Punky: El perro que nos encontró 1
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Los días siguientes transcurrieron sin que Billy pudiera recordar gran cosa de ellos.

Si alguien le hubiera preguntado qué había comido en el comedor, qué deberes mandó Arnold o quién sustituyó al profesor de Matemáticas el miércoles, probablemente habría tenido que inventárselo.

De aquella semana recordaría sobre todo la sensación de que algo había cambiado y de que, por mucho que todos siguieran haciendo exactamente lo mismo, nada terminaba de estar del todo en su sitio.

La primavera, mientras tanto, continuaba ganándole terreno al invierno en Riverbend.

Los últimos montones de nieve se refugiaban en las zonas de sombra, las bicicletas habían vuelto a los porches y, en el campo del instituto, los Boars entrenaban cada tarde sobre una hierba que empezaba a recuperar el verde.

Hasta los profesores abrían las ventanas durante las clases y dejaban entrar ese olor a tierra húmeda que anunciaba que lo peor del frío había quedado atrás.

Jonah, sin embargo, llevaba casi una semana sentándose en otra mesa durante el recreo. Nunca demasiado lejos, apenas lo suficiente para que Billy pudiera verlo desde el banco, pero también para dejar claro que no estaba allí por casualidad.

Los primeros días Billy siguió guardándole el sitio de siempre sin pensarlo demasiado.

Después continuó haciéndolo por pura cabezonería y porque, cada vez que veía aparecer a Jonah con la bandeja, una parte de él esperaba que cambiara de dirección, se dejara caer a su lado y empezara a hablar de cualquier estupidez como si nada hubiera ocurrido.

Aquella mañana tampoco lo hizo. Billy seguía compartiendo el banco con Dolores mientras el patio recuperaba poco a poco el ruido de los días de primavera.

En la pista de baloncesto se disputaba un partido improvisado y, junto al gimnasio, varios chicos se lanzaban un balón de fútbol americano convencidos de que completar tres pases seguidos los convertía automáticamente en los Green Bay Packers.

Por las ventanas abiertas del comedor escapaba olor a comida y, al otro lado del patio, Arnold Bishop caminaba entre los alumnos con una carpeta bajo el brazo y el inevitable café en la mano.

A su alrededor, los alumnos entraban y salían del edificio, se perseguían entre las mesas o discutían por cualquier cosa con esa intensidad reservada a los quince años, cuando perder un partido o descubrir que alguien se había comido tu bocadillo podía convertirse en un asunto de importancia nacional.

—Por Dios... —dijo Dolores al verlo salir del comedor.

Billy levantó la cabeza. Jonah acababa de salir del comedor con la bandeja bajo el brazo y recorrió el patio con la mirada hasta encontrar el banco. Sus ojos se detuvieron un instante en el hueco que Billy seguía dejándole libre cada mañana. Redujo el paso, pareció dudar y acabó pasando de largo.

—De verdad chicos…Jonah…

Él ya los había dejado atrás, pero se detuvo al oír su nombre y se volvió.

—¿Qué?

—Lleváis así casi dos semanas.

—Solo una —dijo Jonah encogiéndose de hombros.

—¿Solo?

—Podrían ser tres. Lola.

—No le des ideas —murmuró Billy, señalando a Jonah.

Jonah terminó acercándose al banco, aunque eligió el extremo más alejado y dejó un par de palmos entre los dos.

—Te llevaré, Jonah. De verdad. Cuando quieras vamos.

Jonah dejó la bandeja sobre las rodillas sin responder.

Al otro lado del patio, Arnold Bishop cruzaba entre los alumnos con una de sus camisas hawaianas, señal inequívoca de que para él el invierno había terminado oficialmente.

Saludó a un par de chicos sin detenerse y continuó hacia el edificio con una carpeta bajo el brazo y el café en la mano.

—Me has oído. Cuando quieras. Pero deja ya de evitarme.

—Tss… Ya has llevado a Dolores.

—Jonah...

—No digo que sea una competición —continuó, deshaciendo una miga de pan entre los dedos—. Solo digo que prometiste que yo sería el primero.

—Lo sé.

—Era nuestro sitio, Billy. El único que era solo nuestro. Y ahora... —hizo un gesto con la mano y dejó caer las migas sobre la bandeja—. No sé. Primero la llevaste a ella y luego todo cambió.

Billy estuvo a punto de responder. Llevaba una semana dándole vueltas y todavía no había encontrado nada que sonara mejor al decirlo en voz alta.

Dolores miró a uno y a otro y acabó resoplando.

—¿Sabéis qué? Sois idiotas.

—Gracias —respondieron los dos.

—¡Chicos! No era un cumplido sabéis. Os echo de menos a los dos. Echo de menos las teorías absurdas de Jonah y que tú pongas esa cara de «eso es imposible» cinco minutos antes de acabar ayudándolo.

Jonah no pudo evitar una media sonrisa.

—Eso sí es verdad.

—Y, por si fuera poco, estamos atascados —añadió Dolores. ¿Verdad William?

La sonrisa de Jonah desapareció. Después de tantos meses, seguían sin una sola pista nueva sobre el Domino's Killer.

—Es la que más tiempo lleva desaparecida —dijo Dolores, jugueteando con el tenedor—. Casi seis meses ya. Quiero decir... después de tu madre... lo siento, William, no quería…

—No pasa nada Dolores.

Ninguno añadió nada más. El timbre sonó poco después y el patio empezó a vaciarse entre sillas arrastradas, mochilas cerrándose a toda prisa y profesores apremiando a los últimos rezagados. Jonah también se levantó y recogió la bandeja.

Por un instante, Billy creyó que iba a cambiar de idea y sentarse en el sitio de siempre.

—Nos vemos, Lola —dijo Jonah echándose la mochila al hombro. Antes de marcharse hizo un pequeño gesto con la cabeza hacia Billy—. Kowalski.

—Kaplan.

Billy lo siguió con la mirada mientras cruzaba el patio. A mitad de camino se encontró con Bishop, que le dijo algo al pasar. Jonah respondió con una media sonrisa antes de continuar hacia el edificio.

—Creo que está mejorando —murmuró Billy.

—¿Por qué? ¿Por que no te ha insultado? —preguntó Dolores sonriendo.

—Exacto.

—Arg… la amistad masculina es rarísima.

Billy se encogió de hombros mientras recogía la mochila. Arnold Bishop acababa de llegar hasta el banco y, después de mirar hacia Jonah, dio un sorbo al café.

—Vaya... Los Goonies siguen separados, por lo que veo.

—Separados no… están en huelga —dijo Dolores.

—Pues si. Pensé que después de tantos años habríais desarrollado ya comportamiento de manada. Lobos, orcas, gansos... En biología lo llamamos asociaciones estables. Hay especies que sencillamente funcionan mejor juntas.

Dolores señaló a Billy con el pulgar.

—Explíqueselo a este.

—Eh...

—Yo no me preocuparía demasiado, señorita Whitmore —dijo Arnold sonriendo por encima del vaso—. Las especies sociales también se enfadan. Se separan un rato... y luego vuelven a juntarse.

—Eso espero. Jonah es... no sé, el pegamento del grupo. Sin él nunca funcionamos igual.

—Vaya, Billy... eso ha sido bastante mejor que mi explicación —Arnold dio un sorbo al café y los miró a los dos—. Aunque, ahora que lo pienso, quizá llevo años equivocado con vosotros. No sois los Goonies... sois Misterio S. A.

—¿Misterio S. A.? No le sigo profesor.

—Es fácil. —Arnold señaló con el café hacia Jonah, que ya desaparecía entre los demás alumnos—. Shaggy.

—Vale... Shaggy sí que te lo compro —soltó Billy entre risas.

—Y tú eres Fred —continuó Arnold, señalándolo ahora a él—. Siempre acabas convenciendo a los demás para meterse donde no deberían.

—A ver... ¿y yo qué soy? ¿Daphne?

La observó un momento.

—Demasiado carácter para ser Daphne y demasiada curiosidad para no ser Velma. Digamos que eres una mezcla de las dos.

—Genial... ahora va a querer las gafas —murmuró Billy.

—Me quedarían bien.

Arnold soltó una risa.

—Pues ya está. Ahora solo os falta Scooby. Aunque cualquier día tendréis que presentarme a esa famosa Punky. Empiezo a sospechar que media Riverbend lleva años hablando de una perra imaginaria.

—Existe —dijo Billy—. Y es bastante más lista que nosotros.

Los tres rieron. Arnold se acomodó la carpeta bajo el brazo y esta vez sí echó a andar hacia el edificio, aunque apenas había avanzado unos pasos cuando volvió la cabeza.

—Ah... una cosa sí me ha llamado la atención esta mañana. Es sobre vuestro club de fans.

—¿Nuestro qué?

—Los otros tres. Los que no te quitan ojo, Kowalski. —Arnold señaló el patio con el café—. No he visto a ninguno desde primera hora. En fin... disfrutad de la paz mientras dure.

Billy y Dolores lo vieron alejarse entre los últimos alumnos que regresaban al edificio.

—William... ¿no te parece raro?

Billy recorrió el patio con la mirada.

—He estado tan pendiente de Jonah que ni me había dado cuenta.

Dolores tampoco parecía haberlos visto. Miró entre los chicos que recogían sus cosas y llamó al primero que pasó cerca del banco.

—Eh, Paul.

El chico se detuvo. Llevaba una camiseta de los Chicago Bulls dos tallas más grande, una cresta levantada con suficiente gomina para sobrevivir a un huracán y una cadena colgando del pantalón que tintineó al volverse. Parecía recién salido de un videoclip de The Offspring .

—¿Qué pasa?

—¿Has visto hoy a Aaron?

—No.

—¿Y a Jamal?

—Tampoco.

Dolores miró a Billy antes de hacer la última pregunta.

—¿Fred Nolan?

—Ahora que lo dices... tampoco.

—Vale. Gracias.

Paul echó a correr hacia el edificio antes de que pudieran hacerle otra pregunta.

—Qué raro…

—Sí... —Dolores recorrió otra vez el patio con los ojos—. Te lo digo William. Si Jonah estuviera aquí, diría que esto es más raro que un episodio de Expediente X sin Mulder.

—Vaya…

—Lo sé, paso demasiado tiempo con vosotros.

Dolores sonrió, aunque la sonrisa le duró poco. Volvió a buscarlos entre los últimos alumnos que regresaban a clase.

—No me gusta William.

—A mí tampoco.

El segundo timbre sonó desde el edificio y provocó la carrera de los pocos rezagados que aún quedaban fuera. Dolores echó a andar con él hacia el edificio. Billy llegó a la puerta y miró una última vez por encima del hombro. El patio estaba prácticamente vacío.

Algo no encajaba.