Punky: El perro que nos encontró 6 #3
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—Ni quedarse sin comer... —refunfuñó David sin apartar la vista de la barbacoa—. Que también tiene lo suyo.

Barbara sonrió mientras le daba una última caricia a Punky.

—Bueno... eso ya nos pasa a todos.

Las primeras gotas empezaron a repiquetear sobre la tapa de la barbacoa con tanta suavidad que nadie les hizo demasiado caso. Luego llegaron unas cuantas más y, antes de que a nadie le diera tiempo a reaccionar, el cielo terminó por abrirse sobre el jardín.

David levantó la cabeza de golpe y apuntó a la barbacoa con las pinzas.

—¡Las hamburguesas! ¡Que alguien piense en las hamburguesas!

El pequeño caos fue inmediato. Los niños echaron a correr hacia el porche entre carcajadas, alguien intentó rescatar una caja de pizza antes de que se empapara, otro tropezó con una silla y una ráfaga de viento levantó varias servilletas que cruzaron el jardín como si también ellas hubieran decidido ponerse a cubierto.

David intentó cerrar la barbacoa sobre la marcha y perdió la máscara de Darth Vader en mitad de la carrera.

—¡Papá! ¡Se te ha caído la cabeza! —gritó Jonah.

—¡Déjala! Si alguien pregunta... ahora soy Anakin.

La lluvia terminó por echar a todo el mundo del jardín.

En apenas un par de minutos, la casa de los Kaplan se llenó de niños mojados, zapatos embarrados y adultos fingiendo que aquello no iba a dejar ninguna marca sobre el suelo del salón.

La música apenas se distinguía entre las conversaciones y la lluvia contra los cristales.

Desde la cocina llegaban el olor de las hamburguesas rescatadas y el café que Barbara había puesto nada más empezar la tormenta.

Billy seguía apoyado en el marco que daba al porche cuando volvió a sorprenderse mirando a Dolores. Tenía varios mechones pegados a la cara, el vestido salpicado de pequeñas gotas y una servilleta completamente inútil con la que seguía secándose.

—¿Qué?

—Nada.

—William… ¿qué pasa?

—Estás empapada.

—Sea... tampoco es que tú estés para presumir.

Muy cerca de ellos, Punky seguía tumbada sobre la manta que Barbara le había encontrado. Permanecía hecha un ovillo, con la vista fija en las ventanas, como si esperara el siguiente relámpago antes incluso de que apareciera.

Otro trueno hizo vibrar los cristales.

Dolores volvió a agacharse para rascarle detrás de las orejas.

—Pobrecilla... Pues sí que es verdad. No las soporta.

—Nunca las ha soportado —dijo Billy.

—Ni las aceitunas negras —añadió Barbara mientras pasaba con una bandeja.

—Ni los sótanos —aportó Jonah desde el otro extremo del salón.

—Y eso que en la cascada parecía encantada con el agua...

Jonah dejó de sonreír. Permaneció unos segundos mirando a Dolores y después volvió despacio los ojos hacia Billy.

—¿Qué cascada?

Durante unos segundos nadie contestó. La lluvia seguía golpeando el tejado del porche; desde la cocina llegaba el ruido de unos platos y, al otro lado del salón, alguien soltó una carcajada completamente ajena a lo que acababa de pasar.

—Billy… ¿la llevaste... —preguntó Jonah al cabo de un momento—. Al refugio…

—Sí... pero, Jonah...

—Me dijiste que me llevarías a mí primero.

Barbara dejó la fuente sobre la mesa. Miró a Jonah, luego a Billy y suspiró muy bajito.

—Cariño... seguro que Billy tiene una explicación.

—P pero… me lo prometiste. A mi, a tu amigo.

—Jonah... de verdad. No fue así. Simplemente surgió y…

—Déjalo, da igual.

Billy abrió la boca para seguir hablando, pero Jonah levantó una mano antes de que pudiera decir una palabra más.

—Escúchame...

—He dicho que da igual.

Bajó la cabeza un instante, se dio la vuelta y cruzó el salón sin volver a mirar a nadie.

La puerta mosquitera sonó a su espalda cuando salió al porche y, durante unos segundos, nadie dijo una palabra.

Afuera la lluvia seguía cayendo sobre las mesas del jardín, las bicicletas abandonadas junto a la verja y la máscara de Darth Vader, que continuaba boca arriba junto a la barbacoa mientras se iba llenando lentamente de agua.

Punky levantó la cabeza desde la manta. Siguió a Jonah con la mirada hasta que desapareció por la puerta, volvió un instante los ojos hacia Billy y permaneció quieta, como si tampoco tuviera muy claro detrás de quién debía ir.

Barbara Kaplan fue la primera en moverse.

Empezó a recoger vasos de plástico con un interés bastante sospechoso; David decidió que todavía quedaba alguna hamburguesa por salvar y volvió a la barbacoa mientras refunfuñaba para sí, y Dolores reunió varios platos antes de desaparecer hacia la cocina.

Nadie hizo el menor comentario. Durante unos minutos solo se oyeron la lluvia, la música que seguía sonando en alguna habitación y el ruido de los platos chocando unos con otros.

Billy permaneció junto a la ventana viendo cómo el agua iba borrando poco a poco las huellas del jardín.

Al cabo de un momento dejó el vaso sobre una mesa y echó a andar hacia las escaleras.

Punky se levantó sin que nadie la llamara y fue detrás de él; las uñas repiquetearon sobre los peldaños de madera mientras iban dejando atrás el murmullo apagado de la fiesta.

La puerta del dormitorio seguía cerrada y una estrecha línea de luz escapaba por debajo. Billy llamó con los nudillos.

—Jonah... Oye...

No obtuvo respuesta. Solo otro trueno, mucho más cercano, que hizo vibrar los cristales del pasillo. Punky terminó sentándose a su lado y apoyó el hocico sobre su zapatilla mientras Billy seguía mirando la puerta. Al final apoyó una mano sobre la madera.

—Lo siento.

La lluvia golpeaba el tejado con fuerza y, desde la planta baja, seguían llegando voces, alguna risa aislada y el tintinear de los platos en la cocina. Billy apoyó despacio la frente contra la puerta.

—Sé que estás enfadado... y creo que tienes bastante razón.

Al otro lado sonó un ruido apenas perceptible. Billy se pasó una mano por el pelo, todavía húmedo, y terminó dejándose caer al suelo con la espalda apoyada contra la pared.

—Voy a hacer una cosa. Como no me contestas, voy a dar por hecho que sí me estás escuchando ¿vale?

El silencio siguió instalado al otro lado de la puerta.

—Señor Indiana Jones... Doctor Jones... Profesor Jones... prestigioso investigador de serpientes de plástico...

No obtuvo respuesta. Solo otro trueno retumbando sobre el tejado.

—Bueno... solo quería decirte que lo siento.

A su lado, Punky se levantó, olisqueó la rendija bajo la puerta y la empujó suavemente con el hocico.

—Punky no.

La perra volvió a intentarlo.

—Punky...

Otro empujoncito.

—No puedes solucionar todos los problemas lamiendo a la gente.

Punky permaneció inmóvil un instante, pero terminó empujando la puerta una vez más.

Al otro lado sonó algo parecido a un resoplido. Billy sonrió.

—Mira haremos una cosa Jonah… Si me perdonas la próxima fiesta importante puedes elegir el disfraz de Punky.

La cola de Punky empezó a golpear el suelo con entusiasmo.

—Sí, vosotros dos. O mejor aún, tú irás de Elliott y ella de E.T.

Punky ladeó la cabeza.

—No pongas esa cara Punky. Jonah… siempre dices que es la mejor película de Spielberg.

Abajo la fiesta seguía respirando con la misma normalidad de unos minutos antes. Entre la lluvia y el murmullo de las conversaciones todavía se distinguía la voz del señor Kaplan…

—Dijiste que era especial.

Su voz llegó amortiguada al otro lado de la puerta.

—Lo sigue siendo.

La lluvia siguió golpeando las ventanas durante unos segundos.

—Entonces… ¿Por qué ella sí... y yo no?

Billy apoyó despacio la frente contra la puerta.

—No se… simplemente ocurrió…

Permaneció así un momento, escuchando únicamente la lluvia, hasta que terminó apartándose de la puerta. Bajó la vista hacia Punky, que seguía esperando delante de la puerta.

Billy se incorporó despacio.

—Cuando quieras hablar... estaremos abajo. Vamos, Chewbacca.

Habían bajado apenas tres escalones cuando la voz de Jonah volvió a detenerlos.

—¿Sabes qué? ¡Odio E.T.! ¡Odio Indiana Jones! ¡Spielberg está sobrevalorado! ¡Ahora vete tú también y llévate a Punky! Total... ahora siempre está con vosotros. Quedaos vosotros con vuestra cascada estúpida.

Algo golpeó la pared al otro lado.

—¡Así que déjame en paz!

Billy esperó un momento.

—Vale.

Punky dirigió una última mirada hacia la puerta cerrada antes de seguirlo escaleras abajo.