1 #2
—Espera... —Billy volvió la cabeza hacia ella—. ¿Tú sabías que venía?
—Claro —respondió ella, volviendo a ocuparse de Punky—. Le dije que podía pasarse cuando quisiera.
—¿Has invitado a Jamal? —preguntó Jonah bajando lentamente Fangoria .
—Eso acabo de decir ¿no?
—Vale, vale, tranquila. Solo intento ponerme al día. Han pasado muchas cosas en los últimos diez segundos.
Jamal esbozó una sonrisa incómoda, pero no se acercó más. Punky, en cambio, levantó la cabeza al verlo. Olfateó el aire un par de veces y se incorporó con cierta dificultad.
Billy estuvo a punto de detenerla cuando Punky bajó del porche y avanzó cojeando hacia Jamal. Él sacó las manos de los bolsillos en cuanto la vio acercarse.
—Hola, tía... —murmuró, quedándose completamente quieto mientras Punky lo olfateaba. Solo cuando ella terminó apoyándole el hocico contra la rodilla se atrevió a bajar una mano y acariciarle la cabeza.
—Lo siento
—Bueno... —dijo Dolores recuperando el cepillo—. Si Punky te deja quedarte, yo no pienso discutir con ella.
—No sé si deberíamos dejar decisiones tan importantes en manos de alguien que acaba de venderse por una Jumper.
—Tú te vendes por una bolsa entera —dijo Billy.
—Precisamente. Tengo principios.
Jamal soltó una risa corta, todavía con la mano sobre la cabeza de Punky.
—Bueno... supongo que ahora ya no puedo caerte mal —admitió Jonah encogiéndose de hombros.
—Creía que era yo el que te caía mal.
—Je je je Eso también.
Esta vez Billy se rio con ellos.
—Vale, ahora que hemos solucionado los traumas emocionales de Jonah, ¿podemos hablar de otra cosa? —preguntó Dolores dejando el cepillo a un lado.
—Mis traumas necesitan más tiempo.
—Pues pides cita.
Dolores abrió la bolsa que había traído y empezó a sacar hojas grapadas, varias páginas cubiertas de anotaciones y el guion del corto, ya doblado por las esquinas.
—Por cierto, nos quedan menos de dos meses para el festival.
Jonah dio un respingo al reconocer el guion.
—¡Eh! Eso era secreto.
—Jonah, medio Riverbend sabe que estáis rodando una película —dijo Dolores mientras ordenaba los papeles sobre la mesa.
—Pero todavía no saben que va a ganar.
—No hemos rodado ni la mitad —le recordó Billy.
—Detalles.
Dolores sonrió y volvió la vista hacia Jamal.
—Precisamente por eso quería preguntarte una cosa. Nos vendría bien alguien más para algunas escenas.
Jamal señaló su propio pecho.
—¿Yo?
—Tú.
—Lolitaaa... —empezó Jonah.
—¿Qué?
Jonah abrió la boca, pero acabó cerrándola. Miró a Jamal durante unos segundos y se cruzó de brazos.
—Vale. Pero antes tiene que pasar la prueba.
—¿Qué prueba?
—Harrison Ford.
—¿Qué pasa con Harrison Ford?
—Tu opinión. Y piénsatelo bien porque de esto depende todo.
Jamal miró primero a Billy y luego a Dolores. Ninguno de los dos lo ayudó.
—Indiana Jones es el mejor aventurero de la historia del cine.
—¿Y Han Solo?
—El segundo.
Jonah permaneció muy serio un par de segundos antes de mirar a Billy.
—Puede quedarse.
Billy se echó a reír. Jamal sonrió también, y esta vez nadie pareció encontrar nada raro en ello.
Para finales de mayo, Punky ya apoyaba la pata casi con normalidad.
El pelo empezaba a crecerle alrededor de la zona que Miller había tenido que afeitar y, aunque todavía dormía pegada a Billy y seguía sobresaltándose con algunos portazos, había recuperado buena parte de sus antiguas costumbres.
Volvía a perseguir al cartero desde el porche, a esperar junto a la cocina cada vez que Rick abría la nevera y a sentarse frente a Jonah con la paciencia de quien sabía que tarde o temprano acabaría cayendo alguna Jumper.
Los jardines estaban otra vez verdes, las bicicletas volvían a quedarse tiradas sobre las aceras y por las tardes los cortacéspedes seguían sonando hasta casi la hora de cenar.
Una de aquellas tardes apareció Morrigan. Billy reconoció el coche antes de que terminara de aparcar junto al bordillo. Punky también. Levantó la cabeza desde su manta y movió la cola al ver al agente cruzar la verja con un vaso de café en una mano y una carpeta bajo el brazo.
—Mirad quién viene —dijo Billy, sujetando a Punky cuando empezó a incorporarse—. Eh, despacio, chica.
Morrigan subió al porche y se agachó para recibirla.
—¿Cómo está nuestra heroína?
Punky le plantó el hocico contra la mano antes de que Billy pudiera responder.
—Mucho mejor.
—Eso quería comprobar —dijo Morrigan mientras rebuscaba en el bolsillo de la chaqueta y sacaba una galleta para perros—. Aunque veo que para algunas cosas ya estás perfectamente.
Punky siguió la galleta con los ojos hasta que Morrigan se la lanzó y la atrapó antes de que tocara el suelo.
—Mentira. Has venido porque traes noticias —dijo Jonah dejando el cuaderno sobre la mesa.
—También —admitió Morrigan con una sonrisa por encima del vaso de café antes de ocupar la silla libre y dejar la carpeta sobre la mesa.
—¿Qué ha pasado?
—He hablado con Aaron y con su padre —respondió Morrigan mientras la abría y buscaba entre las primeras hojas.
—¿Y?
—Aaron estaba equivocado con su padre, pero no con todo —dijo Morrigan mientras buscaba una hoja en la carpeta—. Mercer no es el Domino Killer. Ni se le parece. Pero trabaja para Ambrosia Labs y se pasa media vida visitando médicos, farmacias y distribuidores.
—Gente que puede conseguir medicamentos —dijo Billy.
Morrigan lo señaló con el vaso.
—Exactamente.
—¿Y sabía algo? —preguntó Jonah inclinándose hacia la mesa.
—Cuando le expliqué por qué su hijo llevaba meses convencido de que era un asesino en serie, primero quiso estrangularlo y después decidió ayudarnos —respondió Morrigan mientras sacaba una hoja de la carpeta y la deslizaba hacia ellos—.
Nos dio nombres, desplazamientos y fechas de empleados de la empresa que podrían interesarnos.
Billy cogió la hoja. Había una larga columna de nombres acompañados de ciudades y fechas, algunas tachadas y otras rodeadas con círculos de bolígrafo.
—¿Cuántos son?
—Quince. Todos estuvieron, en algún momento, cerca de alguno de los lugares que estamos investigando y en fechas que podrían encajar.
Jonah acercó la silla para mirar por encima del hombro de Billy.
—¿Los quince?
—No todos igual de bien. Algunos solo coinciden una vez, otros varias. Hay viajes que todavía tengo que comprobar y unos cuantos nombres que probablemente podremos descartar enseguida.
Billy recorrió la lista desde arriba, deteniéndose unos segundos en cada nombre aunque ninguno significaba nada para él.
—¿Crees que el Domino Killer está aquí?
—No lo sé, Billy. Todavía no —admitió Morrigan dejando el café sobre la mesa y acercándose la hoja—. Pero hace una semana no teníamos ningún nombre y ahora tenemos quince. No está mal para empezar.
Billy recorrió otra vez los quince nombres. No conocía ninguno, aunque varias de las ciudades rodeadas con bolígrafo le resultaban demasiado familiares después de tantos meses mirando el mapa de su habitación.
—¿Y ahora qué?
—Ahora me toca trabajar —respondió el agente guardando la hoja en la carpeta—. Comprobar viajes, horarios, antecedentes... esas cosas aburridas que nunca salen en las películas de Jonah.
—Por eso nadie hace películas sobre policías de verdad —dijo Jonah.
Morrigan sonrió mientras cerraba la carpeta y apuraba el café. Antes de levantarse miró a Punky, que seguía buscando entre las tablas del porche alguna miga que pudiera habérsele escapado.
—Al final la pista buena nos la ha dado Punky. Si ella no desaparece, no llegamos a Aaron. Y sin Aaron probablemente nunca habría hablado con su padre —dijo Morrigan soltando una risa—. Así que supongo que esta se la debemos a ella.
Jonah miró a Punky.
—Llevo meses diciéndoos que es la más lista del grupo.
—Eso no lo has dicho en tu vida —replicó Dolores.
—Pero lo he pensado muchas veces, Lola, eso también cuenta.
Billy miró a la perra. Punky había conseguido meter la lengua entre dos tablas del porche y seguía empeñada en alcanzar una miga que seguramente ni siquiera existía.
—Sí —dijo—. Una auténtica mente criminal.
Punky, que seguía buscando migas entre las tablas del porche, levantó la cabeza al oír su nombre y soltó un único ladrido.
—Vale, vale. He entendido la indirecta —se rio Morrigan mientras volvía a meter la mano en el bolsillo—. Pero esta es la última.
En cuanto apareció otra galleta, Punky se incorporó y empezó a golpear las tablas con la cola.
—Oeer. Esto ya es favoritismo.
—Los perros no entienden de favoritismos —dijo Dolores mientras recuperaba el cepillo.
—Yo tampoco si hay comida de por medio.
Billy lo miró.
—Eso sí me lo creo.
Jonah siguió protestando mientras Morrigan, sin hacerle el menor caso, sacaba otra galleta y se la lanzaba a Punky. Ella la atrapó al vuelo y empezó a golpear las tablas con la cola.
Billy se acomodó en la silla y los escuchó discutir.
Billy se acomodó en la silla mientras seguían discutiendo.
Hacía unas semanas habría dado cualquier cosa por una tarde así.
Jonah volvía a decir tonterías, Punky buscaba otra galleta entre las tablas y Dolores ya amenazaba con quitarle a Morrigan el paquete entero.
Sobre la mesa, entre Fangoria y el guion del corto, estaba la carpeta.
—Quince —murmuró Billy.
—¿Qué? —preguntó Dolores.
—Nada.
Al otro lado de la calle, la señora Johnson llamó a Cole para cenar y el chico dejó la bicicleta tirada en mitad del jardín antes de entrar corriendo. Y El aspersor de la Sra Parker seguía golpeando contra el seto.
Billy miró otra vez la carpeta. En alguna parte, uno de aquellos quince hombres estaría terminando también un día cualquiera.