Punky: El perro que nos encontró 7
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—¿Su padre? ¿El Domino’s Killer? —Jonah soltó una carcajada incrédula—. Venga, Jamal. Eso es una estupidez.

—Ya lo sé —admitió Jamal, frotándose la nuca—. Yo también se lo dije, pero Aaron está convencido.

Al otro lado de la puerta del quirófano sonó el golpe metálico de una bandeja y alguien dijo algo que Billy no alcanzó a entender. Durante un momento todos parecieron escuchar. Luego solo volvió a oírse el zumbido de los fluorescentes.

Billy no apartó los ojos de Jamal. Esperaba una excusa, alguna de esas historias que Aaron inventaba cuando necesitaba salir de un lío, pero Jamal no parecía tener ninguna.

—Explícamelo —dijo Billy.

Jamal echó un vistazo alrededor antes de contestar. Morrigan seguía frente a él con el café entre las manos.

—Hace meses que Aaron está con lo mismo. Dice que su padre oculta algo.

—¿Qué dice exactamente? —preguntó Jonah.

—Que cuelga el teléfono cuando aparece él, que oye discusiones, que encuentra papeles por casa... —Jamal se encogió de hombros—. Medicamentos, reclamaciones, gente que se queda dormida... Yo qué sé. Aaron ha ido juntándolo todo.

—¿Y con todo eso decidió que su padre era un asesino? —preguntó Morrigan dejando el café sobre la mesa.

—Es Aaron —respondió Jamal con una sonrisa cansada—. Si ve dos cosas que encajan, se inventa la tercera.

—¿Y ella qué pinta en todo esto?

—Punky, nada. —Jamal se frotó las manos contra la sudadera—. El problema erais vosotros.

Jonah frunció el ceño.

—¿Nosotros?

—Tú, Billy, Dolores... Los tres. Investigabais cosas, hacíais mapas, os metíais donde nadie os llamaba... Aaron empezó a pensar que tarde o temprano encontraríais algo de su padre.

—Espera —dijo Dolores inclinándose hacia él—. ¿Nuestro mapa?

—Sí. Decía que era un problema. Que cuanto más buscarais al Domino’s Killer, más posibilidades había de que encontrarais algo que no debíais.

Billy miró a Jonah. Aaron de verdad se había creído todo aquello.

—¿Qué hizo? —preguntó Jonah.

Jamal bajó la vista.

—Dijo que teníamos que conseguir que dejarais de investigar.

—¿Cómo?

—Quitándoos a Punky.

Jamal tardó unos segundos en continuar.

—No íbamos a dejarla allí tanto tiempo, lo juro —dijo Jamal sin levantar la vista—. Pensábamos volver esa misma tarde.

Billy apretó los labios, pero no dijo nada.

—Cuando encontraste a Hope nos convencimos de que habías tenido suerte. Los tres. —Jamal levantó un momento la vista hacia él—. Pero después empecé a fijarme en vosotros. Os peleabais y todo eso, pero daba igual. Si uno se metía en un lío, los otros estaban allí.

—Y me di cuenta de que vosotros os teníais —continuó Jamal, clavando los ojos en el suelo—. Nosotros no.

—Jamal, piensa un momento —dijo Morrigan inclinándose hacia él—. ¿Aaron mencionó alguna empresa? ¿Algún nombre?

—No sé... Hablaba de llamadas, de envíos, de gente que...

La puerta del quirófano se abrió antes de que Jamal pudiera continuar y Billy se puso en pie. El doctor Miller apareció quitándose los guantes, con el pelo blanco revuelto y las gafas torcidas. Parecía agotado, pero sonreía.

Billy se acercó antes de que Miller terminara de quitarse los guantes.

—Doctor... ¿Cómo está?

Miller miró alrededor y arqueó las cejas al ver la sala llena.

—Vaya... —dijo quitándose las gafas para limpiarlas con la manga de la bata—. No sabía que habíamos citado a medio Riverbend.

Alguien se rio por lo bajo. Billy ni siquiera volvió la cabeza.

—¿Punky está bien? —preguntó Dolores.

—Sí —respondió Miller mientras volvía a ponerse las gafas.

Billy dejó escapar el aire.

—Está bien —continuó el veterinario—. Tiene una fractura en la pata, varios cortes y un susto de campeonato, pero se recuperará.

—¿Seguro? —preguntó Jonah inclinándose hacia delante.

—Completamente. Tendrá que guardar reposo unas semanas y no apoyar esa pata —explicó Miller señalando el pasillo con el pulgar—. Lo difícil será convencerla a ella.

—Buena suerte —murmuró Dolores.

Miller sonrió.

—Eso mismo he pensado yo. Y os aviso de otra cosa: en cuanto descubra que estar herida significa comida, mimos y gente pendiente de ella, vais a tener perra enferma hasta Navidad.

Esta vez Billy también se rio.

—Podréis verla dentro de unos minutos —añadió Miller—, pero de uno en uno. Bastante tengo ya con mantenerla quieta como para que ahora piense que la han elegido alcaldesa de Riverbend.

—Gracias a Dios... —murmuró Penelope, apretando un momento el hombro de Dolores.

—Ya lo decía yo —masculló Peter desde su silla con una sonrisa—. Esa perra es demasiado cabezota para rendirse.

Billy también sonrió. Al levantar la vista, reparó en las letras bordadas bajo el logotipo de la camisa de McAllister: BUILT TO LAST. Las había visto miles de veces en el taller y en la vieja furgoneta aparcada al otro lado de la cristalera.

Salió al aparcamiento. La lluvia había parado y las luces de la clínica se reflejaban en los charcos.

—Papá...

—¿Qué pasa? —preguntó Rick levantando la cabeza.

—Está bien —dijo Billy, y no consiguió ocultar la sonrisa.

Rick lo miró durante un segundo antes de carraspear y volver los ojos hacia la calle.

—Claro que está bien. Es Punky.

—Has estado preocupado.

—¿Yo? —resopló Rick—. No digas tonterías. Es un perro.

—Papá... llevas una hora ahí fuera.

—Me gusta la lluvia —dijo Rick, hundiendo un poco más las manos en los bolsillos.

Billy miró el cielo despejado.

—Ya.

—Y necesitaba aire.

—Claro.

—Anda, entra de una vez —dijo Rick señalando la clínica con la barbilla—. Como esa perra se despierte y no te vea, tendremos otro problema.

Billy llegó a la puerta antes de volverse.

—También te quiere a ti, ¿sabes?

Rick ya estaba mirando hacia la calle.

—Entra, Billy.

Billy regresó a la clínica sin responder. Jonah y Dolores lo esperaban junto al pasillo.

—Ven aquí, idiota —dijo Jonah abriendo los brazos.

—¿Qué haces?

—Cállate.

Billy apenas tuvo tiempo de esquivarlo antes de que Jonah lo abrazara.

—Eh —protestó Dolores metiéndose entre los dos—. Que yo también he ayudado a encontrar a esa perra.

—¡Dolores!

Ella rodeó a Billy con un brazo y a Jonah con el otro. El empujón hizo que los tres trastabillaran y acabaran apretujados en mitad de la sala.

—Me estáis aplastando —protestó Jonah.

—Qué dramático eres —dijo Dolores apretándolo un poco más.

—No, en serio... Creo que me he roto algo.

—No te preocupes. Luego le pedimos a Miller que te ponga una escayola.

Billy se rio.

—Os he echado de menos, chicos.

Jonah lo apretó un poco más.

Dolores también.

—Vale... Ahora soy yo el que no puede respirar.

—Pues habla menos —dijo Jonah.

Cuando se separaron, Jonah se recolocó la sudadera refunfuñando mientras Dolores todavía se reía.

—Jamal.

La voz de Morrigan llegó desde el otro lado de la sala. El agente ya se había puesto el impermeable y tenía las llaves del coche en la mano.

—¿Sí?

—Ven conmigo un momento.

—¿Pasa algo?

—Ya hablaremos por el camino —dijo Morrigan abriendo la puerta—. Vamos.

Jamal se quedó donde estaba.

—¿Adónde?

—A buscar a Aaron Mercer.

Jamal tragó saliva y salió detrás de él.

Billy los vio cruzar el aparcamiento. Jamal subió al coche y, unos segundos después, las luces traseras desaparecieron al doblar la esquina.

—Billy.

Se volvió. El doctor Miller lo esperaba al comienzo del pasillo.

—Ya puedes verla.

Billy no necesitó que se lo dijera dos veces.