1
Más de una noche Billy abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Ni siquiera sabía qué lo había despertado hasta que, todavía medio dormido, alargaba una mano entre las mantas y encontraba el lomo de Punky pegado al suyo. Entonces volvía a cerrar los ojos.
La perra ya no quería dormir sola. En cuanto Billy apagaba la luz, abandonaba su cama y se acurrucaba junto a la suya, y algunas mañanas se despertaba sin saber dónde terminaba la manta y dónde empezaba Punky.
Si se levantaba para ir al baño, al cabo de unos segundos oía el roce de sus uñas en el pasillo; si bajaba las escaleras, ella aparecía detrás, despacio, apoyando la pata vendada con un cuidado que le encogía el pecho.
Era como si perderlo de vista durante un instante pudiera devolverla al sótano de Hollow Creek.
El doctor Miller decía que la fractura evolucionaba exactamente como esperaba. Una tarde, mientras terminaba de cambiarle el vendaje, le acarició la cabeza y miró a Billy por encima de las gafas.
—La pata va estupendamente —dijo mientras le daba una última palmada en el costado—. Lo demás tardará un poco más. Hay heridas que no salen en las radiografías. Dale tiempo, cuídala mucho y no escatimes en mimos. De eso puedes darle todo lo que quieras.
Billy entendió lo que quería decir antes incluso de salir de la clínica.
La pata mejoraba; eso cualquiera podía verlo.
Pero bastaba un portazo, una ventana golpeando contra el marco o el chirrido de una bisagra para que Punky levantara la cabeza de golpe y se quedara inmóvil, mirando hacia la puerta.
A veces permanecía así varios segundos, hasta que encontraba a Billy y volvía a tumbarse.
Rick, por supuesto, siguió diciendo que aquello no tenía mayor importancia.
Lo repitió tantas veces que Billy estuvo a punto de creerlo, hasta que una tarde lo encontró plantado delante del expositor de comida para perros del supermercado, comparando dos sacos con la misma concentración con la que elegía la madera para un trabajo.
—Papá, esa cuesta cuatro veces más.
—¿Y? —preguntó Rick dándole la vuelta al saco para leer la composición.
—Punky siempre ha comido la otra.
—Pues ahora comerá esta —dijo mientras lo dejaba en el carro y echaba a andar por el pasillo—. Mientras siga recuperándose, no pienso ahorrar con ella.
Primero apareció una manta nueva junto al sofá, gruesa, de cuadros rojos y negros, exactamente del tipo que Rick llevaba años diciendo que era una tontería porque «cualquier manta abriga igual» .
Billy no comentó nada. Tampoco lo hizo cuando, unos días después, entró en la cocina y encontró a su padre acuclillado junto a Punky, escondiendo una pastilla dentro de una salchicha.
—No te acostumbres a esto —refunfuñó Rick mientras se la ofrecía—. Es solo hasta que te pongas buena.
Punky se tragó la salchicha de un bocado y empezó a golpear el suelo con la cola.
—Sí, sí... Tú aprovecha.
Billy se quedó apoyado en el marco de la puerta sin decir nada. Rick recogió el envoltorio mientras Punky lo seguía por la cocina, convencida de que todavía podía caer otra.
—Se acabó —le advirtió él al verla detrás—. Una y gracias.
Billy llenó un vaso de agua procurando no sonreír.
Una noche volvió a despertarse con sed y bajó descalzo a la cocina.
Antes de llegar al pasillo vio el resplandor azulado del televisor escapando del salón y pensó que su padre seguía despierto.
Estaban retransmitiendo un viejo combate de la WWF.
The Undertaker cruzaba el ring mientras el público rugía al otro lado de la pantalla, aunque Rick había dejado el volumen tan bajo que apenas llegaba hasta el pasillo.
Rick estaba dormido, con la cabeza vencida contra el respaldo, las gafas ligeramente torcidas y la manta de cuadros cubriéndole las piernas. Punky dormía pegada a su costado, con el hocico apoyado sobre uno de sus muslos.
Billy iba a continuar hacia la cocina cuando vio la mano de su padre. Rick la tenía apoyada sobre el lomo de Punky. Los dedos se hundían entre el pelo blanco y, de vez en cuando, acompañaban distraídamente su respiración.
Billy se quedó mirándolos desde el pasillo. Rick parecía más viejo cuando dormía. O quizá solo más cansado. Billy sonrió al recordar que unas horas antes había discutido cinco minutos con el cajero porque las bolsas de papel eran «un invento para cobrarte por llevarte tu propia compra»
En la pantalla, The Undertaker levantó los brazos en mitad del cuadrilátero y el público enloqueció. Rick no se movió. Punky tampoco.
Billy cruzó el salón de puntillas y bajó el volumen hasta dejar el combate reducido a un murmullo. Estuvo a punto de apagar el televisor, pero recordó las veces que Rick se había despertado en mitad de la noche y había protestado porque alguien le había quitado «lo que estaba viendo».
Lo dejó encendido.
Antes de marcharse volvió a mirar hacia el sofá. Punky había movido ligeramente la cabeza y Rick, todavía dormido, le pasó una vez la mano por el lomo. Sonrió y subió las escaleras procurando esquivar el tercer peldaño, que siempre crujía.
La primavera terminó de instalarse en Riverbend.
Los árboles se llenaron de hojas, las ventanas volvieron a permanecer abiertas durante buena parte del día y el periódico escolar siguió apareciendo cada viernes sobre los pupitres.
Billy volvió a repartir ejemplares por el barrio y, durante un tiempo, aquello fue suficiente para que las semanas empezaran a parecerse otra vez a semanas normales.
Punky, sin embargo, seguía marcando el ritmo de las tardes.
El doctor Miller había prohibido los paseos largos hasta que la pata estuviera completamente recuperada y nadie parecía dispuesto a discutir con él, de modo que el porche de los Kowalski acabó convirtiéndose en el cuartel general de los tres.
Una tarde Jonah apareció con la mochila colgada de un hombro, un ejemplar de Fangoria bajo el brazo y una bolsa de Jumpers que levantó a modo de saludo.
—Han sobrevivido al camino. No preguntéis cómo.
Se dejó caer en el escalón junto a Punky y abrió la bolsa.
—Ni lo sueñes —le advirtió Jonah cuando Punky acercó el hocico a la bolsa—. He dicho que no.
La perra terminó apoyándole la cabeza sobre la rodilla.
—Venga, va. Una —cedió Jonah sacando una Jumper de la bolsa—. Una y porque estás convaleciente, ¿eh?
Le dejó una Jumper delante y Punky la hizo desaparecer de un bocado.
—Madre mía... Ni la has probado.
—¿Qué esperabas? —preguntó Billy sin dejar de escribir en el cuaderno.
—Un poco de gratitud, quizá.
Jonah sacó otra para él, abrió Fangoria sobre las rodillas y empezó a rascar a Punky detrás de una oreja.
—Escúchame bien —le dijo señalándola con la Jumper—. Si al final resulta que el Domino Killer es Holloway, quiero que recuerdes que fui el primero en decirlo.
Punky movió la cola.
—¿Lo ves? —Jonah miró a Billy—. Me ha dado la razón.
—Te está pidiendo otra.
Jonah miró la Jumper que tenía entre los dedos y después a Punky.
—No. Y puedes poner la cara que...
Punky apoyó otra vez el hocico sobre su rodilla y Jonah acabó dándosela.
—No tienes ninguna dignidad.
—Cállate.
Billy todavía se estaba riendo cuando oyó chirriar la verja del jardín. Dolores apareció por el sendero con un cepillo para perros en una mano y un ejemplar bastante castigado de El señor de las moscas bajo el brazo. Miró la bolsa de Jumpers, después a Jonah y finalmente a Punky.
—¿Qué habéis hecho?
—Comer —respondió Jonah levantando las manos.
—Eso ya lo veo —dijo Dolores mientras dejaba el libro sobre la mesa y se acuclillaba junto a Punky—. Madre mía... Tienes el pelo lleno de migas.
Jonah se pasó una mano por la barbilla.
—¿Yo? —preguntó Jonah pasándose una mano por la barbilla.
—Tú todavía no tienes barba —se rio Billy.
—Hablaba de Punky, idiota.
—No pongas esa cara —le dijo Dolores cuando Punky dejó escapar un suspiro y apoyó la cabeza entre las patas—. Luego te leo un rato.
Siguió cepillándola hasta encontrar un pequeño nudo detrás de una oreja.
—Llevas tres semanas intentando leerle ese libro —dijo Jonah señalando El señor de las moscas con una Jumper—. Creo que deberías empezar a aceptar que no le gusta.
—Es un clásico.
—Es una perra.
—Primero, se llama Punky —lo corrigió Dolores dejando de cepillarla—. Y segundo, tiene bastante mejor gusto literario que tú.
—Yo empezaría por algo más sencillo. Rebelión en la granja —sugirió Jonah.
—Espera... ¿Tú te has leído alguno de los dos?
—Mmm... pues no —admitió Jonah—. Pero en uno salen cerdos y en el otro unos niños en una isla. ¿Cómo de difícil puede ser?
Dolores le tapó las orejas a Punky.
—No lo escuches. No sabe lo que dice.
—¿He dicho algo que no sea verdad Billy?
—Yo no pienso meterme en esto
El sol empezaba a bajar sobre Maple Street.
En alguna casa cercana se puso en marcha un cortacésped y, al otro lado de la calle, un aspersor comenzó a golpear rítmicamente contra un seto.
Jonah volvió a Fangoria ; Dolores siguió cepillando a Punky mientras leía algunas páginas en voz alta y Billy retomó lo que estaba escribiendo.
Punky cerró los ojos.
—¿Ves? —murmuró Jonah sin levantar la vista de la revista—. La estás durmiendo.
Dolores le lanzó el cepillo y Jonah consiguió agacharse justo a tiempo.
Billy todavía se estaba riendo cuando la verja volvió a chirriar y levantó la cabeza esperando ver a algún vecino.
Era Jamal. Se había quedado junto a la verja con las manos metidas en los bolsillos, sin decidirse todavía a entrar.
Billy tardó un momento en descubrir qué había de raro en él.
Desde que lo conocía, Jamal parecía tener una camiseta de la NBA para cada día del año: Bulls, Lakers, Knicks...
Aquella tarde llevaba una azul marino sin ningún dibujo, unos vaqueros gastados y unas zapatillas blancas bastante machacadas.
—Hola, Jamal —dijo Dolores mientras dejaba el cepillo sobre el porche—. Pasa.
—Hola...
Jamal abrió la verja, aunque solo avanzó un par de pasos.
—Me alegro de que hayas venido, Jamal —dijo Dolores