Punky: El perro que nos encontró 3
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La siguiente hora acabó convirtiéndose en un borrón del que Billy apenas conservaría unos cuantos recuerdos: el olor a césped recién cortado al pasar junto al parque, una radio sonando detrás de una ventana abierta, dos chicos cruzando Chestnut Avenue en bicicleta y el señor Donelly discutiendo con un cliente por el precio de unas salchichas delante de la carnicería.

El resto de la búsqueda terminaría mezclándose en su memoria.

Riverbend seguía a lo suyo. En Maple Street algunos vecinos sacaban la basura antes de cenar, los niños todavía corrían de un jardín a otro y de las ventanas abiertas escapaban olores a carne asada, tomate frito y café.

Billy apenas reparaba ya en nada. Caminaba cada vez más deprisa, mirando detrás de las vallas, entre los coches aparcados y al fondo de cada calle.

—¡Punky!

Su voz recorrió las casas y se perdió entre los árboles.

Dolores iba unos pasos por detrás, asomándose a jardines, entradas de garaje y patios abiertos.

Al principio todavía habían bromeado con la posibilidad de que Punky apareciera con una pelota robada o cualquier otro tesoro entre los dientes, pero hacía ya un buen rato que ninguno encontraba nada gracioso en aquello.

—¿Crees que se habrá metido en alguna casa? —preguntó Dolores mientras miraba por encima de una valla de madera.

—Si hubiera encontrado comida, ya habría vuelto para presumir.

Billy siguió andando sin reducir el paso y Dolores tuvo que acelerar para alcanzarlo. Cada vez que doblaban una esquina y la calle aparecía vacía, él caminaba un poco más deprisa.

Al llegar a Chestnut Avenue encontraron al señor Donelly bajando la persiana de la carnicería. El hombre soltó la cinta en cuanto vio acercarse a Billy y dejó el cierre a medio camino.

—No tienes buena cara, muchacho. ¿Qué ha pasado?

—No encontramos a Punky.

—¿Cómo que no la encontráis? —Donelly soltó la cinta de la persiana y se volvió hacia Billy.

—Ha desaparecido.

—¿Punky? Esta mañana estaba por aquí. Intentó robarme una alita de pollo.

—Eso sí parece ella... —dijo Dolores, y durante un segundo consiguió sonreír.

—Ya te digo. —Donelly señaló calle abajo con la barbilla—. Estuvo rondando un rato y después tiró hacia Oak Square.

Billy miró inmediatamente en aquella dirección.

—¿Está seguro?

—Completamente.

Los tres se quedaron mirando hacia Oak Square, esperando quizá que Punky apareciera doblando la esquina con la lengua fuera y la cola en movimiento. No apareció.

—Si la veo, os llamo.

—Gracias.

Billy ya se alejaba cuando volvió a llevarse las manos a la boca.

—¡Punky!

Donelly se quedó frente a la carnicería mientras ellos continuaban calle abajo.

A partir de allí la búsqueda empezó a repetirse de puerta en puerta.

La señora Parker dejó la manguera junto a sus hortensias para asegurarles que no la había visto desde el día anterior; el señor McMannaman se detuvo con su beagle y se quedó pensando un momento antes de negar con la cabeza, y una pareja que descargaba bolsas de la compra prometió estar atenta.

Billy daba las gracias y seguía adelante. Dolores consiguió mantenerle el paso durante un par de calles, hasta que tuvo que echar una pequeña carrera para alcanzarlo.

—¡William! ¿Puedes esperar un poco? Como sigas así voy a necesitar una bicicleta para seguirte.

—Perdona... —Billy aflojó el paso, aunque continuó mirando hacia los jardines—. No me doy cuenta.

—Ya lo veo.

Apenas duró hasta la siguiente esquina.

Riverbend empezaba a recogerse para la cena.

Olía a hamburguesas en una casa y a estofado en la siguiente; algunas bicicletas quedaban abandonadas sobre los jardines y las primeras luces se encendían detrás de las ventanas.

Dos calles más abajo cayó una persiana metálica con tal estrépito que Billy se volvió convencido de haber oído un ladrido después del golpe.

Nada.

Siguieron hacia Oak Square, preguntando a cualquiera que todavía estuviera en la calle.

Billy iba a seguir de largo cuando el viento hizo temblar el tablón de anuncios de la farmacia. Entre ofertas de clases particulares, una bicicleta de segunda mano y varios anuncios viejos seguía colgado aquel cartel, amarillento por el sol.

DESAPARECIDA

HOPE CALLAGHAN

Billy apartó la vista. Recordó otros carteles. La cara de Claire en los escaparates, en las farolas, en los postes de teléfono; Rick caminando a su lado por aquellas mismas calles y deteniéndose delante de cada uno aunque ya supiera perfectamente lo que ponían.

Aceleró el paso.

—¡William! Espera...

Billy siguió andando hasta que Dolores lo alcanzó y tuvo que agarrarlo del brazo.

—William, para. ¿Qué te pasa?

—No quiero volver a pasar por esto. Cuando desapareció mi madre... mi padre... —tragó saliva y se pasó una mano por la cara—. No puede volver a pasar, Lola. No con Punky.

—La vamos a encontrar —dijo Dolores apretándole suavemente el brazo.

—Ojalá tengas razón.

Reanudaron la búsqueda. Ya habían recorrido Maple Heights, el parque, la zona del río y la carretera vieja; habían vuelto a la cascada e incluso pasado por casa de los Johnson por si Punky había decidido regresar al último sitio donde estuvo con Mozart.

Nada. Nadie había oído un ladrido ni podía decirles dónde la habían visto después de que Donelly la encontrara rondando la carnicería aquella mañana.

Caminaron otra manzana antes de que Dolores volviera a hablar.

—William... ¿adónde vamos ahora?

—A casa de Jonah.

—William... sabes perfectamente que él no ha sido —dijo Dolores sin apartar la vista de él.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué vamos a su casa?

—Porque ya no sé qué pensar. Necesito que Jonah me diga que estoy siendo idiota, que Punky estará haciendo alguna de las suyas y que dentro de un rato aparecerá con una zapatilla en la boca.

Ello lo miró de reojo, pero no dijo nada.

—Siempre se le ocurre algo —añadió Billy.

—¿A Jonah?

—Una teoría. Da igual lo absurda que sea. Siempre ve algo que nosotros no.

Esta vez Dolores pareció entenderlo. Siguió caminando a su lado sin hacer más preguntas y, cuando Billy apretó otra vez el paso, se limitó a acompañarlo.

Birchwood empezaba a encenderse para la noche cuando llegaron.

Las casas de Birch Lane se sucedían detrás de jardines cuidados y coches recién aparcados; en alguna cocina sonaba una radio y el olor de la cena escapaba por las ventanas abiertas.

Al doblar la última esquina, Billy reconoció la casa de los Kaplan antes incluso de distinguir el número. Las luces del salón estaban encendidas.

Billy cruzó el jardín casi corriendo, subió los escalones del porche de dos en dos y llamó a la puerta. Esperó apenas unos segundos antes de volver a golpear, esta vez con tanta fuerza que el ruido debió de oírse hasta la cocina.

Barbara Kaplan apareció con un paño sobre el hombro y una cuchara de madera en la mano. Detrás de ella escapaba un olor intenso a tomate y cebolla frita.

—¡Billy! Qué sorpresa... Pensaba que...

—¿Dónde está Jonah?

—En la cama. Lleva todo el día...

—¿Dónde, señora Kaplan?

Dolores llegó al porche justo cuando Barbara señalaba hacia el interior con la cuchara.

—Arriba. Pero Billy, ¿qué...?

Él ya estaba entrando.

—Perdone —dijo Dolores al pasar junto a ella.

—¿Ha pasado algo?

—Punky ha desaparecido. Luego se lo explico.

Barbara se quedó inmóvil con la cuchara en la mano mientras Dolores corría detrás de Billy.

Él ya estaba a mitad de la escalera. Desde la cocina llegaba el hervor de una olla y, en el salón, David Kaplan discutía con alguien sobre si una película podía seguir siendo buena después de la tercera secuela.

Billy llegó al dormitorio y golpeó la puerta.

—¿Jonah?

Esta vez sí hubo movimiento al otro lado: una tos, algo arrastrándose por el suelo y unos pasos lentos. La puerta se abrió unos centímetros y Jonah apareció envuelto en una manta, con el pelo revuelto, la cara pálida y un pañuelo arrugado en la mano.

—¿Qué? —Jonah frunció el ceño al verlo plantado al otro lado de la puerta.

—No… no encuentro a Punky…¿La tienes tú?

El pañuelo quedó inmóvil entre los dedos de Jonah.

—Espera... —Abrió un poco más la puerta—. ¿Qué acabas de decir?

—No la encuentro.

—Eso ya lo he oído. —Jonah salió al pasillo sin apartar los ojos de él—. Has venido hasta aquí porque piensas que la tengo yo.

—Jonah, yo...

—No. Contéstame. ¿De verdad crees que he cogido a Punky?

Dolores apareció en el rellano justo cuando Billy bajaba la vista.

—Lo siento. No sabía qué pensar. Estabas enfadado conmigo y...

—¿Y qué? ¿Pensaste que iba a llevármela para fastidiarte?

—No.

—Pues es exactamente lo que acabas de preguntarme.

Jonah negó con la cabeza y se secó la nariz con el pañuelo.

—Eres idiota. Punky también es mi amiga. Pensaba ir a verla esta mañana si este maldito resfriado me dejaba salir de casa. Por eso no fui al instituto.

—William, díselo —dándole un pequeño codazo.

—Aaron tampoco ha ido hoy.

—¿Qué? —Jonah dejó de juguetear con el pañuelo.

—Ni Jamal ni Fred.

Jonah miró primero a Billy y después a Dolores.

—¿Los tres?

—Los tres.

Jonah se quedó pensativo. Desde abajo llegaban el tintinear de los platos y la voz de Barbara poniendo la mesa, seguida por la de David preguntando dónde demonios estaban los cubiertos.

—Claro... —murmuró Jonah—. El jueves los vi detrás del gimnasio. A los tres. Estaban hablando y, en cuanto me acerqué, se callaron.

—Eso tampoco es tan raro —dijo Dolores.

—Con Aaron sí. Ese tío no sabe cerrar la boca ni debajo del agua. Si se le ocurre una estupidez, necesita compartirla con el resto de la humanidad. Normalmente, cuando alguien se acerca, habla más alto, no más bajo.

Billy no discutió aquello.

—No escuché mucho —continuó Jonah, apoyándose en el marco de la puerta—. Solo el final. Pero estaban cabreados y alguien mencionó a Punky.

Billy dejó de mirar hacia las escaleras.

—También oí «aparcamiento»... y «Domino's».

—¿Crees que han sido ellos?

—No lo sé. Pero si Aaron quería vengarse por lo del aparcamiento o darle un susto a Punky... bueno, encaja bastante con su concepto de una idea brillante.

Billy se pasó una mano por el pelo.

—Hemos buscado por todas partes.

—¿Por todas?

—Jonah, hemos recorrido medio Riverbend.

—El parque, el río, la carretera vieja... —añadió Dolores—. Hasta hemos vuelto a la cascada.

—¿Y las casas?

—También. Los Johnson, la señora Parker, McMannaman... Hemos preguntado a todo el mundo.

—Espera.

Jonah permaneció unos segundos con la vista fija en el suelo.

—Habéis buscado en casa de los vecinos.

—Sí.

—¿En todas?

Billy y Dolores se miraron.

Jonah levantó la cabeza.

—No... En todas no.