.

Durante las últimas semanas había recorrido aquellas calles pendiente de coches que no reconocía, caminos hacia Hollow Creek y cualquier cosa que pudiera convertirse en una pista.

Aquella tarde se descubrió mirando los aspersores de los jardines y a dos niños que habían dejado las bicicletas tiradas sobre el césped.

Al doblar la última esquina apareció el instituto. El aparcamiento estaba casi lleno y por los ventanales del gimnasio escapaban destellos azules, verdes y rojos que recorrían los coches mientras la música llegaba hasta la calle.

Rick encontró sitio, apagó el motor y dejó las manos sobre el volante.

—Bueno... Pues ya hemos llegado.

—Sí... —Billy se aflojó un poco el nudo de la corbata—. Eso parece.

—Pásalo bien, ¿vale?

—Lo intentaré.

Rick asintió. Billy abrió la puerta, pero ya tenía un pie fuera cuando volvió a oírlo.

—Billy... —Rick tamborileó una vez con los dedos sobre el volante y volvió la cabeza hacia él—. Tu madre habría estado orgullosa de ti.

—Papá...

—Pásalo bien.

Billy cerró la puerta. Rick levantó una mano antes de poner el coche en marcha. Billy se quedó junto a la entrada hasta que las luces traseras desaparecieron entre los demás coches. Después respiró hondo, se acomodó la corbata y echó a andar hacia el gimnasio.

Por fuera seguía siendo el mismo edificio gris donde el entrenador Harris los hacía correr vueltas mientras gritaba, por dentro costaba reconocerlo.

Las canastas habían desaparecido detrás de unas telas oscuras y varias guirnaldas de luces giraban sobre la pista.

Al fondo colgaba una pancarta enorme: SPRING DANCE 2001 Alguien había tachado el año con rotulador negro y escrito debajo, con letras bastante más grandes:

JONAH KAPLAN ES UNA NENA

Billy soltó una risa. Por el tamaño de las letras, Holloway todavía no debía de haberlo visto. Y Jonah, probablemente, tampoco.

Atravesó el gimnasio buscando a Dolores casi sin darse cuenta. Solo encontró caras conocidas, profesores intentando mantener cierto orden y un montón de alumnos que parecían tan incómodos con sus vestidos y corbatas como él.

A quien sí encontró fue a Jonah, refugiado junto a la mesa de los refrescos con un vaso de plástico en la mano y la expresión de quien acababa de recibir una mala noticia del médico. La camisa azul oscuro le quedaba sorprendentemente bien.

—¿Qué ha pasado ahora? —preguntó Billy acercándose.

—Míralos. —Jonah señaló la pista con el vaso.

Billy siguió el gesto. Tres parejas bailaban despacio mientras unas cuantas más rondaban por allí, súbitamente interesadísimas en los refrescos cada vez que empezaba una canción lenta.

—¿Y?

—Tres parejas, Billy... Así empiezan estas cosas.

—Creía que no te importaba venir solo.

—No me importa —respondió Jonah demasiado deprisa. Dio un trago y acabó haciendo una mueca—. Bueno, vale. Un poco.

—¿Qué pasó con Norah?

—Dijo que se lo pensaría. —Jonah miró el refresco y removió el hielo con el vaso—. Supongo que ya ha terminado de pensárselo.

—Bah, ella se lo pierde —dijo Billy, dándole una palmada en el hombro.

—Puede... Pero entre eso y mi padre...

Billy siguió su mirada hasta la cabina. El señor Kaplan estaba detrás de una mesa de mezclas improvisada, rodeado de cables y altavoces, con unos auriculares enormes sobre las orejas.

Movía los controles con la concentración de quien dirige el tráfico aéreo de Logan mientras por los altavoces sonaban Blink-182, Green Day y Sum 41.

—Madre mía...

—Lleva preparando esto toda la semana —dijo Jonah sin apartar la vista de la cabina.

—¿En serio?

—Ensayos todas las tardes.

Billy volvió a mirar al señor Kaplan, que en aquel momento ajustaba uno de los controles con el cuidado de un cirujano.

—¿Y por qué?

—Porque está convencido de que este es su momento. —Jonah se inclinó un poco hacia él y bajó la voz—. Escucha esto, tío. Mi padre tiene cuarenta y siete años y ha pegado una pegatina que pone DJ KAPLAN en una caja de zapatos.

Billy miró hacia la cabina. Efectivamente, allí estaba perfectamente centrado sobre una caja de zapatos.

—Pues tiene cierto encanto.

—No digas eso —protestó Jonah cerrando los ojos—. Llevo soportando sus ensayos desde el martes. Como le des un poco de esperanza, mañana empieza a repartir autógrafos.

Billy se rio y volvió la vista hacia la pista.

Arnold Bishop caminaba entre los alumnos con las manos en los bolsillos, deteniéndose de vez en cuando para gastar una broma o impedir que algún idiota utilizara los vasos de ponche como proyectiles.

La expresión seria de profesor apenas le duraba unos segundos antes de que alguien consiguiera arrancarle una sonrisa.

—Vaya... Bishop parece otro fuera de clase.

Jonah siguió la mirada de Billy hasta encontrar a Arnold, que acababa de detenerse junto a un grupo de alumnos de último curso.