Punky: El perro que nos encontró 2
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El resto de las clases avanzó despacio. Fuera, los árboles empezaban a cubrirse de hojas nuevas y el sol entraba por las ventanas del instituto, calentando los pupitres mientras todos esperaban el timbre.

Billy intentó prestar atención, pero cada pocos minutos acababa mirando hacia la fila de Aaron Mercer. Su silla seguía vacía. También las de Jamal y Fred.

Todavía no estaba preocupado. Podían haberse puesto de acuerdo para faltar o Aaron podía haber convencido a los otros dos para hacer alguna estupidez. No sería la primera vez. El problema era que, cada vez que Billy conseguía olvidarse del asunto, acababa mirando otra vez aquellas sillas.

A última hora, Arnold Bishop también terminó por darse cuenta.

—Kowalski.

—¿Sí?

—Ya que lleva media clase mirando por la ventana, ¿quiere compartir con nosotros qué tienen de interesante esas nubes?

Varias risas recorrieron el aula. Billy miró hacia la pizarra y comprendió que no tenía la menor idea de qué estaba explicando.

—No, señor.

—Una pena. Parecían bastante más interesantes que mi clase.

El timbre sonó pocos minutos después y Billy fue de los primeros en salir.

El aparcamiento de bicicletas estaba tan lleno como siempre, con alumnos abriéndose paso entre mochilas y manillares, profesores despidiéndose desde las puertas y un autobús escolar incorporándose a Elm Avenue entre una nube de humo azul.

Desde Miller's, la cafetería de la esquina, llegaba olor a patatas fritas.

En pocos minutos, todos se habían dispersado por Riverbend.

Dolores lo alcanzó mientras se ajustaba la mochila al hombro.

—¿Sigues pensando que están tramando algo?

—Aaron nunca falta.

—La gente se pone enferma, William.

—¿Los tres a la vez?

Dolores abrió la boca para responder, pero acabó concediéndole el punto con un gesto.

Echaron a andar calle abajo entre los estudiantes que se dispersaban hacia los autobuses y las bicicletas. Dolores aguantó unos metros en silencio antes de mirarlo de reojo.

—¿Quieres que vaya contigo?

—¿Adónde?

—A casa. Llevas todo el día mirando por encima del hombro como si Aaron fuera a salir de detrás de un arbusto.

—Pues no lo descartaría.

—Entonces voy contigo.

—No, no, hace falta.

—William...

—En serio, Lola. Si Aaron está buscando pelea, prefiero que no acabes metida también.

—Puedo defenderme.

—Por eso lo digo, tampoco quiero que Aaron acabe con un ojo morado.

Ella se apartó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Vale. ¿Pero esta tarde quedamos?

—Si si, a las seis. Creo que se me ha ocurrido una forma de que Jonah me perdone.

—Déjame adivinar... ¿tiene algo que ver con Punky?

—Al final siempre tiene que ver con Punky.

—Eso me temía. —Dolores se separó de él en Chestnut para seguir hacia Magnolia Park y levantó una mano—. Hasta luego, Han Solo.

—Hasta luego, Rita Hayworth.

—Lauren Bacall, idiota.

Billy todavía sonreía cuando la vio alejarse y dobló en dirección a casa.

La tarde tenía ese aire limpio de las primeras semanas de primavera.

En Chestnut Avenue habían abierto las puertas de Doherty's y el olor del pan llegaba hasta la acera; frente a la carnicería de Donnelly, el dueño regaba el suelo con una manguera mientras discutía con alguien desde la puerta.

Más adelante sonaban cortacéspedes en los jardines y el olor de las primeras barbacoas empezaba a mezclarse con la humedad que subía desde el río.

Después de tantos meses de frío, Riverbend volvía poco a poco a la vida.

En cualquier otro momento habría disfrutado del paseo. Aquel día, sin embargo, Aaron, Jamal y Fred seguían rondándole la cabeza.

Al entrar en Maple Street volvió la cabeza casi por inercia. No esperaba encontrar a Aaron escondido detrás de una valla, pero miró de todos modos y solo vio a la señora Parker peleándose con la manguera frente a sus rosales.

—Buenas tardes, Billy.

—Buenas tardes, señora Parker.

Un coche pasó despacio a su lado. Billy lo siguió con la mirada hasta que dobló la esquina y desapareció entre los árboles.

Estaba haciendo el idiota. Seguro que Aaron había convencido a los otros dos para saltarse las clases y hacer alguna estupidez.

Un ruido detrás de la cerca de los McMannaman volvió a ponerlo en alerta. Billy se giró esperando cualquier cosa y encontró un gato naranja saliendo de entre los arbustos. El beagle de los McMannaman empezó a ladrarle desde el porche.

—Estupendo. Ahora me asustan hasta los gatos.

Pensó en Punky y sonrió. A esas horas seguramente estaría destrozando alguna maceta o sentada delante de Rick esperando que le cayera un trozo de salchicha.

Todavía miró un par de veces por encima del hombro antes de llegar al final de la calle.

Cuando dobló la última esquina y vio su casa entre los árboles, con el viejo arce junto al porche y la valla blanca de siempre, la preocupación empezó a aflojar.

Si Aaron hubiera querido buscar pelea, probablemente ya lo habría hecho.

Su padre estaba sentado en el porche, reclinado en una silla plegable, con el periódico abierto sobre las rodillas y una cerveza todavía cerrada junto a los pies.

—¿Qué tal el instituto? —preguntó al oír la cancela.

—Bien.

Billy dejó la mochila junto a la puerta y Rick resopló por encima del periódico.

—¿Y tú?

—Bien, aunque hoy he discutido con una cortadora de césped.

—¿Y quién ha ganado?

Rick señaló el jardín con la cabeza.

—¿Tú que crees? Todavía funciona.

Billy sonrió mientras miraba hacia el césped, esperando casi sin pensarlo que Punky saliera disparada de detrás del cobertizo o apareciera bajo el arce con algún palo absurdo entre los dientes. No ocurrió. El jardín estaba tranquilo.

Volvió a mirar, esta vez prestando atención. El columpio permanecía inmóvil bajo el viejo arce, el cobertizo estaba cerrado y el cuenco del agua seguía junto al porche.

—Oye papá ¿dónde está?

—¿Qué?

—Punky. ¿Dónde está?

—No lo sé.

Billy buscó junto al arce, detrás del cobertizo y cerca de la valla.

—¿No ha vuelto?

—Estaba aquí esta mañana —dijo doblando una esquina del periódico con el pulgar—. Ya sabes cómo es.

—Estaba aquí esta mañana. Ya sabes cómo es.

Claro que lo sabía. Punky podía seguir un olor durante media hora, enterrar una zapatilla o desaparecer detrás de cualquier cosa que llamara su atención. Luego volvía tan tranquila, muchas veces cubierta de barro.

—¿Cuánto hace que no la ves?

—No sé... —Rick apartó por fin el periódico y miró hacia el jardín—. Una hora. Quizá algo más.

Billy bajó los escalones del porche.

—¡Punky!

Solo respondió, a lo lejos, una cortadora de césped. Billy cruzó el jardín, rodeó el cobertizo y miró junto a la valla. Revisó el rincón donde Punky escondía huesos y juguetes medio destrozados e incluso se agachó para mirar bajo el columpio.

—¡Punky!

La voz saltó la valla y recorrió Maple Street.

Al otro lado, Bobby Nowak pasó en bicicleta esquivando los últimos charcos del invierno; unas casas más abajo, la señora Feldman sacudía un mantel desde el porche y el beagle de los McMannaman respondió al grito con un par de ladridos. Nadie parecía haber visto nada extraño.

Cuando Billy regresó al porche, Rick había dejado el periódico sobre la mesa y lo observaba recorrer el jardín por tercera vez.

—Tranquilo, hijo...

—Sí, sí... estoy tranquilo. —Billy se llevó las manos a la boca—. ¡Punky!

—Eh, Billy... —Rick bajó los escalones y le puso una mano en el hombro—. Ponerte nervioso no va a hacer que aparezca.

—Ya lo sé, papá. Estoy bien.

Billy volvió a recorrer el jardín. Hasta miró otra vez bajo el columpio.

—Ya verás... estará por ahí —dijo Rick, aunque ahora también buscaba con la mirada—. En cinco minutos saldrá de detrás del cobertizo con una zapatilla en la boca y nos mirará como si los idiotas fuéramos nosotros por preocuparnos.

La tarde siguió avanzando sin que Punky apareciera. La cortadora de césped del señor Peterson dejó por fin de sonar, la señora Feldman salió a recoger la ropa tendida y Mercedes Nowak aparcó unas casas más abajo con el maletero lleno de bolsas de la compra.

Billy seguía pendiente de la verja, convencido de que solo necesitaba darle un poco más de tiempo. Cinco minutos. Diez como mucho. Después volvería con una pelota embarrada, una zapatilla robada o cualquier otra porquería entre los dientes y se sentiría idiota por haberse preocupado.

El teléfono sonó dentro de la casa. Billy entró casi corriendo en la cocina y descolgó al segundo timbrazo.

—¿Sí?

—¿William? ¿Dónde estás? Llevo un buen rato esperándote.

La voz de Dolores llegaba entre el viento y el traqueteo de la bicicleta.

—Lo siento, Lola. Es que...

—William, espera. ¿Qué ha pasado?

Billy apoyó una mano en la encimera, tomó aire y miró por la ventana. El jardín seguía vacío.

—No encuentro a Punky.

—¿Cómo que no la encuentras?

—No está. He dado dos vueltas por el barrio y no la encuentro.

—Habrá seguido algún olor. ¿Te acuerdas de aquella vez que pensabas que se había perdido y estaba tan tranquila en casa de los Johnson?

—Sí, pero mi padre tampoco la ha visto desde hace rato.

—¿Eso es raro?

Billy volvió a mirar por la ventana.

—A estas alturas ya habría vuelto.

—Ya sabes cómo es Punky.

—Ya... Siempre vuelve pero…

Al otro lado se oyó abrirse una puerta.

—Espera un segundo. Acaba de llegar mi madre.

Dolores dejó el teléfono y su voz se perdió durante unos instantes. Billy apenas distinguió unas palabras.

—¿Has visto a Punky?... ¿No?... Vale, gracias. ¿William?

—Si, si, sigo aquí.

—Mi madre tampoco la ha visto.

—¡Punky!... ¡Punky! —se oyó llamar a Rick desde el porche.

—¿Ese es tu padre?

—Sí. Hace un rato me decía que me tranquilizara. Ahora lleva cinco minutos llamándola.

—Está bien. Voy para allá.

Billy colgó, pero permaneció junto al teléfono mirando el jardín. Durante unos segundos siguió esperando verla aparecer de detrás del cobertizo, moviendo la cola como si no hubiera pasado nada.

Dolores tardó menos de quince minutos en cruzar desde Magnolia Park. Apareció por Maple Street pedaleando a toda velocidad, frenó frente al número 18, dejó caer la bicicleta sobre el césped y cruzó la cancela casi sin detenerse.

—¿Alguna noticia?

Billy negó con la cabeza.

—¿Has mirado en Maple Park? —preguntó Dolores mientras recorría el jardín con la vista.

—Sí.

—¿Por el río?

—También.

—¿Y en casa de los Johnson?

—Sí.

—Y en…

—Dolores... he mirado en todas partes.

La puerta principal se abrió a su espalda y Rick salió al porche con las llaves de la furgoneta.

—Vamos a dividirnos. Yo bajaré hasta Cottonwood, miraré por los almacenes y seguiré hasta la gasolinera Hargrove. Vosotros dad otra vuelta por Maple y las calles de alrededor.

—Papá...

—La encontraremos, Billy. —Rick se volvió hacia él desde la cancela—. Ya verás.

Intentó sonreír. Las llaves seguían moviéndose entre sus dedos.

Billy miró las llaves entre sus dedos. Hacía mucho tiempo que no se las veía hacer girar así. Su padre apartó la vista, subió a la furgoneta y arrancó. Billy esperó hasta que el ruido del motor se perdió calle abajo. Después fue a buscar su bicicleta.

Billy esperó hasta que el ruido de la furgoneta se perdió calle abajo y fue a buscar su bicicleta. Dolores ya había levantado la suya del césped. Salieron por la cancela y echaron a pedalear.