Punky: El perro que nos encontró 3
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Volvían de la cascada cuando Billy empezó a sospechar que algo raro estaba pasando en Riverbend.

Los cuatro bajaban por Chestnut Avenue todavía con el pelo húmedo y las toallas colgadas sobre los hombros; Jonah llevaba la cámara metida en su funda y seguía hablando del montaje como si fueran a estrenarlo la semana siguiente, Jamal cargaba con uno de los focos y Dolores había conseguido que Billy terminara llevando también su mochila.

Punky trotaba junto a ellos con la lengua fuera, cansada después de pasarse media tarde haciendo de extraterrestre.

—Tío, ¿qué demonios pasa aquí? —preguntó Jamal al ver que un coche cruzaba la avenida tocando el claxon mientras el conductor sacaba una gorra de los Red Sox por la ventanilla.

Billy levantó la vista. Había gente asomada a las ventanas, alguien había colgado una bandera de Boston sobre la entrada del bar de Eddie Lazlo y desde Oak Square llegaban gritos que se mezclaban con los bocinazos.

—O los soviéticos se han rendido con diez años de retraso —dijo Jonah mirando alrededor— o nos hemos perdido algo importante.

—Los soviéticos ya se rindieron —le recordó Dolores.

—Ya lo sé. Precisamente por eso he dicho con diez años de retraso.

Jonah iba a defenderse cuando la puerta de carnicería de Donnelly se abrió de golpe y el propio Donnelly apareció en la acera con el delantal puesto, un trapo colgado del hombro y su vieja gorra de Boston torcida sobre la cabeza.

—¡Kowalski! ¡Kaplan! —gritó levantando los brazos—. ¡Hoy os perdono hasta que no compréis carne!

—Pero ¿qué ha pasado, tío? —preguntó Jamal mirando de un lado a otro—. ¿Por qué está todo el mundo como loco?

—¿Qué ha pasado? ¡Han ganado los Red Sox, muchacho! ¡Eso ha pasado!

—¡No me jodas! ¡Vamos, tío!

—¡Tres a dos! —continuó Donnelly, cada vez más entusiasmado—. ¡En la novena! ¡Te digo que este año pasa algo!

Punky se acercó a olisquearle el delantal y Donnelly se agachó para rascarle la cabeza.

—Ya sabía yo que esta perra iba a traernos suerte. —Le señaló el hocico con un dedo—. Desde que volviste, no hacen más que pasar cosas buenas.

—Donnelly, ganaron ayer también —dijo Billy.

—¡Y volverán a ganar mañana! —replicó él incorporándose—. ¡No me estropees el momento, Kowalski!

—Eso, Billy —dijo Jonah—. Hay gente intentando ser feliz.

Billy negó con la cabeza y siguió andando mientras Donnelly regresaba a la carnicería anunciando a gritos que aquella noche no quería ver una sola gorra de los Yankees en su establecimiento.

No habían llegado todavía a Oak Square cuando los primeros acordes de Sweet Caroline empezaron a escapar del bar de Lazlo. Alguien había subido tanto el volumen que la música llegaba hasta la otra punta de Chestnut Avenue y Jamal tardó menos de tres segundos en abrir los brazos.

— Sweet Caroline...

—Shhh, no cantes —lo cortó Dolores dándole un golpe en el brazo.

—¿Por qué? Canto de puta madre.

—Eso ya sería motivo suficiente, pero no.

Dolores miró a Jonah y señaló discretamente a Billy con los ojos. Jamal siguió el gesto y dejó morir la sonrisa.

—Ah... Perdona, tío. No sabía que no te gustaba.

—No es que no me guste, es que...

—Era una de las canciones de su madre —explicó Jonah—. Digamos que es un poco especial.

—Gracias, Jonah.

—De nada. Para eso están los amigos: para contar tus traumas en público.

Siguieron caminando mientras la canción se extendía por Riverbend de una forma casi imposible de esquivar.

Sonaba en la radio del coche que acababa de detenerse en el semáforo, salía por las ventanas abiertas del bar de Lazlo y, al pasar frente a la casa de los Nowak, el señor Nowak estaba cantándola en el jardín con una cerveza levantada hacia la calle mientras su mujer le gritaba algo desde el porche.

Billy reconocía cada acorde. Su madre solía cantarla en casa, en el coche, mientras preparaba la cena; casi siempre mal y casi siempre demasiado alto.

Jamal caminó unos metros sin decir nada antes de mirarlo.

—Oye, tío... Si a tu madre le gustaba tanto, tampoco tiene por qué ser algo malo escucharla.

Billy volvió la cabeza hacia él.

—Quiero decir... —Jamal se encogió de hombros, buscando las palabras—. A lo mejor le gustaría saber que todavía te acuerdas de ella cuando suena.

Jonah lo miró con las cejas levantadas.

—Joder, Jamal. Eso ha sido sorprendentemente profundo.

—También sé pensar, tío.

Dolores soltó una risa y Billy acabó sonriendo también. Para entonces la canción había llegado a esa parte que medio Riverbend parecía estar esperando. Jamal señaló a Billy con una mano mientras empezaba a cantar otra vez.

— Hands...

—Venga, Billy —lo animó Jonah entrando inmediatamente con él—. Sabes que esto sienta bien.

Billy negó con la cabeza.

— Reaching out... —continuó Jonah, estirando una mano hacia él con tanto dramatismo que

Dolores tuvo que apartársela de la cara.

—¿Qué haces? —se rio Billy.

—Intento que te unas.

—Pues estás consiguiendo que odie la canción.

Dolores se acercó por el otro lado y le dio un pequeño golpe con el hombro.

—Venga, anímate, William.

—No, gracias. Prefiero escuchar.

—¿Seguro?

—Sí —dijo Billy mirando a los tres—. Además, alguien tendrá que asegurarse de que no la estropeéis del todo.

—¡Eh! —protestó Jamal—. Habla por Spielberg.

—¿Por mí? Tú has empezado.

—Y estaba sonando de puta madre hasta que has entrado tú.

Dolores miró a Billy una última vez. Él sonrió y le hizo un pequeño gesto con la mano para que siguieran.

—Vale, shulo —dijo ella antes de reunirse con los otros dos—. Pero luego no protestes.

Billy no protestó. Continuó caminando junto a ellos mientras Jamal retomaba la canción, Jonah se empeñaba en hacer una segunda voz que nadie le había pedido y Dolores acababa cantando también entre risas.

Alrededor, Riverbend parecía acompañarlos: una radio desde una ventana abierta, alguien cantando desde el bar de Lazlo, el señor Nowak todavía empeñado en que todo Oak Square conociera su versión.

Billy escuchó sin cantar. Por primera vez en mucho tiempo, la canción seguía recordándole a su madre sin que aquel recuerdo le pidiera que escapara de él.

Jamal volvió a levantar los brazos cuando llegó el estribillo.

— Sweeet Caroliiine...

Jonah y Dolores se unieron a él y los tres dejaron deliberadamente el hueco que todo Riverbend conocía. Punky, que caminaba junto a Billy, levantó la cabeza.

—¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!

Jamal dejó de cantar y miró a la perra con los ojos muy abiertos.

—Tío...

—Lo he oído —dijo Jonah.

—No empecéis —advirtió Dolores, aunque ya estaba sonriendo.

—Ha cantado la canción.

—Ha ladrado, Jonah.

—No, no, no —protestó Jamal señalando a Punky—. Tres veces, Dolores. Exactamente tres. Eso no puede ser casualidad.

—Genial —resopló Dolores—. Lo que faltaba. Ahora también creéis que sabe cantar.

—Bueno, al menos sabemos que es de Boston —dijo Jonah.

—Eso sí —admitió Dolores.

Billy terminó riéndose mientras los tres volvían a discutir y Punky seguía trotando a su lado, completamente ajena.

Mientras avanzaban hacia Maple Street entre banderas de los Red Sox, bocinazos y vecinos celebrando en las aceras, Billy siguió escuchando la canción.

No necesitaba cantarla para disfrutarla.