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La niebla seguía enganchada a los árboles cuando salió del bosque arrastrando una pierna, con el abrigo rasgado a la altura del hombro y la manga derecha empapada de sangre. Cada paso le arrancaba una punzada que le subía por el brazo hasta el cuello.
No volvió la vista atrás. El Atrapador de Almas había quedado tendido entre los árboles, a pocos metros de la orilla, y la lluvia empezaba a borrar el rastro de sangre de la hierba.
Durante unos segundos permaneció quieto, escuchando.
Llevaba tanto tiempo pendiente de cualquier ruido a su espalda que el silencio le resultaba extraño.
Solo oyó el viento entre las copas y el agua rompiendo suavemente contra la orilla.
Cuando levantó la cabeza, vio la nave flotando en mitad del lago. Un resplandor azul escapaba bajo el casco metálico y teñía la niebla que cubría el agua. No había fuego ni humo, solo el zumbido constante de los motores y el chapoteo de las pequeñas olas contra el fuselaje.
Martha lo esperó junto a la rampa hasta que llegó frente a ella.
—Bueno... Lo has conseguido.
—No. Lo hemos conseguido —respondió mirando hacia la orilla, donde el Atrapador de Almas seguía tendido sobre la hierba.
—Sabía que lo harías.
—No habría llegado hasta aquí sin ti —respondió él con una sonrisa cansada.
Yknup esperaba unos pasos más atrás, junto a la rampa. Al oírlo, inclinó ligeramente la cabeza y dejó escapar aquel ronroneo grave que utilizaba para casi todo: saludar, protestar, dar las gracias o recordarles que seguía allí.
—Ni sin ti, Yknup.
El alienígena volvió a ronronear.
Martha miró la nave. El resplandor azul de los motores se extendía sobre el agua y el viento hacía oscilar la niebla alrededor del fuselaje. Permaneció unos segundos en silencio antes de respirar hondo.
—Supongo que ya no nos queda ninguna excusa para seguir retrasándolo.
Guillermo no contestó enseguida. Permaneció mirando la nave, como si esperara encontrar otra respuesta flotando sobre el agua, hasta que al final dejó escapar el aire y asintió muy despacio.
—Sí.
La palabra sonó tan baja que casi se perdió entre el zumbido de los motores.
Martha bajó la vista hacia sus manos. Permaneció así unos segundos antes de reunir valor para volver a mirarlo.
—Te voy a echar de menos.
Las nubes empezaban a romperse sobre el lago y, entre ellas, una única estrella brillaba con una claridad imposible. Martha la señaló sin apartar la vista del cielo.
—Siempre que mires hacia allí... sabrás que estaremos en casa.
Guillermo siguió la dirección de su mano. Permaneció observándola un instante antes de dejar escapar una sonrisa casi imperceptible.
—No parece tan lejos.
Ella negó con suavidad.
—Eso es porque nunca has tenido que marcharte de verdad.
—Gracias —dijo Martha sin apartar los ojos de él—. Por enseñarme que un hogar no siempre es el lugar donde naciste.
Guillermo hizo ademán de responder, pero las palabras nunca llegaron a salir. Abrió ligeramente la boca, volvió a cerrarla y terminó sonriendo con una mezcla de cansancio y resignación que Martha pareció entender sin necesidad de escuchar una sola explicación.
Ella se volvió hacia la nave y empezó a subir despacio la rampa de acceso.
Yknup esperó a que pasara por delante antes de seguirla con aquellos pasitos silenciosos que parecían no producir el menor ruido sobre el metal.
Cuando ambos desaparecieron en el interior, las compuertas comenzaron a cerrarse con un zumbido apenas perceptible y el agua del lago empezó a agitarse alrededor del fuselaje.
Guillermo mantuvo la mano levantada incluso después de dejar de distinguir a Martha tras el cristal.
Los motores respondieron con un rumor grave y constante.
La nave comenzó a elevarse despacio, sin explosiones ni fogonazos, mientras el agua se abría bajo el empuje del fuselaje y la niebla giraba a su alrededor como si también ella se resistiera a despedirse.
—Al final estaba equivocado.
La voz llegó desde su espalda.
Guillermo volvió la cabeza. El comisario Jefferson estaba a pocos pasos de él, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, el pelo peinado hacia atrás y un bigote espeso.
—Tenías razón —añadió sin dejar de observar el pequeño punto azul que ascendía entre las nubes—. No habían venido a conquistarnos. Solo querían entendernos.
Guillermo siguió la dirección de su mirada. Permanecieron junto al lago hasta que la última luz desapareció entre las nubes y el cielo volvió a quedar vacío.
Jefferson le dio una palmada en el hombro y echó a andar.
—Venga... Te invito a un café.
Había avanzado unos pasos cuando se dio cuenta de que Guillermo no lo seguía. Se volvió y lo encontró todavía frente al lago.
—Y de paso me cuentas cómo demonios te has hecho eso —añadió señalando el vendaje que asomaba bajo la manga.
Guillermo miró una última vez hacia el cielo antes de sonreír.
—Voy.
Y echó a andar tras él.
—¿Jonah? ¿Me estás escuchando? —insistió Von Kutz mientras Jonah continuaba con un ojo pegado al visor y la cámara apuntando al lago.
Billy cruzó una mirada con Dolores.
—Creo que lo hemos perdido.
—Ahora es cuando dices «corten», Spielberg.
—¿Qué?
—La película, —dijo Dolores señalando alrededor—. Que hemos terminado.
—¡Ah! ¡Claro!
Jonah se aclaró la garganta, levantó una mano con toda la solemnidad que pudo reunir y miró al resto del equipo.
—¡Corten!
Jamal se arrancó el bigote postizo de un tirón.
—Tío... esto pica muchísimo.
—¡No lo tires! —protestó Jonah—. Es vestuario.
—Es pelo pegado con cola.
—VES TU A RIO —repitió Jonah.
Dolores cerró el guion y Billy miró a Jonah, que seguía detrás de la cámara contemplándolos a los tres. Después bajó la vista hacia Punky, tumbada junto a la mochila con la lengua fuera después de pasarse media tarde correteando por la cascada.
Jonah se pasó una mano por el pelo.
—Dios mío... Lo hemos conseguido.
Billy levantó el guion como si brindara con él.
—Pues sí. Lo hemos conseguido.
—¡Nuestra primera película! —Jonah abrió los brazos y dio una vuelta sobre sí mismo—. Señoras y señores, acaba de nacer una leyenda del cine.
Dolores se echó a reír.
—Empiezas fuerte.
—Y todavía no has visto nada. —Jonah se volvió hacia ella y adoptó otra vez su expresión de director—. Martha, sensacional. Julia Roberts debería empezar a preocuparse.
—Jonah... Me llamo Dolores.
—Eso dice tu carnet. Para mí siempre serás Martha.
—Qué suerte la mía —respondió Dolores, y al volverse sorprendió a Billy mirándola.
Billy bajó enseguida los ojos hacia el guion.
Jonah no pareció darse cuenta.
—Y tú, tío... —Jonah señaló el bigote que Jamal todavía tenía medio despegado de una esquina—. Jefferson. Impecable. Ni una repetición.
—Tenía dos frases.
—Precisamente. Los buenos actores no necesitan más.
Jonah ya iba hacia Punky. Se arrodilló junto a ella procurando no rozarle la pata vendada y le sostuvo la cabeza entre las manos.
—Y tú, señorita... te has ganado el sueldo en Jumpers. Ningún perro de Hollywood habría hecho mejor de Yknup.
Punky golpeó el suelo con la cola.
—¿Lo veis? —añadió Jonah rascándole detrás de las orejas—. Esta sí sabe aceptar una buena crítica.
—Se te está subiendo un poco a la cabeza eso de ser director —dijo Dolores cruzándose de brazos.
—¿Un poco? Muchísimo.
—Sea ¿De verdad crees que tenemos alguna posibilidad en el festival?
—Claro.
—Jonah, es el festival de Riverbend.
—¿Y qué? Spielberg también tuvo que empezar en algún sitio.
—Eres de lo que no hay.
—Eso llevo oyéndolo desde pequeño.
Jonah miró la cámara apoyada junto al tronco, el guion encima de la mochila y a Punky, que ya había cerrado los ojos a la sombra. Dio dos palmadas.
—Muy bien, señores. Se acabó trabajar. Hora de celebrar.
Empezó a quitarse la camiseta mientras corría hacia el agua.
—¡El último invita a hamburguesas!
—¡Ni hablar, tío! —Jamal se arrancó las zapatillas y salió detrás de él—. ¡Luego siempre dices que no llevas dinero!
Alcanzó a Jonah justo en el borde y trató de empujarlo.
—¡Eh, eh, eh...!
Los dos desaparecieron en el agua.
Dolores los observó desde la orilla mientras se quitaba las sandalias. Las dejó junto al tronco y se recogió el pelo detrás de la oreja antes de mirar a Billy.
—¿Vienes?
Billy estuvo a punto de decir que sí, pero se encontró mirando a Dolores un segundo más de la cuenta. Cuando ella volvió la cabeza hacia él, Billy se agachó inmediatamente junto a Punky.
—Creo que me quedaré aquí con ella.
—William
—¿Qué?
—Nada. Que no tienes que ponerte raro.
—No estoy raro.
—Claro que no ¡Nos vemos en el agua!
Echó a correr antes de que Billy pudiera responder y se lanzó junto a los otros, levantando una cortina de agua que alcanzó de lleno a Jonah.
—¡Eh! —protestó él apartándose el pelo de la cara—. ¡Eso ha sido por la espalda! ¡Expulsión!
—¡Je, je, je! ¡Llora un poquito más! —se burló Jonah cuando Jamal intentó hundirlo.
—¡Tío, quieto! —protestó Jamal entre carcajadas.
Billy seguía arriba con Punky.
La perra levantó la cabeza y lo miró.
—Ni se te ocurra.
Punky movió la cola.
—No ha pasado nada.
Otro golpe de cola.
—Sí, sí... Tú ríete —murmuró Billy rascándole el cuello—. Últimamente estás cogiendo demasiadas confianzas. Espérame aquí, ¿vale? Bastante has trabajado por hoy. Y, entre nosotros, has estado fantástica.
Punky golpeó una vez las tablas con la cola.
—Buena chica — dándole una última caricia antes de echar a correr hacia el agua.
—¡Eh! —gritó Jonah en cuanto lo vio bajar—. ¡Por fin! ¡Billy, conmigo!
—¡Ni hablar, tío! —protestó Jamal—. ¡Somos dos contra dos!
Billy llegó al borde y saltó. El agua le cerró la boca antes de que pudiera contestar y, cuando volvió a sacar la cabeza, Dolores ya estaba esperándolo para lanzarle un salpicón a la cara.
Billy se la devolvió.
Durante un buen rato solo se oyeron gritos, chapuzones y las protestas de Jonah cada vez que alguien conseguía hundirlo. Punky los vigilaba desde la sombra, con la cabeza apoyada entre las patas, mientras el sol empezaba a bajar detrás de los árboles.
Todavía les quedaba todo el verano por delante.