Punky: El perro que nos encontró 4
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Willow Bend Road llevaba ya un buen trecho alejándose de Riverbend cuando la vieja casa de Hollow Creek apareció entre los árboles.

A esas alturas apenas quedaban aceras, las casas estaban demasiado separadas para llamarlas vecinas y el bosque empezaba a cerrarse sobre los márgenes de la carretera.

Billy aflojó el paso al distinguir la verja.

Hasta hacía unos meses, aquel lugar no había sido más que otra de las historias que circulaban por Riverbend.

Unos juraban haber visto luces detrás de las ventanas; otros, escuchado pasos dentro cuando la casa llevaba años vacía.

Los chavales se retaban a llegar de noche hasta el porche y salían corriendo antes de tocar la puerta.

Billy recordaba haber pasado una vez por allí con su madre, siendo pequeño. Preguntó qué era aquella casa y Claire ni siquiera redujo la velocidad.

—Un sitio al que no tienes ninguna razón para acercarte, William.

Las historias dejaron de tener gracia el día que encontraron allí a Hope Callaghan. Después de eso, nadie volvió a apostar quién era capaz de llegar hasta el porche.

Cuando alcanzaron la verja, el sol empezaba a desaparecer detrás de los árboles.

Las malas hierbas se habían comido buena parte del sendero, varias ventanas continuaban tapiadas desde la investigación y el porche parecía haberse vencido un poco más hacia un lado.

Una rama rozaba la fachada cada vez que soplaba el viento y volvía a separarse con un golpe seco.

Billy contempló la casa unos segundos antes de saltar la verja.

—¡Punky!

Su voz se perdió entre los árboles. Esperó, aguzando el oído, y volvió a llamar.

—¡Punky!

Dolores se detuvo al pie del porche y miró las ventanas oscuras.

—Sea... no me gusta nada este sitio.

—A nadie le gusta —respondió Jonah al subir el primer escalón, que crujió bajo su peso.

Billy probó la puerta aun sabiendo que estaría cerrada. Después se acercó a una de las ventanas y pegó la cara al cristal, protegiéndose los ojos con las manos para intentar ver el interior. Entre la oscuridad apenas distinguió algunos muebles cubiertos con sábanas y el suelo lleno de polvo.

—No está aquí.

Rodearon la casa sin hablar. Billy iba delante, apartando las ramas con el antebrazo y llamando a Punky cada pocos pasos; Jonah comprobaba las ventanas mientras Dolores se apartaba del sendero para mirar entre la maleza y debajo del viejo porche.

La parte trasera estaba aún peor que la fachada.

Un viejo columpio oxidado sobresalía entre los arbustos y la hierba había crecido hasta ocultar buena parte del terreno.

Billy trataba de concentrarse en la búsqueda, pero una y otra vez terminaba mirando hacia la casa.

—Billy... —lo llamó Dolores.

Se volvió demasiado deprisa. Por un instante creyó que la había encontrado, hasta que vio hacia dónde señalaba.

Entre la maleza asomaban unos escalones que descendían hasta la vieja puerta del sótano.

Jonah se quedó mirándolos.

—Oeeer... no. Ahí abajo no.

Billy pensó lo mismo. Punky odiaba los sótanos. Bastaba abrir una puerta que condujera bajo tierra para que se plantara frente al primer escalón, olfateara desde arriba y buscara cualquier otro camino. Más de una vez la habían visto dar la vuelta a media casa con tal de no bajar por unas escaleras.

Durante unos segundos ninguno se movió. El viento agitó las copas de los árboles y la misma rama volvió a golpear la fachada.

Después, silencio.

Billy estaba a punto de darse la vuelta cuando oyó un ladrido tan débil que durante un instante creyó haberlo confundido con el viento.Los tres levantaron la cabeza.

—¿Habéis oído eso? —susurró Dolores.

Nadie tuvo tiempo de responder. El ladrido volvió a llegar, apagado por la tierra y la madera.

Esta vez Billy supo exactamente de dónde venía.

—Punky...

Echó a correr hacia las escaleras. Bajó los peldaños de dos en dos, resbaló en el último y se golpeó el hombro contra el muro, pero apenas lo sintió.

—¡Punky!

La respuesta llegó casi antes de que terminara de gritar. Un ladrido desesperado sonó al otro lado de la puerta. Después vino un gemido agudo y el arañazo frenético de unas uñas contra la madera.

Ras. Ras. Ras.

—Está ahí.

Jonah ya había sacado la linterna. El haz recorrió el sótano y fue descubriendo paredes húmedas, tuberías oxidadas, cajas amontonadas y estanterías vencidas bajo el peso de los años. Olía a tierra mojada y madera podrida.

Punky volvió a ladrar. Esta vez el sonido llegó claramente desde el fondo.

—Por ahí —dijo Jonah, moviendo la linterna.

Casi oculta tras unas estanterías derrumbadas había una pequeña puerta de madera. En cuanto la luz cayó sobre ella, las uñas volvieron a arañar desde el otro lado y algo golpeó con fuerza contra la madera.

Billy echó a correr.

—¡Punky! ¡Ya voy!

Agarró el pomo con las dos manos y tiró. Nada. Volvió a intentarlo, apoyando un pie contra la pared para hacer más fuerza.

—¡Está cerrada!

—¡Aparta!

Jonah lo empujó a un lado y embistió la puerta con el hombro. El marco tembló y una lluvia de polvo cayó sobre los dos, pero la cerradura aguantó.

—Mierda...

Punky empezó a ladrar otra vez. De pronto, entre dos ladridos, soltó un gemido que Billy no le había oído nunca. Se lanzó de nuevo hacia el pomo.

—Tenemos que sacarla.

—Ya lo sé.

—¡Pues ahora!

Mientras Billy y Jonah seguían peleándose con la puerta, Dolores apartó unas cajas podridas y varios tablones hasta encontrar un bloque de hormigón entre los escombros.

—¡Aquí! ¡Ayudadme!

Los tres consiguieron levantarlo. Apenas podían sujetarlo con las manos cubiertas de polvo y Billy sintió los brazos tensarse en cuanto lo separaron del suelo.

—¡Una... dos... tres! —contó Jonah.

Descargaron el bloque contra la puerta. La madera crujió y el golpe sacudió el marco, pero la cerradura resistió.

—¡Otra! —gritó Billy.

Volvieron a levantarlo. Esta vez los dedos empezaron a resbalarle por el polvo y el sudor antes incluso de tenerlo a la altura del pecho.

—¡Ahora!

El segundo golpe abrió una grieta junto a la cerradura.

Punky empezó a arañar la madera con más fuerza.

—¡Nos oye! —Jonah volvió a agarrar el bloque—. ¡Vamos, otra vez!

—¡Punky! ¡Ya vamos!

La perra respondió golpeando la puerta desde dentro. Billy apenas podía sostener ya el peso, pero esperó a que Dolores recuperara el agarre y miró a Jonah.

—¡Vamos!

Lo descargaron una última vez.

La madera se abrió junto a la cerradura y el pestillo saltó con un chasquido metálico. La puerta cedió unos centímetros.

Un hocico cubierto de barro y polvo apareció por la abertura.

—¡Punky!

Después salió una pata. Intentó sacar la otra, pero se oyó un gemido y desapareció de nuevo en la oscuridad.

Billy soltó el bloque y se lanzó contra la puerta para abrirla mientras Jonah dirigía la linterna hacia el interior.

Punky estaba acurrucada contra la pared, cubierta de barro y polvo. Temblaba sin control y mantenía los ojos abiertos, moviéndolos de un lado a otro cada vez que la luz de la linterna recorría el cuarto.

Billy dio un paso hacia ella.

—Punky...

La perra levantó apenas el hocico y olfateó el aire. Las orejas se alzaron ligeramente y sus ojos recorrieron el cuarto hasta encontrar a Billy. Dejó escapar un gemido y trató de acercarse. Apenas consiguió dar un paso antes de que las patas le fallaran.

—¡Punky!

Billy cayó de rodillas y llegó a sujetarla antes de que golpeara el suelo. La atrajo hacia él y fue entonces cuando vio la pata delantera, torcida en un ángulo que hizo que se le revolviera el estómago.

—Dios mío... —murmuró Dolores.

Punky intentó levantarse otra vez.

—No, no... quieta.

Billy la sujetó contra su pecho antes de que pudiera incorporarse. La perra gimió y escondió el hocico contra él.

—Ya está... tranquila —murmuró, acariciándole el cuello—. Estoy aquí. Ya estoy aquí.

Punky dejó de intentar levantarse.

Seguía temblando. Billy podía sentir su corazón desbocado contra el pecho y notaba su respiración caliente atravesándole la camiseta. La abrazó con más cuidado, procurando no tocarle la pata, y levantó la vista hacia Jonah.

—Ve a buscar ayuda. A Morrigan, a mi padre... a quien encuentres. Pero corre.