Punky: El perro que nos encontró 6
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La clínica veterinaria de Riverbend nunca había parecido especialmente grande, pero aquella noche estaba llena.

Algunos vecinos ocupaban las sillas de la recepción; otros esperaban de pie junto a las paredes o hablaban en voz baja cerca de la máquina de café.

La lluvia había vuelto poco después de que llegaran y golpeaba suavemente la cristalera de la entrada.

En una noche normal habría algún perro nervioso tirando de la correa, un gato enfadado dentro de un transportín y alguien hojeando las mismas revistas viejas de siempre.

Aquella noche casi nadie prestaba atención a los animales ni a las revistas.

Cada vez que se abría la puerta del fondo, todas las cabezas se levantaban.

El doctor Miller llevaba casi una hora atendiendo a Punky.

Billy había dejado de contar las veces que miraba hacia aquella puerta. Desde el pasillo llegaban de vez en cuando unos pasos, el chirrido de unas ruedas o el tintineo de algo metálico, y siempre ocurría lo mismo: levantaba la cabeza, esperaba unos segundos y volvía a mirar el reloj.

Las nueve y diecisiete.

Desvió la vista hacia la cristalera. Rick seguía fuera, apoyado contra la vieja furgoneta, con las manos metidas en los bolsillos. La lluvia caía bajo la luz del aparcamiento y él permanecía allí, mirando hacia la clínica de vez en cuando.

Jonah estaba sentado a su lado. Después de una semana evitándose, resultaba extraño volver a tenerlo tan cerca, con los dos pendientes de la misma puerta.

—Va a salir de esta —murmuró Jonah sin apartar la vista del pasillo.

—¿Y si no? —preguntó Billy apoyando los codos sobre las rodillas.

—Entonces obligaremos a Miller a montar un laboratorio secreto y a hacer un Frankenstein —respondió Jonah, dándole vueltas al pañuelo entre los dedos.

—Frankenstein no era el monstruo, era el doctor —corrigió Billy, y se le escapó una risa.

—Oeeer, Billy... Ya sabes que la literatura nunca ha sido lo mío. Si hubieran hecho una película decente...

Desde el otro lado de la puerta llegó el chirrido de unas ruedas y Billy levantó la cabeza al mismo tiempo que Jonah. Los dos esperaron hasta que el ruido se perdió por otro pasillo.

Jonah se acomodó de nuevo en la silla y dio un par de vueltas al pañuelo entre los dedos.

—Oye... lo de la cascada. —Bajó la vista hacia sus manos—. Fui un imbécil. Pensé que ibas a dejar de quedar conmigo.

—¿Estás tonto? —Billy lo miró—. Eres mi mejor amigo, Jonah.

—A ver... tú tampoco estuviste muy brillante.

—¿Lo dices por acusarte de secuestrar a mi perro?

—Entre otras cosas.

—Sí, bueno... aquello fue bastante idiota —admitió Billy agachando la cabeza con una sonrisa.

—Bastante no. Idiotísimo.

—Vale, vale, me lo merezco —protestó Billy dándole un codazo—. ¿Entonces estamos bien?

—A ver... primero tendré que estudiar el caso. Consultarlo con mi abogado, revisar los precedentes...

—Jonah...

—Hay muchos factores que considerar, Billy. No podemos precipitarnos.

—Jonah, tío, no te pases.

—Claro que estamos bien —cedió por fin con una sonrisa—. ¿Desde cuándo separan a Indiana Jones y Short Round?

A Billy todavía le duraba la sonrisa cuando se abrió la puerta principal y una corriente de aire húmedo recorrió la sala. Penelope Whitmore entró cerrando un paraguas que goteaba sobre el suelo, con el abrigo mal abrochado y el pelo recogido deprisa.

—¿Cómo está? —preguntó dejando el paraguas junto a la puerta.

—Todavía no sabemos nada mamá.

Penelope abrazó a su hija y, al separarse, se acercó a Billy.

—Saldrá adelante, Billy. Ya verás —dijo Penelope apretándole un momento el brazo.

—Eso espero...

—Nada de eso. Esa perra es demasiado cabezota para rendirse ahora.

—Como Jonah —añadió Dolores señalándolo.

—Eh...

—Y William.

—Oye, ¿yo qué he hecho? —protestó Billy levantando una mano.

—Ser tú.

Billy sonrió y volvió a mirar hacia la puerta del fondo. Alguien pasó una página al otro lado de la sala. Una cucharilla chocó un par de veces contra una taza y, fuera, su padre seguía apoyado contra la furgoneta con las manos metidas en los bolsillos.

Un motor entró en el aparcamiento.

Billy volvió la cabeza. Una camioneta se detuvo junto a la furgoneta y Peter McAllister bajó todavía con la camisa azul del taller, salpicada de grasa. Cerró la puerta, vio a Rick y fue directamente hacia él.

Hablaron unos segundos bajo la luz del aparcamiento. Billy no podía oírlos a través del cristal. Peter preguntó algo y Rick negó con la cabeza. Después McAllister le dio una palmada en el hombro y señaló la clínica.

Rick volvió a negar. Peter entró solo. Peter resopló mientras se sacudía unas gotas de los hombros.

—Mira que llevo años diciéndole que me llame Peter y tu padre se empeña en llamarme jefe.

—Señor McAllister... ¿qué hace usted aquí?

—¿Qué clase de pregunta es esa, muchacho? He oído lo de Punky.

—¿Qué? ¿La conocía?

—¿Conocerla? —Peter arrastró una silla hasta ellos—. Si algunas tardes tu padre aparecía con ella en el taller.

—¿Punky iba a McAllister Tools?

—Y se comportaba como si fuera suyo. —Se dejó caer con un resoplido—. Primero daba una vuelta por los bancos de trabajo para comprobar si algún idiota había dejado un bocadillo sin vigilancia. Después se tumbaba junto al radiador y nos vigilaba trabajar.

—Sabía que le caía bien —dijo Jonah sonriendo.

—¿Bien? Muchacho, nos tenía a todos domesticados. Y a tu padre el primero.

Billy miró otra vez hacia la cristalera.

—Nunca me dijo que la llevaba al taller.

—Tu padre no cuenta muchas cosas.

—Ya...

—Pero Punky iba bastante. —Peter sonrió por debajo del bigote—. Más de lo que él admitiría.

Billy observó a su padre unos segundos. Rick cambió el peso de una pierna a otra, miró hacia la puerta de la clínica y volvió a meter las manos en los bolsillos.

—¿Por qué no entra?

Peter también miró hacia el aparcamiento.

—Porque es Rick Kowalski, muchacho.

Su padre seguía junto a la furgoneta, cambiando de postura de vez en cuando, pero sin acercarse a la clínica.

—Eso sí Billy... como le cuentes que te he dicho todo esto, negaré cada palabra. Bastante me ha costado mantener intacta su fama.

—No se preocupe. Seguirá siendo un gruñón oficialmente.

—Buen chico.

La puerta principal volvió a abrirse y el agente Morrigan entró sacudiéndose el agua del impermeable, con un vaso de café en una mano. Recorrió la recepción hasta encontrar a Billy y después miró hacia el pasillo.

—¿Cómo está?

—Siguen con ella —respondió Dolores.

Morrigan asintió y dejó el café sobre la mesa.

—¿Ha salido Miller?

—Todavía no.

El agente miró un momento hacia la puerta del fondo antes de acercarse.

—Saldrá adelante.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

—Porque es Punky —respondió Morrigan encogiéndose de hombros.

—A mí me vale —dijo Peter con una risa por la nariz.

—Es mi mejor amiga —dijo Billy antes de volverse hacia Jonah—. Sin ofender.

—Tranquilo, Indiana Bill —respondió Jonah—. Contra Punky no pienso competir.

—Vale, muchacho —dijo Morrigan acercando una silla con el pie—. Una cosa cada vez. Cuéntame qué ha pasado.

Billy empezó por Aaron, Jamal y Fred. Le contó que ninguno había aparecido por el instituto aquella mañana y que Jonah los había visto hablando a escondidas unos días antes.

—Mencionaron a Punky —intervino Jonah—. Y lo del aparcamiento.

—Vale. Mírame, Jonah —dijo Morrigan levantando la vista del café—. ¿Estás seguro de las dos cosas?

—Sí. De las dos.

Billy continuó. Le explicó cómo habían llegado hasta Hollow Creek, los ladridos bajo la casa y la puerta cerrada del sótano. Cuando mencionó la pata de Punky, bajó la vista hacia sus manos y dejó que Jonah terminara por él.

Morrigan escuchó sin interrumpirlos salvo para preguntar alguna hora o precisar algún detalle.

—Así que creéis que fueron ellos —dijo cuando terminaron.

—No lo creemos —replicó Jonah—. Lo sabemos.

—No. Lo sospecháis.

—Vamos, agente... —protestó Billy.

—Una cosa es saber que Aaron estaba enfadado contigo y otra demostrar que encerró a Punky en ese sótano.

—Genial. Ya está hablando como el Director Holloway —resopló Dolores.

—Eso ha dolido, Whitmore —admitió Morrigan dejando el café sobre la mesa—. Vale. Hablaré con Aaron, Jamal y Fred. Si alguno estuvo en Hollow Creek, quiero saber cuándo llegó, con quién y qué hizo allí.

—¿Y si mienten? —preguntó Billy.

—La gente miente peor de lo que cree.

—¿Y si fueron ellos?

Morrigan se inclinó ligeramente hacia delante.

—Entonces tendrán que responder por ello.

La puerta principal volvió a abrirse antes de que nadie pudiera responder. Las conversaciones se fueron apagando una tras otra hasta que Billy también miró hacia la entrada.

Jamal estaba bajo el marco de la puerta, empapado.

La sudadera le goteaba sobre el linóleo, llevaba el pelo pegado a la frente y tenía unas ojeras que Billy no recordaba haberle visto nunca.

Entró un paso, quizá dos, y se quedó allí, mirando las sillas, el mostrador, la máquina de café. A cualquier sitio menos a él.

Billy se levantó. La silla chirrió contra el suelo y Jonah se puso en pie a su lado.

—¿Qué haces aquí?

Jamal abrió la boca, pero tardó en encontrar la voz.

—Billy...

—Te he preguntado qué haces aquí, Jamal.

Peter dejó la cucharilla dentro del vaso. Morrigan permaneció sentado, observando.

—He venido porque necesitaba verla.

—¿Verla? —Billy miró hacia la puerta del quirófano antes de volverse hacia él—. Pues cuando salga, la miras. Miras bien lo que le habéis hecho y luego me dices que has venido a verla.

—Jamal, será mejor que te vayas —dijo Jonah.

Jamal no se movió.

—Vete.

Aquello sí consiguió que levantara la vista.

Billy casi nunca lo había visto sin Aaron cerca.

En el instituto iban juntos a todas partes; Aaron hablaba y Jamal se reía, Aaron empezaba una bronca y Jamal aparecía detrás.

Ahora estaba solo, empapado en mitad de la clínica, con las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera.

Y no parecía saber qué hacer con ellas.

—Necesito deciros una cosa.

Nadie respondió. Jamal tragó saliva y miró un instante hacia la puerta del quirófano antes de atreverse a continuar.

—Lo sé —murmuró Jamal bajando la cabeza.

—¿Lo sabes? —Billy dio un paso hacia él—. ¿Sabes cómo la hemos encontrado? ¿Sabes lo que...?

—Billy —lo frenó Morrigan sin levantar la voz.

Jamal se pasó una mano por la nuca.

—Se acabó.

—¿Qué se ha acabado?

—Todo. Aaron, Fred... todo. Estoy cansado, Billy.

—Punky está ahí dentro porque vosotros estabais aburridos.

—No estábamos aburridos —dijo Jamal levantando por fin la cabeza—. Éramos idiotas. Que es peor.

Billy apretó los labios.

—Pues en eso estamos de acuerdo.

Jamal aguantó su mirada unos segundos.

—¿Quieres saber por qué iba siempre con Aaron?

Billy no contestó, pero Jonah sí.

—¿Por qué?

—Porque era más fácil, tío —admitió Jamal encogiéndose de hombros.

—¿Más fácil que qué? —preguntó Billy.

Jamal tardó un momento en responder.

—Que estar solo.

Dolores lo miró desde el otro lado de la sala.

—Siempre os tuve envidia —continuó Jamal—. A los tres.

aló a Billy y después a sí mismo.

—A vosotros tres. Siempre estabais juntos. Hacíais vuestras cosas, discutíais, os metíais en líos... —Jamal dejó escapar una sonrisa cansada mientras los miraba—. Os daba igual lo que pensaran los demás.

—Eso te lo has inventado —resopló Jonah.

—Lo juro, al menos yo lo veía así —admitió Jamal, bajando otra vez la mirada.

—¿Y tú qué? —preguntó Billy.

—Yo hacía lo que decía Aaron —respondió Jamal después de unos segundos.

—Podías haber dejado de ir con ellos.

—Sí. Pero me daba miedo.

—De Aaron?

Jamal asintió sin mirarlo.

Un auxiliar cruzó la recepción con un perro pequeño envuelto en una manta y desapareció por el pasillo mientras Billy seguía mirando a Jamal.

—¿Y qué tiene que ver Aaron con Punky?

—Todo empezó hace unos meses —respondió Jamal después de soltar el aire.

Morrigan dejó el vaso de café sobre la mesa.

—Entonces empieza por ahí.

—No sé exactamente cuándo empezó —admitió Jamal, mirando un instante hacia la puerta del quirófano—. Al principio pensé que era otra de sus historias. Ya conocéis a Aaron.

—Por desgracia —murmuró Jonah.

—Pero no se le pasó. Cada vez hablaba más de lo mismo.

—¿De qué? —preguntó Billy.

—De su padre.

Morrigan se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Qué pasa con su padre?

—Aaron lleva meses investigándolo —dijo Jamal mientras se frotaba la nuca—. Mira sus cosas, apunta cuándo sale de casa, dónde va... Una vez hasta me enseñó una libreta que había encontrado en su despacho.

—¿Investigándolo por qué?

—Porque está convencido de que su padre es el Domino’s Killer.

Billy se quedó mirando a Jamal mientras la lluvia seguía golpeando los cristales de la clínica.