Punky: El perro que nos encontró 4
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Los últimos días de curso siempre tenían algo extraño.

Los profesores seguían entrando en clase con las carpetas bajo el brazo y los exámenes continuaban apareciendo en la pizarra como si todavía importaran, pero a aquellas alturas de junio nadie ponía demasiado empeño en fingir que era verdad.

El aire cálido entraba por las ventanas abiertas cargado de olor a césped recién cortado de los campos de Elm Avenue; en algún rincón sonaba una radio portátil, dos chicos discutían a voz en grito y un grupo de chicas ocupaba media hilera de taquillas intentando decidir qué vestido ponerse para el baile de fin de curso Riverbend High seguía funcionando como siempre, aunque a aquellas alturas de junio casi nadie parecía tener ya la cabeza allí.

Billy acababa de cruzar la puerta principal cuando oyó su nombre.

—Billy Kowalski.

Se volvió y encontró al director Holloway esperándolo junto al tablón de anuncios.

Conservaba aquella sonrisa inagotable que desde el otro extremo del pasillo hacía pensar en el profesor más amable del mundo.

Billy la conocía demasiado bien. Era como una de esas canciones que al principio no molestan y que, después de escuchar diez veces, uno mataría por apagar.

—¿Tienes un momento? —preguntó Holloway, aunque Billy sabía que aquello tenía bastante poco de pregunta.

Lo siguió hasta su despacho y, cinco minutos después, volvía a ocupar la misma silla frente al escritorio del director.

Conocía aquel lugar bastante mejor de lo que le habría gustado.

Las fotografías de antiguos equipos de baloncesto cubrían media pared, el ventilador giraba despacio sobre sus cabezas haciendo bailar una montaña de papeles y la vieja cafetera seguía llenándolo todo con aquel olor a café recalentado que Billy empezaba a asociar con meterse en problemas.

Holloway dio un sorbo y dejó la taza sobre un posavasos con el escudo del instituto.

—Antes de nada, me alegro de que Pumpkin esté mejor.

—Punky.

—Eso. Punky.

—Gracias.

—Imagino que habrás pensado bastante en Aaron estos días —dijo Holloway entrelazando las manos sobre la mesa.

—Alguna vez.

—Entonces supongo que también te preguntarás por qué no lo hemos expulsado.

Holloway lo observó un instante antes de inclinarse hacia él.

—En Riverbend High creemos en las segundas oportunidades, Billy. Aaron ha cumplido la sanción que le correspondía aquí y hoy volverá a clase para terminar el curso y hacer los exámenes.

—Vale, pero ¿y lo de Hollow Creek?

—Eso es otra cosa —respondió Holloway señalándolo ligeramente con el bolígrafo—. Lo que ocurrió fuera del instituto sigue en manos de Morrigan. Yo solo puedo ocuparme de lo que me corresponde.

—Ya.

—Bien. —Holloway dio otro sorbo al café—. Morrigan me ha contado que sigue investigando lo de Punky y, antes de que se te ocurra nada, voy a ahorrarte el trabajo: esta vez deja que sea la policía quien haga de policía.

—No pensaba hacer nada.

—Billy…

—Vale, vale.

—Dentro de unos días empiezan los exámenes. Después tendrás todo el verano para intentar salvar Riverbend, pero ahora mismo me conformaría con que aprobaras Historia y Matemáticas.

A Billy se le escapó una sonrisa.

—Eso está mucho mejor —dijo Holloway apuntándolo con el bolígrafo—. Y procura recordar una cosa: no todos los problemas de este pueblo necesitan que los resuelva un chico de quince años.

—Sí, señor Holloway.

—¿Lo dices porque estás de acuerdo o porque quieres salir de mi despacho cuanto antes?

—Un poco por las dos cosas.

—Ahora sí te reconozco.

Billy ya había llegado a la puerta cuando Holloway volvió a llamarlo.

—Billy... Una última cosa.

Se volvió con la mano en el pomo.

—No esperes que Aaron vuelva precisamente de buen humor —le advirtió Holloway—. Su padre tampoco ha llevado demasiado bien todo esto.

—Me lo imagino.

—Pues imagínatelo un poco peor.

Billy salió al pasillo y el instituto volvió a caerle encima de golpe. Después del despacho de Holloway, hasta los portazos de las taquillas parecían más fuertes. Por las ventanas abiertas llegaban los silbatos del campo deportivo y el ruido del tráfico.

Esquivó a dos chicos que corrían hacia las máquinas de refrescos y dobló el pasillo de las aulas justo cuando una carcajada hizo volver la cabeza a media clase.

Jonah estaba sentado encima de una mesa, balanceando una pierna mientras intentaba convencer a tres compañeros de que Larry Bird habría ganado otro anillo jugando con los Bulls.

Dolores seguía inclinada sobre un cuaderno lleno de apuntes y, junto a la ventana, Jamal hablaba con otros chicos de clase.

—¿Qué quería Holloway? —preguntó Dolores cerrando el cuaderno.

Billy dejó la mochila junto a la mesa.

—Aaron vuelve hoy.

—¡Ja! Fantástico —celebró Jonah levantando la cabeza—. Mi día acaba de mejorar muchísimo.

—Y Holloway quiere que dejemos de investigar.

—¿Investigar qué? —preguntó Dolores—. Desde lo de Hollow Creek apenas hemos hecho nada.

—Precisamente —dijo Jonah haciendo girar el bolígrafo entre los dedos—. Desde un punto de vista narrativo, siempre intentan detenerte cuando estás a punto de descubrir algo importante.

—Jonah, eso no tiene ningún sentido.

—Claro que lo tiene —insistió inclinándose sobre la mesa y bajando la voz, como si Holloway pudiera estar escondido debajo de algún pupitre—. Pensadlo un momento. ¿Y si sabe que estamos cada vez más cerca? ¿Y si por eso quiere que dejemos de investigar?

—Llevas dos semanas convencido de que Holloway es el Domino Killer —dijo Billy sin levantar la vista.

—No me ayudas nada.

—Es que tampoco puedo ayudarte mucho.

—Sea... todavía no sé si eres un genio o si simplemente estás como una cabra —dijo Dolores apoyando la barbilla en una mano.

—Las dos cosas son compatibles.

Billy iba a contestar cuando la puerta se abrió y varias conversaciones empezaron a apagarse.

Aaron Mercer se quedó junto a la entrada con las manos fuera de los bolsillos, sin saber muy bien qué hacer con ellas. Billy llevaba semanas sin verlo y lo primero que pensó fue que Holloway tenía razón: no parecía precisamente contento de estar allí.

Al final se las metió en los bolsillos y buscó entre las caras del aula hasta encontrar a Billy, después a Jonah y Dolores y, por último, a Jamal. Con él se detuvo un instante más.

Echó a andar hacia ellos mientras las últimas conversaciones se apagaban a su paso. Cuando llegó a su mesa se metió todavía más las manos en los bolsillos y carraspeó, mirando un momento al suelo antes de decidirse a hablar.

—Escuchad... Lo de Punky no debería haber pasado. Así que supongo que lo siento.

Nadie respondió. Aaron esperó unos segundos y volvió a mirar hacia la ventana. Billy siguió su mirada. Holloway y el padre de Aaron continuaban en el pasillo, hablando junto a la puerta mientras vigilaban de reojo lo que ocurría dentro.

—No lo sientes —dijo Jonah.

—¿Qué?

—Que no lo sientes —repitió Jonah haciendo girar el bolígrafo entre los dedos—. Estás pidiendo perdón porque tu padre sigue ahí fuera mirándote.

—Te he pedido perdón.

—No. Has dicho que supones que lo sientes.

—Será mejor que te apartes de ellos —dijo Jamal levantándose de su sitio.

Aaron volvió la cabeza y soltó una risa.

—Vaya… ¿ahora eres su guardaespaldas?

—No —respondió Jamal acercándose a ellos—. Ahora son mis amigos.

—¿Qué has dicho?

—Lo que has oído.

—¿Y ellos qué?

—Ellos también.

Aaron abrió la boca, pero acabó negando con la cabeza. Echó a andar hacia su sitio, aunque apenas había dado un par de pasos cuando volvió a mirar a Billy.

—Mi padre iba a ayudarte con lo del baloncesto. Un campus este verano, algunos contactos... Incluso había hablado con gente de Nike.

—Pues dile que gracias. Pero no me interesa.

—¿No?

—Adidas tampoco está mal.

Aaron miró un momento a Jamal antes de darse la vuelta.

—Que te vaya bien.

Regresó a su pupitre y, poco a poco, el aula recuperó el ruido de antes.

Alguien preguntó si en el examen de Historia entraban los mapas, dos chicos retomaron una discusión sobre los Red Sox y una silla chirrió contra el suelo cuando medio grupo volvió a cambiarse de sitio.

Billy acababa de sentarse cuando Dolores le dio un codazo en las costillas.

—Oye... mira.

Billy siguió el gesto de su barbilla hasta el tablón de anuncios, donde alguien acababa de colgar un cartel enorme: RIVERBEND HIGH SCHOOL — END-OF-YEAR DANCE.

Ya había varios alumnos alrededor. Dos chicas discutían sobre vestidos, un chico se quejaba de que el grupo contratado no sabía tocar Nirvana y otros parecían bastante más interesados en averiguar quién iba a invitar a quién que en el examen de Historia.

—¿Vas a ir? —preguntó Dolores mirando todavía el cartel.

Billy abrió la boca.

—Yo voy a invitar a Norah Roberts —anunció Jonah.

—Ay, Jonah...

—¿Qué? —protestó él levantando las manos—. ¿Qué he hecho ahora?

—Nada —dijo Dolores conteniendo una sonrisa—. Perdona. Es que ya me sale solo.

—Pues deberías empezar a confiar más en mí. Objetivamente, creo que tengo posibilidades.

—¿Ah, sí?

—Claro. Hemos hecho buenas migas en teatro.

—¿Buenas migas? —repitió Billy arqueando una ceja.

—Bueno... si nos ponemos con los detalles, hemos hablado una vez.

—¿Una vez? —se rio Dolores.

—Sí. Me tocó hacer de Mercucio y ella era Julieta—Jonah hizo una mueca—. Aunque ahora que lo pienso... igual debería invitar a Rebecca Solomon y dejarme de historias.

—Ni se te ocurra. Si de algo vas sobrado es de perseverancia.

—¿Solo de perseverancia?

Lo miró de arriba abajo.

—Y autoestima. Muchísima autoestima. Así que ve y pregúntaselo a Norah. Llevas meses hablando de ella.

—Estoy con ella—dijo Billy—. Si no se lo preguntas, ya sabes cuál va a ser la respuesta.

—Oeer… ¿en serio vais a obligarme a hacer esto?

—Nadie te está obligando —dijo Dolores.

Se alisó la camiseta con las dos manos y respiró hondo.

—Muy bien. Observad y aprended cómo trabaja un profesional.

Jonah cruzó el aula con la camiseta recién alisada y la barbilla un poco más alta de lo normal. Ella levantó la cabeza al verlo acercarse y, en menos de diez segundos, Jonah ya estaba gesticulando con las dos manos.

—Va a estrellarse —dijo Billy.

—No estaría tan segura. A Jonah nunca le ha dado miedo hacer el ridículo.

—Ya. Eso juega bastante a su favor.

Dolores soltó una pequeña risa y siguió mirando hacia Norah.

—William... Yo también quería ir al baile.

—Ah...

—Sea… menuda respuesta.

—No, espera. No quería decir «ah». Bueno, sí, lo he dicho, pero...

Dolores se echó a reír.

—William, lo estás arreglando muchísimo.

—Ya me he dado cuenta.

—Lo que quería preguntarte es si... bueno, si no vas con nadie, podríamos ir juntos.

—¿Tú y yo? —preguntó Billy.

—No, Billy. Jonah y yo. Tú puedes llevarnos en coche. Claro que tú y yo, shulo.

—Vale, vale... Sí.

—¿Sí qué?

—Que quiero ir contigo.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí, William. Bien. No hagas que me arrepienta de habértelo preguntado.

Billy todavía estaba sonriendo cuando Dolores señaló hacia el otro lado del aula.

—Mira a tu amigo.

Jonah seguía delante de Norah moviendo los brazos. Señaló el cartel del tablón, después el techo y, por algún motivo, terminó apuntando también hacia una papelera.

—¿Tú entiendes qué está haciendo? —preguntó Dolores.

—No. Creo que él tampoco.

—¿Voy a ayudarlo?

—Ni se te ocurra. Ahora quiero ver cómo termina.

Dolores se rio y le dio un golpe suave con el hombro sin apartar la vista de Jonah.

Sonó el timbre y las sillas empezaron a arrastrarse por el suelo mientras media clase cerraba las mochilas y la otra media intentaba llegar primero a la puerta.

Billy recogió la suya mientras Dolores guardaba el cuaderno y, al incorporarse, los dos volvieron a mirar hacia Norah justo a tiempo de ver a Jonah regresar hacia ellos.

Jonah regresó hacia ellos con una cara imposible de interpretar.

—Bueno —dijo Billy—. ¿Tengo que felicitarte o llamar a una ambulancia?