Punky: El perro que nos encontró 5
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Billy salió del sótano con Punky entre los brazos y agradeció el aire fresco del atardecer después de tanto olor a humedad y madera podrida.

La perra llevaba la cabeza apoyada contra su hombro y seguía temblando; de vez en cuando soltaba un gemido tan débil que Billy la apretaba un poco más contra el pecho, procurando no moverle la pata.

La miró una vez mientras subía los últimos escalones y enseguida tuvo que apartar los ojos.

Seguía torcida de aquella manera imposible.

Jonah y Dolores salieron detrás de él y los tres echaron a andar hacia el camino.

—¿Y Morrigan? —preguntó Billy sin detenerse.

—Mi madre ha hablado con él. —Jonah tuvo que tomar aire antes de continuar—. Va directo a la casa. Sabe que nosotros nos llevamos a Punky.

Billy asintió y siguió caminando, pendiente del peso de la perra entre sus brazos y de cada pequeño gemido que soltaba. Estaban llegando al camino cuando el ruido de un motor hizo que Dolores mirara hacia la carretera.

—Ahí viene alguien.

Un vehículo apareció entre los árboles levantando polvo y grava. Billy creyó durante un instante que sería Morrigan, pero enseguida reconoció la vieja furgoneta blanca, el logotipo descolorido de McAllister Tools en la puerta y aquella pegatina medio despegada del paragolpes trasero.

Era su padre.

Rick tomó la última curva mucho más deprisa de lo que Billy le había visto conducir nunca y frenó junto a ellos. En cuanto bajó la ventanilla y vio a Punky entre los brazos de su hijo, se quedó mirándola durante un segundo.

—Dios...

Abrió la puerta, rodeó la furgoneta y se acercó a ellos.

—Vamos. Subidla.

Billy entró el primero y se sentó con cuidado, procurando no moverle la pata a Punky mientras la acomodaba sobre sus piernas.

La perra dejó escapar un quejido apenas audible y apoyó la cabeza contra su pecho.

Jonah se sentó a su lado y Dolores cerró la puerta de un golpe; apenas había terminado de acomodarse cuando Rick metió la primera y arrancó.

—Hay que llevarla al veterinario, papá. Está muy mal...

—Lo sé —respondió Rick sin apartar los ojos de la carretera mientras apretaba las manos alrededor del volante—. Agarraos.

La vieja furgoneta salió del camino levantando una nube de polvo y Billy tuvo que sujetar a Punky cuando las ruedas golpearon el primer bache.

Jonah apoyó una mano bajo la manta que cubría parte de su cuerpo para ayudarlo a mantenerla inmóvil, mientras Dolores, sentada al otro lado, no dejaba de mirar la pata herida.

—Despacio —murmuró Billy.

Rick levantó el pie apenas lo suficiente para tomar la siguiente curva sin sacudirlos tanto.

La casa de Hollow Creek desapareció enseguida entre los árboles y las primeras sombras del anochecer.

Billy mantuvo una mano bajo el pecho de Punky y con la otra le acarició el cuello, intentando sujetarla cada vez que la suspensión protestaba contra los baches de Willow Bend Road.

Aun así, alguno conseguía arrancarle un pequeño estremecimiento.

—Ya está... —murmuró Billy inclinándose hacia ella—. Ya nos vamos de aquí.

Punky apenas reaccionó. Respiraba deprisa, con la cabeza apoyada contra él y los ojos medio cerrados, pero cuando Billy siguió acariciándole el cuello movió ligeramente el hocico hasta rozarle la mano. Continuó haciéndolo durante todo el camino.

—Aguanta un poco más, Punky. Ya casi estamos.